ene 24 2009

Secretos

Diciembre y enero son meses muy complicados. Los adultos nos dedicamos a pensar en cómo llegar a final de mes sin tener que echar mano de los ahorros para que los reyes magos lleguen con la bolsa llena de los regalos deseados. Los niños a pensar en si llegarán esos regalos o (muchos de ellos) en cómo asumir que todo era mentira y que son papá y mamá los que andan por Madrid intentando que el mundo sea más acogedor. Conocer esa verdad es, quizás, una de las más dolorosas o, al menos, una de las más impactantes. Descoloca a los niños y, de paso, hace que los padres se dediquen, por primera vez, a dar explicaciones a sus hijos.
Es verdad que los niños tienen una enorme capacidad de adaptación y pronto descubren que, en realidad, acaban de descubrir el chollo de su vida. Ya no sirven excusas. Si piden tal o cual cosa tienen la certeza de que el esfuerzo por parte de los falsos reyes será máximo. Ya no hay terceros culpables. Tienen nombre, apellidos, cara, sexo y usan un cuarenta de pie.
Los que tenemos menos capacidad de adaptación somos los adultos. Descubrir que los reyes son los padres, que el príncipe o la princesa azul no son más que personas normales a las que decidiste idealizar, que uno mismo es una personita de carne y hueso expuesta a que la vida le sacuda de lo lindo, que no eres capaz de ver las cosas hasta que alguien te obliga a mirar lo que no quisiste ver o, sencillamente, que vives dentro de una gran mentira construida por ti mismo, descubrir eso, decía, provoca una gran hecatombe difícil de gobernar.
Un buen día decides pensar sobre eso que ocurrió, sobre aquello que intuiste que no tenía mayor importancia, sobre lo que has tenido delante de las narices y que has despreciado porque no te podías creer que, en realidad, era lo que ahora ves con claridad. Y el mundo se derrumba. Ni eres tan estupendo (te lo dijeron para que te quedaras calladito), ni nada era como querías que fuera.
Descubres que todas las personas somos parecidas, que lo que te han echado en cara fulano o mengano lo han estado haciendo a la vez que tú, que si corres un poquito el velo te encuentras con una verdad escalofriante. Actitudes inflexibles, tranquilidad donde debería haber inquietud ajena, distancias largas donde creías que la cercanía era total, facturas pendientes, juicios que se produjeron sin que tú lo supieras, venganzas convertidas en una rutina insoportable, falsos amores, soberbia que ciega.
Nada es lo que parece. Todos tenemos las mismas cosas que ocultar. Por eso no nos confesamos entre unos y otros que los reyes magos no existen y que ni siquiera tienen una bolsa de regalos. No, lo que tienen es un montón de secretos que si te dejaran a los pies de la cama te obligarían a pegarte un tiro.
Los secretos son eso, cuestiones inconfesables que si permites que escapen del lugar en el que se encuentran arrasan con lo que encuentran a su paso.
Llueve en Madrid. Las nubes se unen a las azoteas. Los recuerdos y las explicaciones se pegan a la ropa que pesa más que nunca. El pasado inexplicable, duro, aplastante. La estrella guía no se ve. Ni se dejará ver nunca más para muchos. Unos saldrán adelante. Otros no. Unos seguirán pensando que, al fin y al cabo, la vida está llena de magia. Otros ya saben que allá donde miren se encontrarán con una realidad áspera.
Si lo quieren saber, yo no espero explicaciones de nadie, ni creo que esto sea el chollo de mi vida. Porque, efectivamente, no hay terceros culpables. Cada palo ha de aguantar su vela sabiendo que el esfuerzo de los reyes magos tiene un límite. Y que los reyes se han hecho mayores. Ya no sirven excusas. Mejor pensar en cómo llegar a final de mes, en arreglar la lámpara de la cocina, en ordenar la biblioteca o en qué hacer de comer mañana.


dic 3 2006

Desde lo contrario

Mi padre nació el doce de mayo. Gimena nacerá el próximo martes si insiste en seguir haciendo su primer regate al mundo. La criatura aún no sabe que aquí las cosas pasan te guste o no. Uno nació el día doce del quinto mes. La pequeña lo hará el quinto día del mes número doce. Justo al revés. Como la vida y la muerte.Ayer compré los primeros pañales para la niña. Tuve que pedir ayuda. Resultó que estaba confundiendo el paquete con otro de toallitas húmedas. Son tan pequeños, abultan tan poca cosa, que no era capaz de reconocerlos. No han pasado tres años desde que compré los del joven Guzmán y ya había olvidado el tamaño, el color y el precio de los pañales diminutos. Le quedarán grandes. Sin embargo, después de tres años y medio puedo recordar con una exactitud inquietante cómo mi padre se me moría delante de las narices sin que pudiera hacer nada. Todo al contrario. Llanto y alegría.Los padres están en el mundo para confundirles con los héroes si eres un niño, para odiarles cuando crees que te haces mayor y poderoso, para escucharles cuando dejas de hacer el memo y para llorarles cuando te faltan. Los hijos están para quererles sin condiciones, para dejarse los mejores años por el camino. Ignorancia eterna y conocimiento inmediato. La vida revuelta por siempre jamás.La vida se hace desde lo contrario. Nosotros mismos somos el otro lado. Lo que enseñamos o lo que dejamos oculto para poder disfrutarnos o sentir un odio que cualquier otro no podría mostrar nunca al mirarnos. Intentamos conocer para ser conscientes de lo poco que sabemos, tenemos hijos para dejar de serlo, amamos para sufrir un poco más, odiamos para sentirnos mejor, escribimos para que se imponga la ficción sobre la realidad que representamos. Siempre vemos la habitación reflejada en el espejo. Al revés, pensando que es la misma cosa.Gimena nacerá el cinco del doce. Mi padre lo hizo el doce del cinco. Una extraña coincidencia. Unos nacen el cinco del doce. Otros mueren ese mismo día un poco más. Las cosas de la vida. Lo inevitable al encontrarse en un mundo lleno de contrarios absurdos.


abr 22 2006

Mis alumnos más pequeños

Ana María ha conseguido ganar el premio de relato. Con un buen texto. Tan imperfecto que da gusto leerlo. Con su edad es normal. Casi saludable. Ya habrá tiempo de enmendar esas cuestiones técnicas.
Tiene quince años. Creo. Y no la he visto un solo día sin una sonrisa o un gesto de alegría. Da gusto trabajar con gente así.
Laura, su amiga del alma, estaba tan contenta como ella. O más. No estoy seguro. Ha presentado su texto y no ha tenido suerte. Pero da lo mismo. Gana una y las dos se sienten satisfechas.
Ellas y el resto de mis alumnos miran el mundo desde un lugar que nos hemos construido para poder pasarlo bien, para hablar de los asuntos más disparatados que se nos ocurren. Han perdido el miedo a enfrentarse con ideas que antes causaban perplejidad. Si hay que mirar y encontrar basura se hace. Son un grupo de chicos y chicas que dedicarán sus esfuerzos a estudiar biología, ciencias exactas o derecho. Pero ahora reservan un par de horas a la semana para burlarse de lo feo, de lo incómodo, de lo que otros muchachos de su edad no saben ni que existe. Dedican su alegría a escribir, a escucharme cuando les leo un poema, a entusiasmarse con un buen texto.
Ana María ha conseguido ganar su premio de relato. Laura, su amiga del alma, estaba tan contenta como ella. Y yo me siento un tipo afortunado porque comparto aula con ellas. Y con Clara, Andrés, Jaime, Elena, Cristina, Martín, Claudia…