ene 4 2007

Mirando desde la ventana

¿Quién es el más asesino de los asesinos? ¿El que mata a un par de cientos de personas lanzando bombas de racimo? ¿El que cumple las órdenes pensando que no hay más remedio y que, de paso, alguna medalla le concederán? ¿El que tala árboles, sin ton ni son, para mejorar la cuenta de resultados de su empresa destrozando un mundo que será inhabitable muy pronto? ¿El que obliga a que nazcan niños condenados a morir de hambre diez días o diez años después? ¿Quizás un médico que practica abortos? ¿Cualquiera de nosotros permitiendo que todo esto pase?¿Quién tiene derecho a asesinar a otro asesino? ¿Quién es capaz de tomar una decisión desde la certeza? Parece que el frío va y viene de Madrid sin prestar atención al presente. El tráfico es denso. La gente camina con rapidez mirando hacia abajo. Un ruido constante parece no moverse desde hace años. Nadie en las ventanas. Pocos niños. Los que se ven, siempre acompañados de sus padres. Ninguno de ellos habla. Sospecho que nadie se quiere hacer preguntas que generen otras. Respuestas que acomoden. Eso sí.


dic 31 2006

El año de todos

Se acaba el año.Los medios de comunicación se empeñan en que estos doce meses quedarán marcados y serán recordados por un proceso de paz que se ha puesto difícil a última hora; por la muerte de un dictador en la horca, de otro en su cama, de la que le llegará pronto al de la isla del caribe; por el pillaje al que nos han sometido los políticos delante de nuestras narices; por algún éxito deportivo o algún fracaso que, aunque esperado, dejó el mundo del deporte al borde del colapso emocional; quedarán marcados por las guerras, los incendios y no sé qué más cosas.Sin embargo, cuando pasen unos años no recordaremos casi nada de todo eso. Nos preguntaremos si Litvinenko murió el año dos mil seis o el dos mil cinco. Eso si somos capaces de saber que eso ocurrió alguna vez.No, este año no lo recordaremos por las grandes cosas que le sucedieron al ser humano. Que no.El recuerdo tendrá nuestro mismo aspecto ante la historia. Apenas una insignificancia para los demás, vital y necesario para nosotros mismos.Será el año que nos quedamos sin trabajo porque un sujeto imbécil hasta más no poder se empeñó en que la empresa lo es todo en la vida y nosotros no somos rentables a partir de los cincuenta; será el año de nuestra boda; el mes de agosto de dos mil seis no lo olvidaremos jamás porque murió nuestro padre; el año que conocimos a nuestro mejor amigo; los doce meses más penosos de nuestra vida, los que pasamos metidos en el hospital cuidando de la abuela. Será nuestro año. El mejor. El peor. El más anodino. Un año más.Se acaba el año en que nació la joven Gimena, el año que publiqué mi segunda novela, el año que conocí la traición, doce meses durante los que el recibo de la hipoteca me ha obligado a hacer números imposibles, un año durante el que mi mujer me ha enseñado (otra vez más) que querer es un privilegio. Desde el pasado día uno de enero, los muertos han seguido muertos y todos los vivos han seguido vivos. Y poco más. Será por esto por lo que pueda recordar. Lo demás es accesorio.A las doce de la noche, cuando casi todo el mundo estemos atragantándonos o fingiendo un ataque de tos inoportuno para alegrar a los chavales, se habrá acabado lo que queramos. Nuestro año. Y poco más.


dic 29 2006

Una sana relación

Alguna vez me han acusado de tener una relación enfermiza con la muerte. La primera vez que pasó pregunté. ¿Qué te hace pensar algo así? Antes de contestar me miró con gesto desconfiado. ¿No sabes que de esa no se puede hablar como de un árbol o como de un niño? Ha pasado mucho tiempo desde entonces y he seguido arrimando la palabra y el pensamiento a la muerte. Con tanta naturalidad como he podido. Y siempre cuando la he tenido lejos porque si sientes que te ronda o que se está pegando a alguien cercano no eres capaz de hacer nada. Ni escribir, ni pensar. Ni siquiera vivir. Es necesaria la distancia para poder hacerlo.
La muerte en occidente sigue siendo negra, sujeta una guadaña y representa el horror, lo peor que le puede pasar a un hombre. Supongo que esto obedece a la amenaza de un infierno cristiano, a un chirriar de dientes casi garantizado para los pecadores. A este lado del mundo, todos guardamos un íntimo sentimiento de culpa absurda que nos coloca en el borde de un caldero humeante desde hace siglos. Todos sin excepción. Creyentes, ateos, hombres y mujeres. Y creo que es un gran error. Deberíamos aprender a ver en la muerte un límite, el de nuestra condición finita. Poco más. En una sociedad que defiende una filosofía contraria, la baratija del no limits, la muerte ha desaparecido, la han hecho ocultarse entre supuestos éxitos capitalistas para regocijo de aquellos que quieren pasar por el mundo como por un parque de atracciones. Parece que nada muere sino que se usa y se tira.
Hablar de la muerte, acercarse a ella, no es fácil. Solemos decir bastantes tonterías. Por ejemplo, suponer y armar un discurso desde la idea de una muerte igual para todos, es algo habitual. ¿Cómo puede alguien decir semejante idiotez? Cada día mueren miles de niños en los países más pobres a causa de un catarro. Eso mismo, a uno de nosotros, nos cuesta como mucho sesenta céntimos de euro. Lo que tengamos que abonar en la farmacia al comprar aspirinas. No es igual; cómo va a ser igual. En un mundo injusto todo lo es, incluida la muerte. Como mucho lo que se iguala con la muerte es la jerarquía aportada por lo material. Aunque es dudoso. Otra forma equivocada de acercarse a la muerte es despreciando la vida. Idea muy fascista y que funciona muy bien cuando se trata de arengar a las masas. Quien teme a la muerte no debería tener derecho a vivir. Eso es lo que escuchaban los jóvenes italianos antes de que comenzase la segunda guerra mundial. Despreciar la vida y amar la muerte. Claro, que esto llevaba a despreciar la vida propia y la ajena. Esa sobre todo. Una gran equivocación eso de acercarse a la muerte alejándose de la vida. Algo que está sucediendo hoy en países que nos pintan como enemigos los políticos usando los medios de comunicación de forma vergonzosa. Un muchacho capaz de atarse a la cintura un explosivo que acabará con él y con todos los que tenga alrededor, sólo puede hacerlo si la vida que conoce es un martirio, o si le han enseñado que la vida sirve de poco. Para vivir así mejor morir. Desprecia su vida y la del resto. Siempre la misma canción.
La muerte está y mejor será que lo asumamos lo antes posible. No podemos ocultar o negar algo así. Ni podemos acercarnos a ella de otra forma que no sea de frente, con sensatez. Creo yo que lo más sano es pensar que cada día le arrancamos pequeñas cosas a nuestra finitud. Y que lo hacemos mientras estamos vivos, en nuestro terreno, donde las reglas las ponemos nosotros, sabiendo que la meta se llama muerte, que todo aparece cuando lloramos por primera vez y desaparece con el último aliento. No sabemos qué nos espera después de muertos. Lo que si podemos es contarnos el mundo unos otros, un mundo en el que la muerte tiene su parcela reservada. Eso será mucho mejor para todos. Y mucho más sano.