jul 6 2006

Volver a intentarlo

Conviene dejar un libro sin leer cuando se abre en un momento poco adecuado. Es recomendable y ya está dicho en alguna ocasión. Pero es necesario volver a intentarlo una vez que el criterio como lector ha mejorado, las ganas son otras o el tesón pesa más que la sensación de incapacidad (esto último suele funcionar mal y desemboca en un nuevo fracaso).
Existe una posibilidad intermedia. Y, muchas veces, efectiva.
Compré hace unos días un ejemplar del libro de Alessandro Baricco “Homero, Ilíada”. Suelo leer todo lo que se publica de este autor. No es que sea mi favorito, pero siempre encuentro en sus novelas algunos elementos que, técnicamente, me parecen más que interesantes. Compré el libro más por inercia que por otra cosa. Sin embargo, esa misma noche lo abrí para echarle un vistazo. Se lee casi de un tirón. Baricco suele escribir breve.
“Homero, Ilíada” es una reescritura de esa obra (“La Ilíada). Sin más. El autor añade algunos párrafos; a veces, alguna frase suelta; pero intenta respetar lo que se narra en el original. En un breve comentario previo, Baricco avisa de la eliminación de los dioses como personajes, como parte activa y fundamental de la trama. Y del cambio de punto de vista. Utiliza narradores personaje para hacer más fácil y cercana la lectura al que lo intente. Quizás esto es lo que traiciona de un modo más rotundo la obra de Homero. El personaje para los griegos era otra cosa bien distinta. Eran casi hombrecitos construidos por piezas y carentes de conciencia o voluntad. Al menos de conciencia o voluntad que no fueran entregadas por los dioses que Baricco hace desaparecer.
En cualquier caso, el libro pudiera servir de enganche para el que intentó la lectura de “La Ilíada” y fracasó, una aproximación en ese territorio intermedio que aporta una idea argumental más clara. Sobre todo para despertar el interés del lector por los clásicos griegos. Sí, esos a los que casi nadie lee.
Un lector cualquiera descubre que lo narrado es “chico enamora a la chica de otro, se la lleva a su casa y se lía la marimorena”. Ni más ni menos. Descubre que todos los temas que se tratan en la literatura actual son repetición de lo que ya contaban los griegos. Y que lo hacían muy bien.
Acercar la buena literatura al lector medio, a veces, consiste en desmitificar una obra u otra. Este caso es parecido a nuestro Quijote. Un chaval que se arrime a los personajes sabiendo ya, entre otras cosas, que se puede pasar un buen rato riendo con ellos, tiene muchas posibilidades de disfrutar de esa lectura. Si lo hace obligado, pensando que se va a tragar un tostón, la cosa se pone muy difícil.
Estoy convencido de que, tras la lectura de este libro, más de uno intentará leer a Homero. Más de dos lo volverán a intentar. Muchos volverán a cerrar “La Ilíada” decepcionados (ahora con ellos mismos y no con el griego). Y algunos lograrán terminarlo. Buscarán en la biblioteca de casa un ejemplar lleno de polvo de, por ejemplo, “La Odisea” o alguna tragedia. Y cambiarán los best sellers o los libros sobre templarios por estos otros. Descubrirán la literatura en los clásicos.
Y eso está muy bien. Baricco puede gustar más o menos, pero hay que agradecerle este tipo de iniciativas.
Me dicen que está trabajando con otro clásico para repetir jugada. Y yo estoy deseando leer ese trabajo para disfrutarlo y para prestarlo a uno de mis alumnos más jóvenes o a cualquiera de mis hijos.
Yo, como todos, he dejado algún libro sin acabar, sintiéndome incapaz de soportar un ladrillo así, preguntándome qué verían los demás para afirmar que se trataba de una obra maestra. Con el paso de los años descubrí que la pregunta debería ser otra. ¿Qué es lo que no soy capaz de ver? Si alguien como Baricco abre los ojos a lectores que andan despistados, mejor. Ojalá hubiera tenido yo este tipo de ayudas.
Voy a confesar algo. Uno de esos secretos que se guardan como si fueran las escrituras del piso. Esta misma tarde comenzaré a leer (hasta el final) “Doctor Faustus” de Thomas Mann. Escuchando la música de Art Tatum que siempre ayuda en las labores dificultosas. Como San Judas Tadeo. Pero a este le dejo para los imposibles. Es más efectivo.


sep 3 2005

Dios y Katrina

El señor Bush pidió públicamente a Dios que le echara una manita para que la invasión de Irak fuera un éxito. Ahora -estoy convencido de ello- se preguntará (el señor bush) cómo es posible que su Dios permita lo que está ocurriendo en su país. Lo que debería saber el presidente de los Estados Unidos de América es que Dios no se mezcla en estos asuntos y que los cristianos están (estamos) obligados a tener fe en él cuando las cosas van mal y cuando van bien. Que existan enfermedades o cataclismos no es otra cosa que la evidencia de la finitud humana y no un castigo divino. Dios no es un gran microbio que infecta las células humanas para que se desintegren, ni se dedica a soplar fuerte para que los vientos arrasen lo poco que queda de nuestra civilización. Dios no es Katrina. Conviene recordar que el agua que anega Nueva Orleáns, en cantidades y distribución diferentes nos proporciona la vida. Dios es el agua. Por otra parte, no puede involucrarse a Dios en los actos humanos que se realizan desde la libertad con la que el hombre fue creado. El señor Bush lanzó sus tropas contra un país porque es un ser humano y, por tanto, libre, y no porque Dios le susurrara al oído “George, George, invade a esos que son fatales”. Es esta una costumbre (la de mezclar churras con merinas y a Dios con todo) muy cristiana: si me van mal las cosas me enfado con mi Dios y no le entiendo, incluso dejo de creer en él y si necesito un golpecito de suerte me acerco por un templo, pongo cara de bobo y me dedico a pedir porque algo caerá. En realidad, los que hacen esto no son cristianos sino supersticiosos y estúpidos. Alguien debería leer al señor presidente (y a unos cuantos meapilas más) el libro de Job. Del capítulo treinta y ocho al cuarenta y uno, para ser más exacto. Si el voluntario para llevar a cabo esta misión no es cristiano, puede leerle “La odisea” en la que Homero hace decir a Zeus cosas como “Los mortales se atreven, ¡ay!, siempre a culpar a los dioses porque dicen que todos sus males nosotros les damos; y son ellos los que con sus locuras se atraen infortunios que el destino jamás decretó”, o puede leer un fragmento de “El anticristo” de Nietzsche que dice “Un Dios que en el momento oportuno corta el resfriado, o induce a uno a subir al coche en el momento en que empieza a llover a cántaros, debería antojarse un Dios tan absurdo que, si existiese, habría que abolirlo”. Hay para todos los gustos.
A ver si queda claro de una vez que creer en Dios es sentirse superado por los cuatro costados, es asumir que la razón humana es muy limitada. No le metamos en todo esto al pobre porque bastante tiene ya con aguantarnos. Ni le entendemos ni alcanzamos a imaginarlo. Es más: no sabemos si existe o no. Mi fe me garantiza que sí, pero eso es harina de otro costal.