sep 18 2012

Helado de Vainilla

Ella le dice que se está derritiendo como un helado de vainilla. Lo hace sonriendo, apoyando la barbilla entre las manos que se juntan en las muñecas.
Él mantiene su semblante serio, casi impasible. Le enseñaron que lo otro era cosa de mujeres. Juguetea con los cubiertos aún limpios. No aparta la vista de ella.
Ella cambia de postura. Alarga el brazo para posar la mano sobre la de él, sobre la que jugueteaba con un cuchillo, la derecha.
Él no hace un solo movimiento. Deja que le toque. No quisiera parecer descortés. Con las mujeres nunca, le dijeron siendo niño.
– Cada cosa que te oigo decir hace que funda. Me tienes loca, dice.
– Deberíamos controlar la situación. Los excesos se terminan convirtiendo en locuras, dice.
Ella se levanta para ir al lavabo. Él mueve la cabeza afirmando, queriendo decir que le parece muy bien. Eso parece. Y es que le dijeron que hay que mantener un punto de autoridad ante las mujeres.
Cuando ella está lo suficientemente lejos, él se mira los pies. Un pequeño charco amarillento, las manos comienzan a gotear ese mismo líquido. Siente como va perdiendo volumen. Y, mientras, sigue pensando en esa sonrisa, en su voz. No puede dejar de hacerlo, no quiere hacerlo.
Nadie le había dicho nada sobre lo que le pasa.



abr 8 2012

Sí, dígame

Agarra el teléfono móvil. Suena aunque no pulsa ninguna tecla, no se lo lleva al oído. Acelera el paso. Abre la puerta del aseo y entra.
Sus compañeras miran. Unas por encima de las gafas, otras levantan la vista sin mover el cuello. Cuando ha cerrado, se miran entre ellas. Ninguna dice nada. Terminan observando la puerta. Todas, sin excepción.
Al otro lado, deja de escucharse el timbre del teléfono. Un susurro, risas.
Los cuellos se estiran. Una de las mujeres se levanta. Se acerca a la máquina del café que está junto a la puerta cerrada. Mira las opciones aunque no parece decidirse.
Alguna carcajada que logra controlar al otro lado de la puerta.
Se inquietan.
Abre. La mujer camina hasta su mesa. Deja el teléfono móvil en el mismo lugar que estaba. Mueve un papel y comienza a teclear.
Todas miran. A ella, entre ellas.
Suena de nuevo el teléfono. Esta vez contesta sentada. Sí, hay que hacer la compra, vale, pero entonces recoges tú al niño, no, no, tardaré lo justo, hay una montaña de plancha. Cuelga. Sigue tecleando.
Las demás se dejan de mirar entre sí. Pensativas. Quizás algo envidiosas.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


abr 1 2012

Bibelot

Caminan en silencio. Toman una cerveza sin hablar. Ni una palabra durante la cena. Sólo cuando entran, después de cerrar la puerta, protegidos por la gran cúpula de cristal, se miran y comienzan a charlar.
Ven cómo la nieve cae sobre sus cabezas.
Alguien agarra el bibelot, lo mueve con fuerza y lo deja sobre un aparador.
Ellos no se inmutan aunque la nevada es, ahora, intensa.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


ago 5 2010

Pecados capitales (IV)

Uno de los dos lo hizo mal. Pidió perdón y se arrimó. Dobló el lomo para que los golpes se sintieran algo menos. Llegado el momento, el otro lo hizo igual de mal. Pero con la cabeza bien alta dijo: “No haberlo hecho. Yo no tengo culpa de nada. Es lo que te mereces. Ellos me prefieren a mí”. El primero pensaba que no se trataba de destruir con la arrogancia de la víctima, pedía que no le echaran a los pies de los caballos después de pedir perdón, era injusto. No sirvió de nada. Sobre el pedestal de su razón, orgulloso de lo que estaba creando, movilizó sus fuerzas sin piedad. El día que recogieron de la cuneta al hombre apaleado, mil y una vez, ya era tarde. Nadie lloró la muerte. Nunca más se derramó en aquel lugar lágrima alguna. Por nadie.


ago 3 2010

Pecados Capitales (II)

Llamaban a la puerta. Sin abrir los ojos, esperó a escuchar las pisadas que se alejaban. La casera se quejaba con amargura. Alargó el brazo intentando agarrar el vaso. Se lo llevó a la boca sabiendo que no contenía una sola gota de agua. Miró al techo pensando en el tiempo que llevaba allí metido. Supo que era lo último que haría. Ni siquiera el azar tenía ganas de hacer.
– ¿Sabemos algo de él? preguntó el policía de pelo canoso.
– Sí. La casera dice que no le faltaba de nada, que salía poco. Apenas sabía nada de él. Ya sabes, lo de siempre.


ago 3 2010

Pecados capitales (I)

Era un hombre con pluma en mano. Trataba de explicar lo que significaba el privilegio de escribir. Cuando creía que su mensaje resultaba infalible, bello y exclusivo, apareció un segundo hombre con pluma en mano.
Nombraban ambos las mismas cosas. El primero para sí mismo. El segundo sabiendo que alguien querría escuchar, entender, alcanzar a subir un escalón que, hasta entonces, sólo musas y hombres con pluma en mano eran capaces de superar.
Vidas y mundos enteros quedaron en las posadas, en tabernas e, incluso, en establos. Vidas y mundos escuchados por hombres y mujeres desdentados, marcados por la debilidad de la ignorancia, por estigmas llegados de un monasterio falso construido sobre tintas invisibles para casi todos.
Inevitable, como cualquier otra debilidad, llegó arrastras, ocultándose en pisadas cuidadosas de hombre culto llamado a salvaguardar purezas.
Durante algún tiempo no quiso notar como se agarraba a él. Primero los talones, más tarde hasta el último poro supuraba sin parar.
Intentó todo lo posible para que aquella pluma (advenediza y sucia, decía) se secara al sol junto a la piel de su amo. Difamó, acusó, persiguió, quemó los pergaminos alojados en recipientes de barro. Cuanto más leía más vieja sentía la dureza de un lenguaje que arremetía contra él.
A los que escuchaban, primero, y lograban leer, después, les parecía que nada tenía que ver aquello con ellos. Entendían y se elevaban despacio dejando atrás un campo negado a su inteligencia de hombres. Cuentan que una tarde de invierno, mientras caminaban diez de ellos para escuchar cómo podrían aprender a leer, encontraron a los dos hombres con pluma en mano en el borde de un camino. Uno de ellos (el que había llegado después) yacía muerto, degollado. El otro copiaba frenéticamente lo último que el difunto había escrito sobre su piel, rasgando con la pluma la carne. Cargaron con el cadáver y continuaron sin prestar atención al otro. Los buitres estrechaban los círculos de su vuelo.


may 17 2010

T. El Superhéroe (1)

T. es un superhéroe moderno. Aunque sólo él lo sabe.

Trabaja como los que no lo son; es padre de tres hijos normales y corrientes (uno de ellos tiende a ser un cafre); su mujer no es nada del otro mundo y la paga no le llega a final de mes casi nunca. Pero es un superhéroe. Guarda su traje (el de superhéroe) en una caja de cartón. Debajo de la cama. Y teme que un día se inunde el piso (cosa bastante probable puesto que la casa es una mierda; es la suma de cañerías de mierda, de cables de mierda y paredes de mierda). Si la inundación se produce, el traje (de superhéroe) pasará a ser una auténtica mierda.

Supo que tenía superpoderes cuando era un crío. Fue en el colegio. Nadie se percató de ello, sólo él. Quizás su profesor también, pero, era tal la manía que sentía por T., que no quiso saber nada del asunto. Incluso le castigó. Dos horas seguidas aguantando la metafísica de Aristóteles en una mano y la historia de España en la otra que por esas fechas sólo servían para golpear brutalmente a los alumnos empeñados en recordar etapas anteriores. De rodillas.

T. ocultó tan bien como le fue posible su secreto. Aunque, a veces, era inevitable hacer gala de sus poderes. Sentía un deseo irrefrenable de salvar al mundo y corría hasta su casa para vestir el traje especial y volver tan rápido como era posible. Casi siempre llegaba tarde y allí no quedaba nadie. Además, no podía adivinar dónde había un problema en ese momento. Si se lo encontraba de cara, bien, pero si el azar no le ponía en el lugar exacto, no había nada que hacer.

Intentó ejercer de superhéroe sin su traje aunque le fue imposible. Le tomaban por loco o por cualquier otra cosa que nada tenía que ver con la realidad. En una ocasión le confundieron con un espía peligroso. Y ruso. Un anacronismo indecente que le hizo sufrir una terrible depresión.

Hoy ha llegado el momento de descubrir sus facultades ante el resto del mundo. T. ha pasado largas horas preparando un plan minucioso, perfeccionista, sin fisuras. Irá a un programa de la televisión nacional. Como público. Sin que parezca otra cosa que no sea un tipo dispuesto a tragarse cuatro horas de programa a cambio de un bocadillo elástico y aparecer un segundo en pantalla sonriendo abiertamente. Se sentará donde le digan, escuchará, aplaudirá y reirá los chistes de un presentador famoso con la gracia en el mismísimo culo. Cuando el concursante esté a punto de fallar la pregunta definitiva, él, T. el superhéroe, alzará la voz. Fuerte, clara. Será cuando deje que los demás conozcan que un superhéroe vive entre ellos, que siempre podrán acudir a él, que aún hay esperanza en el mundo.

Llega el momento. Última ronda de preguntas. Va a fallar, piensa. Llega el momento.

Se pone en pie. Se despoja del chándal. Debajo un traje de chaqueta. Impecable. Gris marengo. Corbata rosada y camisa blanca. Gemelos de plata. Los zapatos que lucían ridículos en un hombre vestido con chándal, brillan lustrosos. Alto, todo el mundo quieto, grita levantando las manos. El presentador se gira extrañado. El regidor hace aspavientos para que T. se siente y guarde silencio. Conozco la respuesta, la sé, esta pregunta es de pensar y yo lo hago de maravilla. Soy un librepensador. El personal de seguridad llega a la carrera. Cachiporras en las manos. Le están liando, amigo concursante, grita y es lo último que se oye porque las cachiporras suben y bajan a velocidad de vértigo. Es posible que en treinta segundos le hayan golpeado un centenar de veces.

El presentador enarca las cejas miando a la cámara. Unos lanzan rayos gamma, otros agua a presión y otros dicen poder pensar. Así son los espías rusos. Sigamos, queridos amigos. Hagamos un mundo mejor.

T. es trasladado a su domicilio donde su mujer, completamente avergonzada, le recibe fingiendo una histeria del montón cuando, en realidad, ha enloquecido por completo. Su hijo, el de la tendencia a ser cafre, le insulta gravemente. Espía, asqueroso, soviético de los cojones, grita tan alto como puede.

T. calcula que su depresión ya no tendrá fin. Se mete en la cama, cierra los ojos y procura dejar la mente en blanco.

© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


may 16 2010

Los olores de Greta Y.

(Del diario de Greta Y.)

25 de septiembre de 1962

Escribo este diario para que todo el mundo sepa. Me llamo Greta, soy enfermera y tengo treinta años. Cuido de este hombre desde hace seis. El diagnóstico es rotundo. Coma cerebral irreversible. Ni siente ni padece. Eso dice el informe médico que está guardado en la mesilla de noche. Al principio, su familia probó todo lo que estaba a mano. Poco a poco, se dejaron llevar por la desesperación. Y, cuando el dinero no llegaba para más ni las fuerzas eran suficientes, me llamaron para que le cuidase hasta el momento de su muerte. Seis años. Siempre creen que ese día será el último, se agarran a eso de que para estar así mejor morirse. Lo que no saben es que todo es distinto a lo que ven.

De niña, me enseñaron algo sencillo y que cualquiera puede comprobar. El olor es lo que las personas mejor recordamos. Si nos pasa algo y, en ese momento, huele a perfume, a sudor o a chimenea, cada vez que pensemos en ello podremos oler ese perfume, ese sudor o esa chimenea. No invento nada. Le pasa a todo el mundo. Cada cosa desprende un aroma. Sea cual sea. Incluso las ideas tienen su propio olor. Dios desprende un fuerte olor a hielo que te traspasa con el dolor de los cuchillos, con insistencia. El odio suelta un tufo asqueroso, como el del cieno, aunque, a veces, cuando eres tú el que odias huele a cera quemada. La cera que se va quedando seca sobre ti, anquilosando. La inteligencia a viento, la tristeza a trueno, el calor a trigo. Todo huele.

Cuido de él desde hace seis años. No ha muerto porque aunque no se mueve, aunque las pruebas dicen que su actividad cerebral es nula, puede oler. Lo sé porque cuando recibe el estímulo mueve ligeramente un dedo. El índice de la mano derecha. Apenas se nota. La primera vez que lo vi, creí que eran cosas mías. Pero lo comprobé una y otra vez para estar segura. No se lo he dicho a nadie. Podrían comenzar con las pruebas de nuevo. Y, además, necesito trabajar.

Meto en frascos las cosas que se me ocurren. Un poco de arena para que vaya al parque; en primavera un puñado de polen; recojo aire de la ciudad para que pueda dar un paseo; queso, mantequilla o embutido para que le sepa a algo la alimentación que le proporcionamos a través de la vía. Y mueve su dedo, cada día lo hace e intuyo que es feliz.

Lo único que no he traído nunca más son unas gotas del perfume que encontré en su cuarto de baño. Nadie sabe a quién perteneció. Era un perfume de mujer. Había un frasco, pero no había ni rastro de ella. Ese día movió el dedo con tristeza, con la cadencia de la ausencia. No quiero que sufra, así que no he repetido. El olor de la ausencia es el peor de todos, el que hace más daño.

6 de mayo de 1966

Huele a muerto. Está vivo aunque huele a muerto. El que ha estado cerca de uno sabe que no se puede olvidar. Solo queda esperar. Es un hedor insoportable.

(Extracto del atestado de la policía judicial)

El cadáver fue encontrado por la hermana del propietario del piso, enfermo crónico que se encuentra en estado de coma cerebral desde hace más de diez años. La mujer no mostraba signos de violencia. Entre sus objetos personales se encontraron un pañuelo, un lápiz de labios, un par de tarros vacíos con etiquetas que decían “primavera” y “tormenta”, así como un diario que no parece tener la menor importancia para el juez que instruye el caso.

© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


may 13 2010

Mirando la ausencia

Me gusta mirar el retrato en el que apareces con esas casas de adobe a la espalda. Aún eras tú. Tu pelo era tu pelo, el vestido beige aún era ese. Y, sobre todo, el tipo que te pasa el brazo por los hombros me recuerda a mí mismo. Es mi preferida, pero puedo mirar más y verte. A ti. Cuando eras.
Hoy, al llegar a casa, una mujer me ha reñido. Decía algo sobre mis olvidos, sobre lo desastroso que soy. Es todo lo que me ha dicho. Me he encerrado en el baño para no escuchar. He resuelto un crucigrama, he fumado un par de cigarros y he escrito en la mampara de la ducha (con el dedo) un par de frases absurdas. Me hubiera encantado que estuvieras por aquí. Como antes. Como cuando eras tú.
Me gusta mirar el retrato en el que apareces, cualquier retrato en el que te puedo ver, porque es la única forma que tengo de mirarme al espejo sin pensar que me quedé en alguna cuneta. Hace ya mucho tiempo.
Es curioso te miró en un papel y te tengo. Te miro cuando estás sentada en el sillón y la ausencia duele.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


may 12 2010

El ruido de la compañía

La puerta de la calle sólo se abre si él entra o sale. Nadie llama al timbre, nadie golpea con los nudillos con cuidado por si alguno de los niños duerme, nadie cierra con cuidado o con descuido. Nadie nada. Porque ya no queda ni rastro de lo que hubo.Se sienta cada mañana junto a la ventana. Le gusta escuchar los ruidos de la calle. Muy pronto, justo después de amanecer, se puede escuchar a los pájaros. Parece que los pocos que quedan en la ciudad se concentran allí, junto a su casa. Más tarde los motores, un poco más allá los niños que juegan de camino al colegio. Alguno llora alguna vez. Justo después, el silencio de los jubilados que caminan hasta el colmado para comprar lo preciso. Un solo día, como si fuera el último. Parecen tener miedo de dejar algo que se pueda estropear en este mundo, parece que saben que no les encontrarán de inmediato. Y, llegada la tarde, todo regresa en orden. Los niños, los motores y las golondrinas que, girando rápido, parecen arañar el cielo.
Cuando ella vivía, cuando los niños lo eran, la puerta se abría, sonaba el timbre, la vida iba y venía. Ahora, ya nadie quiere entrar. Toca escuchar el ruido de las sábanas rozando la piel quebrada. Hasta el día siguiente.
Llueve. Ya está en su silla. Escucha. Y suena el timbre. Justo a la misma hora que ella regresaba de la iglesia. Intenta acudir con rapidez aunque tarda más de la cuenta. Grita que ya va. Es la primera vez que escucha su propia voz en los últimos días. Ella entraba contando lo que había visto, llenaba la casa de palabras. Y él escuchaba sin interrumpir. Corre el cerrojo y gira el pomo. Treinta y nueve años abriendo y encontrándola allí. Nunca supo explicar que sentía. Quizás porque nadie le hubiera creído. Es una mujer. La carta en la mano. Es certificada, dice. Tiene que firmar aquí. Garabatea cualquier cosa. La mujer sonríe y tira del pomo de la puerta. Un ruido triste. Rasga el papel del sobre. Le acompaña el sonido. Y va haciendo trozos del resto. La carta dice que en quince días tendrá que dejar el piso. Que de no ser así un equipo de personas enviadas por ese juzgado le obligarán a hacerlo. Más trozos, más ruido.
Piensa en la primera vez que escuchó su voz, en el primer gemido, un llanto de bebé, otro, así hasta cuatro, los cacharros de la cocina sonando, música en el cuarto de los chicos, leyendo en voz alta. Decide escuchar una vez más el ruido de las golondrinas. Y solucionar el asunto sin tener que soportar el estruendo de una palanca tirando la puerta abajo. Pronto el silencio será uno sólo. De ambos.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano