mar 11 2012

Invenciones del escritor (2)

Las buenas novelas soportan todo tipo de lectura; cualquier interpretación puede servir; incluso, algunas de ellas, mejoran de forma notable esos textos (es verdad que esto ocurre en novelas «menos buenas». Podríamos decir que es proporcional la mejora si esa lectura se adapta bien al original y nunca estuvo, ni por asomo, en la mente del autor). De hecho, escritores de prestigio indiscutible se han apropiado de esas lecturas sabiendo que encontraban un filón que haría vaciar el almacén del editor y engrosar su cuenta bancaria. Cuentan que mi admirado Julio Cortázar dijo que su cuento «Casa tomada» representaba un sueño. Sólo eso. Tuvo un sueño y lo plasmó en el papel. La crítica dijo algo sobre la gran metáfora que era ese relato, que el peronismo era eso, que bla, bla, bla. Dicen que, finalmente, Cortázar llegó a afirmar que su cuento era un sueño que metaforizaba el peronismo. Creo que a Cortázar debemos perdonarle esta debilidad, pero sirve como ejemplo.
Todo esto es, también (aunque no siempre, como ha quedado claro) cosa de malos escritores. Lo buenos, los verdaderamente buenos, escuchan o leen atentamente lo que les dicen y sonríen o se carcajean como le pasaba a Pepe Hierro (claro, se pueden permitir ese lujo porque saben que no hay nada de eso, pero, por contra, lo que sí está es más que suficiente). Aceptaré que, en alguna ocasión, efectivamente, ese «descubrimiento» estaba en el texto y que el autor no había reparado de forma especial en ello, pero que, sin embargo, era lo que hacía grande su novela o su poema. Lo inaceptable es que el escritor vaya asumiendo como parte de sus trabajos todo aquello que los mejora. Sin pudor. Aunque nunca estuviera de forma explícita o implícita en lo dicho.
Y lo peor de todo es que esto no es una invención mía. No. Esto ocurre más veces de lo que uno puede llegar a pensar. Es algo que pasa desapercibido si aún no se ha perdido la inocencia como lector, pero cuando a uno le han salido espolones en esto de la lectura, mejor ni pensarlo.


ene 26 2006

Treinta años son dos minutos

Pensar una vida es cuestión de paciencia y de cordura aunque pueda hacerse en un par de segundos. Julio Cortazar ya enseñó en su cuento “El perseguidor” que entre parada y parada de un viaje en metro pueden pasar por la mente años de existencia. Un relato muy recomendable para el que quiera acercarse a las distorsiones espacio-temporales que en literatura se producen con cierta frecuencia y mucha facilidad.
Pero puede ocurrir justo lo contrario. Podría ser que estuviéramos dándole vueltas a un segundo de nuestra vida horas y horas. Sin parar. Por eso es cuestión de paciencia. Y de cordura, creo. No estoy seguro de que eso sea lo mejor.
Podemos llenar una vida con el pensamiento de un segundo. O quizás, un segundo envolverá una vida entera al pensarla. El tiempo es así de flexible.
“Tomé un último trago de aquel elixir y tuvieron que pasar veinte años hasta que lo pude hacer por segunda vez. Recordaba el sabor perfectamente”. ¿Lo ven? Veinte años en un par de frases. Cuatro segundos, casi cinco de lectura. Una sensación esperada durante tanto tiempo se convierte en unos segundos. Es lo bueno del tiempo. Lo podemos estirar o encoger a nuestro gusto. Y no pasa nada.
Estoy a punto de cumplir cuarenta y dos años. Miro atrás y no sé qué hacer. Podría decir y pensar que he sido feliz, que sigo vivo o algo parecido. Mi vida reducida a un instante gracias al lenguaje. Pero podría dedicarme a escribir páginas y páginas relatando todo lo que recuerdo de esos años. Desde la primera imagen que conservo hasta este mismo momento. La vida narrada intentando detallar cada segundo. Pero me temo que es lo mismo. No sé si vale la pena el esfuerzo. ¿Es necesario recordar cómo fueron mis primeros quince años de vida? ¿Quizás sea mejor centrar los esfuerzos en lo que sentí el día que mi madre me soltó la mano en la puerta del colegio y pensar ese instante una y otra vez? No lo sé. Prefiero reflexionar sobre lo que queda por delante. Treinta años o un par de minutos. Depende de cómo lo quiera mirar.
Y el caso es que mola tener esa posibilidad. Treinta años o dos minutos. Lo que yo quiera.