sep 18 2011

La medida del amor

Piensen en este diálogo.
– Lo que necesito de ti es que me quieras.
– Lo que yo quiero de ti es que me dejes quererte.
Nos pasamos la vida demandando amor. Nos pasamos la vida arrastrando una queja, tal vez una excusa. Ni sabemos querer, ni sabemos dejarnos amar. Seguimos manejando el amor como cosa de dos cuando, en realidad, es cosa individual. Nadie quiere a otro de la misma manera que ese otro lo hace, ni en el mismo tiempo, ni con la misma fuerza o desgana. Pedimos a voces que lo nuestro sea un espejo en las cosas del amor. Algo que no puede ser. Cada cual ama como puede, como le dejan. Cada cual deja de amar en un momento justo que nunca coincide con el del otro.
El amor no consiste en dominar el arte del trueque. Porque el amor es gratis. Rechazarlo también. El amor no llena recipientes iguales. Mientras unos intentan colmar tinajas, otros lo llevan entre las yemas de los dedos. El amor es cosa de uno mismo.
Amar se hace en silencio. Sin una romana en la mano. Asumiendo que eso tiene un precio muy elevado que ha de pagar cada uno. Una moneda de felicidad que suele ser única y que, una vez perdida, es difícil de recuperar.


feb 10 2011

Urna de cristal

La única forma de hacer del mundo algo mío es confundirme con él. Esto es lo pensaba cuando tenía veinte años.
Por aquel entonces ni siquiera fumaba. Como todos, creía que era inmortal. Esa idea desaparece cuando las cosas te maltratan por primera vez. Cuando descubres que no se puede esquivar según qué cosas. Como todos pensaba que, antes o después, nadie podría resistir la tentación de postrarse ante mi cetro. Como todos, miraba el mundo desde cerca, como si fuera un inmenso terrario.
La única forma de hacer del mundo algo mío es confundirme con él. Entrar en esa exposición colosal sin saber que no hay salida de emergencia, ni puerta de atrás. Confundirse se convierte en desaparecer, para siempre. Aunque eso lo sabré pasados un buen montón de años.
Hoy miro desde el otro lado del cristal, siendo quien quise ser; tranquilo y agradecido con muchos; sintiendo un enorme desprecio por otros y, sobre todo, por lo material.
Me detengo un momento para observar. Todo parece estar en el lugar correcto. Y me resigno al pensar que no hay posible elección, ni para mí ni para nadie, que sólo se trata de aprovechar bien lo que encuentras dentro de la urna.
Me han dejado solo en casa. Será una hora. Más o menos. No recuerdo cuando fue la última vez que pasó. Y fumo para mirar el dibujo del humo suspendido en el aire. Caprichoso. Siempre me gustó mirar las formas. Tal vez tome una copa antes de dormir. Pero sólo tal vez. Dentro de la urna nunca se sabe qué es lo que puede suceder.


ene 13 2011

Maus

Supe que había superado la muerte de mi padre y de mi hermano Antonio el día que me atreví a recordar las cosas que no me gustaban de ellos. Lo supe porque fui capaz de recordar y decir.
Parece que la ausencia impide que podamos expresar. Es como si faltáramos el respeto de forma grotesca al muerto cuando, en realidad, lo que hacemos es seguir pensando lo mismo que antes de la falta. Sabíamos qué cosas no nos gustaban. Y seguimos teniéndolas muy claras. Y muy ocultas. Es parte de lo absurdo que tiene la muerte. Nos hace enanos, miedosos.
Un escritor ha de tener muy claro que, a través del relato, pone en juego gran parte de lo que es, de sí mismo. Es verdad que la ficción maquilla mucho todo lo que de autobiográfico pueda tener una novela, pero el autor conoce perfectamente donde ha dejado la parte que arriesga. Al escribir, aparecen las experiencias que dejaron buen poso y las que fueron o están siendo horribles. Todas. Y para eso hay que estar preparado.
Sin riesgo no puede haber literatura. La falta de libertad al escribir es la ruina de cualquiera que quiera hacerlo.
Un excelente ejemplo de todo esto se encuentra en la novela gráfica “Maus” de Art Spiegelman.
Con el holocausto judío de fondo (no deja de ser un vehículo narrativo y mucho menos importante de lo que puede parecer), Spiegelman habla de la relación de un padre con su hijo, de cómo puede odiar ese hijo a la vez que adora a su padre, de cómo el peso de una narración puede hacer que te difumines llegando a tener problemas mentales graves, de la intención de un autor y de cómo recibe el mensaje el lector, de los fantasmas familiares, del suicidio, de la muerte, de los tópicos que existen aunque lo sean y, sobre todo, de cómo puede escribir un hombre sabiendo que aquello sucedió y de las consecuencias que tendrá en su entorno.
Nadie que quiera dedicarse a la escritura debería prescindir de esta lectura. Nadie que quiera dedicarse a la escritura debería negar ni un ápice de su existencia. Porque es, de eso y no de otra cosa, de lo que se trata.

Calificación: Imprescindible

Tipo de lector: Cualquiera con un mínimo de sensibilidad.

Tipo de lectura: Ligera.

Engancha desde el principio.

No sobra ni una sola viñeta.

Argumento: Aparentemente sencillo aunque conviene prestar atención. La cosa no va de nazis y judíos. Es mucho más.

Personajes: Muy bien perfilados.

¿Dónde puede leerse?: La nueva edición es pesada y difícil de llevar, por ejemplo, en el bolso. Mejor en casa disfrutando de cada detalle de las ilustraciones.


miles davisthis is jazz


may 17 2010

T. El Superhéroe (1)

T. es un superhéroe moderno. Aunque sólo él lo sabe.

Trabaja como los que no lo son; es padre de tres hijos normales y corrientes (uno de ellos tiende a ser un cafre); su mujer no es nada del otro mundo y la paga no le llega a final de mes casi nunca. Pero es un superhéroe. Guarda su traje (el de superhéroe) en una caja de cartón. Debajo de la cama. Y teme que un día se inunde el piso (cosa bastante probable puesto que la casa es una mierda; es la suma de cañerías de mierda, de cables de mierda y paredes de mierda). Si la inundación se produce, el traje (de superhéroe) pasará a ser una auténtica mierda.

Supo que tenía superpoderes cuando era un crío. Fue en el colegio. Nadie se percató de ello, sólo él. Quizás su profesor también, pero, era tal la manía que sentía por T., que no quiso saber nada del asunto. Incluso le castigó. Dos horas seguidas aguantando la metafísica de Aristóteles en una mano y la historia de España en la otra que por esas fechas sólo servían para golpear brutalmente a los alumnos empeñados en recordar etapas anteriores. De rodillas.

T. ocultó tan bien como le fue posible su secreto. Aunque, a veces, era inevitable hacer gala de sus poderes. Sentía un deseo irrefrenable de salvar al mundo y corría hasta su casa para vestir el traje especial y volver tan rápido como era posible. Casi siempre llegaba tarde y allí no quedaba nadie. Además, no podía adivinar dónde había un problema en ese momento. Si se lo encontraba de cara, bien, pero si el azar no le ponía en el lugar exacto, no había nada que hacer.

Intentó ejercer de superhéroe sin su traje aunque le fue imposible. Le tomaban por loco o por cualquier otra cosa que nada tenía que ver con la realidad. En una ocasión le confundieron con un espía peligroso. Y ruso. Un anacronismo indecente que le hizo sufrir una terrible depresión.

Hoy ha llegado el momento de descubrir sus facultades ante el resto del mundo. T. ha pasado largas horas preparando un plan minucioso, perfeccionista, sin fisuras. Irá a un programa de la televisión nacional. Como público. Sin que parezca otra cosa que no sea un tipo dispuesto a tragarse cuatro horas de programa a cambio de un bocadillo elástico y aparecer un segundo en pantalla sonriendo abiertamente. Se sentará donde le digan, escuchará, aplaudirá y reirá los chistes de un presentador famoso con la gracia en el mismísimo culo. Cuando el concursante esté a punto de fallar la pregunta definitiva, él, T. el superhéroe, alzará la voz. Fuerte, clara. Será cuando deje que los demás conozcan que un superhéroe vive entre ellos, que siempre podrán acudir a él, que aún hay esperanza en el mundo.

Llega el momento. Última ronda de preguntas. Va a fallar, piensa. Llega el momento.

Se pone en pie. Se despoja del chándal. Debajo un traje de chaqueta. Impecable. Gris marengo. Corbata rosada y camisa blanca. Gemelos de plata. Los zapatos que lucían ridículos en un hombre vestido con chándal, brillan lustrosos. Alto, todo el mundo quieto, grita levantando las manos. El presentador se gira extrañado. El regidor hace aspavientos para que T. se siente y guarde silencio. Conozco la respuesta, la sé, esta pregunta es de pensar y yo lo hago de maravilla. Soy un librepensador. El personal de seguridad llega a la carrera. Cachiporras en las manos. Le están liando, amigo concursante, grita y es lo último que se oye porque las cachiporras suben y bajan a velocidad de vértigo. Es posible que en treinta segundos le hayan golpeado un centenar de veces.

El presentador enarca las cejas miando a la cámara. Unos lanzan rayos gamma, otros agua a presión y otros dicen poder pensar. Así son los espías rusos. Sigamos, queridos amigos. Hagamos un mundo mejor.

T. es trasladado a su domicilio donde su mujer, completamente avergonzada, le recibe fingiendo una histeria del montón cuando, en realidad, ha enloquecido por completo. Su hijo, el de la tendencia a ser cafre, le insulta gravemente. Espía, asqueroso, soviético de los cojones, grita tan alto como puede.

T. calcula que su depresión ya no tendrá fin. Se mete en la cama, cierra los ojos y procura dejar la mente en blanco.

© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


oct 4 2009

Tostón

Los visillos se encienden y la luz se alarga oblicua. Gimena juega a ser mayor. Riñe a los hermanos que no le hacen caso. Insiste, una y otra vez, cruzando los brazos y golpeando con el pie la madera del suelo. La luz parece tumbarse en el aire esperando clavarse en algún niño que cruce la habitación. Venga, haced caso a la hermana porque, al final, terminará llorando, les digo. Nada. Opto por ser el más obediente. Me dice que hay que colocar sus cacharritos en las cajas. Los platos apilados a un lado, los cubiertos colocados uno tras otro respetando color y forma, de vez en cuando me ofrece té o café que bebo con gusto, casi como si fuera verdadero. Mientras, pienso.
Ayer, después de invadir la casa de nuestra buena amiga Loles, comer de maravilla y mantener una estupenda sobremesa, decidimos ir al cine. Gonzalo, dos de sus amigos, Guillermo y yo mismo. Los cinco estábamos deseando ver la segunda parte de Rec. Una tonelada de palomitas, los refrescos más grandes que encontramos, móviles en modo silencio.
Me sorprendió que el público fuera muy joven, que entraran riendo a carcajadas y que lo hicieran en grupos de diez o doce personas. Pensé que ya se les pasaría la risa nerviosa del que se enfrenta al terror aún siendo mentiroso. La sala estaba a medio llenar. Otra sorpresa. Dos parejas en la fila delantera hablaban sin parar. Temía que continuasen haciéndolo durante la proyección. Y fue así.
La película resultó ser un auténtico tostón. Un desastre narrativo. Bastante lógico cuando el director se intenta imitar a sí mismo. Cualquier cosa que sucediera terminaba con un personaje corriendo hacia otro. El primero con sus ojitos rojos intentando morder al otro que gritaba como un conejo. O con un susto provocado por uno de esos personajes de ojos rojos que aparecían de los lugares más improbables. De verdad que no se me ocurre nada más que decir sobre la película. Esta segunda parte es infinitamente peor que la primera.
Mientras me aburría de lo lindo, los cuatro catetos de la fila delantera seguían a lo suyo. Los jovencitos que medio llenaban la sala aplaudían un tiro entre ceja y ceja que hacía estallar la cabeza de un personaje de ojos rojos. Gritaban sin ton ni son fingiendo miedo. Es decir, se lo pasaron bomba. Ni me preocupé de pedir silencio. Yo, mis palomitas y el refresco éramos uno. Aburrido y deseando salir pitando de allí, pero uno.
Hemos terminado de colocar el ajuar de Gimena. Esta muy contenta. Y comienza a destrozar todo. Lo que estaba ordenado se convierte en un desastre. Hemos estado varios minutos colocando con mimo cada juguete y, en un instante, el esfuerzo se difumina entre la luz que entra por la ventana. Gimena es como el director de la película de ayer. Ha logrado que sus hermanos, entre risas, colaboren en un destrozo que no tiene ni pies ni cabeza. La única diferencia que alcanzo a ver es que el cine estaba a oscuras y aquí la luz es intensa.


may 22 2007

My name is Huete

Hoy hablaba con Juan (mi nuevo compañero de trabajo) de nuestros días en el colegio. Mientras esperábamos a que nos sirvieran el café en el bar donde lo tomamos cada mañana recordábamos las clases de música. Qué cosa tan graciosa. La flauta, la maldita flauta. Aquello era imposible. Notas que se elevaban sin ton ni son, los agujeros mal tapados que convertían la partitura en una cosa extraña y horrenda. Los ensayos en casa o antes de comenzar la clase. Pero lo mejor, lo que nos ha provocado un pequeño ataque de risa, eran los exámenes. Uno iba esperando su turno escuchando como fracasaba el noventa por ciento de la clase. Los malos te hacían gracia porque inventaban cualquier cosa e incluso alguno pasaba al echarle cara, los normales pasaban las de Caín y los más listos fallaban como el resto. Estos pedían una segunda oportunidad por los nervios, casi llorando. Al mismo tiempo, el aula se convertía en una juerga oculta por los puños que mordía el más pintado para evitar una carcajada. Aquello era imposible.
La flauta y soplar con disparates. Uno que no sabía ni dónde tenía la mano izquierda se ponía a tu lado al escuchar una falsa promesa. Huete, Huete, siéntate a mi lado que lo llevo de cine. El profesor de inglés entraba y Huete, relajado como nunca, se presentaba voluntario para contestar la prueba oral de cada semana. Qué sorpresa, Huete, ya era hora de que estudiases. A ver: What are your name? Huete inclinado hacia la derecha escuchaba y repetía. I am eleven years old o My teacher is very funny. Huete salía expulsado de clase inmediatamente. Ataque de risa general.
En fin esos recuerdos que van quedando y que sólo vienen a la memoria si alguien quiere compartir un café sin hablar de negocios o del seis cero que sufrió el domingo pasado un equipo de fútbol.
Ya no valen esas cosas. Una nota que no suena como es debido te cuesta el puesto de trabajo, soplar mal a un compañero puede ser motivo de conflicto grave.
El sentido del humor desaparece cuando dependemos de nosotros mismos, de nuestro esfuerzo, del dinero que llega a final de mes. Siendo niños tienes una vida por delante que no preocupa lo más mínimo. Siendo adulto sabes que ya has dejado la mitad de la vida atrás y las preocupaciones no dejan sonreír más de la cuenta. Los años te confunden, aturden el sentido del humor y todo se arrincona frente a la caja fuerte.
¿Qué habrá sido de Huete? ¿Superaron aquellos chavales tan estudiosos su trauma musical? No lo sé. Lo gracioso es que en la memoria siguen fallando y pidiendo clemencia, riendo después del desastre. Qué gusto.


ene 25 2007

Justo antes

Cada instante se carga de pasado. Vivido como vano, vital, fugaz o intenso. Eso es lo de menos.El tiempo pasa por encima de nosotros sin que podamos ver cómo lo hace, sin pararse para que lo pensemos aunque dejando su poso en cada cual. Sólo siendo pasado, siendo nosotros, lo entendemos. El tiempo no se puede saber, ni pensar, ni siquiera disfrutar. Eso es cosa que sucede cuando se convierte en lo vivido, en eso que fue, por pequeño que pareciese entonces.Tengo el convencimiento de que el ser humano no es capaz de reflexionar sobre nada que no sea sobre sí mismo. Puede parecer que nos interesan los planetas, que nos disgusta una opción política o que necesitamos saber algo sobre las proteínas. Puede dar esa sensación. Pero todo es un disfraz. El fin último de cada pensamiento es uno mismo. Somos egoístas, no sabemos meternos en la piel de otro. Y sin embargo, somos capaces de acabar con un poco de nuestra vida cada día. Nos olvidamos de nosotros mismos, dejamos lo que somos porque un tiempo aún incomprensible no nos deja ver lo que fuimos fugazmente. A nosotros. Nos olvidamos de que ese insignificante grano de arena que cae en el reloj es cada uno que lo vivió. Nos gusta más confundirnos con grandes montañas. Nos hace sentir mejor.Lo que pudo ser y no fue nos aflige o nos alegra. Porque ya pasó. Lo que debería ser nos inquieta sabiendo que no podemos controlar un tiempo que está por llegar. Porque no ha pasado y quizás no sea jamás. Sólo nos quedan millones de instantes que fueron. El pasado. Nosotros.No podemos olvidar que somos nuestro propio tesoro. Es lo único que tenemos, lo que somos. Aunque despreciemos ese instante que nos hizo sentir vivos porque fue pasajero y pequeño. Sin querer pensar que bien podría haber sido el momento anterior a morir. Antes de desaparecer de este mundo, justo un instante antes, nos sentimos vivos. Y, siempre, justo un instante antes dejamos de ser otro para ser yo.


dic 25 2006

A puñados

Acabo de mantener el primer cambio de impresiones con la pequeña Gimena. He intentado explicarle algunas cosas (que las palomitas de maíz no se comen de una en una, ni los panchitos; que le espera una vida tan larga como difícil; que la música que escuchábamos era una maravilla y mezclaba una cosa que se llama jazz y otra que se llama flamenco, que el mundo está lleno de mestizajes enriquecedores; que estamos condenados a querernos; le he intentado explicar lo que le queda por delante). Ella se ha limitado a sonreír hasta que le ha vencido el sueño. Es lo que más envidio de los niños. Ni les va ni les viene nada de lo que ocurre.Guzmán, viendo que lo suyo corre peligro ha demandado una charla antes de dormir. Hemos repasado el día en la guardería. Una pelea entre Víctor y Lucía; canciones que ha repetido para que las pudiera escuchar su padre y el relato de su exhibición comiendo todo, todo, todo. A este no le he tenido que explicar lo de las palomitas. Pelear por ellas con sus hermanos ha sido más que suficiente para que se enterase. El joven Guzmán se está haciendo mayor antes de tiempo. Pobre.He regresado cansado. Muchas horas de carretera. He parado un par de veces para repostar. Sólo un par de veces. Mucho trabajo en casa como para perder el tiempo tomando café en un bar de carretera.Tantos kilómetros dan mucho de sí. Preguntas que se van contestando para hacer un hueco a las siguientes. Qué razón lleva a alguien a pagar para que le enseñen a escribir como le dé la gana. Por qué se confunde ser culto con haber leído media docena de libros y contarlos con gracia a otros que no han leído ni media docena de tebeos. Por qué esos mismos sujetos se empeñan en escribir frases que no entienden ni ellos para que parezca que su pensamiento es profundo. Cómo se puede ser tan imbécil y sentirse orgulloso de ello.Hace algún tiempo escribí un artículo sobre la novela “Miss Lonelyhearts”. Se publicó en una revista dedicada a la crítica literaria. Pasados unos días, el que era coordinador de la publicación me dijo que era una pena, que el artículo decía cosas muy interesantes, que la lectura que hacía de la obra era valiente y esclarecedora, pero que el artículo se entendía perfectamente. Por supuesto, ni le contesté. Es una de las gilipolleces más grandes que he tenido que soportar. Me limité a sonreír. Como la pequeña Gimena.Los kilómetros se alargan. Sobre todo en el viaje de regreso. Entre los discos que llevaba en el coche estaba el de Niño Josele, su último trabajo. Nadie debería dejar de escuchar algo así. Algo de Art Tatum, el último disco que he podido comprar de Miles Davis, la ópera Turandot de Puccini y un par de trabajos de Enrique Morente. Y mientras sonaban, uno tras otro, las respuestas llegaban a trompicones, en desorden aunque, finalmente, iban quedando en su sitio.Nunca he querido ser lo que muchos entienden por intelectual. Ni ha sido mi deseo ni me he acercado a ello sin ser consciente. Jamás he presumido de serlo. Nunca lo haré porque me parece que es cosa seria y al alcance de muy pocos. Me sentiría ridículo. No podría sentirme orgulloso haciendo el idiota de esa manera, intentando parecerlo al son de artículos rebuscados e imposibles de entender.Las palomitas se deben comer a puñaditos. Y los panchitos también. Y se dice así, sin más adornos. A veces conviene expresar la idea como si nos estuviéramos refiriendo a un niño, para que todos sepan lo que se les dice, para que puedan pensar lo que les dé la gana aunque se queden en la superficie o para que puedan sonreír (como un bebé) y dejar claro que eso ni les va ni les viene. Por muy listo que quiera parecer el que lo dice. No se debe confundir un buen uso del lenguaje con la construcción de frases imposibles. Ni la cultura con la lectura. Ni hacer lo que uno quiere con lo que es necesario hacer para hacerlo bien.Mañana viajo de nuevo. Pronto, de madrugada. Y no me detendré para tomar café en un bar de carretera. Ni al ir ni al volver. Conducir pensando al mismo tiempo agota y cuanto antes llegue a casa mejor. Aquí hay mucho que hacer.


jul 7 2006

Echarse un vistazo

Día de piscina. De cansancio absoluto. Los niños han estado en remojo durante horas. No sé cómo pueden soportar algo así. Ni cómo demonios aguanté eso mismo teniendo su edad.
El sol ha estado apretando de lo lindo. Sin ceder un instante. Terco.
Ahora en casa. Solo. Escucho “Il barbiere di Seviglia” de Rossini. No es mi ópera preferida aunque puede servir. La copia ya estaba colocada en el reproductor y no me apetecía buscar otra cosa.
He dejado de ver un partido de fútbol para escribir. Escribir y ver fútbol. Las dos cosas me gustan mucho. Pierdo poco tiempo frente al televisor salvo que retransmitan un buen partido de fútbol. O uno malo. Escribiendo y viendo dar patadas a un balón me convierto en un marmolillo.
Llevo algunos días pensando sobre lo que me gusta. Y sobre lo que detesto. No me parece mal momento para hacer recuento. Inventario. Estas cosas significan mucho al que las hace y sobre el que las arma. Pero me parece divertida la cosa. Divertida y peligrosa.
Manos a la obra.
Me gusta el fútbol, mi estilográfica y su tinta verde; escuchar a Bill Evans, a Oscar Peterson, a Miles Davis; descubrir el significado de lo que escucho o leo, mirar por la ventana para descubrir que llueve sin una sola nube en el cielo, el zumo de naranja; emocionarme con un poema sabiendo que es lo peor que se ha escrito en la historia y quedarme frío con la poesía que ha pasado o pasará a esa misma historia como una obra de arte; fingir que no entiendo una palabra si me hablan en inglés, estrenar gafas pensando que esta vez sí me las pondré cuando toque (hoy estreno. A ver cuanto dura la intención), el ganado bravo en el campo y en la plaza de toros, escuchar “Cavallería rusticana” de Mascagni (me puede, esta ópera me puede), gastar los bolígrafos, la paella. Buscar estrellas cada noche y no ver ni una (ni una) pero saber que siguen donde toca. La tranquilidad de Gonzalo. Cómo interpreta cada minuto de su vida Guillermo. La sonrisa del joven Guzmán. La bondad de Silvia. Saber que viene de camino un bebé que se llamará como su madre. Otra Silvia. Y hacer listas como esta si me da la gana.
Lo que detesto es poca cosa. Lo mismo que todo el mundo. Supongo. Me detesto a mí mismo. Sí. Nadie debe extrañarse por ello. Le pasa a cualquiera que se piense. A unos les da por hacer pesas en un gimnasio y quitarse los kilos de más. Otros se operan la nariz, compran ropa cara para disimular un poquito lo suyo o dedican la vida entera a ser algo más listos. Lo que sea. Es igual. El caso es que nos gustamos más bien poco. Nos encanta lo otro, lo de otros, pero nosotros mismos no. Muchos siglos de cristianismo a cuestas como para permitirnos un lujo semejante. El dichoso pecado. El interminable remordimiento.
No creo que nadie pueda sentirse satisfecho echándose un vistazo a la facha. Menos aún si el vistazo se dirige a la conciencia desde la propia conciencia.
Ver un noticiaro en la televisión y quedarse tan tranquilo sentadito en el sofá, no prestar atención a un mendigo o volver la cara cuando se comete una injusticia con un compañero de trabajo es lo que hacemos a diario. Y eso, a secas, no nos hace felices. Sólo parece funcionar lo de ser cristianos, ser pecadores y arrepentirnos mucho, mucho, mucho, de lo fatales que podemos llegar a ser. Pero un rato. Sólo un momento. Luego vale todo porque para eso tenemos el confesionario con su cura esperando en el interior. Somos mezquinos, crueles y, además, lo sabemos. Por eso nos caemos fatal a nosotros mismos y nos hacemos cristianos o miembros de cualquier otra religión.
El que crea que puede hacerlo que tire la primera piedra. Yo no tengo piedras a mano. Ni quiero.
Pues eso. Que no me gusto. Es que soy cristiano y a veces pienso.
Una cosa más. Olvidé anotar en la primera lista “El diccionario del diablo” de Bierce. Es de gran ayuda cuando me detesto algo más de lo recomendable.

Cristiano, s.: Que cree que el Nuevo Testamento es un libro de inspiración divina admirablemente ajustado a las necesidades espirituales de su vecino. Que sigue las enseñanzas de Cristo en tanto en cuanto no son incompatibles con una vida de pecado.
Culpable, adj.: el otro.
Uno (mismo), s.: La persona más importante del universo.

De “El Diccionario del Diablo” de Ambrose Bierce.


jun 18 2006

Maldita rodilla

Esta mañana he asistido a un concierto en la capilla del Hospital del Niño Jesús de Madrid. Interpretaban los chavales de tres escuelas de música. Salvo la contrabajista y una violinista no pasaban de veinte años ninguno de ellos. Al menos eso me ha parecido. La acústica no era la más apropiada y, además, las puertas del templo estaban abiertas para que nadie muriera de calor. Mucha interferencia desde la calle. Una pena porque los jovencitos tocaban francamente bien. Del repertorio, me quedo con el concierto para dos violas de Telemann. Las dos señoritas que lo tocaron tienen talento y gastan entusiasmo sin reparos.
Guzmán aguantó más de quince minutos sentado en su sillita. Embobado. Guillermo menos de tres. Dice que a él le gusta el jazz y que para escuchar clásica ya me tiene a mí dando la murga en casa.
Mientras Guzmán no se quejaba y movía la cabecita y las manos al ritmo de la música barroca, mientras Guillermo espantaba palomas fuera de la capilla, he cerrado los ojos, he apoyado la espalda en la pared y el codo izquierdo en la pila de agua bendita. Una buena ocasión para recordar lo que nunca sucedió.
La mañana era fría. El azul del cielo empañado por la helada que seguía cayendo. Subí al bote con un movimiento preciso, al mismo tiempo que mis tres compañeros. Remamos hasta el extremo contrario del embalse. Los músculos en tensión. Ganas de vencer. Me di la vuelta para recordarles que habían pasado tres años desde que nos subimos en aquel barco por primera vez, que habían sido muchas horas de trabajo, que no podíamos fallar. O todo o nada. Siendo campeones de España alguno terminaría en la selección nacional. O todos. Llegamos a la línea de salida. Como siempre las mandíbulas apretadas hasta que dolían. Las manos agarrando la madera húmeda del remo, perdiendo el color rosado, blanquecinas por el esfuerzo. Antes de que sonara la señal de salida la posición perfecta (rodillas flexionadas, brazos estirados, espaldas erguidas, el cuello ligeramente inclinado hacia atrás), los remos en las chamuceras engrasadas con mimo, la proa del barco señalando ese punto exacto en el que las ilusiones de un grupo de chavales se cumplen. Por la mente pasan todas las horas en las que otros estuvieron bailando con las chicas más bonitas del barrio mientras nosotros corríamos y remábamos sin descanso. Al amanecer antes de ir a clase, por la tarde después de estudiar. Suena la bocina y marco una primera palada corta, rápida. La décima es más larga, mucho más. Y así hasta que enseñamos la popa al barco de la calle cuatro. El verdadero enemigo. El resto no son nada del otro mundo. Durante los últimos cien metros el ritmo de paladas vuelve a crecer. Hasta que la saliva de la boca se escapa entre las comisuras. Duele todo el cuerpo. El sudor se congela porque sabes que vas a ganar la regata de tu vida. Ya nada puede evitarlo.
He abierto los ojos cuando Guzmán ha gritado. Quería agua. Y me he llevado la mano a la rodilla, la maldita rodilla que me hice trizas unos días antes de disputar aquella regata. La que duele en los cambios de tiempo. Cómo me disgusta saber si va a llover al día siguiente. Todo el trabajo de años se quedó en el barro después de aquella caída. Más tarde la rehabilitación. Pero nada. Eso no tenía remedio. Se acabó el remo para siempre.
Le doy agua a Guzmán. Miro a las dos chicas que interpretan a Telemann. Pienso en lo importante de la ilusión por cumplir. Y espero que ellas sigan adelante, hasta el final. Imaginar lo que nunca sucedió duele. Mejor no probarlo.