ene 16 2012

Lo fatal de descubrir

El muchacho abre el libro y se encuentra con su poema. Nunca pensó que algo pudiera decirse mejor, que nada pudiera estar escrito para él, solo para él. Lee despacio para encontrarse con un incierto futuro que antes le convertía en inmortal. “Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,/y más la piedra dura porque esa ya no siente,/pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,/ni mayor pesadumbre que la vida consciente. “ Lo vulnerable aparece entre una declamación que quiere ser perfecta, reflejo del propio Dario. La muerte toma forma desde la vida. Hace que se retuerza la mente. Descubre que ser escritor significa ser honesto con las miserias, mirarlas como si fueran los únicos tesoros. “Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,/y el temor de haber sido y un futuro terror…/Y el espanto seguro de estar mañana muerto,/y sufrir por la vida y por la sombra y por/lo que no conocemos y apenas sospechamos,/y la carne que tienta con sus frescos racimos,/y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,/¡y no saber adónde vamos,/ni de dónde venimos!…” Se siente diminuto, atacado por lo inofensivo. Lo bello es cuento de hadas.
Se levanta y camina deprisa hasta la habitación que está al final del pasillo. Intenta respirar con calma, como lo haría una persona adulta que ya lo tiene pensado todo o que no ha pensado nunca una sola idea. Otro muchacho, algo mayor que él, le mira sonriendo. Todos tenemos la obligación de morir, la obligación de mirar de frente a un destino oscuro, le dice. El muchacho comprende. Y ahora ¿qué puedo hacer?, contesta sin fingir el miedo. Dibuja tu vida, la que quieres que sea, procura que todo sea como imaginas, fabrica una vida a medida, dice con calma. El muchacho cree entender. Regresa repitiendo los versos que ha logrado memorizar. No sabe qué puede cambiar, ni cómo hacerlo. No entiende lo que sucede.
Se sienta. Toma papel, lápiz. Comienza a escribir. Ahora, la muerte toma una forma prestada desde otra vida que explica.


nov 7 2009

Por fin

Después del tremendo desbarajuste que supone reencontrarse con uno mismo, la pluma comienza a funcionar de nuevo. Con torpeza, casi con desgana por saber que no existe la distancia necesaria como para escribir una sola línea que merezca la pena. Siempre he defendido que escribir es arriesgar, pero hoy no hay nada que pueda manejar como moneda de cambio para mirar desde otro lado, desde el lugar adecuado. Porque también defiendo con toda la fuerza que puedo que lo privado está muy alejado de la literatura. Lo mío no puede convertirse en nada que vaya más allá de un simple diario sin interés alguno. Ese ansia ya pasó cuando dejé atrás la juventud.
Lo irreal no está. Todo se nutre de lo tangible o de lo transcendente y cierto. Apenas caben fantasías porque no hay hueco. Nada que distorsione lo que procura tranquilidad aparece para quedarse. Ya habrá mejores momentos. O no. De momento, ni lo sé ni me importa. Los pies en un suelo endurecido a base de silencios, de soledad y, sobre todo, de renuncias.
Pero la cara amable también está. Aprendí a dibujarla hace mucho tiempo. Incluso sobre un horizonte lleno de estorninos volando alrededor de un sol apagado. Bandadas de miles que se reducían con cada trazo obstinado. Tan sólo se trata de creer en lo que no ves un poco más allá. He tenido la poca fortuna de asistir a grandes fracasos ajenos y todos, todos sin excepción, se adornaron con esa falta de intuición. Todo está más allá. Hay que aprender a ver lo oculto aunque no esté al alcance de la vista. Está.
Escucho a la joven Gimena riendo. Juega con su hermano mayor. Ya ha dejado de ser el adolescente de la familia (al menos ha dejado de ejercer) y es el hermano mayor a secas, envidiado y perseguido por sus hermanos a todas horas. El puesto de adolescente insoportable lo ocupa ahora Guillermo. Y Guzmán juega tranquilo. Como siempre.
Hoy son el más allá. Mi tabaco, mis estilográficas, la música que llega desde el patio porque los muchachos que ocupan el piso de enfrente ensayan sin descanso, las preocupaciones por lo cotidiano, todo lo próximo es el más allá. La intuición tiene sus propios límites. Los que le faltan a lo irreal.
Por fin la cara amable. Hoy no hay literatura, pero todo se llena conmigo. Por fin.