mar 7 2010

Siniestra

Una de las cosas que diferencian a los autores con cierto oficio de los que no lo tienen es que, estos últimos, sienten una necesidad casi irracional de contar todo lo que les viene a la cabeza. No sería ningún problema si lo hicieran en diferentes cuentos y novelas en lugar de en una sola (generalmente la primera). Aunque se empeñan en hacerlo.
Uno de los grandes problemas de la literatura actual es que se construye (se destruye, tal vez, ya lo veremos con el tiempo) por autores que no tienen claro cómo construir el punto de vista de la narración. Sospecho que, con frecuencia, no saben ni lo que es. Lo intuyen en el mejor de los casos, pero sólo eso.
Otro problema colosal que presenta la literatura moderna es que se escribe para publicar, para vender ejemplares. Los autores quieren integrarse en un circuito absurdo y vergonzoso escribiendo novelas que se sujetan en tramas absurdas y vergonzosas. Un desastre absoluto que ya veremos cómo acaba.

Siniestra (Editorial Plataforma, 2010) es la tercera novela publicada por Javier Arriero. Las anteriores pasaron desapercibidas, penosamente desapercibidas puesto que eran buenas novelas. Espero que esta Siniestra sea la que le construya un hueco duradero en las mesas de novedades editoriales. Porque Arriero enseña oficio desde la primera a la última línea de su nuevo trabajo, contando lo necesario, creando un clima coherente y verosímil. Porque, técnicamente, la novela es impecable. Y porque consigue una obra que, sin ser facilona, nos arrastra suavemente hasta donde la voz narrativa (perfectamente diseñada) desea. Siniestra es una novela histórica bien construida, bien documentada, bien rematada y en la que se aprecia un intento de hacer literatura auténtica, cosa muy de agradecer tal y como están las cosas.

La religión y cómo la recibe cada ser humano (un solo Dios construye millones de religiones) es la columna vertebral de la narración. Una trama salpicada de asesinatos es el vehículo que el narrador utiliza para ir dejando su tesis clara desde el primer instante. Un momento histórico crucial para el cristianismo, con Arrio y su herejía en pleno apogeo. Una novela de trama en la que las ideas no se convierten en anécdota, en la que las zonas expositivas de riesgo son elegidas con cuidado y explotadas al límite. Y sin catequesis de por medio. El autor es especialmente hábil en este sentido y no pisa zonas que pudieran convertir su obra en un mal catecismo. Se trata de una novela sin pretensiones teológicas. Se trata de una excelente novela, de una excelente forma de demostrar que no es necesario decir tonterías para escribir algo atractivo y con cierto calado al mismo tiempo.
Es verdad que, de forma, puntual, el tono que aparece en algunos diálogos resulta algo inverosímil. Pero el lenguaje actual hace muy difícil que ese efecto desaparezca. Y es verdad que , en algún momento, puede parecer que la voz se desliza ligeramente hacia la injerencia autoral. Pero son cosas muy localizadas que no enturbian el trabajo en su conjunto.
No quisiera desvelar ni una línea de lo que en Siniestra se cuenta. Ya está dicho lo fundamental. Ahora es el lector el que tiene la última palabra. Y muy confundido tengo que estar si no es esta una novela que terminará haciendo ruido. Un ruido que, por otra parte, Arriero debería haber escuchado hace mucho tiempo.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


Charlie Haden – El ciego

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ene 20 2010

¿Por qué leemos? (II)

La lectura de algunos libros marcan definitivamente, orientan el pensamiento y la mirada del lector hacia territorios poco frecuentados antes de producirse esa lectura.
Una de mis alumnas más jovencitas acaba de terminar la novela “Mientras agonizo” de William Faulkner. Me decía: ¿Cómo es posible que un mundo tan repugnante como el que se pinta en la novela pueda parecerte reconocible? Es como si ya hubiera estado allí, muchas veces. Y, sin embargo, no tiene nada que ver con mi vida. Es lo mismo que sufrir de vértigo. La caída parece arrastrarte, es como si te llamara y tú no pudieras resistirte a acudir sabiendo lo que te espera. Y lo que te espera es el horror y la muerte.
Siempre he pensado que el lector lo que quiere es conocer y reconocer su propio horror y su propia muerte en la de otros. Sería más exacto decir “en otros”. Es verdad que puede ocurrir lo mismo con la diversión y el amor. La diferencia es que eso podemos conocerlo y reconocerlo en una sala de fiestas. Hay más opciones.
Una lectura que se limite a una opinión sobre lo bien escrita que está la novela es una lectura estéril porque el que nos cuenta pone a nuestro alcance mucho más que un alarde retórico o estilístico, mucho más que una sucesión de divertidas o espantosas anécdotas que sirven para entretener el pensamiento con milongas. Lo que se pone enfrente del lector al escribir ha de ser una representación de la realidad que se incorpore a la del individuo. Eso se toma o se deja. No caben opiniones. Otra cosa es que, más tarde, las personas que necesitan vivir de ello, analicen las obras y nos lo cuenten en un ensayo que puede ser de lo más interesante aunque no podrá aportar ni un ápice a la experiencia que produjo esa lectura y que nos conmocionó.
¿Hay algo más divertido que tener una experiencia que nos modifique la forma de pensar aunque sea sobre la muerte propia? Desde luego leer una patraña sobre Leonardo y la Iglesia no lo es. Mirar la televisión tampoco.
Cuando abrimos una novela vivimos en otros nuestra propia experiencia (si no la hemos tenido la descubrimos y la sumamos de forma vicaria). Sea cual sea. Y esa es una de las razones por la que una persona dedica buena parte de su tiempo a leer.
Y debe ser este uno de los motivos por los que desconfío de la crítica que se viene realizando en los últimos tiempos. Mucho tecnicismo, mucho lenguaje por aquí y por allá aunque poca experiencia vital. Es más, son pocos, poquísimos, los críticos que hacen referencia al tema de la novela por incapaces. Sí se manejan bien con los vehículos que se utilizan en la narración para llegar a ese lugar que nunca aparece, me temo que por desconocerlo. Pero del “cogollo”, de la esencia de la narración casi nada. Sin embargo, el lector (sin reconocer la razón y ni falta que hace porque no le pagan un solo céntimo por ello), el lector, decía, sí llega a esos territorios porque modifican parte de su ser. Sin tecnicismos, sin grandes habilidades para la escritura. Pero con toda la vida por delante para experimentar lo que nunca ha conocido.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


ene 19 2010

¿Por qué leemos? (I)

La vida, la de cada uno de nosotros, no suele corresponder con la que deseamos. No quiero decir con esto que nuestra existencia se convierta en una especie de tortura continua o que una vida sea la lacra que nos tocó en un reparto estúpido para que cargáramos con ella nos gustase o no. No. Lo que digo es que el hombre tiende a buscar mejoras en su existir, lo que él cree que puede ser una tendencia a la perfección lejana e inaccesible. Si cualquiera de nosotros tuviéramos la posibilidad de accionar un mando que modificase el mundo a nuestro gusto lo haríamos sin pensar dos veces. Queremos un mundo que se parezca al nuestro soñado, queremos una existencia en la que seamos importantes, necesitamos ejercer cierto control sobre la realidad que conocemos. Y necesitamos creer en algo. Sea lo que sea. Si la religión falla, el movimiento normal del hombre es buscar alternativas que sirvan de explicación propia. Agarrarse a una religión, a una ideología o a la literatura, tienen, finalmente, un efecto parecido.
La única forma de dominar un mundo como el nuestro es convertirlo en un objeto manejable, en una representación a la que puedan tener acceso las personas sin llevar por delante el poder político o religioso, la única forma de dominar el cosmos es ordenarlo, elegir un pequeño trozo del caos y convertirlo en existencia ordenada.
En cada libro encontramos un mundo a la medida del autor y a la de sus lectores. El tiempo tiene un principio y un final, los personajes tienen una vida que deseamos para nosotros mismos o que detestamos y que ¿la quisiéramos para otros?, espacios que nunca conoceríamos de otra forma. Pero mundos, tiempos, espacios y personajes mentirosos porque nos enseñan lo que no ha sido ni será, lo que deseamos y nunca tendremos en nuestra realidad. Tan sólo lo incorporamos en nuestra experiencia sabiendo que es una gran mentira anhelada.
Necesitamos creer en algo. Y con la literatura nos vemos capaces de hacerlo en nosotros mismos, en los fantasmas propios y en los que compartimos, en los recuerdos de nuestro pasado y los que nos ofrece la ficción. La mentira que es la ficción nos abre sus puertas para que podamos creer que una vida deseada es posible.
La lectura de una novela no puede pasar por el entretenimiento como sustento único de la acción de leer. Si alguien intenta defender esa postura se está engañando y negando su propia insatisfacción con la vida. Abrir un libro significa abrir un mundo que nos puede entusiasmar o hacer estragos en la conciencia, pero un mundo que buscamos como posibilidad de vida, como alternativa a lo que somos.
La literatura siempre fue ese mando que accionado dibuja una realidad parecida a la buscada, o la que odiamos y nos recuerda que el movimiento es hacia el lado opuesto de lo representado, o una parecida a la nuestra en la que ventilamos un ejército de fantasmas y miserias. Al fin y al cabo un mando que accionado nos traslada lejos de lo que somos e inunda de mentiras un día cualquiera convertido en palabras que no significan lo mismo que en la oficina o en casa.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


dic 9 2009

Dioses del inframundo

Ayer pasé miedo. Hacía muchos años que no me encontraba tan angustiado y tan asustado mientras leía. Son muchos miles de páginas a la espalda como para conmocionarme al leer. Y menos con una novela escrita en la actualidad. Y, sin embargo, ayer ocurrió. Aún ahora sigo viendo imágenes tristes, desoladoras, traumáticas y horribles. Dicho así, cualquiera huiría de una lectura tan agobiante. De una lectura sobre la muerte. Parecería lo más lógico porque nadie quiere que le recuerden de forma tan abrumadora lo que le espera pasado un ratito. Pero para resolver estas cosas existen los buenos escritores, para acercarnos a lo más bajo de la existencia después de tendernos la mano sin querer obligarnos (a los lectores), añadiendo una pizca de luz, unos personajes entrañables, ternura y oficio. Y un tema (¡qué pena que muchos autores olviden algo tan importante a costa de una buena trama!). Un tema, sí. En este caso la relación entre los padres y los hijos, en definitiva, la familia.
La novela se titula “La Puerta de los Infiernos”. La firma un tal Laurent Gaudé. Y se trata de una obra, sencillamente, impresionante.
Es posible que yo, padre de cuatro hijos, hermano de tres, hijo, marido y amigo de mis amigos, es posible, decía, que sea especialmente sensible cuando estoy frente a una narración de estas características. Es posible que sólo se tratara de un estado de ánimo determinado que me hiciera más vulnerable ante el relato. Pero es seguro que soy novelista y sé lo que tengo entre manos. Hace muchos años que perdí la inocencia al leer. Ayer pasé miedo y me encontré leyendo una novela de doscientas cincuenta páginas de un tirón. No pude dejar de hacerlo desde que abrí el libro.
Se acerca Gaudé a la tragedia griega en las formas y en el fondo. Incluso lo hace cuando se asoma a la teología. Perfila los personajes como lo harían los clásicos (no como un todo sino como si fueran trocitos pegados unos a otros y de los que pudiera desprenderse el individuo sin causar más que un daño “local”). Y lo hace con una solvencia extraña en los tiempos que corren. Creo que pasarán años hasta que pierda la nitidez en mi consciencia la descripción que me encontré ayer del infierno en esas páginas. Pero, del mismo modo, será difícil olvidar la relación del matrimonio protagonista, las escenas violentas y crueles que definen el mundo que nos presenta este autor francés.
Después de leer un par de páginas o tres, decidí quitarme el disfraz de escritor y disfrutar la novela como si no supiera ni una palabra de literatura. Y no me arrepiento.
Hacía muchos años que no disfrutaba tanto con una lectura. Por ello no quiero desvelar nada de la trama, nada de lo fundamental. Sólo quiero que otros agarren ese libro, se sienten con un café humeante sobre la mesa; el paquete de tabaco, si es que fuman, a mano; un lápiz para subrayar y cierta dosis de valor para enfrentarse a los miedos que compartimos millones de seres humanos.
Eso sí, no lo hagan si piensan morir pronto. Mejor que sea sorpresa lo que les espera. Quedan advertidos.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


dic 8 2009

Bienvenido

Cualquiera que se ponga frente a un papel en blanco puede escribir una novela. Cualquier novela, claro (tome el lector esta expresión como algo absolutamente despectivo). La correlación en literatura suele ser perfecta. Si uno es cualquiera, la novela escrita por él es una más, del montón. Por el contrario, si el autor se diferencia de los demás por alguna razón, su novela conservará esa característica frente al resto de obras.
Dicho de otra forma, el que no tiene las capacidades propias de un escritor no puede conseguir una novela solvente.
He leído la novela de Luis Montero, “Artrópodos” (Grupo Ajec, 152 páginas, 10 €), aprovechando estos días de fiesta. No sabía a lo que me enfrentaba. Tan sólo conocía los textos que el autor publica en su blog “0,23”. Eso lo hago a diario. Pues bien, me he encontrado con una obra gamberra, muy divertida, fácil de leer y, por tanto, accesible a cualquier tipo de lector. No es la mejor novela de este siglo. Si dijera algo así estaría exagerando. Pero creo que tampoco trata de serlo y es esto una de las grandes virtudes de “Artrópodos”. Montero sabe lo que tiene entre manos y el objetivo más que claro. No es la mejor novela del siglo, pero alborota, como otras nuevas voces, el panorama editorial, desordenando ese “mar de fondo” que se impuso hace ya demasiado tiempo en la narrativa española. Parece que uno lee una novela y ya ha leído todas.
Pero, también, me he encontrado con una novela extraordinariamente inteligente y, en algunas zonas expositivas (escasas para mi gusto) una filosofía más que interesante. Una pena que montero no explorase más ese territorio.
Otra pena es que la edición no esté lo cuidada que debería estar. Excesivas erratas (algunas de bulto). Incomprensible.
Tenía muchas ganas de leer esta novela. Ahora tengo muchas ganas de que la lean los demás. Un libro del siglo XXI que dice mucho y bien, pero que “no dice” más y mejor. Sería un error del lector quedarse en el cascarón, en la parte simpática y divertida de la obra, sin traspasar la línea que lleva a lo importante, al mundo que el autor nos presenta. Eso sí, lleno de bichitos repugnantes.
Si son capaces de encontrarlo en una librería (misión imposible dado que la distribución parece que haya sido un auténtico desastre) no dejen de llevarse un ejemplar a casa. Porque Montero ha resultado ser un autor diferente y no ha contado cualquier cosa. Y eso sí que es casi un sueño tal y como están las cosas.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


nov 30 2009

La luz de las tinieblas

A veces nos encontramos con libros que cuentan muy poca cosa. O que lo parece sin ser verdad. Y, casi siempre, nos deja un regusto amargo la lectura de una obra de esas características. No sé si este mal gusto tiene que ver con el precio de los libros (en la sociedad actual tendemos a rentabilizar todo desembolso) o si lo que sucede es que el lector siempre espera que le cuenten mucho creyendo que tendrá que entender mucho, también. El caso es que algunos libros cuentan poquita cosa. Además de eso, no sabemos bien lo que cuentan. No nos enteramos.
Una de esas obras es “El corazón de las tinieblas” de J. Conrad. Se narra un viaje. Un viaje que no es al infierno como tantas veces he oído decir. Ese trayecto hasta el infierno lo sería si estuviera salpicado de peligros y la progresión en la tensión narrativa tendría que ir de menos a más. El viaje a través del río es lento y mantiene una línea continua de principio a fin. (Se trata del río Congo aunque su nombre no aparece. Casi ningún nombre aparece. Ni de lugares ni de personas). Todo en ese viaje es lento. La desintegración (quizás sea el final de la ruta) aparece poco a poco. Y lo hace desde una rutina apática y perezosa.
Lo cuenta Marlow (un primer narrador desaparece muy pronto y le da paso). Hace entrada en el relato comparando hombres con hombres, tiempos con tiempos. Iguala mil novecientos años con un breve momento. Ni tiempo ni escenario modifica las actitudes del ser humano, todo se repite. Quizás por eso el viaje hacia la degradación es lento, quizás es volver a vivir lo ya vivido.
Testigo silencioso de todo lo que pasa es la selva. El escenario adquiere una importancia que al lector no puede parecerle poca cosa. Silencio y misterio. Se dispara o se lanzan flechas sin saber de dónde vienen sin saber qué es lo que se quiere destruir.
En contraposición a este silencio, nos presentan a Kurtz desde su voz. Parece que puede reducirse a eso, a su voz. Cuando todos los personajes que van apareciendo tienen un discurso fragmentario (algunas conversaciones se presentan mutiladas por la falta de audición del testigo), kurtz es presentado como una voz, como alguien que dice lo que nadie es capaz de decir. Lo más curioso es que, llegado el momento de conocer al personaje, no podemos oír casi nada de lo que dice. “El horror, el horror…” es la frase más famosa de la novela (gracias al cine y no a la propia narración) y dice más bien poco. Críptica. Nos obliga a especular sobre su verdadero sentido y significado.
En este asunto tiene que ver (siempre es así) el narrador. Porque durante el relato todo parece quedar dicho a medias. Por ejemplo, nos dice que Kurtz asume las costumbres indígenas, nos lo muestra durante la celebración de un rito que nos puede llevar a pensar en excesos, pero ahí deja la cosa. Y es que el narrador elige meticulosamente lo que quiere decir. Tiene una intención muy concreta que si el lector no detecta se puede perder en lecturas vagas o estériles. ¿Cuál es esa intención?
Vayamos por partes.
Marlow afirma detestar la mentira y, sin embargo, miente. Elimina una nota de Kurtz que este incluyó en un informe y que podría poner en entredicho lo que Maslow cree que es Kurtz, lo que representa. Y engaña a la prometida de Kurtz cuando esta le pregunta sobre sus últimas palabras. Por tanto, una lectura correcta de la novela exige que estemos muy atentos a estas afirmaciones y las contradicciones que se detectan en la voz narrativa.
Como me estoy extendiendo más de lo que quisiera, hago un inciso. Desde un punto de vista descriptivo, la novela presenta un aspecto muy interesante. Todo aparece aunque no se dice qué es. Los palitos que caen en el barco se convierten en flechas un poco después. La narración se va llenando así. A esto se le llama “descodificación demorada”. Digo esto porque, hace unos días, mientras charlaba de esta obra en la Escuela de Letras con mis alumnos, no fui capaz de recordar el nombre exacto del recurso. Creo que lo convertí en “no sé qué tardía”. Algo así. La edad no perdona. Sigamos.
Conrad creó con Maslow una voz que entiende la necesidad de omitir al narrar, pero (esto es muy importante) no para jugar una mala pasada al lector. No. Lo hace para generar símbolos. Quiere que Kurtz se convierta en un mito, lo quiere mostrar así porque así le ve y la única forma de llegar al mito es a través de un mundo simbólico. Sin lo trascendente del personaje, eso que en literatura suele quedar solo en esencia por debajo del texto, no hay símbolo y, por tanto, no hay mito.
Esa es la intención de Maslow. Y no otra. Para ello evita cualquier obstáculo que lleve a una idea distinta.
Volvamos a la mentira de Maslow. Frente a la prometida de Kurtz dice que este dijo antes de morir su nombre (el de la dama) cuando en realidad dijo “El horror, el horror…” ¿Por qué alguien que se interesa por asuntos serios y profundos utiliza una fórmula tan gastada y superficial, un estereotipo, para contestar esa pregunta? Llegamos al cogollo de la novela. Maslow dice “la vida es una bufonada (…) lo más que se puede esperar de ella es un cierto conocimiento de uno mismo (…) la vida es un enigma mayor de lo que la mayoría de nosotros cree”. Afirma, también, que Kurtz es un ser fuera de normal porque tiene cosas que decir sobre el mundo.
En resumen, no hay que saber nada de este mundo. Es un misterio. Nos tenemos que conformar con conocernos levemente (por eso opta por una frase así al contestar a la prometida). Nihilismo puro. Sin embargo, Kurtz si sabe, ha pasado la frontera y eso le hace inmenso. El ser humano puede retorcer el corazón al mundo para conocer tal y como hizo Kurtz con la selva. Esta es la luz de la novela. La obra no es tan oscura como se afirma tantas veces. La luz está y está para que sepamos, y está porque el hombre necesita de ella. La luz es el corazón de las tinieblas. A pesar de ese párrafo del primer narrador (el que desaparece) en el que se viene a decir que un paseo es suficiente para conocer un continente entero porque todo es lo mismo y se reduce a nada, a pesar de tanto nihilismo, nos dejó el todo. La luz que alumbra las tinieblas.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano