oct 27 2011

G. La segunda invasión (II)

Del diario TAES 278.90.766.0 rescatado el 1 kapma del tiempo Ecen.
Ahora sí que sí. Mi versatilidad es total, casi siniestra. Mi tamaño es algo mayor que el de la versión anterior y, tras mucho discutir con el jefe de genética ambipolarizada, he logrado que se mantuviesen las dimensiones proporcionadas. El informe dice que mi aterrizaje se producirá junto a un lugar llamado Monasterio de Silos. Parece ser que allí sólo viven personas inhibidas sexualmente y, por tanto, el tamaño de mi órgano reproductor simulado no provocará ninguna reacción en los objetivos. Los estilistas me han confeccionado un traje multiusos. Me aseguran que podré convivir con los habitantes de Silos y me servirá para cazar humanos en los alrededores. Se trata de una escafandra ajustada desde el cuello. Se ensancha en la zona del órgano de reproducción simulado. Y para llamar la atención de las presas han incorporado unas lucecitas que se encienden y apagan. Se puede leer tranca barata. Por lo visto es algo que llamará la atención sin duda alguna. Envió esta grabación cinco minutos antes de tomar tierra. Pronto volveré con el trabajo bien hecho. Me tiembla todo el cuerpo de la emoción.
Documento sonoro número 1 rescatado de lo que quedó de G. tras su paso por el Monasterio de Silos.
– Dios Mío, milagro, milagro. El Señor nos ha enviado en un carro de fuego un ser maravilloso.
– Menuda tranca, por el amor de Dios. Corre, corre, llama al prior. Oh, ¿y esas luces?, ¿los lees, hermano Pedro?, es un regalo divino. Pedro, Pedro, no te pases. Menuda tranca. Esto es un milagro. Mejor llamamos al prior cuando deje de rezar.
Nota: Poco después se pueden escuchar ruidos extraños mientras G. 2.3 se pregunta en voz alta sobre el lugar del que han salido los cabrones de información. Algo dice sobre los estilistas que no está muy claro. Con todas las reservas, podríamos afirmar que se caga en sus muertos. Pero no es seguro.
Documento sonoro número 789 rescatado de lo que quedó de G. tras su paso por el Monasterio de Silos. El resto de documentos sonoros son reiterativos. Gemidos y cosas así mientras G. 2.3 se refiere a estilistas y servicio de información.
– Le vais a reventar, hermanos. Vaya si antes lo digo antes ocurre. Venga, venga, hermanos. La tranca la metemos en un relicario. ¿El resto? A la basura.
Nota: Los restos de G. 2.3 se pudieron recuperar con el descompensador celular. Su órgano reproductor no. Se introdujo en una caja extraña con puertecitas frente a la que se sientan los habitantes de Silos moviendo con una especie de tic su mano derecha.

Si quieres leer la primera parte pulsa AQUÍ.


ago 16 2010

Lógica de escape (I)

– Creo que te quiero con locura.
– El amor no es una cuestión de fe.
– Hay una probabilidad entre un millón de que no te quiera realmente.
– Reducirlo todo a la razón te convierte en una máquina de amar.
– Te quiero.
– Qué tendencioso. No das opción.


ago 15 2010

La necesidad de una trama

Dicen que, durante el mes de marzo del año mil novecientos cuarenta, un pequeño pueblo de la provincia de Guadalajara desapareció por completo a causa de los fusilamientos –primero- y varias toneladas de bombas –después-.

Tan sólo libró la vida un muchacho que se ocultaba dentro de una sepultura en el cementerio –primero- y que fue capaz de huir hasta lo que quedaba de un pinar arrasado por la artillería –después-.

Acabado el conflicto, regresó allí donde se levantaba su pueblo. Encontró casas, graneros e incluso la parroquia, convertidos en un montón amorfo de piedra, amalgama y hierros retorcidos. Algún cadáver entre los escombros, devorado por los cuervos, dejaba ver las mandíbulas haciendo el ambiente insoportable por el hedor y la fina ironía que siempre tuvieron las sonrisas forzadas.

Ese mismo día decidió que la única forma de morir en paz sería vengar aquella matanza.

Poco a poco, levantó un gran caserón utilizando las mejores piedras que se esparcían por allí. Casi todas habían pertenecido a la casa de Dios. Los que pasaban cerca y se interesaban por su identidad o por su pasado recibían a cambio una mirada huidiza, un gesto evasivo y un plato de sopa caliente para distraer la atención. Dicen que nadie podría haber imaginado lo que ese hombre tramaba.

Toda la prensa de la época publicó en primera página la noticia. Un diario decía una cosa. Otro la contraria. Las beatas corrieron a los templos, los niños comenzaron a tener malos sueños y los ancianos comenzaron a inventar historias antiguas en las que aparecía aquel hombre o impostores inventados que multiplicaban la leyenda. Dicen que incluso se convocó a los ministros más astutos para intentar poner freno a todo aquello. Nada sirvió. Ni las plegarias fueron escuchadas ni los chismes dejaron de tener un hueco cada día mayor en las conversaciones.

Pocos saben qué fue lo que realmente pasó. El tiempo y la imaginación han convertido en cosa bien distinta el suceso. Eso es seguro. Tan cierto como que conocer el nombre del muchacho que compartió cama con los muertos es señal de mala suerte. Eso dicen. También que todavía vive. No se sabe dónde ni cómo acabará lo que empezó.


may 7 2009

Haciendo amigos (y II)

Una de las características más importantes de la vida extraterrestre es que es extraterrestre. Esto quiere decir que los humanos no llegan a imaginar qué es lo que tienen enfrente.
G. explotó violentamente y sus pedacitos quedaron esparcidos por aquí y por allí. Pero los trozos se fueron buscando con rapidez, unos a otros, para completar a G. otra vez. Luciendo su forma humana, caminó hasta donde había dejado su nave dotada con tecnología y armamento de última generación. Envió un mensaje de protesta a su comandante en jefe por la falta de información veraz y se introdujo en la cápsula de recomposición molecular y limpieza mental urgente. Aún no había terminado la sesión cuando recibió contestación. El mensaje llegó cifrado y con la categoría de secreto nivel uno. YaAv. Pulsó la tecla para descodificar aquello. Diez segundos. No más. Vaya. Ese era el mensaje. Gruñó, volvió a su aspecto humano, salió de su nave y comenzó a caminar. Doscientos metros más allá se encontró con un ser humano. Llevaba un palo en la mano y se rodeaba de animaluchos que según el manual de asalto eran inofensivos. Por lo visto, se llamaban cabras. El hombre del palo y gorrilla negra le miró. Dijo: “A ti te daba yo lo tuyo, rubia”. Sin mediar una sola palabra más se abalanzó a G. Su intención era violarle sin ningún tipo de miramientos, pero, dadas las circunstancias le violó, luego se dejó violar y, por último, se procuraron placeres mutuos. Las cabras miraban.
El hombre, una vez terminadas las violaciones mutuas y la sesión de placeres impensables para ambos, le invitó a fumar. G. imitó cada gesto del hombre. No le pareció peligroso. ¿Quieres un trago? dijo el cabrero ofreciéndole la bota de vino. Confiado, G. aceptó. Su desintegración fue tan rápida que el cabrero pensó que todo había sido un sueño.
Las partículas se agruparon como pudieron aunque la labor fue difícil. Las más perjudicadas se movían sin rumbo fijo, algunas de dos en dos riendo y cantando, otras fueron encontradas bajo las piedras descansando y sin sentido.
Cuando G. logró ser G. envió otro mensaje a su comandante en jefe. Su queja era insolente y tajante. La contestación no llegó cifrada. “Cuando dije vaya quise decir “oh, lo siento, vaya por jus (dios local)”, imbécil. Quédese quieto y espere instrucciones”.
G. aprovechó ese tiempo para recomponer cuerpo y mente. Empezaba a sentir cierto cariño por los terrícolas. El cabrero, oh, el cabrero, dijo antes de cerrar su único ojo.


nov 12 2006

La eternidad imaginada

Escuchar una grabación de nuestra propia voz suele causar extrañeza. No reconocemos como nuestro lo que oímos. Si nos vemos en una pantalla de televisión nos parece que ese día estábamos especialmente feos, gordos o despeinados. Hay fotografías que compraríamos a cualquier precio para que nadie del mundo las pudiera ver, fotografías en las que aparecemos con los ojos cerrados o con un gesto que nos avergüenza. Cualquier cosa que tenga que ver con nosotros y se filtre a través de un aparato de vídeo, de un objetivo o de un micrófono, nos parece una traición a nuestra belleza, a nuestro maravilloso tono de voz. Es lo de menos si eso es real o pura imaginación. Siempre ocurre porque nadie atiende a sus defectos y sí a los rasgos que tiene por maravillosos. No conozco a nadie que se vea en una fotografía antigua y no diga algo sobre las pintas que se llevaban por aquel entonces o sufra un pequeño ataque de risa nerviosa.Envejecemos y esas cosas no hacen más que agravar el problema. En realidad, no nos sorprende que vistiéramos así, ni la cara de panoli que tuvimos con dieciocho años. No, lo que nos sorprende es lo mayores que nos hemos hecho, la cantidad de cosas que nos han pasado en diez o quince años, la gente que ha desfilado por delante de nosotros y de la que apenas recordamos el nombre, lo cómoda que era la vida en ese momento y lo complicada que es ahora. Hemos aprendido a guardar rencor, a querer venganza, a preocuparnos por la cuenta bancaria; ahora sabemos lo que significa que la vida se reduzca a la mínima expresión cuando aparecen los hijos, cuando los padres se hacen mayores o se mueren. Eso lo vemos en cada fotografía antigua, en cada imagen de una película que rodó no sé quién el día que celebramos el bautizo de un sobrino que se casa la próxima semana. Nos hacemos viejos y nos duele recordar que fuimos unos jovencitos que no tenían otra preocupación distinta a estudiar y salir los fines de semana.Hoy, después de comer, me he tumbado en la cama de Guillermo para que Guzmán, su compañero de habitación, no se quejara y durmiera una siesta en la suya. No me apetecía leer y he llevado conmigo mi vieja carpeta azul, la que uso para acumular viejos escritos de los que me da pena deshacerme. Lo hago alguna que otra vez. Junto a uno de mis poemas (espantoso, muy, muy malo) copié un verso de André Breton. La eternidad busca un reloj de pulsera. Esa era la idea que intentaba desarrollar, con escaso éxito, en mi intento de poema. Breton lo sabía. Quisiéramos ser eternos aunque sin soltar lo que nos da vida. El tiempo. Un tiempo que se agota para todos, que nos obliga a mirar las fotos antiguas con la carga de la experiencia sobre los hombros. Lo pasado no nos representa, siempre desdibuja lo que realmente somos. Eso pensamos. Nos sujetamos en un futuro siempre inventado que nos hace sentir eternos al convertirnos en ese reloj de pulsera en el que se manejan los instantes a nuestro gusto. Es casi pueril aunque nos permite vivir algo más tranquilos. Nos hacemos viejos intentando hacer fintas imposibles al destino, intentando burlar a una muerte segura. Por eso escribimos, pintamos, hacemos música, tenemos hijos, no los tenemos, caminamos tres kilómetros diarios, nos levantamos tarde, madrugamos, comemos muchos hidratos de carbono, nos matriculamos en un gimnasio cada mes de septiembre, evitamos las grasas o pasamos unos días en un balneario. Eso y mirar las imágenes antiguas convenciéndonos de que ahora estamos mucho más guapos, más sanos y más cuerdos. La eternidad, la de cada cual, busca un reloj de pulsera. Aunque sea de imitación. Eso da igual.


jun 14 2005

El guardia civil, el extranjero, el sable y un amante

Hoy, en el aeropuerto de Madrid – Barajas, un guardia civil intentaba explicar a un muchacho australiano (digo australiano, pero podía ser esquimal, es igual) que no podía pasar el control de la aduana llevando consigo un pequeño sable damasquinado. Un recuerdo de su paso por Toledo, supongo. El guardia le hablaba con un tono de voz muy alto. La cosa iba a más. El muchacho no entendía nada y, entre tanto grito, se empezaba a asustar. Es una costumbre muy de aquí, de España y de los españoles que no hablan otro idioma, el no hacer un solo esfuerzo por ser entendidos salvo que no sea a voces. Decimos las cosas despacio, vocalizando exageradamente, pero a gritos. Me he acercado y le dicho al gritón uniformado que me dejara intentarlo. A ese chico estaba a punto de darle un patatús. Le ha entregado el pequeño sable y, durante un ataque de piedad que no suelo tener habitualmente, he acompañado al chaval hasta el mostrador de facturación. Ha sido suficiente mostrarle un trozo de contrachapado con una cara sonriente detrás. Al regresar, el guardia me ha dicho “ya no sabía como decirle las cosas. Algunos no se enteran de nada. Mucho mundo, mucho viaje y no les sirve de nada”. Es decir, le tomaba por imbécil.

Hoy no tocaba viajar. Quería recibir a un buen amigo y compañero de trabajo que llegaba desde El Cairo. He llegado a la hora en punto. El avión no. Dos horas de retraso. Me he sentado a tomar un café en la zona de fumadores, ese pequeño espacio en el que nos tenemos que apretar las personas más perseguidas del mundo actual, y que, curiosamente, está separado del resto del aeropuerto por… nada. Mientras fumaba, muy cerca de una mujer que parecía nerviosa (más tarde descubrí que esperaba a un tipo moreno que le dijo al acercarse “no deberías estar aquí, mi mujer puede que venga a buscarme”), no podía dejar de pensar en el guardia, sus gritos y el pobre australiano -¿noruego?- con cara de congoja. Ciento veinte minutos son muchos, tantos que uno puede dedicarse a pensar tranquilamente. Anoté en mi agenda algunas cosas. Pocas. La que más me interesa es una que dice “el guardia civil se ha comportado como una mala novela. Mucha palabrería para decir poquita cosa”. Realmente lo creo. Los novelistas que intentan explicar todo lo que sucede sin discriminar en absoluto, aportando todo tipo de detalles, remarcando cualquier gesto irrelevante de un personaje, dejando en cada párrafo un aluvión de detalles para describir algo que se diluye entre tanto rasgo, esos novelistas, decía, no entienden lo que significa la literatura. Quizás no se han parado a pensar en lo importante del narrar desde el “no contar” o en la relación que se establece entre lector y texto, por ejemplo. Quizás sólo les interesa contar historietas. Quizás piensan, realmente, que nadie se entera de nada, que no saben como decir las cosas y que esa es la causa de su fracaso como escritores. Ni eso es literatura, ni ellos son escritores.
Algo así le pasaba al guardia civil con el australiano (o polaco, nunca lo sabremos). Decía todo muy clarito, muy clarito y a voces. Pero el muchacho no le entendía. Además, no creo que tuviera un solo pelo de tonto (el extranjero, digo).