ene 23 2007

Alguna chapuza por el camino

Los jovencitos leen un poema que les gusta, que les hace removerse y, un instante después, lo copian en la agenda para no olvidarlo, escriben en el cuaderno de la chica que pretenden algún verso suelto que le conmocione, aprenden de memoria palabra a palabra. Eso los que andan enamorados. Los que, además, pretenden dedicarse a escribir, esos, intentan escribir algo parecido.
Recuerdo que siendo un chaval llego a mis manos un poemario de Neruda. No sabía nada del autor hasta ese momento (afortunadamente lo he olvidado casi todo). Me gustó tanto que decidí escribir como él. Tanto fue así que, al terminar mi primer poema, descubrí que era igual que el de Neruda. Dos o tres cosas mías que destrozaban la métrica y el tono eran la diferencia. Creía estar escribiendo como el que me parecía poeta de poetas cuando lo que hacía era plagiar con descaro. No fue la única vez que me pasó. Aprendí con el tiempo que es saludable hacer esas cosas y es algo que recomiendo a todo el que empieza a escribir.
No pasa nada por querer escribir igual que lo hacen los grandes. Es más, sería una auténtica bendición que muchos escribieran como lo han logrado tan pocos. Del mismo modo que un fontanero enseña al aprendiz la forma de cambiar una conducción de agua, el joven escritor debe fijarse en cómo un autor maneja los elementos técnicos en la narración para crear un clima determinado, para diseñar un escenario o para dibujar con coherencia el perfil de un personaje. El joven fontanero reparará esa cañería del mismo modo que su maestro, el aprendiz de escritor llegará a crear un estilo propio después de imitar medio millón de veces a sus autores favoritos. Ambos dejarán alguna chapuza por el camino, ambos tendrán que trabajar en vano para estropear más de lo que estaba el bote sifónico o el relato, pero conseguirán lo que quieren tarde o temprano.
Además es absurdo negar algo tan evidente como que ya está todo escrito. Los diez o doce temas fundamentales en literatura se repiten desde Homero. Quizás fue ese poeta el que planteo todos ellos en sus obras. Los escritores damos vueltas y más vueltas a lo mismo. La gracia es que, de vez en cuando, aparece un autor capaz de ejercer una mirada desde un lugar sin explotar hasta ese momento, desde el ángulo que nadie quiso pisar por imposible, arriesgado o colosal.
Para ser escritor hay que tener cosas que decir, un lugar en el que sentarse para mirar, poco miedo a sí mismo y la convicción de que hay que saberlo todo de este mundo. Si un escritor no lo tiene claro está perdido. Con esto último quiero decir que, por ejemplo, es obligado saber que un coche puede circular porque tiene motor, que ese motor funciona gracias al combustible o que existen los inyectores. No hay que entender de mecánica en profundidad. Eso es innecesario casi siempre salvo para los mecánicos. Pero que existe el automóvil, que funciona por esto y por aquello, eso si es útil para cualquiera que se acerca a la escritura. Nunca sabes si un buen día uno de tus personajes viajará en coche y se quedará tirado en la cuneta de la carretera porque el coche no funciona. Si, además, su compañero de viaje es un asesino en serie, convendrá que sepa algo de mecánica para librarse de una muerte segura. Y nosotros, de paso, no nos quedaremos sin personaje antes de tiempo.
He pensado en todo esto por algo que me ocurrió ayer. Una anécdota. Alguien publicó uno de mis textos en su blog. Y tomó prestadas algunas frases de otro de mis artículos para hablar de la muerte. Le dejé un mensaje felicitándole por la página. Y lo hice con sinceridad. Me parece un ejercicio estupendo agarrar un puñado de frases de otro para decir lo que uno quiere. Aunque si yo estuviera en su lugar intentaría hacer eso mismo con Joyce porque a mayor dificultad mayor recompensa. Yo ya lo hice en su momento y es mejor.


ene 21 2007

Nada de narices

Trabajar es cosa de narices. Unos se tocan las propias, otros manosean sin pudor las del prójimo, además de batallones de aventajados que retuercen, golpean y maltratan pituitarias ajenas mientras acarician su forma de escaqueo. Trabajar es cosa de narices. O de huevos. Si lo prefieren de pelotas. Cualquier parte del cuerpo humano susceptible de ser tocada con insistencia puede servir. Cosa de pies, de orejas, de barriga. Lo mismo da. El caso es que hacer las cosas por narices no puede ser sano.Me he encontrado con muchos que, por ejemplo, quisieron escribir un relato por pelotas. Y se deprimieron. Levantarse y, media hora después, encontrarse pegando sellos se puede hacer sabiendo que, a final de mes, algunos euros recibirás a cambio. Pero hay cosas que no. De ninguna manera. Hay trabajos y trabajos. En realidad, hay dos tipos. Los que haces obligado o por huevos y los que quieres hacer libremente para poder prescindir de los primeros y sentirte realizado.La persona que se levanta a las seis de la mañana, se ducha, toma un café preguntándose sobre qué coño es todo esto, coge un autobús lleno de personas que se están preguntando por qué coño van metidos en ese trasto, entra en una oficina que le parece un campo de concentración hasta los topes de gente aburrida de su vida laboral, se sienta durante ocho horas para hacer el paripé sin atender a un sujeto que le intenta convencer de que la empresa es su vida, se levanta de la silla para meterse en otro autobús que le lleva a su casita, esa persona, digo, busca nervioso otra forma de vida. Y está de moda que quiera tocar un instrumento musical, pinte cuadros o dedique sus esfuerzos a escribir textos patéticos que enseña a diestro y siniestro con el único fin de escuchar que tiene una posibilidad de triunfo. Si lo ha conseguido Faulkner que era un pinta tú también lo puedes llegar a alcanzar, le dicen los que le quieren.Lo intenta, no lo consigue, se deprime y alguien (que le quiere menos) le chiva que Faulkner era un pinta, que bebía más de la cuenta y que su vida era un desastre, pero que era un genio. Intenta buscar una salida y se encuentra con que ha fabricado un callejón corto, sin salida, que le lleva al mismo autobús que el día anterior, pero con un poco más de déficit en la autoestima.Todo el mundo parece querer ser escritor por narices, cualquiera se cree en condiciones de conseguirlo con un par de cojones. Eso o cantante de éxito que sólo tiene que superar una prueba estúpida delante de una cámara y, luego, dedicarse a cantar horteradas los domingos por la noche mientras cientos de jovencitos envían mensajes de texto para votar por su futuro. O pintor. Porque dibujar una raya roja en un lienzo y titular la obra “Porvenir” es gratis y entre los amigos suele causar furor.Hacer las cosas por narices no puede ser sano. Hacerlas porque sí tampoco. Y hacerlas para ser otro, de la noche a la mañana, es una idiotez. Ni siquiera Faulkner siendo un genio se libró de ser él mismo. Él y lo que le había tocado en suerte durante el reparto de miserias.Sospecho que es mejor intentar hacer lo que toque y lo mejor que se pueda. Incluso lo que se realiza bajo la presión de las pelotas de otro, incluso eso, puede aportar un cierto grado de satisfacción. Ya que no cabe otro remedio, es mejor intentar regresar a casa contento, razonablemente satisfecho. Siendo el mismo que madrugó desganado, sin querer dar un golpe de timón para el que hacen falta conocimientos y un buen periodo de formación. Las cosas no pasan por huevos, nos pongamos como nos pongamos.Levantarse sin saber lo que es un pentagrama y acostarse siendo un virtuoso del violín sólo pasa en las películas.Además, parece que los artistas lo hacen todo bien, que el que escribe se acuesta contento y feliz por serlo, que un músico no tiene un maldito problema en la vida o que el pintor se dedica a disfrutar del mundo sin pensar en otra cosa que no sea el arte y la maravilla que es crear. Y no. Más de uno llora cada noche pensando en una mesa llena de sobres que tienen que ser franqueados de ocho a tres, en una llave inglesa o en un serrucho. Y casi todos se meten en la cama sabiendo que lo que han hecho durante el día no sirve para nada. En el arte los huevos, las narices o las pelotas están de más. Y los artistas viajan en metro, tienen facturas sin pagar, les obligan a esto o a aquello en la editorial y se preguntan qué coño es esto de vivir. Que lo sé yo. Y no es sano.