feb 21 2012

Vehículos y relato

El hombre enseña lo que puede de sí mismo. Y lo hace después de utilizar la cosmética. Esta es la única cosa que le deja con mejor aspecto. La cosmética del relato.
Todo es prescindible en la vida de una persona porque puede sustituirse por algo mejor, peor o que apaña la cosa para hacerla más llevadera. Todo puede cambiarse excepto el relato que hace cada uno de sí mismo intentando acercarse al sentido de estar vivo.
¿Dios es suficiente para explicar de qué va todo este lío? ¿Lo es el dinero? ¿La amistad por sí misma tiene algún valor para el individuo? Sólo el relato personal es el camino por el que se alcanza una explicación que (aunque imperfecta) ayuda a que continuemos adelante.
Esto lleva a pensar que el sentido de la vida es uno mismo. O, al menos, está en uno mismo. Ni Dios, ni el triunfo, ni arriesgar, ni los amigos. Ni siquiera los enemigos (que hacen mucha compañía). Nada de nada. Esos son los vehículos que nos llevan de un lado a otro; de senda en senda, buscando lo que tenemos dentro. Pero sólo son eso.
Hace algún tiempo que andaba pensando en todo esto. Los escritores tenemos rachas en las que, aun teniendo cosas que decir, dejamos de hacerlo para madurar las ideas. Por eso no lo he dicho antes. Aún me sigue pareciendo poca cosa. Y ha sido una de mis alumnas, Laura Cidón, la que a sus quince años se ha atrevido a entregarme un dibujo (el que aparece sobre estas líneas) y me ha dicho que ya era hora de volver a decir cosas, que con ese dibujo se inauguraba otra etapa creativa y, sobre todo, productiva. Los jóvenes son así. Descarados, valientes y deliciosamente insensatos.
Poder contar estas pequeñeces; sobre todo contárselas a sí mismo, es lo que hace al escritor. De nada sirve intentar explicar un mundo desde la ficción sin entender la realidad, pensarla y dejar que la literatura llene los huecos que amanecen al lado de uno. Unas veces la carroza es un hecho inesperado, otras la muerte cercana. Hoy le ha tocado el turno a Laura Cidón. Un magnífico vehículo con motor a propulsión. Gracias, querida.


ene 22 2011

Aforismos completos

Acercarse a la poesía es sencillo si, por ejemplo, el primer poemario que cae en manos del lector son los Aforismos Completos de Wallace Stevens. No es que trate asuntos facilones o su lenguaje sea ramplón. No. Todo  lo contrario. Asuntos fundamentales y un lenguaje exquisito es lo que encuentra e lector. Una forma de ver las cosas que muy pocos han logrado alcanzar.

Cada cosa que trata (poesía, escultura, la literatura o la expresión artística en cualquiera de sus facetas) es mirada desde aquí, desde allí, desde más allá; y el conjunto conforma una tesis fascinante. Dudas, miradas. El lenguaje preciso. En definitiva, poesía.

Un ejemplo.

No hay nada en la vida salvo lo que uno piensa de ella.

Un futuro nuevo sale a cuenta.

La poesía es una forma de melancolía.

No hay nada más hermoso en la vida salvo la vida misma.

No hay ala como el significado.

Calificación: Imprescindible

Tipo de lector: Aquel que quiera comprobar que investigar con el lenguaje es perfeccionar las ideas.

Tipo de lectura: Aparentemente sencilla. Aunque cada aforismo obliga a parar para entender y degustar.

Engancha desde el principio.

No sobra ni una letra.

¿Dónde puede leerse?: Donde el lector pueda pensar sobre lo que lee.


Keith JarrettMy song


sep 30 2010

Sobre las pesadillas de un escritor

– Vamos a ver. Si no guardamos silencio, aquí no se va a enterar nadie de lo que digo. ¿Ya? Muy bien. Tenemos esto a reventar. Sólo se quedarán los condenados al fuego eterno. El resto se van a reencarnar. Silencio, silencio, coño. No haber sido tan cabrones. Son las nuevas directrices. Podéis elegir de la lista que veis a mi espalda una forma de vida nueva. Como volveréis por aquí, ya veremos si se ha solucionado el asunto del espacio. Venga, voluntarios para orugas. Vaya, nadie quiere ser oruga. Voluntarios para merluza. Tampoco. Pues nada, de aquí para allá, orugas. De aquí para allá, merluzas. Y ese grupo de allí; sí, sí, los escritores; os quedáis ahí hasta que os diga.
– Joder, fijo que nos meten en una caldera especial o nos convierten en sabandijas.
– Calla, no vayamos a ponerle de mala leche.
– Venga, los escritores. Venid conmigo. Satán quiere hablar con vosotros.
– Así que estos son los escritores. Muy bien. Que levante la mano quien se haya dedicado a la novela rosa, a los best sellers y los que han ido de escritores para vivir por la cara. Tú, levanta la mano. No seas tan listo porque aquí lo sabemos todo. A estos los quiero en una mina. Y que no se mueran en menos de ochenta años. Los que quedan me los ponéis a funcionar en el polo. La tinta que no la caten. Sí, de esquimales o de focas o de lo que te salga de los huevos. No, no, a ese le dejas a solas conmigo. Adiós, queridos amigos. Espero que tengáis una vida de mierda.
– Oiga, Satán, que yo no necesito nada especial. El polo me va bien.
– No, tú te vas a dedicar a escribir otro poquito. Sesenta o setenta años. Sin ningún éxito, sin que nadie sepa quién eres. Tendrás ideas que no lograrás explicar. Aquí se castiga a los malos. Y no se me ocurre cosa peor.
– ¿No hay un hueco en el fuego eterno? No me importaría y no quiero causar molestias.
– Arrivederci, Ramírez.


jul 17 2010

La otra parte

El día se ha puesto extraño. Amaneció soleado y, ahora, amenaza tormenta. Bochorno de verano.
Buscar profundo es lo que toca casi siempre en la vida. Lo superficial apenas deja poso. Es tan cómodo como inútil. Los tesoros, siempre, se encontraron mucho más allá. Detrás de una gran roca que nadie pudo levantar antes, en el fondo del mar, en los momentos más difíciles. Y siempre fueron hallados por hombres y mujeres dispuestos a cualquier cosa antes que a pasar por el mundo de puntillas, sin hacer un solo ruido.
El sentido de la vida, eso que nadie encuentra porque no se busca, existe. No está en un bosque, ni en una iglesia. No. Está en nosotros mismos, forma parte de lo más íntimo de nuestra existencia. Es la propia eternidad. Será extraño que alguien que no lo buscó en vida lo encuentre después de morir. Quien busca la nada encuentra la nada.
La antropología, la religión (no una religión sino la religión), la mitología que llega desde un mundo simbólico que despreciamos a costa de un materialismo estúpido, la razón, todo invita a buscar la respuesta a una pregunta que nos formulamos desde niños. ¿Qué hago yo aquí? Nos empeñamos en jugar con el agua de la superficie sin querer meter el brazo y, luego, tirarnos sin miedo a un mar que se llama yo. Queremos tener olvidando ser. Y eso es tremendo. Perdemos la perspectiva del futuro a cambio de anclarnos a un pasado que debería ayudarnos a continuar, pero que se convierte en lastre. Perdemos nuestra condición de personas queriendo dejar la parte que no tocamos, la que nos asusta.
Lo que vemos creemos dominarlo, nos hace creer que nuestro poder es ilimitado, pero al aparecer el primer problema eso se derrumba. Porque lo indecible, lo inmaterial habita en nosotros mismos. Eso que sabemos que no sabemos nos martiriza y huimos asustados si lo percibimos cerca. Pero lo necesitamos en los momentos más difíciles porque sabemos que ahí se encuentra el sentido de todo.
Necesitamos buscar aunque no se encuentre. No sabemos qué intentamos asir, pero eso es igual. No hay explicación salvo que nos convirtamos en intrépidos exploradores de nosotros mismos. Explicación. ¿Por qué queremos explicaciones si nos llevan, a veces, hasta donde no queremos? ¿Pudo algún enamorado explicar por qué llegó a enamorarse de esa forma? Si alguien lo hizo es que no lo estaba. Lo que es necesario es buscar. Estar en movimiento para llegar, tan cerca como sea posible, a nuestro límite. Pero sabiendo que el hombre es finito con vocación de infinito, gracias a eso que no sabemos decir ni explicar aunque lo llevamos dentro.
Amenaza tormenta. Aquí. Y en lo profundo. Es hora de zambullirse sin miedo. Como tantas otras veces. Hoy necesito continuar con mi novela.


mar 1 2010

Punto de no retorno

El último plato liso acaba de estallar contra la pared. Busca algo más, algo que pueda lanzar con fuerza haciendo que la saliva se le escape de entre los dientes al realizar el esfuerzo. El rostro encarnado, desencajado.
– Eres capaz de sacar lo peor de mí cuando te pones en este plan.
– Tal vez lo que ocurre es que ahora te dejas ver sin máscaras ni disfraces, contesta sin moverse, sentado en el sillón de piel negra. El gesto serio, los brazos cruzados sobre el pecho. Sólo se permite mover los ojos buscando trozos de loza por el suelo.
– Te odio, eres lo peor que me ha pasado en la vida. Y no quiero volver a verte nunca más. Nunca más ¿Me entiendes, cabronazo? Maldita la hora en que te conocí.
Él se levanta. No puede disimular su irritación. Dice algo entre dientes que ella no entiende. Tan sólo alcanza a escuchar una última palabra. Cerda. Cuando cierra la puerta de la calle siente un último ruido. Un objeto que cae al suelo tras el impacto.
Ella abre la puerta y le dice gritando que pase, que dónde cree que va, que las cosas hay que discutirlas. Él resopla, gira con rapidez y entra para evitar que los vecinos vuelvan a tener un asunto del que hablar.
Después, en la cama, se prometen amor eterno. Esas cosas no pueden pasar, hay que evitarlas siempre. Se acarician, se enredan, se aman, ríen. Se desean buenas noches. Él piensa que si cree que con un polvo le conseguirá hacer feliz está muy equivocada. Ella recuerda a aquel muchacho al que dejó porque le parecía demasiado buena persona. Y ambos saben que la frontera quedó atrás, mucho más atrás.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


Keith Jarrett – So Tender

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nov 11 2006

Imprescindibles y pasables

Escuchar un concierto de jazz en el Teatro Real de Madrid tiene algunos inconvenientes. No poder fumar, estar sentado sin poder moverte, una acústica que no parece la mejor para este tipo de música y nada de cerveza. Pero tiene una gran ventaja. Poder escuchar a los mejores músicos del mundo. El pasado jueves se dejó caer por allí Keith Jarrett acompañado de Gary Peacock y Jack DeJohnette. Un trío que parece eterno. Estuvo un par de horas y se fue. Los otros dos también. No creo que le diera tiempo a tomar un plato de jamón serrano. Por no tener tiempo no lo tuvo ni para dar las buenas noches cuando pisó el escenario. Estos músicos geniales tienen un carácter difícil y alguien debería advertirles de algo tan simple como que, para ser el más grande, el mejor, no sólo hay que ser el mejor y más grande músico del mundo, además, hay que ser consciente de que existe el resto de la humanidad. Es que así haces música sabiendo que el receptor es alguien diferente a ti mismo y eso.Pero quitando que antes de comenzar se lió a golpes con el sillín (por lo visto estaba tres o cuatro milímetros más allá del piano de lo que él quería) el concierto fue fantástico. El bueno de Peacock tuvo algunos problemas de afinación que resolvió sobre la marcha y DeJohnette estuvo colocando el chaston en medio de uno de los temas con una tranquilidad pasmosa, pero son pequeñas cosas que los que no entendemos mucho las pasamos por alto. Dos horas de buen jazz, del mejor que se puede escuchar en este mundo.Las noches en Madrid comienzan a ser frescas. Regresamos caminando hasta la casa de mis cuñados. Todos los niños sanos y salvos. De camino vimos cómo los más rezagados le dejaban un ramo de flores a la patrona; a través de las ventanas, las mesas vacías de los restaurantes y un par de borrachos preparando sus cartones para dormir. Después a casa. Todos cansados, con ganas de cambiarnos y echarnos en la cama para leer o en el sofá para escuchar música o en la cuna para lanzar los peluches a la cama de al lado antes de dormir.Diez minutos después, silencio.
Abrí el ejemplar de “Vida e insólitas aventuras del soldado Iván Chonkin”. Lo firma Vladimir Voinóvich. Recomendación de un librero amigo que nunca jamás acierta. Esta vez tampoco aunque no dejé de leer. Se trata de una narración ligera y, a veces, divertida. Pero poco más. Pensaba en el autor, en la Rusia de Stalin y en sus secuelas, en la cantidad de autores con buen carácter que tenían en cuenta al resto de la humanidad cuando escribían, en que todos se pararían a desear buenos días a compañeros de trabajo o a la mujer; en que, muchos de ellos, hubieran sido los más grandes y les cerraron la boca en el gulag; pensaba en que murieron de frío los que tuvieron la suerte de no hacerlo en alguna sala de interrogatorios. Y no dejaba de recordar la música del trío de Jarrett. Excelente música de un tipo estúpido al que se le perdona todo porque es el dios actual del jazz.Es una pena ser un genio y un idiota al mismo tiempo. Estamos acostumbrados a que nos digan de este tipo de personajes que son personas excéntricas y de carácter difícil. Y cuando se trata de músicos famosos, escritores famosos, actores famosos o lo que sea famoso, parece que nos lo tragamos sin rechistar. Nos parece normal, incluso simpático. Por el contrario, si en la oficina aparece alguien de esas características, tardamos un instante en decir lo idiota que nos parece. La fama, el dinero y el genio producen un extraño efecto en todos nosotros, nos convierte en un gran almacén de comprensión. Todo vale. Pero eso ocurre porque nos les tenemos que aguantar cada mañana. A unos les vemos y se nos revuelve el estómago; a otros les escuchamos o les leemos disfrutando de lo que hacen. Es más, saber que un autor o un músico o un pintor, es una persona normal y corriente le resta mucho interés.
El concierto de Jarrett fue magnífico. Hoy mismo volvería a pagar mi entrada para escuchar su música en directo. El libro de Voinóvich es divertido y poco más. No volveré a comprar ninguna novela recomendada por mi amigo librero. Jarrett no me cae bien del todo; Voinóvich sí porque pasó las de Caín escribiendo. Jarrett es un genio; Voinóvich un autor más. Jarrett es un tipo maleducado y de carácter espantoso; Voinóvich terminó sin nacionalidad por militar en grupos disidentes, intentó mejorar la vida de todo un país. Para Jarrett, el público del Teatro Real no parecía existir mientras que Voinóvich lo ha tenido siempre en cuenta.Esas son, entre otras, las diferencias entre un genio y otro personaje que no le tenemos por ello. Quizás si Voinóvich se dedicara a decir barbaridades, a ser un excéntrico insoportable, a contestar de forma maleducada las preguntas de los periodistas o a rodear de polémica su obra, le tomaríamos más en serio. Pero es ruso y esos lo han tenido difícil durante siglos. No acostumbran a pasar de la raya por si les cae un mazazo.En fin, un concierto magnífico de un impresentable genial. Un libro normalucho de un ruso al que casi nadie conoce. Dos cosas que, desde antes de empezar, tenían puesta la etiqueta de imprescindible y de pasable. Igual que sus autores. Una injusticia de idiotas. Y es que todos nos arrimamos más a la genialidad por si algo se pega. Supongo.


mar 29 2006

Punto de vista

No entiendo ni una palabra de las que tengan que ver con el vino. He bebido en la comida uno que me supo especialmente bueno. Ni sé cómo se llama, ni si es Rioja o Ribera o cualquier otra cosa. Tampoco sé cuanto costó la botella. No puedo ni imaginarlo. Es algo que no me interesa.
Para acabar, una botella de cava. Lo único que sé es que no era catalán. De Toledo. Nunca imaginé que terminaría bebiendo algo así. Pero claro, en una comida con extraños te pueden pasar estas cosas. Cava de Toledo. Esa botella sí que imagino cuanto cuesta. Poco. El cava catalán sigue siendo el mejor cava español y es más caro seguro. Y el que ha pedido la botella un idiota de los grandes. Barato, también.
Antes de levantarnos alguien se empeña en que nos sirvan melón. Cultivado en Brasil, pero por expertos meloneros de Villaconejos. Surrealista. Aún no sé lo que yo pintaba en esa mesa. Me lo pregunto una y otra vez. Nada. No hay una respuesta que me agrade. Esto me pasa por comer con gente que no me interesa lo más mínimo.
El joven Guzmán está enfermo. Varicela. El joven Guillermo tiene la dentadura que parece un piano viejo. Ortodoncia. Gonzalo es preadolescente. El horror. Y para eso no hay medicina o aparato que valgan.
Guzmán está descolocando la estantería a la que alcanza, Guillermo luce su aparato dental todo orgulloso, sonriendo mucho; Gonzalo disfruta de su música encerrado en la habitación. Los niños son así. Disfrutan con sus problemas. Sin embargo, a mí me ha quedado un sabor amargo en la boca. Mezcla de melón brasileño, cava toledano y buen vino. Y esto no hay quien lo disfrute. Definitivamente me estoy haciendo mayor. O lo soy y no quiero darme cuenta de ello.


mar 25 2006

El segundo plato de hoy

Bacalao con tomate. Ese es el segundo plato de hoy. Lo ha cocinado mi madre y supongo que estará sabroso. Bacalao con tomate. Qué bien.
Siempre que como bacalao pienso en lo ridícula que puede llegar a ser la gente. Sobre todo los que proceden de clases humildes y se quieren integrar en un grupo de personas que consideran superiores por alguna razón. Los que siempre pertenecieron a esas clases sociales que conocemos como altas son crueles en lugar de ridículos.
Hacer ostentación es una herramienta muy habitual para lograr esos fines. Enseñan joyas enormes de bastante mal gusto, casas decoradas con un millón de objetos antiguos que parecen más viejos que otra cosa, automóviles carísimos que les convierten en horteras con un automóvil carísimo (nada más), te hacen escuchar música como si fuera el descubrimiento del siglo (suele tratarse de Mozart o Chopin. Pobres compositores), intentan invitarte a comer en restaurantes lujosos un día sí y al otro también. Pero lo más divertido es el uso que hacen del lenguaje.
No puedo olvidar el día que una señora mostrando un comportamiento absolutamente delirante (había heredado una fortuna de un tío suyo que vivió en Argentina y del que no sabía ni que existiera) pidió para comer “bacalado with tomato” (pronúnciese bacalado guiz tomato. Así sonó). Dijo eso moviendo la mano derecha, la que tenía llena de sortijas y pulseras de oro, mientras me contaba su último viaje a Londres. La mujer era natural de Toledo. Como yo. El camarero me miró esperando que pidiera mi plato. Tomaré bacalao con tomate. Yo es que veraneo en Ávila. Así nunca llegarás a nada, hijo, me dijo algo enfadada.
Posiblemente tenía razón aquella mujer. Me he quedado donde estaba. Tomando bacalao con tomate. Sin hacer el ridículo. Escuchando a Chopin y a Mozart cuando quiero disfrutar de la buena música. Y a Smetana, Danzi o Khachaturian. Intentando no aparentar lo que no soy ni quiero llegar a ser de ninguna de las maneras. Sin ser cruel. Tampoco eso me gusta. Ella sigue en el mismo sitio en el que estaba antes de heredar. Eso seguro. Pesando un kilo más por el oro que luce, pero en el lugar exacto. Ni un milímetro más allá.
Es penoso, mucho, comprobar que son este tipo de personas las que controlan un pedacito de la sociedad, del mundo del arte, de la política. Y más penoso comprobar que muchos quieren ser como ellos, imitar su ridiculez. Eso es lo que se lleva. Mola más ser un hortera con dinero que un pobre intelectual al que no le llega el dinero a final de mes. Eso es lo que creen, pero es mentira.
Yo de momento me voy a comer un plato exquisito de bacalao con tomate. Y pienso repetir.