ene 7 2013

Solitarios, ignorantes y zumbados en la red

En internet está toda la información que uno pueda imaginar. Al alcance de cualquiera que disponga de un ordenador y conexión a la red. ¿Es esto bueno? ¿Sirve de algo?
Efectivamente, todo se puede encontrar a través de un buen buscador. Lo bueno y lo malo. Esa es la grandeza y la miseria de internet y de sus usuarios. Buscamos y encontramos. Pero lo estúpido es que creemos lo que nos llega en forma de páginas web sin control, sin regulación alguna. Si buscamos la predicción del día de nuestra muerte no tiene importancia. Cualquiera sabe que es una memez y si alguien no lo sabe significa que ni internet ni la enciclopedia británica podrá solucionar el problema del pobre majadero. Pero si buscamos algo importante la cosa cambia. Es muy normal que los enfermos intenten acceder a información que trate lo que les está matando. De eso sólo entienden unos pocos. Médicos y no todos. Encuentran una página que dice que lo suyo no tiene solución (escrita por alguien que tampoco la tiene) o que está chupado curar algo así (escrita por alguien dispuesto a sacar la pasta a quien se ponga por delante). La información se puede contrastar o no. Depende de los casos. Y los usuarios tragan con lo que les echan. ¿Sirve esto de algo? ¿Somos más listos por tener este tipo de información o mucho más ignorantes? En el caso de llegar a una página con contenidos ciertos y bien estructurados, el usuario se encuentra con un problema de difícil solución puesto que no entiende una sola palabra. ¿Dónde termina buscando lo que necesita o quiere leer? En las que entiende y han sido escritas por listillos, iluminados o usuarios que cuentan la batalla que ellos vivieron y no tiene porque ser útil para otros.
Hay usuarios que siguen creyendo en las relaciones que se establecen en la red. No negaré que existen casos en los que dos personas se han conocido a través de un chat y les ha ido de maravilla. Pero, a diario, se producen cientos de miles de contactos que llevan a pensar a los implicados que las relaciones interpersonales a través de una pantalla son maravillosas, mucho mejores que las que se pueden producir comprando el pan o bebiendo una estupenda copa de brandy en compañía de otros. La soledad, la imposibilidad de querer o ser querido, la falta de recursos para planificar una relación normal y corriente suele estar detrás de todo esto. Por tanto, podemos ser mucho más ignorantes y estar mucho más aislados agarrándonos a una pantalla de ordenador. El horror, vaya.
Además, son muchos los que están desdoblando su personalidad como si no pasara nada. En casa gritan como cochinos a sus esposas e hijos. Al interlocutor que se apoda tigresa33 o batman45 le pueden decir frases hermosas y redondas (copiadas y pegadas de alguna página hortera). Lo mejor de sí lo vierten en un lugar vacío, frente al que él o ella toma por la persona más encantadora del universo. A veces (casi siempre), esto ocurre sin que el internauta sepa si habla con un hombre o una mujer, si está chateando con Jack el detripador o con el jefe de pista del circo polaco. Solos, ignorantes y medio zumbados. Un panorama desolador.
Todo esto puede ser justo al contrario. Con dos dedos de frente cualquier artefacto, cualquier herramienta virtual o no, se puede y se debe manejar con solvencia. En manos de un loco un cacharro se convierte en un peligro. En manos de una persona normal un arma suele ser inofensiva.
En fin, que un idiota lo es con internet a mano o con una copia de las obras completas de Faulkner en la mesilla. Pues eso.


ene 23 2012

Palabras huecas

Los dedos de los pies ya no nos sirven. Se han ido atrofiando siglo tras siglo, sin remedio. A algunas palabras les pasa lo mismo. Se deshacen con lentitud, también sin remedio. Los dedos no se usan para casi nada y pierden su valor; esas palabras se utilizan más de la cuenta, las vaciamos usándolas sin ton ni son. Es el desgaste de lo cotidiano, del uso irreflexivo por parte del que las pronuncia. Suelen ser las más grandes de todas, aquellas a las que añadimos un buen puñado de usos que hacen más cómoda la comunicación, esas que utilizamos mecánicamente sumándolas adjetivos y adverbios sin reparar en lo que hacemos. Queremos decir más y decimos menos. “Te quiero mucho” será siempre menos que un simple “te quiero”. Pero es igual porque la torpeza colectiva no se castiga. Decimos y decimos sin pararnos un solo instante, escuchamos y escuchamos sin recapacitar sobre lo que nos dicen. Los jóvenes heredan esas palabras huecas y se revuelven nerviosos. Saben que poco pueden hacer con ellas. E inventan. Ellos saben que decir al perro “te quiero mucho” es casi lo mismo que decírselo a un primer amor. Por lo menos se dice con la misma naturalidad. E inventan. Tan sólo lo puede cambiar una mirada o una caricia. “Me molas” quizás esté más lleno de sentido. Para ellos, no para los que estamos acomodados entre un lenguaje falto de reflexión, carente del sentido con el que se construyó. Ni entendemos la jerga de los jóvenes, ni entendemos la necesidad que les lleva a sustituir una palabra rota por otra, ni el uso de un pantalón lleno de agujeros. No llegamos a comprender casi nada aunque cuando nos miramos en el espejo creemos ver al chaval de veinte años que hemos sido hace un instante. Y de paso, estamos dejando de entendernos entre los adultos porque las que usamos, hace algún tiempo, significaban mucho y, ahora, se deshacen entre adornos que convierten las palabras en baratijas. Y es que no sabemos ni lo que decimos.


ago 23 2011

Violencia machista

Las noticias nos conmocionan. Nos cuentan que ha muerto una mujer a manos de su marido, del que lo fue, del novio o de cualquier bruto y nos quedamos petrificados ante el televisor, la radio o el periódico. Es lo normal. Ante una barbaridad de esas dimensiones cualquier persona sana de la cabeza estaría perplejo.
Inmediatamente comienzan las reacciones. Algunas de ellas lamentables. Y no porque justifiquen el crimen. No. Lo condenan gentes públicas que dedican su tiempo en los medios de comunicación a generar polémicas y noticias absurdas que, casi siempre, tienen un fondo denigrante para todos y, especialmente, para la mujer. Atiendan a esos programas que infestan la televisión, por ejemplo, y piensen en las actitudes violentas, las discusiones absurdas que se hacen a gritos y las caras de odio que se gastan unos y otros. Caldo de cultivo. Es verdad que otras de esas reacciones son prudentes, contenidas, razonables y con un fundamento claro que reside en la tolerancia y la buena educación. Pero son las menos. Pero, también, comienzan las reacciones en las cafeterías, en las tascas y en las casas (sí, en las casitas de los españolitos). Y esas son las verdaderamente peligrosas. Si miro la televisión con mis hijos al lado y escucho a un mamarracho amenazar a una mujer les explico que eso es malo y que el tipo es un mierda. Pero si digo que algo habrá hecho la muerta (aunque sea bromeando), si justifico mínimamente una muerte violenta de una mujer a manos de un hijo de puta, la cosa es muy grave. La única forma de acabar con esto es educar a los futuros novios y maridos haciéndoles entender que la mujer es sagrada aunque sea más débil. Sagrada. Sin paliativos, sin excusas. Cuidado con tanta broma gilipollas y tanto chiste en la barra del bar. Los hijos son reflejo de lo que son sus padres. Todas sus excelencias y todas sus miserias se las llevan puestas. Por supuesto, otra vía de solución para meter entre rejas a esa banda de cabrones es perseguirles sin descanso para que caten una celda hasta y que nos les queden ganas de poner la mano encima a una mujer.
Hoy, mientras circulábamos en el coche, una conductora ha frenado a destiempo. Eso ha sido así y casi abollamos los vehículos media docena de personas que la seguíamos. El conductor que tenía a mi derecha ha gritado a la infractora. Puta, le ha llamado. A su derecha su mujer, detrás tres muchachos (supongo que serían sus hijos). Te arrancaba la cabeza de una hostia, ha dicho después. ¿Qué les parece? Pues esto es violencia de género. La conductora estaba aturdida y atemorizada. La señora que viajaba al lado de ese mequetrefe no lo parecía tanto. Y los muchachos parecían ausentes. Caldo de cultivo. Lo más gracioso de todo (si es que tiene alguna gracia) ha sido que cuando he comenzado a bajar la ventanilla para decirle lo que pensaba al machote de los cojones, ha salido pitando de allí.
Está muy bien que nos quedemos estupefactos ante noticias terribles que anuncian la muerte de mujeres. Pero deberíamos atajar estas actitudes cada uno de nosotros en nuestro entorno más próximo. Con valentía. En un futuro podrían ser nuestras hijas las que aparecieran en pantalla, metidas en una bolsa de plástico camino del tanatorio.
Nada de chistecitos, nada de comentarios machistas, ni un paso atrás frente a los cabrones que maltratan a sus parejas. No queramos que esto lo arreglen otros cuando podemos hacer cosas nosotros mismos. No dejemos que los programas de televisión que destilan violencia dialéctica por todos los lados sean la pizarra en la que los chicos aprendan. Ahí no hay nada que merezca la pena. No dejemos que nadie insulte o agreda a la mujer. Porque es sagrada. Y punto.


abr 6 2011

El cuaderno nuevo

Acabo de terminar un cuaderno. Cien páginas. Otras cien páginas. En él quedan escritas reflexiones sobre lo bueno y lo malo, sobre lo que pasó o nunca llegará a ser, ficción y parte de una realidad que necesitaba ser comprendida. Cien páginas que pueden ser muchos años pasados o una fracción de segundo sin importancia. Lo que ya nunca tendrá espacio es el dibujo de un futuro.
Son muchos los nombres que quedan escritos. Algunos ya ni los recuerdo. Otros aparecerán inevitablemente en las próximas cien páginas. Lugares, anécdotas, lágrimas, momentos inolvidables. Una vida literaria casi entera.
Siempre que cierro un cuaderno que se acaba siento algo de nostalgia, algo de pena. Este lo cierro sabiendo que lo escrito es lo que quise decir. A pesar de todo. Tal vez, esta vez sea alivio más que otra cosa.
Pero acabo de empezar a escribir en otro. Nuevo. Tapas de color naranja, papel amarillo. Incluso he limpiado mi estilográfica y la he recargado con la mítica tinta verde. Otro cuaderno entero y por rellenar. Prometo intentar que la caligrafía sea la adecuada.


ene 24 2010

Gotas de sol

Lee el periódico. La luz del sol parece que llega a poquitos. Hoy llueve el sol, piensa. Pocos paseantes en el parque.
Una pareja se detiene frente a ella. Diez o doce metros más allá, donde la tierra húmeda acaba y comienza una pradera inmensa.
Él se tumba. Las manos en la nuca, las piernas cruzadas. Ella se sienta muy cerca. Se agarra las piernas con los brazos. Las rodillas pegadas al pecho. Escucha mientras él habla.
Imagina cómo es la conversación Es posible que sea la misma que ella tuvo alguna vez. Cree que la muchacha está fingiendo algo de desinterés, tal vez un pequeño y absurdo enfado. Si estuviera irritada ya le estaría poniendo las cosas en su sitio. No guardaría tanto silencio.
Él se incorpora. Apoya la mano izquierda en el suelo. Con la otra intenta que ella deje de agarrarse las piernas. Está serio. Dice algo mientras ella parece impasible.
No, deja que sea él quién haga el trabajo, que se tome esa molestia. Tú en tu sitio, piensa mientras deja de disimular su interés. Ahora no aparta la vista de lo que pasa. No se lo perdonaría. Se excusa consigo misma. Y tú, chaval, deberías mover ficha. Así no vas a ninguna parte.
El muchacho se arrodilla ante ella. Se quita el chaquetón y lo extiende a su izquierda. Dice algo que hace sonreír a la chica. Se acerca moviendo las rodillas con rapidez.
Ve cómo se besan. Ella ya no ofrece ningún tipo de resistencia. Se tumban sobre el abrigo del muchacho. Ella sobre él.
Le parece que no debe seguir mirando. Sigue con la lectura de la prensa. Cuando vuelve a husmear, la pareja se mira. Tumbados de costado, frente a frente. Llega su marido. Impecable, gafas de sol, ademanes de quien lo tiene todo resuelto. ¿Sabes? dice ella, hoy parece que el sol está lloviendo, ¿te habías fijado? El marido se quita las gafas. Extrañado, se sienta cruzando las piernas. Mira a su mujer. Y le pregunta si está bien, que últimamente dice cosas muy raras.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


ene 20 2010

¿Por qué leemos? (II)

La lectura de algunos libros marcan definitivamente, orientan el pensamiento y la mirada del lector hacia territorios poco frecuentados antes de producirse esa lectura.
Una de mis alumnas más jovencitas acaba de terminar la novela “Mientras agonizo” de William Faulkner. Me decía: ¿Cómo es posible que un mundo tan repugnante como el que se pinta en la novela pueda parecerte reconocible? Es como si ya hubiera estado allí, muchas veces. Y, sin embargo, no tiene nada que ver con mi vida. Es lo mismo que sufrir de vértigo. La caída parece arrastrarte, es como si te llamara y tú no pudieras resistirte a acudir sabiendo lo que te espera. Y lo que te espera es el horror y la muerte.
Siempre he pensado que el lector lo que quiere es conocer y reconocer su propio horror y su propia muerte en la de otros. Sería más exacto decir “en otros”. Es verdad que puede ocurrir lo mismo con la diversión y el amor. La diferencia es que eso podemos conocerlo y reconocerlo en una sala de fiestas. Hay más opciones.
Una lectura que se limite a una opinión sobre lo bien escrita que está la novela es una lectura estéril porque el que nos cuenta pone a nuestro alcance mucho más que un alarde retórico o estilístico, mucho más que una sucesión de divertidas o espantosas anécdotas que sirven para entretener el pensamiento con milongas. Lo que se pone enfrente del lector al escribir ha de ser una representación de la realidad que se incorpore a la del individuo. Eso se toma o se deja. No caben opiniones. Otra cosa es que, más tarde, las personas que necesitan vivir de ello, analicen las obras y nos lo cuenten en un ensayo que puede ser de lo más interesante aunque no podrá aportar ni un ápice a la experiencia que produjo esa lectura y que nos conmocionó.
¿Hay algo más divertido que tener una experiencia que nos modifique la forma de pensar aunque sea sobre la muerte propia? Desde luego leer una patraña sobre Leonardo y la Iglesia no lo es. Mirar la televisión tampoco.
Cuando abrimos una novela vivimos en otros nuestra propia experiencia (si no la hemos tenido la descubrimos y la sumamos de forma vicaria). Sea cual sea. Y esa es una de las razones por la que una persona dedica buena parte de su tiempo a leer.
Y debe ser este uno de los motivos por los que desconfío de la crítica que se viene realizando en los últimos tiempos. Mucho tecnicismo, mucho lenguaje por aquí y por allá aunque poca experiencia vital. Es más, son pocos, poquísimos, los críticos que hacen referencia al tema de la novela por incapaces. Sí se manejan bien con los vehículos que se utilizan en la narración para llegar a ese lugar que nunca aparece, me temo que por desconocerlo. Pero del “cogollo”, de la esencia de la narración casi nada. Sin embargo, el lector (sin reconocer la razón y ni falta que hace porque no le pagan un solo céntimo por ello), el lector, decía, sí llega a esos territorios porque modifican parte de su ser. Sin tecnicismos, sin grandes habilidades para la escritura. Pero con toda la vida por delante para experimentar lo que nunca ha conocido.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano