mar 31 2012

Seamos de una vez

Nos han enseñado (los que mandan a través de los medios de comunicación) que nuestra apariencia es de vital importancia para que podamos integrarnos en la sociedad. Nuestro aspecto condiciona una contratación laboral, debemos ir más bonitos que un san Luis a los tribunales, si no tenemos una serie de cosas que podamos lucir en público somos unos desarrapados (teléfonos móviles de última generación, ropa cara, reproductores de música extraordinarios y cosas así). Nos han vendido que hay que tener dos o tres carreras universitarias si queremos triunfar en la vida (esto es, tener dinero para poder tener un aspecto impecable). Pero han olvidado que lo fundamental es la calidad de la enseñanza y no la acumulación de títulos que nos plantan en la cola de la oficina de empleo, que lo importante no es lo que tenemos sino lo que somos, nuestras conciencias. Nos han enseñado que el individuo con un perfil de anuncio (o sea, cada uno de nosotros si es que somos capaces de tener mucho y gastar mucho) es lo más de lo más; que la suma de individuos guapos y bien vestidos tiene que ser el locurón social. El mensaje es muy claro: pisotee a otros para ser de los nuestros, no se fije en nada, no piense en nada, trabaje para que la maquinaria funcione (la maquinaria es eso que llaman mercados, que nadie sabe bien qué es y que convierte en ricos a unos cuantos y en infelices a casi todos). Nadie nos recuerda que el asunto es ser nosotros mismos, que todo lo demás es cosmética pura que nos impide progresar como personas, que es el pensamiento lo que mueve el mundo y no el puto dinero, se pongan como se pongan.
El caso es que, de momento, ganan por goleada los que han decidido que el camino del tener es el más recto. Mejor parecer una cosa y tener que ser una cosa y engrosar el grupo de fracasados. Da igual si, cada noche, hay que comerse medio kilo de pastillas para que la cabeza no explote acosada por la depresión y el vacío. Eso da igual porque el resto del mundo no lo sabe.
Ahora, alguno de mis lectores (tal vez usted mismo), estará pensando que eso les pasa a otros, que sus ideales siguen intactos, que cuando llegue el momento estará dispuesto a cualquier cosa para que el mundo cambie y sea mejor. Nadie quiere asumir en lo que nos hemos dejado convertir. Nadie, ni uno solo de nosotros. Les recuerdo que hace menos de un año, miles de personas, cientos de miles, se ilusionaron con el movimiento 15M. Pero cuando la cosa consistía en renunciar a lo que tenemos, en ser iguales a esos muchachos sin futuro que llaman perroflautas, la retirada fue masiva. Aquello se quedó en una anécdota (ya volverá a tomar fuerza, espero) porque es muy distinto ir a una plaza a retratarse entre el gentío que renunciar a nuestros lujos de gilipollas. Sí, de auténticos gilipollas.
Tenemos miedo de no poder seguir aparentando lo que no somos, tenemos miedo de plantearnos el futuro en serio, tenemos miedo de no dar una talla que alguien ha impuesto para amasar una fortuna disparatada a costa de tanta i. Cuando llega la hora de la verdad nos echamos atrás con la excusa atroz de no va a servir para nada, todos son lo mismo y esto no tiene solución. Y claro que no tiene solución porque no queremos encontrarla en movimientos que nos desplazarían a ese territorio maldito en el que se ha convertido la gente normal, la gente que piensa la cosas, la gente que se implica en proyectos que les convierten en menos que mileuristas, pero que sirven para mejorar las cosas aunque sólo sea mínimamente. Somos cobardes y estamos instalados en la eterna excusa para no bajarnos de la poltrona (esa que debemos a los bancos en forma de hipotecas desorbitadas, créditos personales para ir de vacaciones o comprar un coche estupendo). Nos han convertido en seres más tontos que Pichote.
Hay que enfrentar la realidad. Y para ello no hay más remedio que preguntarse cosas. ¿Qué pintamos aquí? ¿Qué queremos hacer para parecer eso a lo que nunca debimos renunciar y que no es otra cosa que nosotros mismos?
El mundo es un desastre porque nosotros lo somos. El mundo podría ser un lugar estupendo si nos pusiéramos en marcha. Pongamos las cabezas a funcionar lejos de las mentiras, de los televisores. Seamos.


ago 26 2011

Amor o no a primera vista

Es posible que eso de enamorarse no tenga los límites en la edad de los implicados ni en ningún otro lugar. Tal vez sea así. Pero, francamente, la estética sí lo convierte en puro, ridículo, grotesco, falso o inmenso.
Veo la televisión en contadas ocasiones. Entre otras cosas porque cuando lo hago termino deprimido o escandalizado. Uno de los temas que discutían a voz en grito un grupo de periodistas o de famosillos (no los distingo a unos y a otros tal y como está el patio) era la futura boda de la Duquesa de Alba. Las imágenes que acompañaban el griterío mostraban a la mujer agarrada del brazo de un individuo más joven que ella. Quizás están muy enamorados. Ni lo sé ni quiero saberlo porque eso forma parte de su intimidad. Pero la sensación del que observa es de incredulidad. Será que yo soy raro y resabiado, que no me creo esos enlaces por falta de espíritu romántico. Mucho dinero interfiriendo, mucha decrepitud, demasiado artificio. Seguro que él y ella tienen la cabeza bien amueblada, muchas cosas de las que hablar y mucho de todo, pero no me creo nada. Tal vez sientan que se van a casar con el amor de su vida, pero la estética está frente a ellos negando lo que puede que sea algo cierto. Esto puede ser injusto, perverso y parte de una tara del que escribe. No lo voy a discutir.
Hoy hemos llegado a Alicante. Camino de regreso a casa después de unas largas y extraordinarias vacaciones. El motivo de hacer  más kilómetros de los precisos, de dar un rodeo, es que Gonzalo se ha encontrado con Blanca. Son novios. Jóvenes, tanto que me parece un insulto. Están extravagantemente enamorados uno del otro. Romeo y Julieta a su lado hubieran parecido una pareja de extraños. Nada les condiciona. Ni siquiera tienen un futuro claro que les pueda influir al tomar una decisión u otra. No tienen nada excepto una explosión hormonal que no les deja respirar si se separan, una ilusión grandiosa que les hace pensar en una vida juntos (esto al tratarse de jóvenes equivale a un par días). Pase lo que pase (son muy jóvenes y esas cosas nunca se intuyen) el enamoramiento que sufren es, hoy por hoy, creíble. Totalmente. La estética lo hace cierto. Y puede que sea tan grande como el de la duquesa y su novio. Pero este es bello, en este cada beso es un cataclismo, cada gesto una complicidad que deja sin respiración. Y está aislado del mundo. El mundo son ellos, sus caricias y sus encuentros. El resto no sirve ni cuenta.
Es posible que los límites del amor no existan ni se puedan colocar aquí o allí. Aunque, de momento, del mismo modo que la muerte se arrima a un anciano y nadie se lleva las manos a la cabeza, el amor que parece más amor es el que queda aislado en una parcela que ocupan un par de jovencitos. Cada cosa aparece en su esplendor interpretado por los protagonistas que toca.
Creo que de esto hablaban los hombres y mujeres que gritaban en televisión. Pero no les entendía ni una palabra entre tanto alboroto. Y si cesaba el vocerío lo que decían eran idioteces. Me aburrí enseguida y cambié de habitación. He preferido escribir lo que pienso sobre el asunto en lugar de quedarme atontado escuchando barullos. Pensar sobre lo que se ve siempre es gratificante. Que griten al odio un horror.


may 18 2011

Cristales de distinto colores

– Estoy feliz. Creo que he encontrado al hombre de mi vida.
– ¿Qué te hace pensar algo así? Eres una insensata. ¿La tontería esa de las mariposas en el estómago? ¿No puedes dejar de pensar en él? ¿Has dejado de comer?
– No, no. Nada de eso. Lo único que pasa es que, al irse, me dice hasta mañana. Nunca dice adiós.
– Qué tontería. Anda, vamos que tenemos prisa.
– ¿Tú que tal vas con Alberto? ¿No te ha vuelto a llamar?
© De la imagen: Elisa Caro


abr 14 2011

Padres e hijos

Tengo cuarenta y siete años. Cuatro hijos. Escribo tanto como puedo y leo mucho menos de lo que quisiera.
Mi padre murió hace casi ocho años. Ahora tendría ochenta y dos. Quería tanto a los suyos que, a veces, le recuerdo haciendo esfuerzos casi ridículos por demostrarlo (sobre todo antes de morir).
Mi hijo Gonzalo tiene diecisiete años (casi). Habla poco. Como todos los que son silenciosos hace lo que quiere sin dar pistas. Dentro de la normalidad aunque lo que le da la gana. Hasta donde alcanzo a saber tiene novia. Y es muy buen chaval. Eso es lo mejor que puedo decir de él.
Muchos años de diferencia entre los tres. Muchos años por delante para los tres. En el recuerdo, en la mochila acumulados o por disfrutar. Pero, a fin y a la postre, muchos años.
Pienso en cómo recuerdo a mi padre, en cómo lo recuerda su nieto, en cómo percibo a Gonzalo, en lo que representa para mí, en lo que yo representé para mi padre, en cómo mira el muchacho a su padre, en cómo cree o no en mí.
El mismo problema eterno, la misma cosa que evoluciona hacia un lugar común. Padres e hijos. Incomprensión en su momento y claridad cuando la ausencia queda instalada entre dos. Distancias que van encogiendo poco a poco y se estira un día para hacerse infinita. Héroes que se convierten en villanos y cambian para hacerse referencia que agarras para saber qué hacer ante lo vivido en el costado contrario. Una espiral que comenzó hace miles de años, en la que ya estábamos todos antes de dibujarse el primer milímetro de ella. En la que terminaremos los que empezamos.
Hablo de mi padre para referirme a mí mismo. Igual que hizo él conmigo. Hablaba de mí para descubrirse en mí. Igual que Gonzalo habla de mí para retirarse hasta que tenga que retornar si quiere entender qué demonios es esto de vivir.
Me gustó vestir un traje la primera vez que tuve que acudir a una fiesta elegante. Entre otras cosas porque ese traje era el de mi padre. Hace unos días, Gonzalo tuvo que hacer eso mismo. Quise comprarle su primer traje de chaqueta, pero prefirió llevar puesto uno de su padre, ese gris que te pones cuando tienes que hablar en público y te hace sentir seguro.
Espirales de tela, de modos, de discursos, de esa forma tan extraña de ver las cosas que nos permite convertir una cena de gala en el comedor del auxilio social. Despreciando todo lo que se puede poseer.
Vueltas alocadas a lo que ya fue. Años de diferencia. Vida y muerte. Girando sin parar hasta que todo termine en el mismo lugar.
Un padre excelente, un chaval estupendo, un padre entregado, la rebeldía de la juventud, inmortalidad sea como tenga que ser y al precio que sea, trajes del mismo tamaño. Confundidos unos con otros. Sin saber a qué o a quién pertenece cada pieza, cada minuto o cada lágrima.
Tal vez esta sea la mejor sensación que un hombre puede experimentar. Saber que siempre lo fue desde que el cosmos lo es. Saber que siempre lo será. Poder vencer a la nada. Padres e hijos.


sep 24 2010

A correr, a correr

Me pregunto dónde guardamos nuestra vergüenza, cómo hemos llegado hasta este punto tan patético y lamentable en el que nos encontramos (los hombres y mujeres del mundo occidental).
Me produce una inmensa arcada mirar alrededor y encontrar personas que siendo infelices quieren que el resto estén tan amargados como ellos, gente que se vende por tan poca cosa en su puesto de trabajo que da asco y lástima (más de lo primero), gente que mira hacia otro lado cuando debe enfrentarse a un problema común dejando que otros lo solucionen y salir ileso. Creen ser algo más porque tienen algo más. Y son mucho menos. Aunque lo pinten de color, son grises porque lo que tienen no les hace mejores sino una sombra de lo que debe ser un ser humano.
Sé que voy derecho a pelear una batalla inútil cuando digo estas cosas. Sé que muchos se verán reflejados aquí y correrán a contarlo para que, si puede ser, me crucifiquen en el acto. Y sé que ninguno de ellos se contestará a la pregunta sobre su vergüenza. Tratarán de mantener una cosa muy pequeña que les hace sentir que son más importantes aunque, bien saben ellos, son mediocres, tristes y enanos mentales. Por eso, por eso son como son.
Me produce una inmensa arcada comprobar que nadie quiere saber de nadie. Nadie de nadie. Nadie de nada. Sólo importa la ropa que vestimos, el automóvil que lucimos como monos de feria, la capacidad de trabajo (falsa porque los que trabajamos sabemos que nos pegamos más horas pitando la mona que trabajando de verdad. Mucha comidita, mucha reunión que se dilata de forma absurda entre comentarios sobre la jornada de liga, mucha gilipollez para justificar en casa no sé qué cosa); sólo nos importa lo inmediato aunque se nos llena la boca de un discurso barato que queremos disfrazarlo con palabras gruesas. Solidaridad, profesionalidad, responsabilidad. Cosas así que han perdido su verdadero significado cuando lo ha utilizado tanta gentuza.
Me produce vértigo comprobar que la cultura se ha convertido en un vertedero, la enseñanza en las afueras del vertedero, las artes en un producto de consumo. Un salchichón es lo mismo que una ópera.
Esto es un asco.
Y, ahora, chicos y chicas, a correr. A contar, a comentar, a chivar y a parecer más gilipollas de lo que sois.
Lo peor de todo es que muchos ya estarán pensando que lo que he escrito se lo he dedicado. Eso es lo peor. Sus razones tendrán Yo estaba pensando en abstracto. Lo siento, queridos. Os queréis muy, muy poquito. Y os sentís culpables aunque queráis parecer guays. Unos ridículos. Eso es lo que sois.


ene 14 2010

Segundas lecturas

Me pregunto si he cambiado o son los otros los que lo han hecho. Tengo la sensación de seguir siendo el mismo de hace quince, treinta años. Me miro en un espejo y sigo viendo al niño, al joven, al adulto, me reconozco haciendo cualquier cosa. Ya sé que es una ilusión. Todo cambia, incluso uno mismo, aunque hay cosas que siguen en el lugar exacto en el que estaban. Eso seguro. Más o menos escondidas, más o menos maquilladas, más muertas que vivas, pero están. Necesitamos lugares seguros para poder meditar, para poder mirar con cierta calma el entorno. Y esos lugares los tenemos dentro. Parcelas de nuestra conciencia que pisamos poco y que protegemos con lo que haga falta, como sea necesario. Renunciar a ellos es renunciar a uno mismo. Lo sabemos y por eso nos hacemos celosos de nuestras raices.
Quizás lo que ocurre cuando creemos que alguien cambia es que deja que entremos en un lugar que nunca antes enseñó. Y, por tanto, el que cambia es el que descubre. No el que muestra.Pienso en una segunda lectura de cualquier novela. Si hay literatura en esas páginas, cada vez que nos acerquemos a ellas, podremos descubrir cosas distintas. Si no la hay (literatura) descubriremos que aquello está vacío. Terminaremos descubriendo que todo era una estafa si es que no lo supimos desde el primer momento. Continúan siendo las mismas novelas. Es el lector el que se acerca de un modo distinto a ellas.
Algunas de las que más me gustaron nunca las he vuelto a leer. Creo que no me agradarían tanto como en aquella primera ocasión. Prefiero dejar las cosas como están. Otras las leo una y otra vez sabiendo que disfrutaré. Sin miedo.
Me pasa lo mismo con la gente. A veces prefiero quedarme en la superficie, en las conversaciones de cafetería. Otras, me gusta forzar la mirada para ir descubriendo un poco más, creyendo que merecerá la pena.Espero que hagan lo mismo conmigo. El que quiera que se quede en un territorio inofensivo, el que lo desee que fuerce la máquina, pero que nadie me acuse de cambiar. Que eso es muy cómodo y es hacer trampas. Creo.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano