nov 17 2011

Normales y corrientes

Tengo cuatro hijos y, afortunadamente, son distintos entre ellos. Siempre lo serán. Con sus cosas buenas. Con sus defectos. Afortunadamente, también, los padres no estamos en el mundo para educar a los hijos del mismo modo, para eliminar sus defectos o para que elijan una vida u otra. Estamos, ni más ni menos, para vivir nuestra propia realidad.
Queremos que sean perfectos. Pero nosotros no tendemos a serlo. Nunca lo hicimos. Pero ellos deben hacer un esfuerzo por encima de sus posibilidades para leer mejor, para escribir mejor, para tener una nota media que les otorgue el privilegio de ser no sé qué cosa que ellos, tal vez, no desean ni por asomo.
Queremos que sean otros sin darnos cuenta de que son lo que son. Y que terminarán siendo lo que ellos mismos elijan o la fortuna les permita.
Nos hace sentir mejor pensar por ellos aunque a ellos les aterrorice la idea de parecerse mínimamente a esos señores anticuados que son sus padres. Lo hacemos sin preguntar, imponiendo la ley del dinero que llevamos a casa, de nuestra experiencia, de nuestra forma de ver las cosas. Intentamos que renuncien a su propio yo con la excusa de ser sus padres. Sin darnos cuenta de algo terrible y brutal: estar convertidos en fabricas de perfección fracasadas.
Mis hijos, como los hijos de cualquiera, son normales y corrientes. Igual que lo soy yo o lo fue mi padre. Normales y corrientes. Con sus cosas buenas; con sus defectos; distintos entre ellos.
El mayor quiere dedicar su vida al deporte. El segundo lo único que cree saber con certeza es que su padre es un gilipollas (como cualquier adolescente piensa del coñazo de padre que le ha tocado en suerte). Guzmán, el tercero, sigue viendo las cosas con una sensibilidad a prueba de bomba. Y la pequeña decidió ser feliz desde que nació y sigue atrincherada sin ceder un palmo de terreno. ¿Saben? Creo que eso les hace sentirse realizados a cada uno de ellos. Y no pienso hacer el más mínimo esfuerzo para que Gonzalo decida ser ingeniero porque no quiero joderle la vida con tanta tontería y tanto esfuerzo dirigido a ganar dinero. Tampoco moveré un dedo para que Guillermo crea que no soy medio gilipollas. Porque igual lo soy y el chico tiene razón. La sensibilidad del tercero me parece un tesoro. Y si termina dedicándose a escribir y ser más pobre que las ratas habrá que asumir que tendremos compañía en casa más años de lo normal. Y la trinchera de Gimena me parece lo mejor que le puede pasar a nadie en la vida. No pienso en otra cosa más que en apuntalar cada palmo de los que no ceda; cueste lo que cueste.
Yo no he venido a este mundo a construir perfecciones. Sí a tener una familia estupenda llena de gente diferente y tan cercana a la felicidad como sea posible. Sin renunciar nadie a ser lo que es.
Normales, corrientes. Como son las personas, coño. A ver si nos enteramos de que lo del cine y la televisión es otra cosa. Precisamente lo que nunca llegaremos a ser. Eso, no alcanzar sueños imposibles, es la mayor de las desdichas. Aunque seas ingeniero, astronauta o cirujano plástico. Puestos a ser infelices que, al menos, sea haciendo lo que siempre quisiste ser porque podías serlo sin esfuerzos estúpidos.
Pues eso.



jul 19 2010

Paso obligado

Hace mucho tiempo comprendí que el conocimiento es doloroso. Una vez que alguien intenta saber sobre un asunto, sea cual sea, aparecen dudas aquí y allá, el tiempo se agota a gran velocidad, las lagunas del conocimiento personal se ensanchan, la mente se hace enana e incapaz. Conoces y constatas que el tiempo perdido nunca se recupera, que el tiempo que resta no es suficiente. Cosas de la juventud. Todo eso no es cierto. Conocer no consiste en saberlo todo, la sabiduría no la construye la exactitud de un mundo inabarcable. No. La importancia está en el recorrido. Si hay camino puede haber sabiduría. Avanzas y conoces, conoces y aportas, aportas y eres útil. Y, para recorrer un camino entero, unos pocos metros o un centímetro, hay que empezar por saberse. Son muchos los que olvidan el yo, son muchos los que quieren construir desde la nada que representa acumular datos sin saber qué representan íntimamente. Del mismo modo que podemos encontrar personas que contestan a todo con un refrán que se refiere al asunto que se trata en un momento determinado, encontramos personas que acumulan conocimientos muertos, datos que sólo sirven para ganar juegos de preguntas y respuestas. Refranes inexactos que intentan zanjar un futuro incierto con la cicatería de un lenguaje tramposo, preguntas que no llevan a otras más inquietantes o profundas sino a una respuesta muerta. Todo esto deja al margen lo más importante. El yo desaparece. Desaparece la intranquilidad del que quiere saber, esa labor detectivesca que necesitamos los seres humanos, nuestra capacidad para crecer. Dejamos de ser los niños que nunca deberían desaparecer.
El pensamiento debe estar en funcionamiento para lograr aclarar la mirada de cada uno de nosotros. Eso no es lo mismo que fingir ideas profundas que nadie entiende (esto es muy habitual entre los papanatas que defienden sus ideas (enanas y estúpidas) desde un lenguaje oscuro, desde la parcela de lo inexplicable), pensar no tiene porqué convertirse en cosa de pocos. Es verdad que existen grandes pensadores (muy distintos a estos que decoran su vida con bobadas enrevesadas) y son ellos los que hacen avanzar el mundo. Pero el resto de la humanidad, casi todos, dedican su vida a sobrevivir sin demasiado tiempo para pensar con tranquilidad y tienen todo el derecho a pensar sobre las cosas que están a su alcance, sobre las que explican su existencia en mayor o menor medida. ¿De qué le sirve a un campesino saber que Kant afirma el determinismo en relación al mundo de los fenómenos y no respecto de la libertad? ¿De qué le sirve? Lo importante es que desde Kant el mundo es otro. Lo importante es que el campesino piense su universo desde el yo para que el cosmos sea otro, para que el mundo se pueda entender.
Una de las grandes injusticias que se han cometido desde que el hombre es hombre ha sido la de limitar las posibilidades de la gente. En las cavernas, el brujo sabía cosas que sólo llegaría a conocer su sucesor. El resto de la tribu dependía de él. Hoy pasa lo mismo. Echen un vistazo a su alrededor. Da miedo. Nos obligan a estar anclados en lugares comunes y vacíos, nos dicen que eso de pensar sólo lo pueden hacer unos pocos, que esperemos a que den una solución salvadora para la humanidad. Mentira. La salvación es la que busca cada cual, la que se encuentra en cada uno de nosotros, la que hace de lo doméstico un lugar habitable porque esa salvación es ser uno mismo (curiosamente las religiones, todas sin excepción, es lo que defienden aunque lo estropean las iglesias enviando mensajes confusos y desteñidos). Eso de la aldea global queda muy bonito, pero es el atraso más grande conocido por la humanidad. Los que vivimos bien estamos más tranquilos (sin pensar), los que viven peor que hagan lo que puedan. Eso es la globalización. Hacer del individuo un cero a la izquierda. Eso es y no otra cosa.
No deberíamos perder nuestra capacidad al pensar, nuestra libertad al decidir sobre lo poco que podemos manejar. Aquí estamos para ser personas y eso significa que estamos obligados a pensar, a conocer, a amar, a todo lo que una persona puede acceder por su condición. Y nos estamos dejando arrastrar porque eso es cosa de pocos, porque una pandilla de memos lo han convertido en su coto particular para ganarle unos euros a lo que dicen. Conocer es doloroso aunque más doloroso es pasar por el mundo sin pena ni gloria, sin llegar a ser uno mismo.
No recorrer ese centímetro, ese metro, que toca es absurdo. El camino es obligado. Pensar y pensarlo también. Al fin y al cabo es lo mismo. Y nadie en la aldea global esa lo hará por otro. Cada tiene el suyo. Por pequeño que sea, por insignificante que parezca o le parezca a otros.


jul 13 2010

La sola palabra

Hay quien dice que la única forma de hacer que la acción avance en una narración es describiendo. No estoy seguro. ¿Para que el lector vea a un personaje moverse es necesario decir que fulano fue hasta allí corriendo? ¿Es posible mostrar algo sin decir una sola palabra sobre ello de forma explícita? Lean y decidan.
“Ve a por vendas y pon agua a calentar. Rápido. Tú no te preocupes, no es nada. No es nada. ¿Quieres traer esas vendas ya, cojones? Trae más, necesito más. Tranquila, esto te va a doler un poco, pero pasará en un momento. Quieta, quieta, aguanta un poco. Déjalas ahí y ve a por esa agua. Da igual si esta fría o caliente. Venga, rápido. Joder, pon la mano aquí, aprieta los puños todo lo que puedas, vamos, aprieta, aprieta, por favor, por favor, por favor. Deja eso en el suelo. Ya no hace falta. Puedes irte”.