sep 4 2011

Odiar y despreciar, todo es empezar

Que existe gente rencorosa lo sabe todo el mundo. Podemos preguntar a un buen montón de personas y nos contestarán que conocen a otro buen montón que desarrollan un rencor enorme, un peligro que asusta. Sin embargo, lo curioso es que, habiendo tantos y tantos rencorosos, nunca damos con ninguno que esté presente en la conversación. Nadie reconoce su propia falta. El rencor es una característica propia de otros. Nunca del que acusa. El rencor es muy hijo de puta.
Para evitar parecer rencoroso (no a los ojos de los demás que, siempre, piensan que lo eres o puedes llegar a serlo, sino a los de uno mismo) tendemos a buscar aliados que sienten eso mismo por alguien. Parece que si alguno más echa espuma por la boca durante años a causa de la misma razón que tú la cosa comienza a ser maravillosa. Pienso que este tío es un mamón. Como lo piensa este otro, el tío ya es seguro que es un mamón, más mamón que nunca. Tengo razón. Y, de paso, yo no lo soy, y esto no es rencor es llamar a las cosas por su nombre. Así de simples son algunas personas. No saben que es muy distinto lo que piensa una persona sobre sí misma que lo que es en realidad. No deja de ser ridículo que un grupo de personas (que no sabe hacer la o con un canuto) se agrupen para defender que ser muy limitado es un don divino (poco más o menos). Porque eso pasa en muchas ocasiones. Los mediocres atacan con frenesí a todo aquel que despunta. Y el rencor que le guardan está motivado por su propio complejo o sus carencias. Otras veces ocurre porque el individuo es un majadero, es verdad.
Todo esto se limitaba, hasta hace poco, a la gente conocida y cercana. Con internet la cosa se está desbocando. Puedes sentir rencor por alguien al que no conoces. Como lo oyen. Redes sociales, chats o foros, se han convertido en lugares en los que rencores y amores aparecen tras cualquier relación que se limita a tres o cuatro frases. Proyectos maravillosos se levantan pocos, pero rencores a patadas. Y amores. Todo hay que decirlo.
El caso es que el rencor que se genera entre las personas es una de las peores cosas que me puedo imaginar. Para las dos partes. Debe ser muy fatigoso odiar a otro. Debe ser muy doloroso ser odiado. No crean que los odiados saben lo que alguien siente por ellos en toda su dimensión. Se pueden hacer una idea aunque nunca terminan de comprender lo que está pasando. Porque nadie cree ser merecedor de algo así. Sin embargo, más de uno se quedaría sin respiración al saber lo que piensan de él o los sentimientos de odio que levanta en otros. Piensen en la oficina. En sus jefes, en los compañeros. En las cosas tan bonitas que se dicen de unos y de otros.
Debe ser por esto que digo (yo es que me he sentido muy odiado en ocasiones) por lo que hace mucho tiempo cambié la estrategia más general. Funciono más tranquilo con la falta de aprecio e, incluso, con el desprecio. Es menos fatiga la que se pasa y menos doloroso, mucho menos, no querer saber nada de los que me importan una mierda. Me consta que el resultado es un rencor de aquí te espero. Pero ya saben que evitar saber algunas cosas parece que diluye el problema. Y la vida se hace más tranquila.


feb 5 2010

Indivisible

Hay cosas que no se pueden repartir. Pertenecen a uno u otro en el momento de la separación. Nos engañamos mientras estando juntos inventamos que todo es de los dos, el mundo entero es de los dos, si uno sufre el otro también, la alegría es compartida y disfrutada por los dos, nada puede con ello. Esto sirve si hablamos de amistad, de amor o de odio. La cosa es universal.
Sin embargo, hay cosas que pertenecen a una sola persona, nunca a más, aunque se intentaran compartir en un momento concreto. Cada uno arrastramos nuestras propias miserias, nuestros complejos, nuestras alegrías o nuestros amores. Es precisamente lo que nos hace únicos, exclusivos. No nos gusta mucho la idea de ser diferentes por la forma de odiar, por ejemplo, pero es lo que hay.
Línea catorce. 7.30 a.m. Se sienta a mi derecha una mujer de mediana edad. Abre el bolso, saca papel y lápiz, comienza a apuntar. Columna izquierda. Para él. Columna derecha. Para mí. Columna izquierda: discos, ropa y calzado, la puta televisión (textual), equipo de música pequeño, regalos de boda entregados por su familia, ordenador portátil, sillón reclinable. Columna derecha: Todos los libros, ropa, la otra puta televisión pequeña (textual), ordenador de sobremesa, colección de películas. Se detiene y piensa. Me empiezo a temer lo peor. Me mira una vez, pero vuelve a leer lo que ha escrito. Segunda y definitiva mirada. Oiga, le puede parecer una locura, pero quisiera hacerle una pregunta, dice. Entorno los ojos y espero la pregunta sin decir una sola palabra. ¿Cómo podría dejar a este capullo lo que siento por él? Ya sé que suena raro, pero si se lo pregunto a alguien conocido me van a querer internar, dice. No creo que lo quiera, sea lo que sea, señora. Será mejor que lo deje en la primera papelera que encuentre, contesto. Si se puede dejar en una papelera se podrá dejar en cualquier sitio, en sus bolsillos, encima de su mesa de trabajo o dentro de un zapato. Va hablando con la vista fija en algún punto del suelo. Verá, señora, cuando he dicho papelera, en realidad, lo que quería decir era otro. Otro hombre del que se enamore. Es la única forma de soportar esas cosas. O se reciclan o no hay nada que hacer. Ahora, me tengo que apear en la siguiente parada. Suerte.
He caminado despacio durante cien metros. Más o menos. Semáforo en rojo para los peatones. Me hablan desde atrás. Creo que no me ha dicho lo que pensaba, dice la mujer. Doy media vuelta. Cuando alguien tiene la sensación de tener en su poder algo que pertenece a otro significa eso, sencillamente, que aún es de otro. Y si se trata de un amor, hablamos de uno mismo. Entero. Si usted siente que le pertenece intente reciclar eso, sea lo que sea, en la papelera que toca. En él. Pero sepa que se va a reciclar enterita ¿Satisfecha? Otra vez media vuelta.
Hay cosas indivisibles. Nuestro propio ser lo es. No nos podemos repartir. Nos tenemos que entregar. Así lo creo.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano