abr 25 2011

En defensa de lo mío

Defender la continuidad de las corridas de toros, que forman parte de la cultura nacional o no, que es un arte inigualable o que mantienen a un buen número de familias y empresas y, por ello, son necesarias; parece misión imposible. Cualquier discurso que se arme desde lo que parezca una buena razón para defender las corridas de toros termina haciendo aguas. Eso es lo cierto.
Durante muchos años (muchísimos) no falté a una sola corrida que se celebrara en la plaza de toros del Espíritu Santo de Madrid. Incluso viajé con cierta regularidad para asistir a los festejos que me interesaban y se celebraban en otras localidades. Me documenté sobre la liturgia de las corridas; leí ensayos, poesía y novelas que trataban el asunto; asistí a tertulias taurinas, escuché a los que sabían (qué buenas tardes pasé con aquellos abuelos en la andanada del 9 que lo sabían todo y que no dudaban en ofrecerme mil y una historias siempre interesantes, mil y un detalles que no podría pasar por alto ya nunca más), me empapé en el tendido 7 esperando ver la faena de mi torero preferido, acudí al campo para conocer al animal en su hábitat natural. Hice todo lo posible para entender lo que veía, lo que sentía, las razones por las que estaba sentado sobre un escalón de granito para ver salir por la puerta de chiqueros a un animal dispuesto a todo, las razones que llevan a un hombre a jugarse la vida de esa forma tan asombrosa. Afición no me faltaba desde mucho antes. Fue más fácil de lo que pueda parecer. Desgraciadamente, por el camino fue inevitable aprender que hay una zona sucia, muy asquerosa en todo este tinglado. No crean que se queda la cosa en anecdótica. No. Es grave y muy feo. Aunque eso es harina de otro costal. Mi afición se empañó a base de descubrir la mierda debajo de la alfombra. Fue eso lo que me separó del mundo del toro. Hace muchos años que no piso un tendido y creo que será difícil que lo vuelva a hacer.
¿Significa esto que dejaron de gustarme los toros, que perdí mi afición, que reniego de lo que representan o que los prohibiría? Ni mucho menos. Precisamente, por el amor que siento por el toro bravo y por la lidia me eché aun lado. No quería participar de los atropellos que conocí de primera mano. Y, a decir verdad, no me gustaba ver como un ejército de papanatas llegaba a las plaza para convertir aquello en un circo. Ni entiendo las prohibiciones ni esas actitudes tan progres que utilizan al toro para pintar la mona. Conozco a más de uno que cree ser más intelectual acudiendo a las plazas. Más bobo no se puede ser.
No puedo olvidar el olor de la plaza esos días que presentía que iba a ocurrir algo grande en el ruedo. Los colores en los tendidos, los mantones engalanando las barreras y las barandillas de gradas y andanadas. El sabor del anís seco antes de ir hasta mi localidad (no he vuelto a beber una sola gota desde entonces). Nada puede compararse a la liturgia de una corrida de toros. Desde el paseillo al arrastre todo significa, todo tiene un peso exacto en el conjunto. En ningún otro lugar del mundo puede nadie escuchar comentarios más divertidos durante la faena. Nadie puede saber lo que representa la imagen de un hombre frente a una fiera si no está en la plaza de toros. Un pase natural, los pelos de punta. El toro embistiendo contra el caballo, mostrando su bravura, su bravuconería o su mansedumbre. Hombre y fiera jugándose la posibilidad de acabar con el otro. Cientos de recuerdos, cientos de imágenes inolvidables que me emocionaron, cientos de tardes al sol disfrutando de lo que más me ha gustado jamás junto a escribir.
Si trato de defender todo esto desde otro territorio lejano a lo emocional fracasaré. Lo sé. Desde el yo defiendo mis propias sensaciones, mis recuerdos. Y eso es incontestable porque es cosa mía.
Tal vez deberíamos plantearnos la continuidad de las corridas de toros porque se han convertido en un negocio que rebosa intereses que nada tienen que ver con el arte de torear. Puede ser. Pero sólo por eso. El resto es todo muy relativo. Tanto lo que argumentan unos como lo que dicen los otros. Lo único que no se puede discutir es lo que siento. Me prohibí acudir a una plaza nunca más. Me tengo prohibido olvidar ni una de las sensaciones que aún puedo sentir como nuevas. Y esto es lo que hay. Cualquier otra cosa me suena a chino.


dic 8 2006

Para siempre

El día ha sido frío. Diez o doce grises diferentes se mezclaban perfilando un cielo tan antipático como definitivo al mirar desde la ventana.
Gimena, la jovencita que tanto se ha hecho esperar, ha estado en brazos de su padre mucho tiempo. Intranquila como cualquier recien llegado. A media mañana nos hemos quedado solos. Y hemos bailado. “Ask a woman who knows” de Natalie Cole, “All the things you are” de Oscar Peterson y “Amor de Conuco” de Juan Luís Guerra acompañado por Tomatito y Michael Camilo. No creo que nunca nadie en el futuro baile con ella de esa forma. No lo creo, no. Es una bienvenida que tenía reservada a la niña, un recibimiento preparado con cuidado. Sus hermanos escucharon un par de poemas. Ella ha bailado con su padre como no volverá a hacerlo hasta que se encuentre con el hombre de su vida o algo así. Aunque será otro baile, otro amor. Cosas bien distintas.
El cielo se ha dibujado gris. El resto luce otro color. El de un baile muy lento que durará toda una vida. Bienvenida Gimena.

sep 6 2006

De regreso

Leer me ha servido durante años para recordar. Es raro que suceda algo y no me haga pensar en este poema o en aquel otro. Siendo joven corres el peligro de liarte un poco más con estas cosas, pero con cuarenta y dos años te viene bien un apoyo para terminar de explicarte lo intuido, lo que no te has parado a observar por pereza, miedo o la ausencia de necesidad. Una agarradera que dé nombre a las cosas, que las haga aparecer con claridad. Rodeando el castillo llegas a conocer lo alto de las murallas, el color de la puerta, nunca lo que guarda en su interior.
El contacto con la realidad, esa que abandonamos al salir del despacho antes de veranear, puede descolocarnos y hacernos experimentar sensaciones olvidadas y nunca previstas. Unos se deprimen por tener que dejar la hamaca, otros se alegran por el reencuentro con su mesa de trabajo y los hay que prefieren disimular su amargura y llegan a convencerse de lo bien que están. Actitud poco saludable. Las cicatrices aparecen cuando las heridas curan. Nunca antes. La sangre termina manchando la ropa.
El mundo, tu mundo aparece ahora. Miras alrededor y tratas de entender lo que sucede. Procuras limpiar la senda apartando las pequeñeces que siempre estuvieron y con las que aprendiste a convivir. Contemplas los obstáculos midiendo lo mejor que puedes para no tropezar al saltar. Y avanzas despacio. Con cautela. Y te encuentras con el verdadero problema. Acaso inesperado. Quizás en el lugar que siempre estuvo y hacia donde nunca quisiste mirar. Y recuerdas el poema. Esta vez de Eduardo Lizalde. Dos que se funden en uno solo.

Grande y dorado, amigos, es el odio.
Todo lo grande y lo dorado
viene del odio.
El tiempo es odio.

Dicen que Dios se odiaba en acto,
que se odiaba con fuerza
de los infinitos leones azules
del cosmos;
que se odiaba
para existir.

Nacen del odio, mundos,
óleos perfectísimos, revoluciones,
tabacos excelentes.

Cuando alguien sueña que nos odia, apenas,
dentro del sueño de alguien que nos ama,
ya vivimos el odio perfecto.

Nadie vacila, como en el amor,
a la hora del odio.

El odio es la sola prueba indudable
de la existencia.

Y el miedo es una cosa grande como el odio.
El miedo hace existir a la tarántula,
la vuelve cosa digna de respeto,
la embellece en su desgracia,
rasura sus horrores.

Qué sería de la tarántula, pobre,
flor zoológica y triste,
si no pudiera ser ese tremendo
surtidor de miedo,
ese puño cortado
de un simio negro que enloquece de amor.

La tarántula, oh Bécquer,
que vive enamorada
de una tensa magnolia.
Dicen que mata a veces,
que descarga sus iras en conejos dormidos.
Es cierto,
pero muerde y descarga sus tinturas internas
contra otro,
porque no alcanza a morder sus propios miembros,
y le parece que el cuerpo del que pasa,
el que amaría si lo supiera,
es el suyo.

Lo recuerdas. Ese Dios del poeta odia para crear la vida. Desde el mismo odio llega la existencia. Pero del animal no, desde el animal se dibuja la muerte. La propia y la de otros. Una destrucción absurda que descargamos sobre la debilidad ajena. Y sobre la nuestra sin saberlo. Odiamos buscando la salvación que no está ahí. Se encuentra si caminas hacia otro lado, lejos. Si no tienes junto a ti a alguien que te lo recuerde, si el que te susurra dice que sigas escarbando hasta poder matar; si es así, estás perdido.
“Todo lo grande y lo dorado / viene del odio”. Eso dice el poeta. Nunca de odiar. Eso creo yo.
Faulkner dijo que amar y sufrir es la misma cosa. Decir o creer esto no convierte tu mente en un amasijo delirante. Con los años aprendes que es verdad y que negarlo es cosa de jovencitos que ya tendrán tiempo de descubrir lo que tantas veces negaron. Creer que odiar es la única solución para superar una situación, sea cual sea, sí que convierte la conciencia en un cenagal. El odio, por inevitable, se confunde entre otras cosas que manejamos día a día. Se puede recurrir a él para intentar cerrar esa herida sabiendo que es una ilusión. Dejar que te susurren otras cosas distintas es lo mejor. Porque el tiempo es odio, pero no es odiar.
Recordar es leer tu propio relato. El que hoy mismo comienza, de nuevo. Con labios cercanos de tranquilidad que dicen “ya pasará”.


sep 4 2006

La tarde de la mosca viviente

Primer día de guardería para Guzmán. Me dice su cuidadora que ha preguntado a los niños cómo estaban. Iban contestando que bien, algunos con la boca pequeña, pero todos afirmaban que la cosa estaba siendo razonablemente normal. Todos excepto Guzmán. ¿Estás bien, mi amor? No. La cuidadora, dulce y cariñosa. Él, conciso y duro. El año pasado le quedaron tres. A saber: No hubo forma de quitarle el pañal, compartía lo justo a regañadientes y soltó algún sopapo. Este año comienza con una actitud algo negativa. Ya veremos si no tengo que castigarle a todo al acabar el curso. Yo también he comenzado hoy. Sin comentarios.
Leo “Casa de fieras” de Alvaro del Amo. Me gusta. Escucho un disco de Amos Lee. Me gusta. Guzmán lanza un millón de piezas verdes, amarillas y coloradas. Me gusta menos. Este año suspenderá en ordenar juguetes. Lo estoy viendo venir.
El calor es sofocante y no sé a qué viene esto, no se puede respirar.
Se ha colado una mosca por la puerta de la terraza. Un ruido más. Intento ver donde está el bicho, pero no hay forma. Sólo puedo escuchar el zumbido. Primero junto a la ventana, luego detrás del televisor, quizás a la derecha. Papá, tienes una mosca en la cabeza, dice Gonzalo al entrar en el salón. Ve andando hasta la ventana y te tiras, o lánzate contra la pared. Se parte de risa mientras muevo la mano nervioso. De nuevo el zumbido. Guzmán asoma por la puerta. Mosca, mosca. Eso creo que dice. Corretea de un sitio a otro extendiendo los brazos, gritando, simulando un pánico que no siente (la mosca seguro que sí). Gonzalo decide hacer lo mismo. Guillermo aparece con su rifle de plástico, una gorra militar, mochila y gafas de sol. Tranquilos, tranquilos, esto es cosa de Guillerator, grita mientras saca de la mochila un spray hasta los topes de insecticida. Sin pensarlo rocía lo que se le pone por delante. Gonzalo de arrodilla para hacer una reverencia al salvador. El pequeño le imita. Pero bueno ¿es que estáis tontos? Aquí no se va a poder respirar, dice Silvia que mira con los ojos muy abiertos. La mosca se posa en el sofá. Cerca de mí. Guillerator apunta y le advierto. Como se te ocurra apretar el botoncito te la ganas. Y vosotros dejad de hacer el idiota. Papá, la tengo a tiro, deja que me encargue de este asunto. La mosca está atontada. Golpeo con el libro justo donde se encuentra. Una mosca menos. Los niños se quedan absolutamente quietos. Guzmán comienza a llorar. Pero hombre ¿cómo haces eso? dice Gonzalo. Guillermo, guarda el arsenal en la mochila moviendo la cabeza de lado a lado. No entiendo nada, parece decir. Hombres, hombres, menuda banda, se queja Silvia.
Gonzalo ha recogido el cadáver. Ahora están enterrando el bicho en una maceta. Han hecho un cartelito y todo con la fecha y el nombre de la mosca. Delgadita se llamaba dado el estado en el que ha quedado la pobre.
Vuelvo a la lectura. Suena la música de Michael Camino y Tomatito. Espléndida. El entierro se alarga. Con él mi tiempo de lectura.
Empiezan a correr por el pasillo. Gritan. Dios mío, Dios mío, es una mosca zombi. Delgadita parece que ha movido una pata justo antes de ser sepultada. Cosas del mayor. Así le da emoción al evento y lo alarga para seguir con las risas.
La vida sigue. A pesar de ser el primer día de guardería. Y de trabajo.