jun 29 2010

La cara del destino

Mientras caminaba hacia mi casa me ha ocurrido algo muy extraño. Un niño se ha pegado a mí. Hemos recorrido algunos metros juntos. Nos hemos mirado antes de parar. Enarcando las cejas. Ambos.
– Oiga, ¿qué iba pensando hace un momento? Estaba muy serio y hacía así, me ha preguntado mientras se acariciaba la barbilla y procuraba un gesto de preocupación.
– Cosas de mayores. Pero no tenía mucha importancia. Eres muy curioso ¿no? ¿No te estará buscando tu mamá, guapo?
– No, mi mamá está en el cielo. Y usted pone esa cara porque está enfadado. Los mayores siempre están enfadados porque se tienen que ir al cielo.
Ha salido corriendo deshaciendo el camino que habíamos hecho juntos. Antes de girar en la siguiente esquina me he dado la vuelta. Se había pegado a otro adulto y caminaba a su lado. He preferido parar y fumar un cigarro. El hombre miraba al muchacho. Hablaban. Se han despedido con un apretón de manos.
El muchacho deshaciendo el camino en busca de nueva compañía. El hombre entrando en el bar que tenía a mi derecha. Yo detrás. He pedido un café. Sudando, algo alterado, él ha pedido una copa de ginebra. Otra más. Me ha parecido escuchar que murmuraba algo así como «qué cabrito el niño de los cojones». Pero quizás sean imaginaciones mías. O quizás es lo que he murmurado yo mismo. El caso es que allí dentro todos teníamos cara de enfado. Todos.