dic 21 2009

Ficción

– Buenas noches. Soy la muerte. Me podría decir dónde puedo encontrar a G.
– ¿Cómo? Si G. se murió hace un año y pico. Debe tratarse de una confusión.
– Pues en el infierno no está. ¿Puede usted darme una pista? Es escurridizo este G. Llevo mucho tiempo intentando echarle el guante y no hay forma.
– No sé. Tal vez si mira usted en su cama… Murió allí.
Ambos entran en la habitación del difunto. Allí está G. Toma una copa de brandy. Un montón de papeles desordenados sobre su escritorio.
– ¿Se puede saber qué estás haciendo aquí? Deberías estar metido en una caldera a presión. Venga, vamos, tengo mucho trabajo.
– A mí nadie me dijo nada. Yo me morí y nadie vino a por mí. Así que estaba escribiendo unas cosillas.
– ¿Y qué escribes, mi querido y astuto amigo?
– Una historia estupenda. Estaba con el final de la primera parte. Escuche lo que dice la última frase. Cuando llegó la muerte para llevarle ya era vieja y ciega. Por segunda vez, logró esquivar su suerte.
G. levantó la vista del papel. Estaba solo. Le pareció que el relato era poco creíble. Pero él seguía vivo.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano