may 11 2010

La textura de una piel

Tocaba con suavidad todo aquello que encontraba en el camino. Lo hacía desde el día que la dejó dentro de un vagón de tren. No pusieron las manos en el cristal de la ventanilla para despedirse, ni corrió acompañando los primeros metros de un viaje eterno. Ella cerró los ojos para imaginar una vida entera que otra viviría por ella. Él pasó la yema del dedo pulgar por encima de las del resto pensando en la textura de una piel que cedería ante otra corona. Quizás fue un odio que arrasaba cualquier idea, quizás la desesperación. Nadie lo ha sabido nunca. Pero ella viajaba hacia un lugar en el que él no cabía. Pero él se quedaba en un espacio reservado desde siempre al vacío. Y a él.

Tocaba con suavidad cualquier cosa que veía. En las tiendas de comestibles le llamaban la atención exigiendo más respeto e higiene, libros, camisas de seda, cuadernos, maderas, botellas, plantas, árboles, el suelo de los lugares que visitaba. Saludaba con un apretón de manos a los hombres, pero les soltaba dejando que las manos rozasen con un gesto casi infinito. Besaba a las mujeres con la levedad suficiente como para provocar en ellas una duda perpetua, para que se preguntaran sobre lo que buscaba en realidad. Porque sabían que formaban parte de un decorado. Sólo.

Tocaba buscando. Años sin encontrar un tacto que se pareciese al de la mujer. Salvo el roce de la yema de su propio pulgar contra las otras cuatro, nada era evocador.

Fue mucho tiempo después cuando entendió. Su hermano muerto. Las cenizas dentro una urna negra. Espárcelas en cualquier vertedero, le dijo. Mete la mano, toca. Y siente ese tacto aprendido de pulgar contra los demás. Yemas convertidas en cenizas. La vida que se escapa en un vagón de tren. La muerte en el lugar que le tocó desde el principio. Y a él, desde que el tren salió de aquella estación. La textura de una piel.

Dicen que el hombre desapareció al día siguiente, que algunos le vieron subirse a un tren. Sin equipaje. Alguno afirma haberle visto paseando con una mujer en otra ciudad. Que pasean mientras él habla y ella, con los ojos cerrados, escucha sin decir una sola palabra. Pero nadie sabe la verdad. Nadie la supo nunca.

© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


may 11 2010

Obsesión

El hombre toma café. Lee un libro. Pasa las páginas con cuidado. Anota en los márgenes.
La mujer busca en su ordenador. Quizás un enlace, una página en la que aparece su nombre, una fotografía. Cualquier cosa puede servir. Siente que se le seca el pensamiento, pero continúa. Todo es estéril, genera fatiga, destruye.
El hombre se levanta y camina hacia la estación de autobuses. Mira la fachada de un edificio que le resulta exquisito por su decadencia. Piensa en lo que hará esa tarde, en qué preparará para cenar, en las cosas cotidianas.
La mujer decide escribirle. Mezcla lo íntimo con lo más simple que se le ocurre. Quiere parecer cercana, amable, incluso sensual. El pensamiento no se mueve. Entre líneas le ofrece una vida nueva, mucho mejor. Evita ser muy explícita para que ese punto de mujer misteriosa que siempre quiso arrastrar no se vea en peligro. Revisa lo escrito y envía. Sólo queda esperar. Mientras llega la contestación, va mirando cosas que le pueden llevar hasta él. Una, otra más, más, más.
El hombre conecta su ordenador. Abre el correo como cada día. Las direcciones de los remitentes no le suenan. No le parece que merezca la pena leer casi ninguno. Borra todos excepto dos de ellos. Uno es el mensaje diario de su amigo. El otro el que le envía el centro comercial ofreciendo las últimas ofertas. Contesta el primero. Borra el segundo porque no ofrece nada atractivo.
La mujer mira la pantalla del ordenador. Fijamente.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


mar 25 2010

El arte de narrar

Se cierra la puerta. El muchacho mira la madera sin expresión en la cara. Decide ir a casa. En la mano un papel. En el papel, escrito, un poema para ella. Pero la puerta se ha cerrado. Ella la ha cerrado. Entra en la casa. En la sala, su madre. Mira la pantalla del televisor al mismo tiempo que pela judías que va echando en un barreño lleno de agua. El muchacho le cuenta. No ha querido escucharme. No me perdonará nunca. Se va a su habitación. La madre pela y echa judías más rápido. Cuando termina, restriega las manos sobre el delantal. Se lo quita y sale a la calle. Camina un par de minutos. Toca el timbre de una vivienda muy bien cuidada. Alguien asoma por la ventana. Empuja, dice. Está abierta. Toman café. Charlan con tranquilidad. No le perdonará. Fue hasta su casa y le dijo que no lo hará jamás. Qué cosas dicen estos jovencitos. Si es así es que se lo han dicho sus padres. Ella le quiere. De esto estoy segura. Bueno, gracias por escucharme. Voy a terminar de hacer la comida. Sale. La misma mujer que asomó por la ventana para abrir lo hace ahora para ver como sale. Sube al piso de arriba. Un hombre busca piezas de color azul. El puzzle es grande. Faltan por encajar, por lo menos, la mitad de las piezas. Acaba de irse. Me ha estado contando lo de su hijo. A la chica le han prohibido que le perdone. Esta no me la da a mí. Esas familias nunca lograrán llevarse bien. El hombre coloca una pieza. Serio, ausente. La mujer sale diciendo que nunca va a acabar con el dichoso juego. El hombre agarra unas fichas ya colocadas y les deja sobre el montón. Toma el auricular del teléfono, marca. Sí, ya te digo, han intentado un acercamiento, pero no ha sido posible. Los chicos no perdonarán jamás a sus padres. Qué brutos son. Unos y otros. Al otro lado, un joven escucha mientras observa un par de coches que han llamado su atención. No dice nada. Se limita a escuchar. Pues eso, que si no terminan los problemas no habrá boda. Eso es lo último que escucha. Guarda su teléfono en el bolsillo trasero del pantalón. Entra en un bar. Allí le esperan los amigos. Les cuenta. Las familias se retaron. En el choque hubo gran brutalidad.
Mientras, un muchacho sujeta un papel en el que ha escrito un poema a la mujer que ama. Y una mujer espera esa llamada que le hará sentirse feliz. Siendo novios se puede discutir por cualquier cosa, es normal no estar de acuerdo en todo, pronto llamará. Estoy deseando escuchar, susurra.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


mar 22 2010

Tea for two

1
Te esperaré, siempre. Eso fue lo que dijo exactamente. Mientras, sentía sus manos acariciando la espalda. Te esperaré, siempre. Eso, eso y no otra cosa, fue lo que dijo.
Pero la habitación está vacía. Ni él ni los muebles; nada ha esperado su regreso. Tan sólo un cerco en la pared (allí estuvo colgado un cuadro desde el principio) es señal de vida. Anterior aunque vida al fin y al cabo.
Deja la maleta apoyada contra la puerta. Comienza a mirar cada baldosa. De forma obsesiva. Intenta intuir quién pisó allí, sobre cual de ellas besó a otras, si el café que se derramó al hacer aquella broma dejó manchas. Quiere saber. Necesita saber porqué no esperó.
Es incapaz de llorar. Sobra cualquier pena. No recuerda para amar. No. Lo hace para odiar algo más.
Pregunta al portero, al vecino que la recibe con una sonrisa, en la tienda de comestibles. Se fue hace unos meses. De mujeres nadie sabe nada. No avisó. Marchó sin dar explicaciones.
Compra muebles. De momento una cama turca. Un par de sillas. Dos o tres platos. Dos o tres vasos. Dos o tres cubiertos. Es una forma de sentirme acompañada, piensa.
Se prepara una taza de té. Se sienta a esperar. Y, mientras, piensa en cómo hacerle pagar todo el daño que ella siente ahora.
2
Pisa la arena de la playa intentando dejar una huella profunda. Desde que llegó, cada mañana, baja hasta allí. Camina. Deshace el camino intentando pisar sobre sus propias huellas. Hacer el camino. Regresar. Hacerlo y regresar. ¿De qué sirve?, piensa. ¿De qué sirve? ¿Dónde llegaré esta vez?
No puede dejar de odiar. Cada paso atrás significa mayor amargura. Él tenía que esperar. Sólo eso. Así no tendría que regresar a ninguna parte. Olvidar. El peor de los castigos. Si no eres capaz te conviertes en puro odio, murmura quitándose la arena de los pies.
3
Dos semanas. La casa luce bonita. Ya no falta detalle. Sólo el cuadro de la habitación. Allí sigue el cerco.
Llaman a la puerta. Es el cartero. Le entrega el sobre. Le hace firmar. Nombre y número del carnet de identidad. Reconoce su letra. Lo deja sobre la mesa de la cocina. Prepara el té. Sirve dos tazas. Coloca una frente a ella. La otra frente a la silla vacía. Con dos terrones de azúcar morena. Como siempre. Abre la carta. Lee. Piensa. Vuelve a leer. Y comienza a conversar.
4
– ¿Por qué no me avisaste? Sabes que hubiera escapado con tal de regresar. Lo hubiera hecho sin pestañear.
– No quería que me vieras así. Siempre fui muy coqueto.
El sonríe moviendo la cuchara con tranquilidad.
– Pero he llegado a pensar que eras un hombre sin palabras, uno más, del montón.
– El que se está muriendo es eso, uno más.
– ¿Por qué te llevaste los muebles?
– Las casas son museos del recuerdo. Así no hubieras podido comenzar de nuevo.
Agarra la taza con las dos manos. Un gesto repetido millones de veces mientras le miraba.
– ¿Dónde estás?
– Eso no importa. Espero. Sólo espero.
5
Baja a la playa. Camina. Mira hacia atrás para comprobar que las huellas se marcan con exactitud. Ahora entiende todo. Los bolsillos llenos de piedras. Igual que la mochila. Bebe de la botella. Las pastillas ya están en la boca. Llega a la orilla. Nadie puede deshacer el camino. El pasado es intocable, piensa. Y continua caminando. El agua está fría. Nada que deshacer. Recuerda. Sin querer odiar.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


mar 10 2010

Viaje con fin

Se sientan al mismo tiempo. Una frente a otro. No es la primera vez que sucede. Algún día coinciden haciendo el trayecto de pie. Cercanos los hombros. Pero casi siempre es así. Uno frente al otro. Ella de espaldas a la marcha del autobús. Él leyendo una novela forrada con papel blanco. Ella escuchando música. Él levantando la vista cada poco.
La lluvia cae con fuerza. Los cristales de las ventanillas se llenan de vaho. Alguien pide a otro alguien que abra un poco para no morir asfixiados.
Él se levanta. Nadie se fija en un pequeño papel que queda en el asiento. Cuando una mujer va a ocupar el asiento vacío pregunta. ¿Es esto de alguno de ustedes? Ella no lo duda. Sí, es mío, gracias. Desdobla el papel. Lee. Sonríe.
Llega a su destino. La lluvia arrecia. Camina con cuidado sorteando los charcos. Con una mano sujeta el paraguas. La otra, dentro del bolsillo, juguetea con el papel. En la oficina. Saluda. Se sienta. Marca un número de teléfono mientras mira el papel. Soy yo, me llamo Carlota, ah, muy bien. Adiós. Cuelga dejando la mano sobre el auricular. Tres o cuatro minutos.
Se sientan al mismo tiempo. Uno frente a otro. Él abre su novela. Ella escucha música. Él levanta la vista. No la vuelve a bajar.
Se sientan al mismo tiempo. Uno frente a otro. Se apean en la misma parada. Caminan despacio. Charlan. Telefonean. No puedo ir a trabajar. Se sienten indispuestos. Caminan. Se descubren. Caminan.
Se sientan al mismo tiempo. Uno frente a otro. Luego te llamo, dice él antes de levantarse. Ella sonríe. No olvides que tenemos que ir al centro. No, no, tranquila.
Se sientan al mismo tiempo. Uno frente a otro. Ella mantiene las manos sobre la tripa abultada. Me muero de ganas por conocerle, dice ella. Sólo quedan un par de meses, contesta él.
Ella se sienta. Un muchacho ocupa el asiento de enfrente. Abuelo, siéntese aquí. Gracias. Miran por la ventanilla. Levantan la mano si quieren que el otro se fije en alguna cosa olvidada. Pasan de largo en la parada de él. Y sonríen.
Ella se sienta. El trayecto se le hace eterno. No puede dejar de pensar. Con una lágrima siempre a punto de escapar.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


Ray Charles and Norah Jones – Here We Go Again

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mar 1 2010

Punto de no retorno

El último plato liso acaba de estallar contra la pared. Busca algo más, algo que pueda lanzar con fuerza haciendo que la saliva se le escape de entre los dientes al realizar el esfuerzo. El rostro encarnado, desencajado.
– Eres capaz de sacar lo peor de mí cuando te pones en este plan.
– Tal vez lo que ocurre es que ahora te dejas ver sin máscaras ni disfraces, contesta sin moverse, sentado en el sillón de piel negra. El gesto serio, los brazos cruzados sobre el pecho. Sólo se permite mover los ojos buscando trozos de loza por el suelo.
– Te odio, eres lo peor que me ha pasado en la vida. Y no quiero volver a verte nunca más. Nunca más ¿Me entiendes, cabronazo? Maldita la hora en que te conocí.
Él se levanta. No puede disimular su irritación. Dice algo entre dientes que ella no entiende. Tan sólo alcanza a escuchar una última palabra. Cerda. Cuando cierra la puerta de la calle siente un último ruido. Un objeto que cae al suelo tras el impacto.
Ella abre la puerta y le dice gritando que pase, que dónde cree que va, que las cosas hay que discutirlas. Él resopla, gira con rapidez y entra para evitar que los vecinos vuelvan a tener un asunto del que hablar.
Después, en la cama, se prometen amor eterno. Esas cosas no pueden pasar, hay que evitarlas siempre. Se acarician, se enredan, se aman, ríen. Se desean buenas noches. Él piensa que si cree que con un polvo le conseguirá hacer feliz está muy equivocada. Ella recuerda a aquel muchacho al que dejó porque le parecía demasiado buena persona. Y ambos saben que la frontera quedó atrás, mucho más atrás.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


Keith Jarrett – So Tender

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feb 24 2010

Amor verdadero

Espera junto al árbol de siempre. Piensa en cómo se lo dirá. Ha llegado el momento. Son muchas tardes hablando con ella, paseando la noche de la ciudad, sin un roce, sin un movimiento que pudiera intranquilizar. Se lleva la mano al bolsillo de la americana. Una pequeña caja. Una sortija dentro. Nadie amará a esa mujer tal y como lo hace él. Es una certeza. Su gran secreto. Comienza a llover. Alza la cara para probar el agua de lluvia que sabe a ella. Todo tiene el mismo sabor. La ve llegar.
– Tengo algo que decirte.
– Ay, espera, espera, a mí me pasa lo mismo, dice la mujer retirándose un mechón del flequillo empapado. Primero yo, primero yo. Da pequeños saltos sobre la punta de los pies.
– De acuerdo, de acuerdo. Lo mío puede esperar.
– ¿Te acuerdas del chico del que te hablé, del que iba por mi casa, de vez en cuando, para acompañar a su madre? El rubito y tímido. ¿Te acuerdas?
– Sí, me has hablado mucho de él. Claro que lo recuerdo.
– Me ha invitado a cenar, me ha invitado a cenar, dice casi gritando, alargando mucho la última sílaba, moviendo los pies sobre el terreno rápidamente, con los puños cerrados arriba y abajo, riendo.
– Eso es estupendo, contesta, abre los brazos y la recibe con un abrazo.
Le pide que vayan juntos hasta su casa, que le ayude a elegir la ropa. Insinuante, pero sin exageraciones.
Dos horas después se despiden. Va a llegar. No quiero que piense cosas raras, dice la mujer. Suerte, dice el hombre.
Cuando llega a su casa, se sienta en el sofá. Palpa el bolsillo de la americana. Le encantaría pensar que la forma más bonita de decir lo que quería ha sido tal y como ha hecho. Amar es eso. Generosidad. Le encantaría pensar eso.
Se levanta. Saca la pequeña caja. La tira al suelo y la pisotea. Patea la mesa que tiene a la derecha. Grita. Jura que eso no quedará así, que esa tía se puede ir a jugar con su puta madre, pero que con él no, que es una persona como otra cualquiera, con sentimientos. Le gustaría arrancarse la ropa tirando, haciendo jirones lo que lleva puesto. Va hasta la cocina. Una cerveza fría. Menuda hija de puta, piensa un instante antes de dormir.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


feb 18 2010

El primer mueble

Cada tarde, a la misma hora, se sientan en el sofá. Hoy suman seis mil doscientos cinco días.
La sala es grande. Ni un solo mueble más. Sólo el sofá en medio de los doscientos metros cuadrados.
Él pega la espalda con fuerza al respaldo hasta que encuentra la postura perfecta. Estira las piernas y espera a que llegue su esposa. Sabe que se tumbará encogiendo un poco las piernas, con la cabeza sobre él, mirando a la misma pared ambos. Primero silencio. Un par de minutos mirando cada detalle de las paredes, de los marcos de las ventanas.
– ¿Por qué no hemos cambiado el sofá? Es demasiado pequeño para una habitación tan grande. Deberíamos haber amueblado esta sala.
– Si quieres lo podemos hacer mañana mismo, dice él echando la cabeza hacia atrás.
– Eso lo decimos todos los días. Pero nos termina dando pena. Es nuestro primer mueble. Hablemos de otra cosa.
Hacen planes. Nunca han dejado de hacerlos. Mañana por la tarde, la próxima Nochevieja, las vacaciones de verano, cuando llegue la jubilación, incluso cuando uno de los dos falte.
Ella se levanta para ir al lavabo. Él pasa la mano por encima de la piel del mueble. El tacto es suave. Acerca la cabeza para poder oler donde ella estaba tumbada. Se levanta y cambia los cojines. Uno por otro. Ella regresa. Se para un instante en la puerta. Recuerda la primera vez que le vio allí sentado. Exacto.
– ¿Qué piensas?, pregunta el hombre.
– Que no hacen falta más muebles. Por cierto, me han comentado que las obras de rehabilitación del Gran Teatro acabarán en tres años y medio. ¿Me acompañarás a la inauguración? Estrenan una cosa de Beckett.
– Por supuesto.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


Celtas Cortos – La senda del tiempo

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ene 26 2010

Servilletas de papel

Martes. Antes de cenar. Ella cocina. Él sentado sobre la encimera abre su cartera.
– ¿Qué haces, cariño?
– Nada, nada. Estaba mirando estos papeles. Quiero hacer limpieza.
– No rompas nada que luego eches de menos.
No contesta. Lee con atención. Una servilleta de papel arrugada. Aparta la vista y la fija en algún punto del alicatado. Aún puede escuchar el bullicio de la cafetería. Algo debería cambiar el rumbo de su vida, nadie puede dejar que el destino sea caprichoso sin intentar que cambien mínimamente las cosas. La inercia es mala compañía. Pensaba. Ahora se recuerda intentando evitar una vida contada tantas veces por otros en la barra de un bar. Entre risas y cabezas asintiendo de los amigos. Anotó una frase. La que cambiaría las cosas porque sería capaz de hacer lo que fuera necesario, no le faltaría valor. Aún puede escuchar el bullicio de la cafetería. Y nunca fue. Y nunca sería.
– ¿En qué piensas? Parece que has visto al mismísimo diablo.
– En que odio las servilletas de papel.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

ene 25 2010

En el bote

Llueve. El agua cae despacio, sin violencia alguna. Conduce despacio. Desde el semáforo en el que ha tenido que detenerse puede verla. Bajo el paraguas. Arranca de nuevo. Cuando está a su altura baja la ventanilla.
– ¿Te llevo?
– No, preferiría tener que aguantar el diluvio universal.
Eleva el volumen. Baja del coche. En mangas de camisa. Los conductores que esperan comienzan a impacientarse. Alguno hace sonar el claxon.
– Entonces tendremos que bailar, amor.
– Si me pones la mano encima será lo último que hagas.
Agarra el paraguas y tira hasta que ella lo suelta. ¿Puede sujetarlo un momento, señora? Pues claro, hijo. Los hombros empapados, las gotas corriendo por la frente. El brazo izquierdo por la espalda. A media altura. Con la mano puede tocar el cuello de su gabardina. La mano izquierda coge la derecha de ella quedando entre los dos. Bailan. Ella se mantiene seria.
– Ya nos veremos, dice él justo antes de entrar en el coche.
Dos o tres mujeres salen del suyo, algún hombre también. Le gritan que cómo se le ocurre, que no sea tonta. La mujer que sujeta el paraguas espera con la boca entreabierta, los ojos muy abiertos. Con un movimiento rápido cierra el paraguas. Ella se mantiene erguida, el pelo mojado se le pega al rostro, las manos en las caderas.
Arranca. Le dice adiós con la mano derecha y acelera.
– Pero hija, ¿por qué no te has ido con él?
– Ahora es cuando ya le tengo en el bote. Gracias, señora.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano