jun 23 2007

El universo en una maleta

Estuvimos ayer en el Teatro Real. Concierto del contrabajista Charlie Haden y su banda Quartet West. Un excelente concierto de jazz aunque algo desangelado. Muchas butacas vacías. Alguien debería contar a los señores del Teatro Real que no todo el mundo puede pagar esos precios aunque los músicos sean de lo mejor del planeta. Y que hay que anunciar las cosas. Hacerlo con ganas de llenar.
Era la primera vez que Silvia y yo íbamos acompañados por mis alumnas María (junto a su novio Jose), Pilar y Monika. Buena gente y llena de ilusión por todo lo que hacen. Desde escribir (no lo hacen nada mal, pero nada mal) a escuchar buen jazz o compartir unas cervezas en una terraza de Madrid.
Como de costumbre, regresamos antes de lo que hubiéramos querido. Fue todo un alivio comprobar que la abuela Sagrario había sobrevivido a los cuatro jovencitos y que todo el mundo dormía tranquilamente al llegar.
Antes de acostarme estuve apuntando (en un papel que seguramente pierda entre hoy y mañana) asuntos que tengo que resolver y que he ido demorando por pereza. Cosas sin mucha importancia, pero que hay que ir solventando guste o no. Es la quinta mudanza que hacemos y la que más cuesta arriba se hace.
Aquí llegamos con dos hijos y unos pocos muebles. Nos vamos con cuatro muchachos dejando casi todo lo viejo y el mundo es otro. Durante estos años he aprendido muchas cosas, he tenido que olvidar muchas de las que sabía o creía saber, los valores que parecían ser los anclajes a la realidad fueron sustituidos por otros. Creo que me convierto, irremediablemente, en un hombre escéptico. Tan sólo alcanzo a creer en mi familia y en que sigo vivo. Quizás en un pequeño grupo de personas que no se han movido ni un centímetro en todos estos años. Aunque son muy pocos, demasiado escasos, y alguno no ha consentido modificar su egoísmo, su resquemor o su envidia, por lo que me hacen creer en eso y no en otra cosa si pienso en ellos.
La experiencia que da la edad, la única que termina sirviendo para sobrevivir, ha ido amasando y dando forma a la vida.
Las fieras acorraladas son mucho más inofensivas a las que se ocultan acechando en el camino. De las primeras esperas una reacción para la que te preparas. Con las otras sólo cabe esperar que la dentellada tenga remedio. Eso forma parte de la vida.
El miedo provoca que unos se arrimen a otros. Unos que estaban en un extremo y los otros que juraron no acercarse jamás a las orillas. El miedo te lleva a esos territorios negados. Eso, también, forma parte del juego.
La rabia de otro sólo puede acabar con tu propio silencio.
Lo bueno recibiendo golpes, aguantando lo imposible. Y cada mañana la reconstrucción que toca. Trabajo de artesano.
Y poco a poco, el mundo se achica, deja de importar lo grueso que suma cada vez más lejos para que el detalle brille y se convierta en guía.
Nos vamos dejando atrás lo viejo, arrastrando con cierta ilusión el futuro de los niños, un futuro que no nos corresponde, pero del que queremos disfrutar como propio; intentamos abandonar lo peor del recuerdo entre muebles que llegaron con nosotros y se quedan para siempre. Al cerrar la puerta sabremos que el mundo, que ahora es otro, habrá que diseñarlo de nuevo. Más pequeño, casi diminuto. Un mundo que costará mucho más que las entradas de ayer aunque mejor publicitado, pensado con ganas. Ese es el único asunto importante que queda por resolver. Y no está anotado en el papel que escribí anoche.


nov 18 2006

Dioses del viento

Lola me ha devuelto mi ejemplar de “Altazor”. Si no me falla la memoria ese libro lo compré hace quince años. Y lo he leído tantas veces como años lleva en mi biblioteca. Mínimo. Lo dejé en mi mesilla de noche para echarle un vistazo antes de dormir. Otro más. Lola había llegado en el momento en que Silvia tocaba zafarrancho así que no había tiempo de lecturas.Sin embargo, mientras enjabonaba a Guzmán (él dale que te pego al gritar descontrolado y yo dale que te pego al champú y al gel) intenté recordar algunos versos. Una forma, como otra cualquiera, de evitar un ataque de locura entre tanto niño (aquí el que no corre con un balón en los pies, lanza un cojín a otro o grita sin ton ni son como hace Guzmán). Primer verso de Huidobro que viene a la cabeza: “Digo siempre adiós y me quedo”. Muy apropiado para padres y madres que acaban reventados cada día.Pasadas las nueve y media de la noche la cosa comienza a ser más llevadera. Guillermo se desmaya después de elegir un canal que no le gusta a ninguno de sus hermanos. Ya no se quejan porque saben que dos o tres minutos después está dormido como un tronco. Le acompaño a la cama y le pido a Guzmán que me siga para que no se quede solo su hermano. El pobre Guzmán no rechista. Tapo a uno, a otro y entrego su librito al pequeño que me dice adiós sonriendo.Con Gonzalo y Silvia en el salón la cosa ya se puede calificar de manejable. Aunque parezca mentira, cada día llega ese momento.Abrí el libro. Lola ha doblado las esquinas de algunas páginas. Imperdonable. El próximo préstamo irá acompañado de un marcapáginas. Conecté el reproductor que Gonzalo me presta y me puse a leer. Bill Evans y Huidobro. Segundo verso que recordé y luego leí: “Vaciar una música como un saco”. Si algo me gusta es eso. Leer y escuchar música al mismo tiempo. Spartacus y Altazor. Jazz y poesía. “La vida es un viaje en paracaídas y no lo que tú quieres creer”. Hace quince años que lo pienso con frecuencia. Después del salto puedes intentar ir hacia un lado u otro, pero una corriente de viento te lleva donde no quieres. Intentas ir más a la derecha y terminas en un punto distante de la cruz amarilla que tenías por último destino, que es la vida en la que creías. Pasa durante la niñez en la que los demás soplan por ti sin preguntar, durante la adolescencia cuando quieres tomar el mando y equivocas los movimientos por falta de experiencia; durante la madurez porque tienes que soplar por otros o porque intentas que las equivocaciones sean mínimas (las de otros) y eso hace que descuides tu propia caída perdiendo de vista el punto de llegada, teniendo que hacer un esfuerzo titánico para corregir el rumbo; y en la vejez porque ya no entiendes de viajes, porque te da exactamente igual. Quizás sea al final de la vida cuando descubramos, con amargura y temor, que esto es un viaje en paracaídas sin grandes esperanzas por cumplir, que iremos a parar a un lugar llenos de marcas de color. Millones de cruces amarillas con las que no contabas y que, ni siquiera, alcanzaste a ver. Sólo a última hora sabemos cual nos correspondía. Es posible que sea así. Yo, de momento, sigo en la tercera fase, en esa en la que los adolescentes comienzan a rodearme, en la que me paso el día fingiendo ser una corriente de aire para los más pequeños (Gimena ya empieza a contar aunque no ha llegado), la fase que te hace mirar a los ancianos con prudencia porque tú eres el siguiente y conviene aprender. Sigo en el aire escuchando a Evans y leyendo a Huidobro. De viaje hacia donde sólo el dios del viento sabe.