sep 18 2011

La medida del amor

Piensen en este diálogo.
- Lo que necesito de ti es que me quieras.
- Lo que yo quiero de ti es que me dejes quererte.
Nos pasamos la vida demandando amor. Nos pasamos la vida arrastrando una queja, tal vez una excusa. Ni sabemos querer, ni sabemos dejarnos amar. Seguimos manejando el amor como cosa de dos cuando, en realidad, es cosa individual. Nadie quiere a otro de la misma manera que ese otro lo hace, ni en el mismo tiempo, ni con la misma fuerza o desgana. Pedimos a voces que lo nuestro sea un espejo en las cosas del amor. Algo que no puede ser. Cada cual ama como puede, como le dejan. Cada cual deja de amar en un momento justo que nunca coincide con el del otro.
El amor no consiste en dominar el arte del trueque. Porque el amor es gratis. Rechazarlo también. El amor no llena recipientes iguales. Mientras unos intentan colmar tinajas, otros lo llevan entre las yemas de los dedos. El amor es cosa de uno mismo.
Amar se hace en silencio. Sin una romana en la mano. Asumiendo que eso tiene un precio muy elevado que ha de pagar cada uno. Una moneda de felicidad que suele ser única y que, una vez perdida, es difícil de recuperar.


feb 10 2011

Urna de cristal

La única forma de hacer del mundo algo mío es confundirme con él. Esto es lo pensaba cuando tenía veinte años.
Por aquel entonces ni siquiera fumaba. Como todos, creía que era inmortal. Esa idea desaparece cuando las cosas te maltratan por primera vez. Cuando descubres que no se puede esquivar según qué cosas. Como todos pensaba que, antes o después, nadie podría resistir la tentación de postrarse ante mi cetro. Como todos, miraba el mundo desde cerca, como si fuera un inmenso terrario.
La única forma de hacer del mundo algo mío es confundirme con él. Entrar en esa exposición colosal sin saber que no hay salida de emergencia, ni puerta de atrás. Confundirse se convierte en desaparecer, para siempre. Aunque eso lo sabré pasados un buen montón de años.
Hoy miro desde el otro lado del cristal, siendo quien quise ser; tranquilo y agradecido con muchos; sintiendo un enorme desprecio por otros y, sobre todo, por lo material.
Me detengo un momento para observar. Todo parece estar en el lugar correcto. Y me resigno al pensar que no hay posible elección, ni para mí ni para nadie, que sólo se trata de aprovechar bien lo que encuentras dentro de la urna.
Me han dejado solo en casa. Será una hora. Más o menos. No recuerdo cuando fue la última vez que pasó. Y fumo para mirar el dibujo del humo suspendido en el aire. Caprichoso. Siempre me gustó mirar las formas. Tal vez tome una copa antes de dormir. Pero sólo tal vez. Dentro de la urna nunca se sabe qué es lo que puede suceder.


ene 13 2011

Maus

Supe que había superado la muerte de mi padre y de mi hermano Antonio el día que me atreví a recordar las cosas que no me gustaban de ellos. Lo supe porque fui capaz de recordar y decir.
Parece que la ausencia impide que podamos expresar. Es como si faltáramos el respeto de forma grotesca al muerto cuando, en realidad, lo que hacemos es seguir pensando lo mismo que antes de la falta. Sabíamos qué cosas no nos gustaban. Y seguimos teniéndolas muy claras. Y muy ocultas. Es parte de lo absurdo que tiene la muerte. Nos hace enanos, miedosos.
Un escritor ha de tener muy claro que, a través del relato, pone en juego gran parte de lo que es, de sí mismo. Es verdad que la ficción maquilla mucho todo lo que de autobiográfico pueda tener una novela, pero el autor conoce perfectamente donde ha dejado la parte que arriesga. Al escribir, aparecen las experiencias que dejaron buen poso y las que fueron o están siendo horribles. Todas. Y para eso hay que estar preparado.
Sin riesgo no puede haber literatura. La falta de libertad al escribir es la ruina de cualquiera que quiera hacerlo.
Un excelente ejemplo de todo esto se encuentra en la novela gráfica “Maus” de Art Spiegelman.
Con el holocausto judío de fondo (no deja de ser un vehículo narrativo y mucho menos importante de lo que puede parecer), Spiegelman habla de la relación de un padre con su hijo, de cómo puede odiar ese hijo a la vez que adora a su padre, de cómo el peso de una narración puede hacer que te difumines llegando a tener problemas mentales graves, de la intención de un autor y de cómo recibe el mensaje el lector, de los fantasmas familiares, del suicidio, de la muerte, de los tópicos que existen aunque lo sean y, sobre todo, de cómo puede escribir un hombre sabiendo que aquello sucedió y de las consecuencias que tendrá en su entorno.
Nadie que quiera dedicarse a la escritura debería prescindir de esta lectura. Nadie que quiera dedicarse a la escritura debería negar ni un ápice de su existencia. Porque es, de eso y no de otra cosa, de lo que se trata.

Calificación: Imprescindible

Tipo de lector: Cualquiera con un mínimo de sensibilidad.

Tipo de lectura: Ligera.

Engancha desde el principio.

No sobra ni una sola viñeta.

Argumento: Aparentemente sencillo aunque conviene prestar atención. La cosa no va de nazis y judíos. Es mucho más.

Personajes: Muy bien perfilados.

¿Dónde puede leerse?: La nueva edición es pesada y difícil de llevar, por ejemplo, en el bolso. Mejor en casa disfrutando de cada detalle de las ilustraciones.


miles davisthis is jazz


may 17 2010

T. El Superhéroe (1)

T. es un superhéroe moderno. Aunque sólo él lo sabe.

Trabaja como los que no lo son; es padre de tres hijos normales y corrientes (uno de ellos tiende a ser un cafre); su mujer no es nada del otro mundo y la paga no le llega a final de mes casi nunca. Pero es un superhéroe. Guarda su traje (el de superhéroe) en una caja de cartón. Debajo de la cama. Y teme que un día se inunde el piso (cosa bastante probable puesto que la casa es una mierda; es la suma de cañerías de mierda, de cables de mierda y paredes de mierda). Si la inundación se produce, el traje (de superhéroe) pasará a ser una auténtica mierda.

Supo que tenía superpoderes cuando era un crío. Fue en el colegio. Nadie se percató de ello, sólo él. Quizás su profesor también, pero, era tal la manía que sentía por T., que no quiso saber nada del asunto. Incluso le castigó. Dos horas seguidas aguantando la metafísica de Aristóteles en una mano y la historia de España en la otra que por esas fechas sólo servían para golpear brutalmente a los alumnos empeñados en recordar etapas anteriores. De rodillas.

T. ocultó tan bien como le fue posible su secreto. Aunque, a veces, era inevitable hacer gala de sus poderes. Sentía un deseo irrefrenable de salvar al mundo y corría hasta su casa para vestir el traje especial y volver tan rápido como era posible. Casi siempre llegaba tarde y allí no quedaba nadie. Además, no podía adivinar dónde había un problema en ese momento. Si se lo encontraba de cara, bien, pero si el azar no le ponía en el lugar exacto, no había nada que hacer.

Intentó ejercer de superhéroe sin su traje aunque le fue imposible. Le tomaban por loco o por cualquier otra cosa que nada tenía que ver con la realidad. En una ocasión le confundieron con un espía peligroso. Y ruso. Un anacronismo indecente que le hizo sufrir una terrible depresión.

Hoy ha llegado el momento de descubrir sus facultades ante el resto del mundo. T. ha pasado largas horas preparando un plan minucioso, perfeccionista, sin fisuras. Irá a un programa de la televisión nacional. Como público. Sin que parezca otra cosa que no sea un tipo dispuesto a tragarse cuatro horas de programa a cambio de un bocadillo elástico y aparecer un segundo en pantalla sonriendo abiertamente. Se sentará donde le digan, escuchará, aplaudirá y reirá los chistes de un presentador famoso con la gracia en el mismísimo culo. Cuando el concursante esté a punto de fallar la pregunta definitiva, él, T. el superhéroe, alzará la voz. Fuerte, clara. Será cuando deje que los demás conozcan que un superhéroe vive entre ellos, que siempre podrán acudir a él, que aún hay esperanza en el mundo.

Llega el momento. Última ronda de preguntas. Va a fallar, piensa. Llega el momento.

Se pone en pie. Se despoja del chándal. Debajo un traje de chaqueta. Impecable. Gris marengo. Corbata rosada y camisa blanca. Gemelos de plata. Los zapatos que lucían ridículos en un hombre vestido con chándal, brillan lustrosos. Alto, todo el mundo quieto, grita levantando las manos. El presentador se gira extrañado. El regidor hace aspavientos para que T. se siente y guarde silencio. Conozco la respuesta, la sé, esta pregunta es de pensar y yo lo hago de maravilla. Soy un librepensador. El personal de seguridad llega a la carrera. Cachiporras en las manos. Le están liando, amigo concursante, grita y es lo último que se oye porque las cachiporras suben y bajan a velocidad de vértigo. Es posible que en treinta segundos le hayan golpeado un centenar de veces.

El presentador enarca las cejas miando a la cámara. Unos lanzan rayos gamma, otros agua a presión y otros dicen poder pensar. Así son los espías rusos. Sigamos, queridos amigos. Hagamos un mundo mejor.

T. es trasladado a su domicilio donde su mujer, completamente avergonzada, le recibe fingiendo una histeria del montón cuando, en realidad, ha enloquecido por completo. Su hijo, el de la tendencia a ser cafre, le insulta gravemente. Espía, asqueroso, soviético de los cojones, grita tan alto como puede.

T. calcula que su depresión ya no tendrá fin. Se mete en la cama, cierra los ojos y procura dejar la mente en blanco.

© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


oct 4 2009

Tostón

Los visillos se encienden y la luz se alarga oblicua. Gimena juega a ser mayor. Riñe a los hermanos que no le hacen caso. Insiste, una y otra vez, cruzando los brazos y golpeando con el pie la madera del suelo. La luz parece tumbarse en el aire esperando clavarse en algún niño que cruce la habitación. Venga, haced caso a la hermana porque, al final, terminará llorando, les digo. Nada. Opto por ser el más obediente. Me dice que hay que colocar sus cacharritos en las cajas. Los platos apilados a un lado, los cubiertos colocados uno tras otro respetando color y forma, de vez en cuando me ofrece té o café que bebo con gusto, casi como si fuera verdadero. Mientras, pienso.
Ayer, después de invadir la casa de nuestra buena amiga Loles, comer de maravilla y mantener una estupenda sobremesa, decidimos ir al cine. Gonzalo, dos de sus amigos, Guillermo y yo mismo. Los cinco estábamos deseando ver la segunda parte de Rec. Una tonelada de palomitas, los refrescos más grandes que encontramos, móviles en modo silencio.
Me sorprendió que el público fuera muy joven, que entraran riendo a carcajadas y que lo hicieran en grupos de diez o doce personas. Pensé que ya se les pasaría la risa nerviosa del que se enfrenta al terror aún siendo mentiroso. La sala estaba a medio llenar. Otra sorpresa. Dos parejas en la fila delantera hablaban sin parar. Temía que continuasen haciéndolo durante la proyección. Y fue así.
La película resultó ser un auténtico tostón. Un desastre narrativo. Bastante lógico cuando el director se intenta imitar a sí mismo. Cualquier cosa que sucediera terminaba con un personaje corriendo hacia otro. El primero con sus ojitos rojos intentando morder al otro que gritaba como un conejo. O con un susto provocado por uno de esos personajes de ojos rojos que aparecían de los lugares más improbables. De verdad que no se me ocurre nada más que decir sobre la película. Esta segunda parte es infinitamente peor que la primera.
Mientras me aburría de lo lindo, los cuatro catetos de la fila delantera seguían a lo suyo. Los jovencitos que medio llenaban la sala aplaudían un tiro entre ceja y ceja que hacía estallar la cabeza de un personaje de ojos rojos. Gritaban sin ton ni son fingiendo miedo. Es decir, se lo pasaron bomba. Ni me preocupé de pedir silencio. Yo, mis palomitas y el refresco éramos uno. Aburrido y deseando salir pitando de allí, pero uno.
Hemos terminado de colocar el ajuar de Gimena. Esta muy contenta. Y comienza a destrozar todo. Lo que estaba ordenado se convierte en un desastre. Hemos estado varios minutos colocando con mimo cada juguete y, en un instante, el esfuerzo se difumina entre la luz que entra por la ventana. Gimena es como el director de la película de ayer. Ha logrado que sus hermanos, entre risas, colaboren en un destrozo que no tiene ni pies ni cabeza. La única diferencia que alcanzo a ver es que el cine estaba a oscuras y aquí la luz es intensa.