abr 27 2009

Cinco años después

Hoy es el cumpleaños de Guzmán. Lo ha estado celebrando durante una semana. En el colegio, con una parte de la familia, con la otra. Hoy la cosa se ha limitado a un beso. Y a este mal texto.

Cinco años. Y apenas ha pasado un rato desde que le levanté de la cuna por primera vez para preguntarle cómo estaba. Un bebé precioso. Nunca había podido imaginar que un niño pudiera ser tan deseado por sus padres. Llegó curando viejas heridas, llenando un hueco preparado con cuidado, exclusivo, a medida. El nacimiento de mis hijos siempre fue algo especial, intenso e inolvidable, pero el de Guzmán superó cualquier expectativa.

Después de cinco años, Guzmán ocupa ese lugar con carácter tranquilo, dulzura e inteligencia.

Ha llegado del colegio con su corona de cumpleaños. Es costumbre en el Liceo Europeo. Y un bonito dibujo. Feliz, sin saber que cada día, cada día sin faltar uno solo, pienso en mi padre al verle. Sé que hubieran disfrutado el uno del otro cada minuto, cada cosa que hicieran. Parece que Guzmán hubiera heredado todo lo mejor de su abuelo. Y, sin embargo, no hubo tiempo para que se conocieran y reconocieran. Nadie sabe lo que hubiera sido capaz de hacer para que hubieran vivido juntos cinco minutos. Sólo pedía cinco minutos, joder.

Hoy es su cumpleaños y siento la garganta dolorida como cada veintisiete de abril. Rabia, nostalgia, pena por la ausencia. Y, por supuesto, una gran alegría por tenerle aquí. Mucha.

Felicidades, hijo. Que la fortuna te acompañe por siempre jamás.


abr 26 2009

Ilusiones

Viernes. Cuando comencé a escribir (de forma constante y encontrando un hueco que se convirtió en una forma de vida) decidí hacerlo con tinta verde y en papel amarillo. A mano, siempre a mano. El sonido del plumín deslizándose sobre el papel aporta un ritmo muy distinto al de las teclas pulsadas una y otra vez. El movimiento de la muñeca aporta una cadencia distinta al texto. Es algo parecido a escribir escuchando un disco de AC-DC o hacerlo con una sinfonía de Rachmaninov de fondo. No puede ser lo mismo. Pues bien, tinta verde y papel amarillo. La cosa fue cambiando. El amarillo que recordaba estar haciendo algo distinto de lo habitual se convirtió en blanco rayado. Cosas del oficio. La tinta verde, no, eso es sagrado. A veces, pocas, escribo directamente con el teclado. Falta de tiempo.

Afortunadamente, el hombre practica la sana costumbre de volver a los principios. Y , además, el azar ayuda. Acompañé a Guillermo a una fiesta de cumpleaños. Una compañera de clase. Libro y ipod olvidados. Dos horas por delante sin nada que hacer. Una papelería enfrente. Salvado. Entré y allí estaba, sobre el mostrador. Una mujer decía que no, que el color no terminaba de gustarle. Tapas naranjas, papel amarillo rayado. Como a mí me gustaba.

Esto que lee se escribió en papel amarillo, con tinta verde, tomando café y fumando. La mesa era de mármol. Como la que tenemos en casa y en la que tantas veces he escrito. Confieso que he sentido cierta emoción. Recordar los primeros intentos de hacer literatura, las primeras fabulaciones para conseguir una trama coherente, atractiva; jugar con el lenguaje hasta encontrar un registro y una voz que encajaran. Esos inicios que ilusionan y destrozan al mismo tiempo. Fracasos, pequeños triunfos, dudas, el aliento de muy pocos, la extrañeza de casi todos, saber que los hay que te mirarán siempre como un aprendiz.

Tinta verde. Papel amarillo. Muchos años después. Cuánto ha cambiado la vida. ¿Qué queda de aquel jovencito que buscaba un futuro repleto de ilusiones literarias? ¿Dónde están los demás? Los puedo ver, podría decir que son ellos, pero pienso y no es cierto. Apenas queda nada de lo que conocí.

Sábado. Celebración en el Liceo Europeo. Día del Libro. Los chicos estuvieron estupendos en la representación de los cuentos adaptados de Ignacio y Josefina Aldecoa. Los padres colaborando con sus risas y sus aplausos. Muy cariñosos con sus hijos y conmigo. Para terminar, entrega de los premios literarios. Muchas alegrías y algunas grandes decepciones. Y los chicos, sin excepción, con su sonrisa a cuestas. Y con un bloc de papel amarillo en la cartera. Su bolígrafo preferido. Una montaña de ilusiones.

Rocío, una de las ganadoras, enseñando una sonrisa ingobernable. Júlia reprochándome que le había dicho “no tienes la más mínima opción, tus poemas son un horror” cuando sabía que tendría un merecido premio. Chicos y chicas que se presentaban por primera vez y habían logrado un accesit mostrando su diploma con orgullo. Antonia mirándome entusiasmada porque este año repetía triunfo. Luis con su premio especial debajo del brazo. Olga intentando huir de las felicitaciones mientras arrastraba su eterna timidez. Ilusión. Ganas de repetir un buen trabajo. Y yo, por qué no decirlo, orgulloso por el mío.

Papel amarillo. Tinta verde. Escribir a mano. Siempre a mano.

Me niego a perder eso. Y, además, el azar no me deja. Ni los chicos que quieren ser escritores porque contagian. Les veo y me recuerdan sentado mientras intentaba descubrir el mundo. Con letras verdes sobre fondo amarillo.


abr 25 2006

Principio y final

Ayer estuve viendo una película con mis alumnos de tercero. En el Liceo Europeo. Pegados a la silla dos horas, sin moverse. Buena señal. No quisieron ni merendar. Ayer tocaba bocadillo de salchichón. Como yo no había comido me puse las botas.
“Hostage”. No es que sea un peliculón, pero tiene cosas muy interesantes.
Comienza con imágenes en tono negros y rojos. Inmóviles. Algo así como viñetas que vemos una tras otra y que no nos llegan de un golpe sino que nos las van enseñando poco a poco. En cada imagen un crédito. Finalmente descubres que cada una de ellas es una toma diferente de la misma escena. Una toma que se ha congelado. La última de esas imágenes pierde los tonos rojos y negros, vemos a un tipo apuntándose a la cabeza con una pistola del tamaño de un oso panda. La cámara se aleja de él, sale de la casa en la que está, sube hasta la altura de los tejados, más arriba todavía, hasta que un helicóptero para a su lado. Todo lo que vemos es la suma de las diferentes tomas que nos enseñaron antes, una escena única que antes desmenuzaron. La película acaba del mismo modo. Esa primera escena está cargada de tensión narrativa, hace que el que mira se interese por lo que ve, por lo que se cuenta. Distorsión de sonido, de movimiento, de ritmo en la narración. No sabes qué es lo que va a pasar y quieres saberlo.
El resto no es nada del otro mundo aunque con chavales de esta edad funciona muy bien. Les hace removerse en la silla porque se acercan a la parte más gris del delito, a un territorio que los jóvenes de las clases medias occidentales no conocen apenas. Les aterra intuir que eso existe en realidad. El narrador va dando vueltas de tuerca a una situación que se complica hasta que el desenlace no puede ser otro. Los malos mueren sin excepción aunque un buen puñado de ellos lo hace a manos de los buenos. Los buenos puestos a ser terribles, empujados a situaciones extremas, pueden desarrollar un instinto criminal que para sí los quisieran los asesinos en serie. Este parece ser el mensaje del narrador. Ya decía que nada del otro mundo.
Lo importante no era eso. Eso fue lo divertido. Lo que hay que pensar es otra cosa. De la inmovilidad a la acción y, finalmente, aparece la quietud absoluta. El narrador quiere contar eso. Ni más, ni menos. El antes y el después no aparece por ningún sitio, todo queda cerrado, no importa qué sucedió un año antes o lo que pasará veinte días después. La trama comienza y termina en un momento muy concreto. Ya sé que todas las películas, que todas las novelas, tienen un principio y un final. Pero muchas dejan abierto el final para que la imaginación del espectador o del lector termine de narrar esa historia, o recurren al pasado para explicar lo que ocurre en una escena o capítulo. Aquí no. Aquí te cuentan lo que sucede durante dieciséis horas un día cualquiera. Y lo que sucede en otras dieciséis un año después.
Intentaba que los chavales entendieran que no se necesita contar todo para conseguir buenas historias, que puede llegar a ser un problema muy serio en los escritores que empiezan, que elegir el principio y el final de lo que queremos contar condiciona todo el trabajo que hacemos después. Es fundamental. Si logramos elegir un momento en el que el personaje se tiene que dejar ver necesariamente, el resto se nos puede convertir en cosmética y páginas de relleno. Es más, una vez elegido ese momento hay que seleccionar con mucho cuidado qué es lo que queremos enseñar y lo que queremos dejar de decir.
Es justo al contrario. Dejar de contar, que sea el personaje el que crezca y no los alardes técnicos del autor los que aparezcan (si es que puede o sabe hacer uso de ellos). Eso hay que dejarlo para cuando uno escribe un best seller. O rueda una película que nadie recordará dos años después.
No hace mucho pregunté a uno de estos chicos sobre el peor día de su vida. “El día de mi primera comunión” dijo. Le pedí que nos contara el porqué. “Me acosté a las once de la noche sabiendo que al despertar sería otro día, que aquello se había acabado”. No dijo una palabra más. Impresionante. Tomen nota.


abr 22 2006

Mis alumnos más pequeños

Ana María ha conseguido ganar el premio de relato. Con un buen texto. Tan imperfecto que da gusto leerlo. Con su edad es normal. Casi saludable. Ya habrá tiempo de enmendar esas cuestiones técnicas.
Tiene quince años. Creo. Y no la he visto un solo día sin una sonrisa o un gesto de alegría. Da gusto trabajar con gente así.
Laura, su amiga del alma, estaba tan contenta como ella. O más. No estoy seguro. Ha presentado su texto y no ha tenido suerte. Pero da lo mismo. Gana una y las dos se sienten satisfechas.
Ellas y el resto de mis alumnos miran el mundo desde un lugar que nos hemos construido para poder pasarlo bien, para hablar de los asuntos más disparatados que se nos ocurren. Han perdido el miedo a enfrentarse con ideas que antes causaban perplejidad. Si hay que mirar y encontrar basura se hace. Son un grupo de chicos y chicas que dedicarán sus esfuerzos a estudiar biología, ciencias exactas o derecho. Pero ahora reservan un par de horas a la semana para burlarse de lo feo, de lo incómodo, de lo que otros muchachos de su edad no saben ni que existe. Dedican su alegría a escribir, a escucharme cuando les leo un poema, a entusiasmarse con un buen texto.
Ana María ha conseguido ganar su premio de relato. Laura, su amiga del alma, estaba tan contenta como ella. Y yo me siento un tipo afortunado porque comparto aula con ellas. Y con Clara, Andrés, Jaime, Elena, Cristina, Martín, Claudia…


feb 9 2006

Ser una vida

El ser humano se esfuerza en tener una sola vida. Un paso, un gesto diferente al de ayer, un giro inesperado en la forma de ver las cosas, todo, ha de formar parte de uno mismo sin que genere ningún tipo de fisura en la única vida que queremos tener. Cada cosa hecha se amolda a lo que ya conservamos en nuestras bodegas. Le damos la forma necesaria para que así sea. Y el ser humano se esfuerza para que eso ocurra y poder ir construyendo una vida a medida. Una sola.
Sin embargo, es difícil que el resto perciba ese esfuerzo. Una paradoja sin pensamos que todos lo estamos intentando al mismo tiempo. Siempre ocurre que en un hombre o en una mujer se descubren un buen número de vidas distintas. Son tantos los descubrimientos como observadores tiene el individuo. Si te mira fulano sólo verá una parte que interpretará a su gusto, si lo hace mengano pasará lo mismo. El ser humano afanado en tener una vida auténtica y exclusiva se ve maltratado por la mirada parcial del otro. Y siempre pasa. Siempre.
Dicho así no tiene demasiada importancia. No la tiene. Pero podemos añadir lo siguiente: es esta la razón por la que nos hacemos daño unos a otros (esto es muy de personaje de Baricco). No tener en cuenta que el otro es un todo se convierte en peligroso e injusto. Tener en cuenta sólo lo que conocemos de alguien, desdeñando el resto, nos lleva a juzgar con error, a tratar con error, a provocar daño.
Mis alumnos y compañeros de la Escuela de Letras o del Liceo Europeo no imaginan, ni tienen en cuenta, mi vida profesional en la compañía para la que trabajo. Y, por supuesto, pasa lo mismo al contrario. En realidad, en cada uno de los sitios conocen una parte de mí. Desde luego incompleta. Ya sé que es este un ejemplo algo superficial, pero puede servir para ilustrar lo anterior. Pensemos en nuestra vida matrimonial, en nuestras amistades o en lo que queramos. Sirve igual. Somos muy diferentes porque nos ven muy diferentes aunque somos uno solo, un intento de vida única.
Pues bien, esa es la razón (al menos la causa en un buen número de ocasiones) por la que terminamos haciendo daño a otros, por la que no entendemos lo que nos quieren decir (una forma muy común de destrozar al que tenemos enfrente). Simplemente desconocemos buena parte de lo que es, de lo que representa una cosa u otra en su vida, de lo amado u odiado por él. Lo que llamamos equivocación o mal entendido suele ser desconocimiento. No solemos gastar mucho tiempo en pensar que lo que vemos no lo es todo, que las personas enseñamos una parte y nos vemos obligados a ocultar la otra para poder ser aceptados por un grupo o un sujeto concreto, o por pudor o por miedo.
El ser humano se afana en ser uno, en ser una vida, pero quiere convertir la de los demás en lo que sabe o puede ver del otro. Así ni es justo con otros ni consigo mismo, puesto que se niega la posibilidad de descubrir territorios ajenos que le pueden enriquecer. Y esto hace daño. Poco o mucho. Es igual. El caso es que no hay forma de ser felices. Al menos del todo.
Y pienso sobre esto porque el narrador que he elegido para una de las partes de la novela en la que trabajo no quiere saber y no puede tampoco. Me está creando una serie de conflictos entre los personajes que me traen de cabeza. Lleva a unos y a otros hasta situaciones de difícil solución y al escritor a un callejón sin salida. Creo que no es el punto de vista adecuado. Hay que elegir de nuevo.
Qué curioso. Escribo y pienso en estas cosas. Y rectifico. Sin embargo, no me lo suelo plantear en mi vida diaria. Me lo tendré que pensar un poco mejor e intentarlo con más frecuencia. Aunque espero que hacerlo sea algo más fácil que escribiendo novelas.