feb 21 2012

Vehículos y relato

El hombre enseña lo que puede de sí mismo. Y lo hace después de utilizar la cosmética. Esta es la única cosa que le deja con mejor aspecto. La cosmética del relato.
Todo es prescindible en la vida de una persona porque puede sustituirse por algo mejor, peor o que apaña la cosa para hacerla más llevadera. Todo puede cambiarse excepto el relato que hace cada uno de sí mismo intentando acercarse al sentido de estar vivo.
¿Dios es suficiente para explicar de qué va todo este lío? ¿Lo es el dinero? ¿La amistad por sí misma tiene algún valor para el individuo? Sólo el relato personal es el camino por el que se alcanza una explicación que (aunque imperfecta) ayuda a que continuemos adelante.
Esto lleva a pensar que el sentido de la vida es uno mismo. O, al menos, está en uno mismo. Ni Dios, ni el triunfo, ni arriesgar, ni los amigos. Ni siquiera los enemigos (que hacen mucha compañía). Nada de nada. Esos son los vehículos que nos llevan de un lado a otro; de senda en senda, buscando lo que tenemos dentro. Pero sólo son eso.
Hace algún tiempo que andaba pensando en todo esto. Los escritores tenemos rachas en las que, aun teniendo cosas que decir, dejamos de hacerlo para madurar las ideas. Por eso no lo he dicho antes. Aún me sigue pareciendo poca cosa. Y ha sido una de mis alumnas, Laura Cidón, la que a sus quince años se ha atrevido a entregarme un dibujo (el que aparece sobre estas líneas) y me ha dicho que ya era hora de volver a decir cosas, que con ese dibujo se inauguraba otra etapa creativa y, sobre todo, productiva. Los jóvenes son así. Descarados, valientes y deliciosamente insensatos.
Poder contar estas pequeñeces; sobre todo contárselas a sí mismo, es lo que hace al escritor. De nada sirve intentar explicar un mundo desde la ficción sin entender la realidad, pensarla y dejar que la literatura llene los huecos que amanecen al lado de uno. Unas veces la carroza es un hecho inesperado, otras la muerte cercana. Hoy le ha tocado el turno a Laura Cidón. Un magnífico vehículo con motor a propulsión. Gracias, querida.


sep 30 2010

Sobre las pesadillas de un escritor

– Vamos a ver. Si no guardamos silencio, aquí no se va a enterar nadie de lo que digo. ¿Ya? Muy bien. Tenemos esto a reventar. Sólo se quedarán los condenados al fuego eterno. El resto se van a reencarnar. Silencio, silencio, coño. No haber sido tan cabrones. Son las nuevas directrices. Podéis elegir de la lista que veis a mi espalda una forma de vida nueva. Como volveréis por aquí, ya veremos si se ha solucionado el asunto del espacio. Venga, voluntarios para orugas. Vaya, nadie quiere ser oruga. Voluntarios para merluza. Tampoco. Pues nada, de aquí para allá, orugas. De aquí para allá, merluzas. Y ese grupo de allí; sí, sí, los escritores; os quedáis ahí hasta que os diga.
– Joder, fijo que nos meten en una caldera especial o nos convierten en sabandijas.
– Calla, no vayamos a ponerle de mala leche.
– Venga, los escritores. Venid conmigo. Satán quiere hablar con vosotros.
– Así que estos son los escritores. Muy bien. Que levante la mano quien se haya dedicado a la novela rosa, a los best sellers y los que han ido de escritores para vivir por la cara. Tú, levanta la mano. No seas tan listo porque aquí lo sabemos todo. A estos los quiero en una mina. Y que no se mueran en menos de ochenta años. Los que quedan me los ponéis a funcionar en el polo. La tinta que no la caten. Sí, de esquimales o de focas o de lo que te salga de los huevos. No, no, a ese le dejas a solas conmigo. Adiós, queridos amigos. Espero que tengáis una vida de mierda.
– Oiga, Satán, que yo no necesito nada especial. El polo me va bien.
– No, tú te vas a dedicar a escribir otro poquito. Sesenta o setenta años. Sin ningún éxito, sin que nadie sepa quién eres. Tendrás ideas que no lograrás explicar. Aquí se castiga a los malos. Y no se me ocurre cosa peor.
– ¿No hay un hueco en el fuego eterno? No me importaría y no quiero causar molestias.
– Arrivederci, Ramírez.


jul 17 2010

La otra parte

El día se ha puesto extraño. Amaneció soleado y, ahora, amenaza tormenta. Bochorno de verano.
Buscar profundo es lo que toca casi siempre en la vida. Lo superficial apenas deja poso. Es tan cómodo como inútil. Los tesoros, siempre, se encontraron mucho más allá. Detrás de una gran roca que nadie pudo levantar antes, en el fondo del mar, en los momentos más difíciles. Y siempre fueron hallados por hombres y mujeres dispuestos a cualquier cosa antes que a pasar por el mundo de puntillas, sin hacer un solo ruido.
El sentido de la vida, eso que nadie encuentra porque no se busca, existe. No está en un bosque, ni en una iglesia. No. Está en nosotros mismos, forma parte de lo más íntimo de nuestra existencia. Es la propia eternidad. Será extraño que alguien que no lo buscó en vida lo encuentre después de morir. Quien busca la nada encuentra la nada.
La antropología, la religión (no una religión sino la religión), la mitología que llega desde un mundo simbólico que despreciamos a costa de un materialismo estúpido, la razón, todo invita a buscar la respuesta a una pregunta que nos formulamos desde niños. ¿Qué hago yo aquí? Nos empeñamos en jugar con el agua de la superficie sin querer meter el brazo y, luego, tirarnos sin miedo a un mar que se llama yo. Queremos tener olvidando ser. Y eso es tremendo. Perdemos la perspectiva del futuro a cambio de anclarnos a un pasado que debería ayudarnos a continuar, pero que se convierte en lastre. Perdemos nuestra condición de personas queriendo dejar la parte que no tocamos, la que nos asusta.
Lo que vemos creemos dominarlo, nos hace creer que nuestro poder es ilimitado, pero al aparecer el primer problema eso se derrumba. Porque lo indecible, lo inmaterial habita en nosotros mismos. Eso que sabemos que no sabemos nos martiriza y huimos asustados si lo percibimos cerca. Pero lo necesitamos en los momentos más difíciles porque sabemos que ahí se encuentra el sentido de todo.
Necesitamos buscar aunque no se encuentre. No sabemos qué intentamos asir, pero eso es igual. No hay explicación salvo que nos convirtamos en intrépidos exploradores de nosotros mismos. Explicación. ¿Por qué queremos explicaciones si nos llevan, a veces, hasta donde no queremos? ¿Pudo algún enamorado explicar por qué llegó a enamorarse de esa forma? Si alguien lo hizo es que no lo estaba. Lo que es necesario es buscar. Estar en movimiento para llegar, tan cerca como sea posible, a nuestro límite. Pero sabiendo que el hombre es finito con vocación de infinito, gracias a eso que no sabemos decir ni explicar aunque lo llevamos dentro.
Amenaza tormenta. Aquí. Y en lo profundo. Es hora de zambullirse sin miedo. Como tantas otras veces. Hoy necesito continuar con mi novela.


mar 1 2010

Punto de no retorno

El último plato liso acaba de estallar contra la pared. Busca algo más, algo que pueda lanzar con fuerza haciendo que la saliva se le escape de entre los dientes al realizar el esfuerzo. El rostro encarnado, desencajado.
– Eres capaz de sacar lo peor de mí cuando te pones en este plan.
– Tal vez lo que ocurre es que ahora te dejas ver sin máscaras ni disfraces, contesta sin moverse, sentado en el sillón de piel negra. El gesto serio, los brazos cruzados sobre el pecho. Sólo se permite mover los ojos buscando trozos de loza por el suelo.
– Te odio, eres lo peor que me ha pasado en la vida. Y no quiero volver a verte nunca más. Nunca más ¿Me entiendes, cabronazo? Maldita la hora en que te conocí.
Él se levanta. No puede disimular su irritación. Dice algo entre dientes que ella no entiende. Tan sólo alcanza a escuchar una última palabra. Cerda. Cuando cierra la puerta de la calle siente un último ruido. Un objeto que cae al suelo tras el impacto.
Ella abre la puerta y le dice gritando que pase, que dónde cree que va, que las cosas hay que discutirlas. Él resopla, gira con rapidez y entra para evitar que los vecinos vuelvan a tener un asunto del que hablar.
Después, en la cama, se prometen amor eterno. Esas cosas no pueden pasar, hay que evitarlas siempre. Se acarician, se enredan, se aman, ríen. Se desean buenas noches. Él piensa que si cree que con un polvo le conseguirá hacer feliz está muy equivocada. Ella recuerda a aquel muchacho al que dejó porque le parecía demasiado buena persona. Y ambos saben que la frontera quedó atrás, mucho más atrás.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


Keith Jarrett – So Tender

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mar 29 2006

Punto de vista

No entiendo ni una palabra de las que tengan que ver con el vino. He bebido en la comida uno que me supo especialmente bueno. Ni sé cómo se llama, ni si es Rioja o Ribera o cualquier otra cosa. Tampoco sé cuanto costó la botella. No puedo ni imaginarlo. Es algo que no me interesa.
Para acabar, una botella de cava. Lo único que sé es que no era catalán. De Toledo. Nunca imaginé que terminaría bebiendo algo así. Pero claro, en una comida con extraños te pueden pasar estas cosas. Cava de Toledo. Esa botella sí que imagino cuanto cuesta. Poco. El cava catalán sigue siendo el mejor cava español y es más caro seguro. Y el que ha pedido la botella un idiota de los grandes. Barato, también.
Antes de levantarnos alguien se empeña en que nos sirvan melón. Cultivado en Brasil, pero por expertos meloneros de Villaconejos. Surrealista. Aún no sé lo que yo pintaba en esa mesa. Me lo pregunto una y otra vez. Nada. No hay una respuesta que me agrade. Esto me pasa por comer con gente que no me interesa lo más mínimo.
El joven Guzmán está enfermo. Varicela. El joven Guillermo tiene la dentadura que parece un piano viejo. Ortodoncia. Gonzalo es preadolescente. El horror. Y para eso no hay medicina o aparato que valgan.
Guzmán está descolocando la estantería a la que alcanza, Guillermo luce su aparato dental todo orgulloso, sonriendo mucho; Gonzalo disfruta de su música encerrado en la habitación. Los niños son así. Disfrutan con sus problemas. Sin embargo, a mí me ha quedado un sabor amargo en la boca. Mezcla de melón brasileño, cava toledano y buen vino. Y esto no hay quien lo disfrute. Definitivamente me estoy haciendo mayor. O lo soy y no quiero darme cuenta de ello.


mar 25 2006

El segundo plato de hoy

Bacalao con tomate. Ese es el segundo plato de hoy. Lo ha cocinado mi madre y supongo que estará sabroso. Bacalao con tomate. Qué bien.
Siempre que como bacalao pienso en lo ridícula que puede llegar a ser la gente. Sobre todo los que proceden de clases humildes y se quieren integrar en un grupo de personas que consideran superiores por alguna razón. Los que siempre pertenecieron a esas clases sociales que conocemos como altas son crueles en lugar de ridículos.
Hacer ostentación es una herramienta muy habitual para lograr esos fines. Enseñan joyas enormes de bastante mal gusto, casas decoradas con un millón de objetos antiguos que parecen más viejos que otra cosa, automóviles carísimos que les convierten en horteras con un automóvil carísimo (nada más), te hacen escuchar música como si fuera el descubrimiento del siglo (suele tratarse de Mozart o Chopin. Pobres compositores), intentan invitarte a comer en restaurantes lujosos un día sí y al otro también. Pero lo más divertido es el uso que hacen del lenguaje.
No puedo olvidar el día que una señora mostrando un comportamiento absolutamente delirante (había heredado una fortuna de un tío suyo que vivió en Argentina y del que no sabía ni que existiera) pidió para comer “bacalado with tomato” (pronúnciese bacalado guiz tomato. Así sonó). Dijo eso moviendo la mano derecha, la que tenía llena de sortijas y pulseras de oro, mientras me contaba su último viaje a Londres. La mujer era natural de Toledo. Como yo. El camarero me miró esperando que pidiera mi plato. Tomaré bacalao con tomate. Yo es que veraneo en Ávila. Así nunca llegarás a nada, hijo, me dijo algo enfadada.
Posiblemente tenía razón aquella mujer. Me he quedado donde estaba. Tomando bacalao con tomate. Sin hacer el ridículo. Escuchando a Chopin y a Mozart cuando quiero disfrutar de la buena música. Y a Smetana, Danzi o Khachaturian. Intentando no aparentar lo que no soy ni quiero llegar a ser de ninguna de las maneras. Sin ser cruel. Tampoco eso me gusta. Ella sigue en el mismo sitio en el que estaba antes de heredar. Eso seguro. Pesando un kilo más por el oro que luce, pero en el lugar exacto. Ni un milímetro más allá.
Es penoso, mucho, comprobar que son este tipo de personas las que controlan un pedacito de la sociedad, del mundo del arte, de la política. Y más penoso comprobar que muchos quieren ser como ellos, imitar su ridiculez. Eso es lo que se lleva. Mola más ser un hortera con dinero que un pobre intelectual al que no le llega el dinero a final de mes. Eso es lo que creen, pero es mentira.
Yo de momento me voy a comer un plato exquisito de bacalao con tomate. Y pienso repetir.