ene 28 2011

Conversación en La Catedral

Si alguien quiere saber hasta dónde puede llegar la capacidad de fabulación de un buen escritor, si alguien quiere saber como esa capacidad para inventar historias se ordena en una novela, si alguien quiere comprobar que escribir es una de las cosas más importantes que el hombre ha hecho jamás, lo que tiene que hacer es asomarse a Conversación en La Catedral de Mario Vargas Llosa. Una espléndida novela que muestra lo que supone la escritura con total claridad.

Durante la conversación que mantienen los protagonistas de la novela en un bar de Lima, iremos conociendo una historia dura y cruel, de éxitos y grandes fracasos, de injusticia, de amor, de amistad o de desilusión. La política, las relaciones humanas, la corrupción, la maldad y la locura serán vehículos que Vargas Llosa utilice para llegar a configurar un mundo en el que sólo un ser humano puede sobrevivir.

La novela de Vargas Llosa es exigente con el lector. Mucho. Los cambios de registro constantes. El número de personajes extenso. Las modificaciones en el tempo acompasados con las bruscas variaciones espaciales y temporales hacen obligatoria una alerta que impida perder el ritmo narrativo. El vocabulario desconocido. Frases inacabadas en las que la reverberación del lenguaje aparece con claridad aunque producen un pequeño conflicto hasta aprender a leer de este modo. Diálogos de una potencia descomunal que dibujan los rasgos fundamentales de cada personaje a veces sin que lo sepan ellos mismos.

Calificación: Excelente.
Tipo de lector: Conviene tener cierta experiencia para leer esta obra.
Tipo de lectura: Una vez que el lector se situa es fascinante.
Engancha desde el principio.
No le sobra ni una página.
Argumento: Varias historias buscan su punto común para ser una sola. Un trabajo colosal.
Personajes: De todos los tipos y colores. Y perfectamente dibujados.
¿Dónde puede leerse?: A ser posible en un lugar tranquilo.


Zoot SimsLow Life


sep 25 2009

Tirando muros

Art Tatum está considerado el pianista más influyente de la historia del jazz. Es posible que sea cierto aunque a mí me sigue gustando Bill Evans de forma especial. Ben Webster no está considerado el saxofonista más influyente del jazz. Es posible; es posible aunque a mí es el que más me gusta de todos. Incluyendo a Charly Parker. Escucho ahora My one and only love. Tatum y Webster juntos.
El Quijote de Cervantes es la novela que más ruido ha hecho durante toda la historia de la literatura. Sin duda. Pero prefiero a Chéjov, a Faulkner o a Vargas Llosa. Les siento más cercanos. Lo que tratan de expresar es lo que veo cada día. Pertenecen a mi mundo. O yo al de ellos. Depende de mi estado de ánimo.
Lo ajeno no suele gustar. La distancia hace incomprensible lo observado. Eso se rodea con cierta indiferencia llena de soberbia. Se procura olvidar, borrar de un recuerdo incómodo que nos hace pequeños ante lo que sabemos grande y no hemos sabido valorar. Porque llamamos ajeno a lo que no alcanzamos. Convertidos en galgos más lentos que el conejo que salta entre la retama terminamos negando para poder afirmar que somos, que el resto no sirve. Todo lo ajeno es estafa. Con un poco de suerte nos vemos persiguiendo de nuevo la presa, con un poco de suerte alguien nos indica un atajo por el que llegaremos al punto exacto en el que cobraremos la pieza. Y disfrutaremos más que nunca. Pero sin suerte llegaremos a creer que no merece la pena seguir persiguiendo, renunciaremos a eso que se convierte en obstáculo entre nuestra ignorancia y el saber.
Mis hijos solían protestar cuando, al entrar en el coche, descubrían horrorizados que sonaba alguna ópera. Hace algún tiempo decidí llevarme una copia de “Madama Butterfly”. Recordé que fue la primera ópera que escuché en casa y, por arte de magia, decidí comenzar a escuchar un tipo de música hasta ese momento odiada. Siguen con sus protestas. Prefieren escuchar otras cosas aunque desde ese día están aprendiendo a disfrutar con Puccini o Alban Berg. Tiempo al tiempo.
Los cambios nos provocan angustia, inseguridad. Lo incomprensible nos hace sentir más insignificantes de lo que somos. No nos deja ver más allá del ridículo que sentimos por ignorar. Y no somos capaces de ver que la única forma de avanzar es acercarse; de frente o por los costados, eso es igual; chocar contra un muro que termina desapareciendo si nos empeñamos en hacerlo añicos.
Tengo aprendido que los gustos personales sólo sirven para enterrar carencias. Y lo tengo aprendido porque descubrí hace mucho tiempo que esos gustos no son mostrencos, que lo ajeno se vuelve familiar en cuanto hacemos un esfuerzo, en cuanto nos dan las pistas necesarias para que no nos sintamos ridículos frente a mundos recién descubiertos.
Conocemos y evolucionamos. Y cuanto más lejos queda esa parte de la realidad que negamos miedosos más crecemos como individuos una vez que alcanzamos a tocar lo que negamos u odiamos por miedo a dejar de ser, por miedo a no ser capaces de ejercer nuestro poder en la pequeña parcela de nuestro cosmos. Es cuando descubrimos que siempre hay algo más allá, que los gustos se trasforman, que si no es así estamos muertos.
Sigo prefiriendo “La Galatea”. Mejor novela que “El Quijote”. Sigo escuchando con más agrado el piano de Evans que el de Tatum. Con Parker nunca disfruté tanto como con Webster. Sigo teniendo mis carencias al enfrentarme a los genios, mis complejos frente a lo grande. Quizás por ser consciente los estoy perdiendo poco a poco. Complejos y miserias. Quizás sé que estoy condenado a desdecirme pasado algún tiempo. Es posible que un buen día eso que no me termina de convencer se convierta en parte de mi realidad. O yo de la suya. Dependerá de mi estado de ánimo.



may 29 2005

Menuda mierda de libro

No hace mucho, mi hijo Gonzalo leyó «El principito». Traducido al español aunque el volumen incluye el texto en francés (algo que es igual a decir «que si quieres arroz catalina» dado que en casa no habla nadie ese idioma, ni parece que haya intención). Se sentó a mi lado, en el sofá del salón, sin muchas ganas de leer ni ese ni ningún otro libro, pero se sentó. Cuando se terminó de acomodar, cuando dejó de quejarse por el aburrimiento que supone tener que aguantar a tanto hermano, pude continuar con la lectura de «La casa verde» de Mario Vargas Llosa. Estuvimos un par de horas sentados sin decir una sola palabra. Fue él quien rompió el silencio al decir «menuda mierda de libro». Al acabar la frase, ya estaba de pie, de espaldas a mí. Aún no sabe que le había estado mirando, que le había visto llorar cuando estaba terminando la lectura. El caso es que fingió un ataque repentino de sueño y se fue a la cama. Algo sospechoso cuando aún eran las ocho de la tarde. Volvió para cenar, su madre le había hecho confesar (todas las madres consiguen esas cosas) que «nadie debería escribir para que los demás lloremos». Desde ese día las lecturas que demanda Gonzalo son diferentes. Por ejemplo, ha sustituido los libros que relatan pesadillas o historias de fantasmas, por las leyendas de Bécquer. Es posible que, sin ser consciente, esté fomando su criterio como lector. Es muy posible. De momento, no me preocupa lo más mínimo. Llorar, reír o poder imaginar que el personaje principal es uno mismo, creo que es suficiente para que un chaval de once años descubra en la literatura lo que la televisión o la consola de videojuegos le niegan por otra parte.
Después de cenar, continué con las últimas páginas de mi novela. Al acabar, miré a mi mujer y le dije «menuda mierda de libro». Ella (pocos lo sabían hasta ahora) sabe que siento cierta debilidad por Vargas Llosa, así que comprendió la broma. No lloré. Eso ya lo hice cuando lo leí por primera vez, en ese tiempo en el que andaba buscándome como escritor sin descanso. Después de «La casa verde» y «Conversación en la catedral» nada fue igual. Por eso, esta noche dejaré mi viejo ejemplar de «El extranjero» sobre la mesilla de noche de Gonzalo. Si quiere leerlo que lo haga. Ya lo hicieron conmigo y fue definitivo.