ago 2 2010

Diario de un escritor acalorado (4)

El pensamiento es, siempre, traicionero.
Queremos olvidar y ahí sigue el recuerdo que va y viene sin avisar. Casi siempre en el momento más inoportuno, destrozando, una vez más, lo construido después de aquello que pasó.
Queremos justificar lo que hacemos (sea lo que sea), vamos ordenando el discurso arrimándolo a lo que hemos disfrazado de verdad, pero, sin quererlo, somos nosotros mismos los que deshacemos la cosa porque, al fin y al cabo, conocemos nuestra mentira y no podemos esquivarla. Diremos lo que sea necesario para librar batallas ante otros aunque el pensamiento nos acercará a nuestra ruindad. A solas. Los cobardes y los mentirosos disfrutan en compañía de otros y se mueren de asco a solas. Pierden intentando huir de sí mismos.
El pensamiento es, siempre, traicionero.
Queremos vivir al margen de lo que somos más veces de la cuenta. Y es que el pensamiento maneja todos nuestros secretos, todo aquello que nos haría felices y no confesamos para poder reservar lo que tenemos con seguridad, todo aquello de lo que nos avergonzamos porque nos dibujaría con exactitud ante el resto, todos los errores que cargaron a sus espaldas otros sin que moviéramos un dedo. Toda la basura está en la cabeza. Y allí ni se recicla ni se destruye nada. Allí se queda, quizás con más porquería por encima para que no salga a flote aunque, antes o después, un resorte extraño (que todos tenemos listo para destrozarnos un instante cualquiera) hace que aparezca eso que somos. Serlo en secreto no lo convierte en ilusión ajena.
El pensamiento es, siempre traicionero porque es el único lugar en el que somos. Sin maquillaje. Y con eso hay que tener mucho cuidado. Duele.


oct 19 2009

Nada tan fácil ni tan barato

La imaginación es libre, rápida y peligrosa. Difícil de controlar, escurridiza, incansable, improbable cuando menos lo esperas.
Basta sentarse, escuchar buena música y dejar que todo lo arrastre el pensamiento. Nada es tan fácil, nada es tan barato.
Pero el regreso es otra cosa bien distinta. Quien se asoma más allá de lo conocido, de lo posible o de lo razonable, posiblemente se quede allí. Sin remedio. Ese amor soñado que podemos disfrutar al cerrar los ojos, la venganza hecha realidad rozando la perfección, nosotros mismos convertidos en seres maravillosos a los que no nos parecemos en absoluto. Un mundo ideal que no queremos ver como se desvanece, cueste lo que cueste. Y lo convertimos en una ilusión desesperante; en un motivo, más que suficiente, para seguir adelante cuando, en realidad, nos ancla a la zona más triste de todas. A nuestra soledad.
El que logra volver lo hace dolido para instalarse lo mejor que pueda, donde sea capaz de disfrazar esa sensación con un color agradable sobre el negro de la ausencia eterna.
Imaginar no transforma la realidad. Tan sólo la distorsiona. Y nos aleja de ella hacia una espera absurda. Muchas veces dolorosa. Se regrese o no.