ene 8 2010

Información Vs. Expresividad


El paralelismo entre literatura y realidad es grande. Mucho. Al fin y al cabo, con la literatura intentamos la representación de una realidad, una realidad que aún no conocemos, que está por venir, pero una realidad con gran número de elementos compartidos por las personas. Es la televisión la que se aleja de lo real, no la literatura. Por eso, casi siempre, los “secretos del escritor” (¿?), esos que algunos no confiesan por no sé qué extrañas y profundas razones, no son más que producto de la observación del entorno. Tengo aprendido que, finalmente, se trata de ordenar lo que ves. Poco más.
En literatura, que un personaje diga “te quiero” a otro, ha de aparecer en la narración cargado de sentido, de expresividad, no puede ser pura información puesto que eso se recibirá por parte del lector como una cosa bien distinta dependiendo de cada caso. Si, por ejemplo, el personaje dice a la mujer que tiene enfrente “te quiero” para engañarla y poder acceder a sus riquezas deberá ir impregnado de un sentido (la voz narrativa será la que aporte tal cosa). Si, por el contrario, nuestro personaje lo dice para evitar una ruptura el sentido deberá ser otro bien distinto. Podría pasar que en un relato apareciera alguien diciendo a otro “te quiero” sin más, como un dato, como mera información (esto es muy habitual). La cosa es bien distinta en cada caso.
Me estaba resistiendo a decir algo que creo evidente y fundamental Por si a alguien se le escapa, hay que pensar que el lenguaje existe porque existen las personas (en literatura los personajes dentro del relato y, desde luego, el lector desde fuera de la propia narración, pero como parte fundamental de la misma) y que por tanto el lenguaje depende SIEMPRE de quién lo dice, la intención que tiene al decirlo y de a quién va dirigido el mensaje. Esto no puede dejar de tenerse en cuenta cuando intentamos crear un cosmos en el ámbito de la ficción.
Volvamos a nuestros “enamorados”. La diferencia entre unos y otros es muy sencilla. Los dos primeros estarán enseñándonos las entrañas, nos estarán mostrando y arriesgando algo de sí. El último, ese que dice “te quiero” como podría decir “arroz, Catalina”, no dice nada de sí. Y esto nos lleva a uno de los territorios más exigentes de la escritura. Al igual que si hablásemos con el vecino y nos estuviera contando una idiotez y al poco nos quisiéramos ir a casa o al supermercado, en la narración podemos dejar de ver a ese personaje. No nos interesa o no creemos lo que cuenta (relato inverosímil). Dejamos de ver y dejamos de leer. En otras palabras si escuchamos decir a alguien “te quiero” necesitamos saber qué es lo que siente, hacerlo con él. De otro modo, el vecino desaparece de nuestra necesidad de comunicación. Y el personaje, también.
Todo esto nos lleva a lo que llamamos expresividad. Es lo que establece un vínculo entre narración y personaje. Un buen texto será expresivo necesariamente porque es la medida del grado de implicación del lector con el texto. Sólo cuando veamos al personaje en su maldad, en su amor verdadero, sólo en ese momento podremos sentir, experimentar como él, creeremos lo que nos dice y en lo que dice. Todo tendrá sentido.
Habrá quien se esté preguntando ¿Y eso cómo se hace?, pregunta para la que no hay contestación puesto que en la escritura creativa no se pueden establecer fórmulas ni recetas. Pero lo que sí puedo es dejar un ejemplo de texto expresivo y otro en el que la información ocupa todo sin dejar posibilidad a cualquier otra cosa.
Este es un primer texto.
“- ¡Hija de puta cabrona desgraciada!
Pero lo de ella no tenía nombre. ¡Mi socia y mejor amiga! A ella sí que jamás se lo perdonaría. Pedazo de guarra. Clara me las pagaría. La hundiría en la mierda de por vida.
Frente a mí, a través del cristal, una señora de unos cincuenta miraba amedrentaba a su alrededor mientras su elegante can defecaba al pie de la escalera de la catedral, antes de decidirse a inclinarse con un diario en la mano para recoger los pedazos de excremento que el animal iba soltando alegremente. Su mirada vacilante tropezó con la mía. Empecé a sonreír y la mujer madura con represión, como si la hubiera pillado en una falta que ningún ser vivo puede evitar. Seguí sonriendo cruelmente, hasta que la señora decidió no agacharse a recoger la caquita de su perro, que, indiferente, seguía a lo suyo unos pasos más allá. Se alejó con su mascota tras lanzar a una papelera el diario no utilizado, con el alivio de quien no se ha rebajado a una acción vergonzosa e impropia de su clase.”
Y aquí tienen un segundo ejemplo.
“Durante todo el camino de vuelta estuve rezando sin parar, incluso oraciones que iba inventando. Susurrando, profiriendo gritos en mi cabeza, algunas veces cantaba las oraciones al ritmo de la música de Bach. Aquella, noche, todavía no sé la razón dormí en el coche.
Ahora apenas me reconozco. No dejo de pensar en mi nombre, (aquí no lo escucho jamás, me llaman poli: poli esto, poli lo otro, poli cabrón), en las cosas que arrastro desde niño. De vez en cuando presiento que pronto comenzarán a abandonarme partes del cuerpo, como las escamas de un pez fuera del agua; también las ideas que ya no regresarán, descomponiéndome poco a poco, convirtiéndome en un ser de pacotilla que duerme, come, ríe o salta aprovechando la inercia que provoca no querer morir antes de tiempo.”
Ustedes tienen la palabra.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano
© De la Imagen: QUIMERICAS x Quim Paneque


dic 9 2009

En blanco y negro

1. A estas horas visto camisa a cuadros, tejanos y deportivas blancas. Las gafas puestas porque no puede ser ya de otra forma. Reviso un viejo álbum de fotos. Casi todas ellas en blanco y negro. Mi padre que sonríe mientras juega con uno de mis hermanos, toda la familia al pie de una catedral, mi hermano pequeño y yo mismo durante la Expo de Sevilla posando junto a tipo de algún país extraño. Perros que murieron, personas que murieron, casas que ya no existen, el viejo Seat, la primera televisión que llegó a la casa.
Un poco de ceniza cae desde el cigarro hasta el pantalón. Sacudo la tela con la mano aunque no distingo bien si acierto o no a retirarla. Fijo la mirada en la camisa. Parece que los colores se han apagado. Son casi grises. Debe ser la presbicia, pienso.

2. Coloco mis cosas. Las plumas en su sitio, el papel blanco en su sitio, el sacapuntas en su sitio, el cenicero en su sitio, la silla en su sitio. Todo en su sitio. Miro la estampa y me gusta. Busco un lugar desde donde contemplar ese orden, pero me veo obligado a irme. No lo encuentro.

3. Hace días que un presentimiento me atenaza desde la espalda. Sé que está aunque no sabría definirlo. Los escritores vivimos de eso, de presentir, de no saber qué, de intentar explicarnos esas cosas con una estilográfica en la mano. Intuir desde el lenguaje. Eso es escribir.

4. Cuando las ideas para seguir escribiendo escasean lo más prudente es sentarse a esperar. Tarde o temprano alguien vendrá a contarte lo que para él es insignificante y a un escritor le puede suponer poder construir una novela. Para escribir es importante estar dispuesto a escuchar miles de idioteces a cambio de una frase.

5. Mi camisa es blanca y negra. A cuadros. Me quito las gafas despacio. Ya no sirven. Debo ir a graduarme la vista de nuevo. Esta vez lo haré a solas, frente a un espejo, un álbum de fotografías a un lado, mi cuaderno de notas al otro. Y todos los recuerdos que pueda cargar para combinarlos hasta que la tela luzca como debe. Los cuadros de siempre.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


may 5 2006

El miedo no es lo mismo que el frío

Cae la lluvia sobre Madrid. Chaparrones de primavera. Los coches circulan con suavidad sobre el asfalto brillante, levantando una pequeña cortina de agua que parece anclada a las ruedas traseras. Se ven como el dibujo de un niño aplicado, casi irreales. Recibo una llamada desde Valencia. Un embarazo es la noticia. La jovencita feliz. Él no tanto. Supongo que asustado. Lo tendrá que masticar despacito. Si no lo hace le va a dar lo mismo. Ella ha decidido seguir adelante. Y hace bien. Cargar con un hijo toda la vida es buena cosa. Arrastrar un marrón sin solución cuesta mucho más. Una segunda llamada desde la misma ciudad. Otro embarazo. Pienso con sorna en el gran apagón. Esta vez todos felices. Ya perdieron un pequeño. Y al abuelo Juan hace muy poco. Me hacen sentir feliz. Arrecia la lluvia. Un chaval corre bajando la cabeza, con la espalda encorvada. Al llegar a un portal mueve los brazos para quitarse de encima algo de agua. Enciendo un cigarro para escuchar el sonido de las gotas golpeando el vidrio. Con calma. A ese muchacho le vendría bien hablar con alguien que tuviera los pies en el suelo, alguien diferente a un amigo al que todo eso del embarazo le parecerá un marrón que no se tiene que comer nadie que no sea ella. Pues claro que es un desastre, chico, pero es que la vida es eso. Haz lo que puedas para que sea algo mejor. Y échale coraje al asunto. Creo que le diría algo así. Supongo que ella (dieciocho años) se ha sentido madre en el mismo momento de enterarse. Es la diferencia. Él no debe saber por donde le llegan los golpes. Y, por supuesto, lo de la paternidad le suena a chino. Alguien puede pensar que a este chico (veinte años) la vida se le puede convertir en una tortura, que no está preparado para tener un bebé. Es posible. Pero tampoco lo está para tomar la decisión de dejar los estudios, ni para comerse droga de diseño. Ni para acostarse con una chica de dieciocho años y dejarla embarazada, coño. Es verdad que el mundo está lleno de parejas fracasadas que tuvieron un hijo siendo jóvenes. Eso es verdad. Pero hay muchas más (fracasadas del mismo modo) que se casaron teniendo trabajos fijos, su primer hijo a los treinta y con la hipoteca a medio pagar. De esas hay más. Muchas más.
Me interrumpe Guzmán. Quiere que le levante del suelo para poder ver la tormenta. Señala con el dedito y dice frío. Lo dice cuando siente miedo. Es el tercero de los hermanos. Nació cuando yo tenía cuarenta, menos ganas de pelear con una criatura, menos fuerzas, menos tiempo para dedicarme a él y a sus hermanos. Y el señala con el dedito diciendo frío cuando quiere decir miedo. Le digo que voy a llamar a un muchacho que está asustado, que le pasa lo mismo que a él, que confunde el miedo con el frío. Guzmán me mira sin entender una sola palabra. Gonzalo que escucha desde el sillón me pregunta. ¿Qué le pasa? Pues que tiene que elegir entre apechugar con un problema o hacerse el muerto y dejar pasar la oportunidad de hacerse mayor. ¿Cómo? ¿Te puedes hacer mayor de un día para otro? pregunta Gonzalo sorprendido. Pues sí hijo. Así es. Uno se hace mayor cuando se le pone la vida difícil. Y eso pasa de un día para otro.


may 2 2006

Todo o nada

Todos tenemos un lado más oscuro, algo que ocultar, de lo que nos podemos avergonzar. Y otro más luminoso, para presumir, del que nos sentimos satisfechos. Es verdad que algunos presentan en sociedad su cara más sucia de forma constante. Sólo si se equivocan son capaces de tener gestos amables con otros. Incluso los hay que se empeñan en mostrar su lado más desagradable y destructivo.
No son pocos los que intentan prestar atención a los problemas y las miserias de los demás, los que se ven envueltos en cientos de problemas por intentar ayudar.
Sin embargo, todos sin excepción podemos ponernos la camiseta del equipo de los malos o la de los buenos. Depende del entorno, de lo extremo de la situación, de cómo nos trate la vida en un momento puntual. De hecho nuestro futuro puede cambiar en cinco minutos por algo que sucede, que no podríamos haber intuido, un instante antes. Estoy seguro de que el más malo entre los malos es capaz de hacer algo por otro si así lo dictan las cosas de este mundo. Pero también el mejor entre los mejores puede cometer una equivocación o tener un ataque de ira que le lleve a derribar todo lo que ha construido desde una posición bondadosa y coherente.
Solemos ser más compasivos con los que meten la pata en una sola ocasión. Intentamos simular ceguera, sordera y lo que haga falta cuando alguien que suele ser educado, noble, honrado y cortés comete alguna fechoría o torpeza. Con los que suelen repartir soberbia, arrogancia, mala educación o con los que lastiman sin razón ni piedad, con esos, no hay perdón. Todo lo contrario. Pero, además, no se les suele valorar lo que hacen pensando en los demás y no en sí mismos. Eso no suele contar para nada.
Ambas cosas son injustas. Nos quedamos en la superficie para valorar lo que vemos, en un hecho concreto, en cómo se ha hecho el daño o el bien, en cómo de grande ha sido la herida o el beneficio. No solemos pararnos a pensar en el porqué. Eso cuesta trabajo y acarrea un buen montón de complicaciones.
Todo esto lo pienso mientras escucho a Lester Young y Guzmán grita como un poseso porque sus hermanos le quitan los juguetes (los juguetes propiedad de ellos, todo hay que decirlo). El pequeño grita y los otros dos se ríen viendo como se pone rojo de furia. Y pienso esto porque hace poco escuchaba a alguien decir que en este mundo hay gente buena y gente mala, que eres una cosa u otra. Defendía algo así como que Guzmán es un niño irascible y sus hermanos unos cachondos. Todo o nada. Sí o no. Pues ni los mayores son unos cachondos, ni Guzmán un saco de mala leche. Son niños que juegan. Y nosotros, los demás, somos gente que trata de sobrevivir, personas que tienen un precio (todos sin excepción lo tenemos, mayor o menor, pero lo tenemos), que comete errores y aciertos, a los que la vida nos suele sacudir de lo lindo, con hipotecas que tiran de espaldas, con muchos defectos ocultos. Somos seres humanos. Y eso significa mucho más que negro o blanco, que todo o nada.
Lester Young sigue sonando, Guzmán gritando, los otros dos rotos de la risa. Y el resto de la humanidad moviéndose entre la casi infinita gama de grises que te hace elegir la fortuna.