ene 6 2006

La mar de contentos

Qué cosas. Todos los adultos con los que he hablado durante los últimos días estaban deseando que acabasen las fiestas de navidad. Además, sospecho que un buen número de adolescentes esperan impacientes que llegue el lunes para ir al instituto. Ver a los amigos, escaquearse al salir de clase para fumar un cigarro prohibido o estudiar en casa de un compañero es siempre mejor que aguantar a padres, tíos y vecinos que intentar ordenarte la vida después de haber bebido medio litro de cava. Incluso los niños más pequeños conservan intacto el deseo de regresar a la guardería. El reencuentro con la comida del colegio es un placer. Tengo cuatro hijos y he aprendido que el problema de algunos niños que no comen bien en casa es ese y no otro. Comen en la guardería o en el colegio el doble de días que en casa y se terminan por acostumbrar. Las navidades han pasado y todos estamos la mar de contentos.
– Es que queremos recuperar la normalidad, me dice Silvia.
– Normalidad, claro, le contesto frunciendo el ceño. Sin creerme nada.
– ¿Lo ves? No hay nada mejor que hablar conmigo para poder pensar y luego escribir.
– Más normalidad, claro, claro.
Hoy los autobuses de Madrid están llenos de personas que sujetan bolsas de plástico llenas de prendas de vestir y objetos que jamás compraríamos en condiciones normales. Regalos que llegaron con la talla equivocada o que lo hicieron para dar el pego de un gasto generoso. Cosas que hay que cambiar por pequeñas, grandes o inservibles. O para que sean más baratas. Que para eso estamos en época de rebajas.Mañana los centros de trabajo se llenarán de hombres y mujeres deprimidos. Acudir, día tras día, a un lugar que te parece un infierno, en el que tienes que aguantar a un puñado de idiotas metidos en un traje de chaqueta o en una bata blanca o en un uniforme, es muy duro. Para todos. Incluso para ellos porque piensan que el resto son flojos y vagos y muy gilipollas. Los autobuses se llenarán de hombres y mujeres con bolsas de plástico. Otra vez. Los jovencitos pensarán que es mejor aguantar monsergas de la familia antes que escuchar al profesor de matemáticas. Y los niños más pequeños harán pucheros cuando se levanten pronto para ir al colegio. Miles de personas, después de ocho horas de trabajo, correrán a comprar alguna cosa, lo que sea. Que para eso estamos en época de trabajo.Hoy, mañana y pasado mañana, millones de personas con los pies doloridos, acabarán el día delante del televisor, mirando los anuncios con atención, intentando descubrir qué comprarán al día siguiente. Los jóvenes seguirán fumando en el cuarto de baño, intentando que el humo deje el menor rastro posible. Los más pequeños llorarán porque ir a la cama no les gusta.
– Oye, Silvia, ¿recuperar la normalidad es hacer lo mismo que todos los días antes de hoy?
– No. Es finjir que lo crees.
– Claro, claro. ¿Quieres decir que cuanto más nos imitamos a nosotros mismos más felices somos?
– Piensa, querido, piensa. Busca tu normalidad. La tienes al lado.


dic 25 2005

Préstamos

Prefiero regalar los libros que me piden prestados. Mis ejemplares suelen estar llenos de anotaciones personales que convierten ese libro en algo muy de uno. Si se pierden o se quedan en casa ajena también lo hace esa lectura que hice de joven y fue errónea, o aquella que me descubrió a un autor que me influiría decisivamente, o alguna frase que se me ocurrió escribir pensando en una mujer o en mí mismo. Lo que sea, es igual, pero siempre queda en peligro algo íntimo en cada préstamo. Mejor se compran, se regalan y se acaba el problema.
Sin embargo, como suele ocurrir en esta vida, un buen día descubres algo que has tenido cerca, que podrías haber hecho antes y que es inquietante, divertido.
Hace unos días regalé tres libros a la misma persona. Alumno capaz de agarrar una idea y convertirla en un buen relato. Con cuatro cositas arma un texto con sentido, expresivo, hondo. Muy despistado tengo que andar si me equivoco al afirmar que este hombre puede llegar a ser un buen escritor. Decía que regalé tres libros. Uno de ellos iba a ser “Tala” de Thomas Bernhard. Es una de mis obras favoritas. Y digo que iba a ser porque finalmente lo cambié por un ejemplar de “El origen” del mismo autor. “El halcón Maltés” de Samuel Dashiell Hammett y “La buena letra” de Rafael Chirbes eran los otros dos. Son muy diferentes entre sí. Excelentes los tres, pero mientras que leyendo a Hammett podemos ir observando la construcción de una trama soberbia, leyendo a Chirbes entendemos lo que significa la expresividad y lo profundo de la literatura. Bernhard, con esa escritura en espiral, hace que el que se acerca a su obra por primera vez quede fascinado por el uso de un registro determinado (uno aprende que la literatura no es contar una buena historia, que es el punto de vista unido a una técnica determinada lo que convierte esa historia en algo bien diferente).
Pues bien, fue “El origen” y no “Tala”. Lo que pasó es que abrí la novela de Bernhard y, sin darme cuenta, comencé a subrayar, a anotar algunas cosas que iban apareciendo. Es decir, estropeé el regalo. Había leído cerca de ochenta páginas y la cosa no tenía remedio. Al entregar el paquete expliqué lo sucedido y él me pidió “su” ejemplar de “Tala”. Le daba igual. Le encantaría tenerlo en esas condiciones. Así lo hice.
Hoy me dice que él también ha ido anotando en los márgenes. Que es curioso ver como un mismo libro va abriendo expectativas tan iguales y tan diferentes a la vez en un lector o en otro. Y es verdad. Estoy deseando mirar esas notas para compararlas, para aprender más de la novela, para descubrir aspectos de una lectura que quizás nunca hubiera realizado. Pero lo que a mí más me agrada es saber que, a pesar de las diferencias entre su lectura y la mía, ambos estamos dando vueltas en esa espiral que el personaje de Bernhard crea desde su sillón de orejas. Eso es literatura. Un mundo creado en el universo de la ficción en el que, paradójicamente, cada uno interpreta su papel de hacedor sobre lo que ya esta hecho, porque sin ese lector convertido en semi Dios todo está falto de vida y nada sería.
Estoy empezando a pensar seriamente si tengo que comenzar a prestar mis libros. Con anotaciones y todo. Desde luego a él sí se los pienso dejar.