dic 19 2010

Con G de Grinch: Felicitaciones por doquier

¿Ha pensado usted en los mensajes que envía en navidad; bien a través de su cuenta de correo electrónico, bien a través de su teléfono móvil; cada vez menos, mediante felicitaciones por correo postal? ¿Este año enviará una frase ingeniosa o un chiste que recibió usted antes y que recibirán millones de personas (y usted mismo) en varias ocasiones? ¿Ha pensado en la poca gracia que tienen esas frases? ¿Tal vez escribirá algo del estilo Paz y amor en el mundo? (No sabría decir qué es peor) ¿Sabía usted que esos mensajes que se extienden como manchas de aceite (de colza) son enviados por las propias operadoras porque es un negocio multimillonario?
Las felicitaciones navideñas se han convertido en un intercambio de mensajes enlatados que están vacíos de contenido, adolecen de emoción y son casi ridículos. Antes, cuando nos sentábamos frente a treinta o cuarenta felicitaciones, con un bolígrafo y la lista de direcciones de amigos y familiares, todo era más emotivo. A cada destinatario se le decía lo que tocaba, había que realizar un esfuerzo porque merecía la pena, porque te lo pedía el cuerpo. Ahora la cosa consiste en enviar cualquier idiotez que pasa por ser ingeniosa cuando, en realidad, es una estupidez de aúpa. Si estás en la lista de contactos (aunque no representes una mierda) serás felicitado.
Esto tiene mucho que ver con la evolución de la fiesta navideña. No sé si para bien o para mal, antes el sentido religioso de estas fechas estaba muy marcado. Ahora no se diferencian de, por ejemplo, el día de la constitución. Ya no celebramos el nacimiento de un dios. Lo que celebramos es tener pasta para poder despilfarrar a base de bien. Y eso se nota en nuestra forma de felicitar. Enviamos un texto para decir oye, que me he acordado de ti, que te tengo localizado y eso merece gastar unos céntimos de euro. Me importa un huevo lo que te pase, pero formas parte de mis contactos. Eres privilegiado, amigo.
Tal y como están las cosas, de verdad, pienso que nos la trae al pairo la vida de los demás, el hambre de los africanos o las depresiones de medio occidente. Que la paz y el amor reinen en el mundo es algo en lo que ya dejamos de creer hace mucho tiempo. Si no fuera así mostraríamos una actitud mucho más militante con algunas ideología. Ah, perdón, que no quedan ideologías a las que agarrarse. Se me había olvidado.
Yo, cada año, recibo menos felicitaciones. Supongo que es el resultado de no contestar casi nunca o hacerlo con un escueto bah. Se han cansado de mi actitud. Creo. Por supuesto, me alegra mucho de que así sea. No tengo edad para andar jugando a los mensajitos ni a las llamaditas sorpresa. Y las operadoras de telefonía van a tener que buscar en otro sitio. Conmigo lo tienen crudo.
Como llega la navidad y tengo mi corazoncito, le voy a sugerir alguna idea con la que felicitar a esos chicos de los que pasa el resto del año y de los que se acuerda ahora (venga, reconozca que envía mensajes por doquier para recibir contestaciones a mantas y presumir de ello). Podría enviar algo así:
Hola; en realidad me importa una mierda tu vida, pero tengo acciones de telefónica y me gustaría que colaborases en mi enriquecimiento personal. Envía este mensaje a quinientos amigos. Si no lo haces te pasarán cosas horribles. Si se lo mandas a doscientos igual tienes suerte y sólo pierdes la vista. Feliz Navidad.
O así:
Esto de felicitarnos sin haber hablado en los últimos seis meses me parece hipócrita y asqueroso. Cambio y corto.
Tal vez le agrade más esto otro:
Nunca supe el verdadero significado de que hacia Belén va una burra, rin, rin, yo me remendaba yo me remendé yo me eché un remiendo yo me lo quité, cargada de chocolate; ni el de esto de felicitarnos la navidad con la que está cayendo. ¿Acaso nos hemos llamado para saber si estábamos vivos? Quizás me dirijo a un fantasma. Bueno, por si acaso, feliz navidad.
Pero puede enviar algo más auténtico si es que tiene ganas. Sigo donde estaba. Si necesitas algo sabes que puedes acudir a mí. Mis mejores ojalás siguen siendo tuyos. Un abrazo. Eso sí, con dos o tres mensajes lo solucionarán y recibirán dos o tres a cambio.
Pues a disfrutar. Llega la navidad y todos nos queremos mucho y eso.


sep 27 2010

La única respuesta

Cierro los ojos y me dejo llevar. Todos se han acostado ya. Me hacía falta un rato a solas. Tranquilo. Tiempo para reflexionar sobre todo lo que tengo abandonado entre tanto trabajo, tanto crío, tanta preocupación. Fumo. Las notas desordenadas sobre la mesa. Un último café. Ni sé el número que hace.

Cuando era un niño miraba a mi padre si salía a la terraza para estar a solas o si se sentaba en el sillón sin hacer otra cosa que mirar la pared de enfrente. No estaba mucho tiempo así. Esta casa estuvo tan llena de niños antes como ahora, el tiempo era escaso para hacer lo que fuese. Le miraba y, muchas veces, hubiera dado cualquier cosa por saber qué pensaba, por qué miraba de ese modo. Se llevaba la mano a la barbilla y podía escuchar el ruido que producía el roce de la piel contra la piel. Un día, no sabría decir cuándo fue, dejó de mirar la pared. Hizo un gesto para que fuera hasta donde estaba. Antes de llegar se levantó y me hizo salir a la terraza. Puso una silla a su lado. Ambos apoyamos los codos en el muro. Desde mi casa se puede ver buena parte de Madrid. Estuvimos un rato largo así. El fumaba, yo imaginaba que también lo hacía. Si apoyaba la barbilla en la mano le imitaba intentando disimular el movimiento.

- Qué pintamos aquí. Sobre eso pienso. Una pregunta que terminarás haciéndote cuando pasen unos años.

- ¿Has encontrado respuesta?

- Sí, claro. Sólo hay una y sirve para cualquiera que se haga esa pregunta. El problema es saber trazar el camino.

Estuvimos un rato más hablando de (supongo) cosas sin importancia. No las recuerdo. Y, desde ese día, le acompañaba en sus ratos a solas (ahora conmigo) en la terraza. Apenas hablábamos, pero me gustaba mucho compartir ese tiempo con él.

Poco antes de morir, cuando ya sabía (yo) que quedaba muy poco tiempo, cuando se me estaba muriendo sin que pudiera hacer el más mínimo esfuerzo por parar aquello, hizo un gesto con la mano para que me acercase a su cama. Dijo un par de cosas que sólo un padre puede decir y me preguntó si ya sabía qué coño pintaba en este mundo. No, le dije, no lo sé, papá. Aún no me lo has preguntado, contestó. Bueno, me he dedicado a imitarte. Creo que será suficiente. Y, ahora, descansa. Él sabía que ya me lo había preguntado cientos de veces y que ya tenía la contestación, la única posible y que sirve para todo el que se pregunta. Primero confundí la respuesta con los vehículos que tendría que usar para conseguir llegar a esa meta. Cuidar de mis hijos, de los que se fueran haciendo ancianos; trabajar duro, escribir, amar. Pongan todo lo que se les ocurra. Es todo la misma cosa. Viendo a mi padre muriéndose sin remedio me reafirme para siempre. Aquí estamos para ser lo que toca: personas. No mejores ni buenas personas. No. Personas a secas. Tenemos una única misión. Ser nosotros, existir, llegar a rozar lo está más allá de lo físico. Por eso mi padre murió sin quejarse una sola vez. Sabía que era eso (no morirse sino llenar de trascendencia su existencia), que estaba a punto de lograrlo.

Me hacía falta un rato a solas. Tranquilo. Tiempo para reflexionar sobre todo lo que tengo abandonado entre tanto trabajo, tanto niño, tanta preocupación. Sobre mí mismo y el camino que comencé a trazar hace tantos años mirando Madrid sobre una silla, con los brazos apoyados en un muro, imaginando que fumaba.


jul 30 2010

Más allá

Me han enviado algunos correos pidiéndome que aclare qué es eso de la trascendencia a la que hago referencia tantas veces. No el significado sino el efecto que produce en el hombre y, por extensión, en la literatura. Lo que no saben (creo) los que me lo piden es que a mí me han sido necesarios unos cuantos años para poder tener la idea clara. Y que, por tanto, será difícil que pueda decir algo de provecho en tan poco espacio. Voy a intentarlo con un ejemplo tomado de la realidad.
Supongamos que nos cruzamos con la mujer de nuestros sueños. Formamos una pareja desde ese momento y terminamos envejeciendo a su lado. Pues bien, el ejemplo que voy a manejar podría servir para cualquier instante de esa vida en común. Desde el primero hasta el último sin que la edad, los años juntos o las canas puedan modificar lo que diré a continuación.
Alcanzamos la realidad a través de los sentidos (vamos a suponer que de forma exacta para no entrar en asuntos filosóficos que ahora no interesan). Palpamos, olemos o vemos para que la razón ordene la información y tengamos acceso a la realidad. Después de Kant, todo esto no resistió demasiado bien, pero insisto que para lo que quiero decir sirve bien. Los sentidos forman parte de la realidad que alcanza.
Sin embargo, cuando nuestra pareja (esa que estará junta el resto de su vida) se abraza, cuando se besa, cuando el momento que viven se llena de erotismo, esa realidad se diluye, se difumina dando paso a la capacidad espiritual de la persona. Tocamos y al mismo tiempo sentimos algo que no vemos ni tocamos ni olemos jamás. En definitiva, la primera vez que eso ocurre, percibimos que el otro es mucho más de lo que se ve. Por decirlo de alguna forma accesible, es como si besáramos con nuestros labios a un espíritu, a lo que faltaba por descubrir del tú. No es que al tocar no notemos el roce de piel con piel. No. Sucede que ese sentido que agarra la realidad para que podamos manejarnos en ella, modifica su cometido y nos acerca esa trascendencia que tan bien escondida llevamos dentro y que sólo enseñamos a unos pocos a lo largo de nuestra vida. Cada abrazo, cada beso, se convierte en un descubrimiento, en la constatación de que el otro siempre esconderá algo nuevo con lo que sorprendernos. Su esencia, la suma de carne y espíritu. Estando en el planeta tierra podemos viajar allá donde queramos o nos lleven esas sensaciones, estando en el planeta tierra terminamos creyendo que él o ella están más allá de todo lo que podemos ver, oír, tocar, saborear u oler.
Pues bien, lo mismo podemos decir de las imágenes que encontramos en un buen poema o en un buen relato. Leemos y podemos imaginar, nos ponen delante un árbol y vemos el odio (es un decir, claro). Las palabras convertidas en imágenes no palpables aunque si sentidas de forma rotunda. Leemos aunque vamos más allá del libro que tenemos en las manos, de lo que se dice en él. La imaginación y la intuición se unen para llegar allá donde la voz narrativa procura llevarnos desde su credibilidad. Por esta razón es tan importante que aparezca lo relevante del silencio o la solvencia de lo dicho, que los personajes sean de carne, hueso y espíritu.
Más allá. En el arte eso es lo que manda. Y en el amor, y en el odio. Y en todo lo que llamamos realidad, se pueda tocar o no. La realidad es simbólica. Toda sin excepción. Símbolos desde donde nos comenzamos a explicar qué es lo que hacemos aquí, el camino que tenemos que recorrer, qué significa la muerte. A nosotros mismos, vaya.


jun 26 2010

Llenar unos versos

Recuerdo unos versos de Bertolt Brecht que dicen “carnal me gusta el alma / y con alma la carne(*)”. Y los recuerdo mirando alrededor, intentando saber si otros piensan igual que el poeta o si, por el contrario, han elegido una opción y no la otra.
Si amo desde el primer momento es porque ella es amor y sexo, inteligencia e instinto animal, serenidad y locura en las cosas del querer, creencia y superstición, alma y carne, alma carnal y carne con alma. Por eso los ojalás ya no sirven después de una mirada. Están de más y comienzan a caer lentamente desapareciendo por innecesarios.
Un par de versos pueden encerrar lo que uno quiera. Una vida. La suma de dos. O se pueden quedar vacíos. Todo depende del que los lee, de si elige una opción u otra.O ninguna.
Brecht escribió estos. Y yo los lleno hoy así.

(*) Estos versos son parte del poema “Lección de amor” de Bertolt Brecht.



jun 15 2010

El hombre moderno nació de un bit

Las redes sociales (la que conozco es Facebook y, de momento, me niego a meter la cabeza en ninguna otra que no sea esa) me fascinan tanto como me repugnan. He encontrado cosas de lo más interesante, gente inteligente, textos más que notables que no habría podido leer en ningún otro lugar, incluso, me he reído como hacía mucho tiempo que no lo hacía. Pero, del mismo modo, he podido comprobar que hay gente dispuesta a dañar a cualquiera que se ponga en su camino, que la red está repleta de tontos de baba que creen ser lumbreras colosales, de literatura barata que tratan de colar como si fuera la quinta esencia de la cultura, disputas, envidias, soledad, miserables que se mueven a sus anchas y muchas miserias.

Fabebook es el gran escaparate de la vanidad, de la idiotez, de la inteligencia, de las filias y las fobias, de la belleza, de la horterada más dramática, del carácter solidario de muchos y de la mala leche de los demás.

Sé que hay millones de razones por las que alguien puede dedicar parte de su tiempo a navegar interesándose por esto o aquello. Sin embargo, la soledad es la reina en las redes sociales. Alguien tiene lo que podría parecer normal. Un trabajito, un marido, una esposa, hijos, perro, gato, una rata y amigos. Todo muy normal. Pero nada le termina de llenar. Descubre Facebook y cree que todos los huecos se llenan en cinco minutos. Uno le dice eso que quiere escuchar, el otro alaba lo que escribe aunque sea una mierda, el de más allá le envía un dibujo lamentable en el que le comunica que se rinde a sus pies. A su vez, él o ella contesta con lo mismo. El mundo se convierte en una nube de algodón dulce y aquí todos felices.

Estamos solos, buscamos compañía y nos terminamos creyendo que un gilipollas que se hace llamar Andy García (en realidad es Diodoro Márquez) quiere casarse con nosotros. Nos interesa el mundo en el que podemos reinar. Nada puede gustar más a los usuarios de Facebook que la popularidad. Una popularidad idiota porque si dices la vida es bella y cuarenta solitarios se lanzan a comentar tu gran reflexión diciendo que es lo más bonito que han leído en su vida, acabas de ganar (seré generoso) nada. Pero te hace sentir bien. Luego, a cambio, les dices tú lo mismo si, por ejemplo, afirman que la vida es un asco y todos contentos. Nadie gana nada, pero nos sentimos mejor. Así de simple.

Además, Facebook puede convertirse en un asqueroso patio de vecinas. Broncas, dimes, diretes, cotilleos, calumnias. Una gran confusión ordena el día a día de este mundo virtual tan apasionante y tan repugnante. La mayor parte de las veces la cosa degenera en una paranoia colectiva en la que aparecen relaciones inventadas, héroes, villanos, santos, demonios y gentuza. No hay nada mejor como el Facebook si uno quiere terminar mal de la cabeza. Lo que no tengo tan claro es si son este tipo de relaciones virtuales las que vuelven loco a cualquiera o si, por el contrario, es un gran sanatorio al que llegan todos los tarados del mundo buscando una última solución.

¿Estamos tan mal de la cabeza o es una percepción, la mía, equivocada y exagerada? Quería reflexionar sobre este asunto más de lo que se aprecia en estas líneas, pero lo dejo aquí. En realidad me parece una catástrofe absoluta y no voy a perder más el tiempo. Lamento que usted lo haya perdido leyendo. Además, estoy agotado. El mundo real, el de verdad, no es tan amable como este otro que nos hemos inventado para inventarnos a nosotros mismos.