ene 3 2011

Relatos autobiográficos

Thomas Bernhard es un autor al que no se le puede dar la mano con el fin de seguirle hasta donde quiera llevarte. Si lo haces te puedes encontrar con serios problemas. Deja de gustarte el resto de literatura, te da por mirar con ironía todo lo que te rodea, tiendes a no tomar en serio casi nada, el sentido del humor se afina y no lo comparte nadie contigo, los textos de tono medio o bajo dejan de interesarte, y un aliento corto en las frases te termina pareciendo una baratija literaria. Todo esto estaría muy bien si fuera cierto, pero da la casualidad de que la literatura es Bernhard y lo demás. Peligroso autor, tanto como genial y divertido.

Una forma de acercarse a este autor es leyendo sus Relatos autobiográficos que recogen El Origen, El Sotano, El Aliento, El Frío y Un Niño. Soliloquios que forman una espiral narrativa que envuelve al lector hasta dejarle exhausto, referencias musicales de gran valor, una profundidad en lo narrado que llega a lo más profundo del ser humano y una historia tremenda, insultantemente negra. Un libro que causa heridas en el lector aunque arranque sonrisas y, a veces, carcajadas del que se sabe asomar sin prejuicios.

Calificación: Obra maestra.
Tipo de lector: Exigente con la literatura y consigo mismo.
Tipo de lectura: Envolvente, exigente, difícil.
Engancha desde el principio.
No sobran ni los títulos.
Argumento mucho más amable de lo que pudiera parecer. Muy bien trenzado.
Asombroso lo bien que puede llegar a perfilarse un personaje con una pluma en la mano.
¿Dónde puede leerse?: Es lo de menos. El mundo real desaparece cuando se abre el libro.


miles davis john coltraneso what


nov 18 2010

Sex Shop

Son las doce y media de la mañana. Le ha dado tiempo a guisar, a limpiar la casa entera. Incluso ha podido reparar el grifo sin ayuda de nadie.
Se calza. Zapatos bajos, negros, sin adornos. Busca el carro de la compra, el monedero, el paquete de tabaco. Lista.
Camina sin prisa. Un par de vecinas pasan a su lado. Mueve la cabeza de arriba a abajo para saludar.
Llega a la puerta del sex shop. Se detiene. Imagina.
Un tipo espera para entrar en la cabina. El espacio es muy reducido, pero suficiente. Se pega a él. Le susurra. Voy a entrar contigo. Él no contesta. Se gira sobre sí mismo. La agarra por la cintura, tira de ella con decisión. Un beso apasionado. Y entran. Una banqueta y papel de baño. Suficiente. El universo se comprime en un gemido.
Pide cuarto y mitad de gambas. Un calamar. Paga y regresa a casa.
Mientras coloca la compra, piensa en su marido. En su olor, en si llegará pronto a casa o tendrá que acostarse sola otra vez. En la última vez que se sintió feliz junto a él. Deja el cuchillo sobre la mesa, se quita el delantal. Sale de la casa. Camina rápido hasta llegar a la puerta del sex shop. Entra decidida. Pregunta dónde están las cabinas. Un muchacho que parece no haber dormido la noche anterior señala con desgana. Un tipo espera para entrar en la cabina. Pantalones vaqueros grises. Muy ajustados. Los zapatos manchados de barro en los tacones. Calcetines blancos. Una camisa abierta más de la cuenta. Sorprendido, como si estuviera avergonzado, mira hacia otro sitio. Ella se da la vuelta. Sale y desanda el camino.
Esa noche el marido regresa pronto. Charlan de algo sin importancia. Él se queda dormido en el sofá. Y ella.


oct 7 2010

Final de un jueves

Caen unas gotas sobre Madrid. Pequeñas. Convertidas en pecas del asfalto.
Algunos sonidos se mezclan. Reconozco con dificultad alguno de ellos. Todos juntos se escuchan como el quejido de la ciudad.
Apago la luz. Y dejo que todo siga su curso. Las fuerzas justas. Al final del pasillo, una luz tenue que llama al descanso. Y una pregunta en forma de balada. Sin contestación.


jul 6 2010

Diario de un escritor acalorado (3)

No me había parado a pensar (hasta ahora) sobre lo que represento para otros. Siempre, me he conformado con lo evidente, con lo que no da trabajo. Por ejemplo, mis hijos me ven como lo que soy, como su padre. Un padre normal es percibido por unos hijos normales como lo que es. Con matices, claro. Para los más pequeños eres un superhéroe. Para los adolescentes eres un gilipollas. Pero, siempre, el padre.

Todos somos mirados y percibidos de formas diversas. Lo difícil es conocer esas miradas y sus formas. A veces, ni siquiera sabemos que nos observan. Una suerte, por cierto. Y lo raro es parar a pensar sobre ello. Al menos a mí me resulta muy pesado reflexionar sobre algo que, en realidad, no me importa en absoluto. Que nadie se lleve las manos a la cabeza al leer estas cosas. Por lo general, no nos importa nada que no seamos nosotros mismos. Queda horrible, sí, pero es lo que hay.

El sofoco que produce el caminar al sol por las calles de Madrid me produce un efecto modificador difícil de controlar. En el cerebro, digo. Cambio la forma de razonar sin ton ni son. Hoy, con treinta y muchos grados al sol, me he puesto a pensar sobre lo que significa que exista (yo) para algunos individuos. Viejos conocidos, gente con la que apenas cruzo un saludo a diario o desconocidos que saben más de mí, después de cinco minutos leyendo este blog, que lo que sabré sobre ellos en toda mi vida. De verdad que me da igual lo que vean en mí, de verdad, pero no puedo dejar de reconocer que me causa cierta curiosidad saber que existe alguna razón que les lleva a verme así o asá. Y lo más inquietante es tener la certeza de que manejan ideas equivocadas, no sé si por exceso o por defecto. El error puede darse en cualquier dirección.

Me viene a la cabeza (el calor es muy malo) ese tipo que (me consta porque me lo han dicho un millón de veces) me ve como el enemigo público número uno. Dice cosas sobre mí, totalmente, disparatadas, me odia a muerte y me tiene presente en su vida mucho más tiempo del que le tendría yo estando locamente enamorado de él. Un idiota, vaya. Intuyo que represento la mala conciencia (la suya). Si no es así no podría explicármelo. Vio en mí un peligro (¿?) cuando decidió hacer de su hijo un hombre de provecho (es un mamaracho, pero un padre siempre lo intenta), me llevó al límite, trató (aún trata) de justificar lo que hacía (lo que hace) de la forma más estúpida y mezquina que nadie puede imaginar y mintió (miente) soltando mierda por los cuatro costados. Lo más gracioso es que me dicen que se lo terminó creyendo (las tonterías que decía). Así son estos fantoches. Lleva intentando que lo inexplicable se justifique desde hace años. Sin conseguirlo, por supuesto. Menudo ridículo. Supongo que, cada vez que me recuerda, le da un ataque de mala conciencia que trata de solventar con la maledicencia. Qué bonito.

Mientras escribo esto, pienso en si tendré razón al hacerlo. ¿Estaré metido en esa espiral engañosa, inexacta y destructiva a la que me refería? Seguro que sí. ¿Qué representa ese tipo para mí? La injusticia, claro. Pero como todo esto me parece cosa de memos, es la primera y última vez que dedico más de un minuto de mi tiempo a planteármelo. Allá él con el saco de mierda que tiene sobre los hombros.

Prometo caminar, durante todo el verano, con una bolsa de hielo sobre la cabeza. Los sofocos son malignos. Y, la verdad, me da igual lo que ese piense de mí, lo que pienses tú o lo que piense yo mismo sobre mí. Sólo faltaba que, a estas alturas de la película, intentara ganarme una reputación o algo parecido. Paso, paso.


jul 1 2010

Fotografías

Siempre he pensado que las fotografías fingen con descaro. Una sonrisa que no es ahora, un tiempo muerto, ese pelo que brilla. Las miro. Voy rápido para posar de nuevo, solo, a su lado, le río el gesto o me pescan desprevenido. Y, de regreso, no sé si ha merecido la pena volver a estar con él, que me pase el brazo por el hombro haciendo un chiste, sentir esa mirada cómplice. No lo sé. Me inquieta poder volver a escucharle. Sigo mirando. El día es oscuro. Nos sentamos en una roca haciendo irregular un horizonte difuso. Corre el aire con fuerza. Allí nos veremos algún día, me dice. Aún le puedo escuchar. Con exactitud. Y yo no contesto. Igual que aquel día. Ya lo sabíamos, ambos. Algún día, sí. Pienso.
Va pasando el tiempo en cada trozo de papel. Hasta que deja de estar. Ya, ni escucho, ni huelo, ni siento como me agarra para que me quede quieto entre protestas.
Pero un solo gesto sirve para ser el niño que le seguía a todas partes, para sentirme impresionado por un detalle que nunca nadie pudo ver.
Fingen, fingen con descaro una vida que reconozco a duras penas. Un tiempo que oculto con el gesto de no poder cargar más.