Escuchar un concierto de jazz en el Teatro Real de Madrid tiene algunos inconvenientes. No poder fumar, estar sentado sin poder moverte, una acústica que no parece la mejor para este tipo de música y nada de cerveza. Pero tiene una gran ventaja. Poder escuchar a los mejores músicos del mundo. El pasado jueves se dejó caer por allí Keith Jarrett acompañado de Gary Peacock y Jack DeJohnette. Un trío que parece eterno. Estuvo un par de horas y se fue. Los otros dos también. No creo que le diera tiempo a tomar un plato de jamón serrano. Por no tener tiempo no lo tuvo ni para dar las buenas noches cuando pisó el escenario. Estos músicos geniales tienen un carácter difícil y alguien debería advertirles de algo tan simple como que, para ser el más grande, el mejor, no sólo hay que ser el mejor y más grande músico del mundo, además, hay que ser consciente de que existe el resto de la humanidad. Es que así haces música sabiendo que el receptor es alguien diferente a ti mismo y eso.Pero quitando que antes de comenzar se lió a golpes con el sillín (por lo visto estaba tres o cuatro milímetros más allá del piano de lo que él quería) el concierto fue fantástico. El bueno de Peacock tuvo algunos problemas de afinación que resolvió sobre la marcha y DeJohnette estuvo colocando el chaston en medio de uno de los temas con una tranquilidad pasmosa, pero son pequeñas cosas que los que no entendemos mucho las pasamos por alto. Dos horas de buen jazz, del mejor que se puede escuchar en este mundo.Las noches en Madrid comienzan a ser frescas. Regresamos caminando hasta la casa de mis cuñados. Todos los niños sanos y salvos. De camino vimos cómo los más rezagados le dejaban un ramo de flores a la patrona; a través de las ventanas, las mesas vacías de los restaurantes y un par de borrachos preparando sus cartones para dormir. Después a casa. Todos cansados, con ganas de cambiarnos y echarnos en la cama para leer o en el sofá para escuchar música o en la cuna para lanzar los peluches a la cama de al lado antes de dormir.Diez minutos después, silencio.
Abrí el ejemplar de “Vida e insólitas aventuras del soldado Iván Chonkin”. Lo firma Vladimir Voinóvich. Recomendación de un librero amigo que nunca jamás acierta. Esta vez tampoco aunque no dejé de leer. Se trata de una narración ligera y, a veces, divertida. Pero poco más. Pensaba en el autor, en la Rusia de Stalin y en sus secuelas, en la cantidad de autores con buen carácter que tenían en cuenta al resto de la humanidad cuando escribían, en que todos se pararían a desear buenos días a compañeros de trabajo o a la mujer; en que, muchos de ellos, hubieran sido los más grandes y les cerraron la boca en el gulag; pensaba en que murieron de frío los que tuvieron la suerte de no hacerlo en alguna sala de interrogatorios. Y no dejaba de recordar la música del trío de Jarrett. Excelente música de un tipo estúpido al que se le perdona todo porque es el dios actual del jazz.Es una pena ser un genio y un idiota al mismo tiempo. Estamos acostumbrados a que nos digan de este tipo de personajes que son personas excéntricas y de carácter difícil. Y cuando se trata de músicos famosos, escritores famosos, actores famosos o lo que sea famoso, parece que nos lo tragamos sin rechistar. Nos parece normal, incluso simpático. Por el contrario, si en la oficina aparece alguien de esas características, tardamos un instante en decir lo idiota que nos parece. La fama, el dinero y el genio producen un extraño efecto en todos nosotros, nos convierte en un gran almacén de comprensión. Todo vale. Pero eso ocurre porque nos les tenemos que aguantar cada mañana. A unos les vemos y se nos revuelve el estómago; a otros les escuchamos o les leemos disfrutando de lo que hacen. Es más, saber que un autor o un músico o un pintor, es una persona normal y corriente le resta mucho interés.
El concierto de Jarrett fue magnífico. Hoy mismo volvería a pagar mi entrada para escuchar su música en directo. El libro de Voinóvich es divertido y poco más. No volveré a comprar ninguna novela recomendada por mi amigo librero. Jarrett no me cae bien del todo; Voinóvich sí porque pasó las de Caín escribiendo. Jarrett es un genio; Voinóvich un autor más. Jarrett es un tipo maleducado y de carácter espantoso; Voinóvich terminó sin nacionalidad por militar en grupos disidentes, intentó mejorar la vida de todo un país. Para Jarrett, el público del Teatro Real no parecía existir mientras que Voinóvich lo ha tenido siempre en cuenta.Esas son, entre otras, las diferencias entre un genio y otro personaje que no le tenemos por ello. Quizás si Voinóvich se dedicara a decir barbaridades, a ser un excéntrico insoportable, a contestar de forma maleducada las preguntas de los periodistas o a rodear de polémica su obra, le tomaríamos más en serio. Pero es ruso y esos lo han tenido difícil durante siglos. No acostumbran a pasar de la raya por si les cae un mazazo.En fin, un concierto magnífico de un impresentable genial. Un libro normalucho de un ruso al que casi nadie conoce. Dos cosas que, desde antes de empezar, tenían puesta la etiqueta de imprescindible y de pasable. Igual que sus autores. Una injusticia de idiotas. Y es que todos nos arrimamos más a la genialidad por si algo se pega. Supongo.
No entiendo ni una palabra de las que tengan que ver con el vino. He bebido en la comida uno que me supo especialmente bueno. Ni sé cómo se llama, ni si es Rioja o Ribera o cualquier otra cosa. Tampoco sé cuanto costó la botella. No puedo ni imaginarlo. Es algo que no me interesa.
Para acabar, una botella de cava. Lo único que sé es que no era catalán. De Toledo. Nunca imaginé que terminaría bebiendo algo así. Pero claro, en una comida con extraños te pueden pasar estas cosas. Cava de Toledo. Esa botella sí que imagino cuanto cuesta. Poco. El cava catalán sigue siendo el mejor cava español y es más caro seguro. Y el que ha pedido la botella un idiota de los grandes. Barato, también.
Antes de levantarnos alguien se empeña en que nos sirvan melón. Cultivado en Brasil, pero por expertos meloneros de Villaconejos. Surrealista. Aún no sé lo que yo pintaba en esa mesa. Me lo pregunto una y otra vez. Nada. No hay una respuesta que me agrade. Esto me pasa por comer con gente que no me interesa lo más mínimo.
El joven Guzmán está enfermo. Varicela. El joven Guillermo tiene la dentadura que parece un piano viejo. Ortodoncia. Gonzalo es preadolescente. El horror. Y para eso no hay medicina o aparato que valgan.
Guzmán está descolocando la estantería a la que alcanza, Guillermo luce su aparato dental todo orgulloso, sonriendo mucho; Gonzalo disfruta de su música encerrado en la habitación. Los niños son así. Disfrutan con sus problemas. Sin embargo, a mí me ha quedado un sabor amargo en la boca. Mezcla de melón brasileño, cava toledano y buen vino. Y esto no hay quien lo disfrute. Definitivamente me estoy haciendo mayor. O lo soy y no quiero darme cuenta de ello.
Bacalao con tomate. Ese es el segundo plato de hoy. Lo ha cocinado mi madre y supongo que estará sabroso. Bacalao con tomate. Qué bien.
Siempre que como bacalao pienso en lo ridícula que puede llegar a ser la gente. Sobre todo los que proceden de clases humildes y se quieren integrar en un grupo de personas que consideran superiores por alguna razón. Los que siempre pertenecieron a esas clases sociales que conocemos como altas son crueles en lugar de ridículos.
Hacer ostentación es una herramienta muy habitual para lograr esos fines. Enseñan joyas enormes de bastante mal gusto, casas decoradas con un millón de objetos antiguos que parecen más viejos que otra cosa, automóviles carísimos que les convierten en horteras con un automóvil carísimo (nada más), te hacen escuchar música como si fuera el descubrimiento del siglo (suele tratarse de Mozart o Chopin. Pobres compositores), intentan invitarte a comer en restaurantes lujosos un día sí y al otro también. Pero lo más divertido es el uso que hacen del lenguaje.
No puedo olvidar el día que una señora mostrando un comportamiento absolutamente delirante (había heredado una fortuna de un tío suyo que vivió en Argentina y del que no sabía ni que existiera) pidió para comer “bacalado with tomato” (pronúnciese bacalado guiz tomato. Así sonó). Dijo eso moviendo la mano derecha, la que tenía llena de sortijas y pulseras de oro, mientras me contaba su último viaje a Londres. La mujer era natural de Toledo. Como yo. El camarero me miró esperando que pidiera mi plato. Tomaré bacalao con tomate. Yo es que veraneo en Ávila. Así nunca llegarás a nada, hijo, me dijo algo enfadada.
Posiblemente tenía razón aquella mujer. Me he quedado donde estaba. Tomando bacalao con tomate. Sin hacer el ridículo. Escuchando a Chopin y a Mozart cuando quiero disfrutar de la buena música. Y a Smetana, Danzi o Khachaturian. Intentando no aparentar lo que no soy ni quiero llegar a ser de ninguna de las maneras. Sin ser cruel. Tampoco eso me gusta. Ella sigue en el mismo sitio en el que estaba antes de heredar. Eso seguro. Pesando un kilo más por el oro que luce, pero en el lugar exacto. Ni un milímetro más allá.
Es penoso, mucho, comprobar que son este tipo de personas las que controlan un pedacito de la sociedad, del mundo del arte, de la política. Y más penoso comprobar que muchos quieren ser como ellos, imitar su ridiculez. Eso es lo que se lleva. Mola más ser un hortera con dinero que un pobre intelectual al que no le llega el dinero a final de mes. Eso es lo que creen, pero es mentira.
Yo de momento me voy a comer un plato exquisito de bacalao con tomate. Y pienso repetir.
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