may 22 2007

My name is Huete

Hoy hablaba con Juan (mi nuevo compañero de trabajo) de nuestros días en el colegio. Mientras esperábamos a que nos sirvieran el café en el bar donde lo tomamos cada mañana recordábamos las clases de música. Qué cosa tan graciosa. La flauta, la maldita flauta. Aquello era imposible. Notas que se elevaban sin ton ni son, los agujeros mal tapados que convertían la partitura en una cosa extraña y horrenda. Los ensayos en casa o antes de comenzar la clase. Pero lo mejor, lo que nos ha provocado un pequeño ataque de risa, eran los exámenes. Uno iba esperando su turno escuchando como fracasaba el noventa por ciento de la clase. Los malos te hacían gracia porque inventaban cualquier cosa e incluso alguno pasaba al echarle cara, los normales pasaban las de Caín y los más listos fallaban como el resto. Estos pedían una segunda oportunidad por los nervios, casi llorando. Al mismo tiempo, el aula se convertía en una juerga oculta por los puños que mordía el más pintado para evitar una carcajada. Aquello era imposible.
La flauta y soplar con disparates. Uno que no sabía ni dónde tenía la mano izquierda se ponía a tu lado al escuchar una falsa promesa. Huete, Huete, siéntate a mi lado que lo llevo de cine. El profesor de inglés entraba y Huete, relajado como nunca, se presentaba voluntario para contestar la prueba oral de cada semana. Qué sorpresa, Huete, ya era hora de que estudiases. A ver: What are your name? Huete inclinado hacia la derecha escuchaba y repetía. I am eleven years old o My teacher is very funny. Huete salía expulsado de clase inmediatamente. Ataque de risa general.
En fin esos recuerdos que van quedando y que sólo vienen a la memoria si alguien quiere compartir un café sin hablar de negocios o del seis cero que sufrió el domingo pasado un equipo de fútbol.
Ya no valen esas cosas. Una nota que no suena como es debido te cuesta el puesto de trabajo, soplar mal a un compañero puede ser motivo de conflicto grave.
El sentido del humor desaparece cuando dependemos de nosotros mismos, de nuestro esfuerzo, del dinero que llega a final de mes. Siendo niños tienes una vida por delante que no preocupa lo más mínimo. Siendo adulto sabes que ya has dejado la mitad de la vida atrás y las preocupaciones no dejan sonreír más de la cuenta. Los años te confunden, aturden el sentido del humor y todo se arrincona frente a la caja fuerte.
¿Qué habrá sido de Huete? ¿Superaron aquellos chavales tan estudiosos su trauma musical? No lo sé. Lo gracioso es que en la memoria siguen fallando y pidiendo clemencia, riendo después del desastre. Qué gusto.


mar 8 2007

X + (Y/2 – Z) = Novela

Lo que es un hombre o una mujer interesante puede que no tenga ningún atractivo. Saber qué es exactamente, qué significa ser interesante, toma importancia, como todo, de lo necesario, de lo que logre acercar a lo real. Y de su utilidad.
Hace unos días planteaba esa cuestión a mis alumnos del Liceo Europeo. Tengo por costumbre no confesar el objetivo de mis clases para que sean ellos los que se topen con él. Lo único que pregunté fue: ¿qué es un hombre o una mujer interesante?
Después de los primeros acercamientos (un hombre guapo, alguien con el que se pueda hablar de cualquier cosa, el que guarda un misterio que jamás enseña o el que mira sin que le puedas adivinar el pensamiento) fuimos avanzando hasta que llegamos a un par de conclusiones. Un hombre interesante es el que encuentras siempre un paso más allá por su capacidad de sorpresa y por una reflexión siempre más profunda que la tuya. La mujer interesante es una persona inteligente. Si los hombres se fijan en una dama y no es eso lo que ven (la inteligencia) dirán que está muy buena, nunca que es interesante.
Vale. Lo de menos es si las conclusiones eran las más acertadas o profundas. Son chicos y chicas de once años en adelante. Los mayores llegan a los dieciséis.
Lo importante era (como hacemos de forma habitual) pensar sobre lo que decimos y averiguar para qué sirve profundizar en aspectos cotidianos. Eso y cómo influye en el proceso creativo al escribir.
A veces un personaje demanda estar acompañado de otro que tenga unas cualidades determinadas. Por ejemplo, por alguien que sea muy interesante. Y si no tenemos claro lo que es, estamos perdidos. Si queremos perfilar un personaje interesante y nos sale un cretino vestido con trajes hechos a medida, el relato no funcionará en la vida. Porque el relato es personaje en la novela actual.
Escribir requiere un planteamiento anterior. Por qué, para qué y cómo. A pesar de todo, nos podemos encontrar con obstáculos inesperados cuando la trama avanza por caminos que no teníamos previstos. Y debemos estar preparados para resolver lo que nos toque. En definitiva, un escritor ha de saber de todo, tiene la obligación de pensar sobre el mundo. Mirar y pensar. Mirar y pensar. Sin descanso. Así se consigue, posiblemente, impostar una voz femenina en el caso de los escritores o al contrario.
Es casi una cuestión matemática. Si nuestro personaje necesita X hay que darle eso y no otra cosa. No algo que se parezca. No. Sólo sirve arrimarle esa X. Novela es igual a X más Y. Novela = X + Y. Sabiendo lo que es cada cosa el relato se desarrollará con más facilidad. Si alguno de los términos es difuso, está mal diseñado o falta, el resultado será que estamos escribiendo otra cosa diferente a lo deseado. La suma de las incógnitas (que iremos desvelando frase a frase) dará como resultado un texto coherente en sí mismo. Ya sé que la ecuación puede ser mucho compleja, pero, como ejemplo, creo que puede servir.
Y todo se llenó de sentido. Al escribir toda la experiencia toma sentido.
Ese era el objetivo último de mi clase.
Ahora saben que el día que definan lo que es un hombre o una mujer interesante tendrán una parcela enana del mundo algo más clara, que lo entenderán de otra forma y su escritura evolucionará porque lo hace su cosmos. Sólo eso. Todo eso.


ene 25 2007

Justo antes

Cada instante se carga de pasado. Vivido como vano, vital, fugaz o intenso. Eso es lo de menos.El tiempo pasa por encima de nosotros sin que podamos ver cómo lo hace, sin pararse para que lo pensemos aunque dejando su poso en cada cual. Sólo siendo pasado, siendo nosotros, lo entendemos. El tiempo no se puede saber, ni pensar, ni siquiera disfrutar. Eso es cosa que sucede cuando se convierte en lo vivido, en eso que fue, por pequeño que pareciese entonces.Tengo el convencimiento de que el ser humano no es capaz de reflexionar sobre nada que no sea sobre sí mismo. Puede parecer que nos interesan los planetas, que nos disgusta una opción política o que necesitamos saber algo sobre las proteínas. Puede dar esa sensación. Pero todo es un disfraz. El fin último de cada pensamiento es uno mismo. Somos egoístas, no sabemos meternos en la piel de otro. Y sin embargo, somos capaces de acabar con un poco de nuestra vida cada día. Nos olvidamos de nosotros mismos, dejamos lo que somos porque un tiempo aún incomprensible no nos deja ver lo que fuimos fugazmente. A nosotros. Nos olvidamos de que ese insignificante grano de arena que cae en el reloj es cada uno que lo vivió. Nos gusta más confundirnos con grandes montañas. Nos hace sentir mejor.Lo que pudo ser y no fue nos aflige o nos alegra. Porque ya pasó. Lo que debería ser nos inquieta sabiendo que no podemos controlar un tiempo que está por llegar. Porque no ha pasado y quizás no sea jamás. Sólo nos quedan millones de instantes que fueron. El pasado. Nosotros.No podemos olvidar que somos nuestro propio tesoro. Es lo único que tenemos, lo que somos. Aunque despreciemos ese instante que nos hizo sentir vivos porque fue pasajero y pequeño. Sin querer pensar que bien podría haber sido el momento anterior a morir. Antes de desaparecer de este mundo, justo un instante antes, nos sentimos vivos. Y, siempre, justo un instante antes dejamos de ser otro para ser yo.


dic 25 2006

A puñados

Acabo de mantener el primer cambio de impresiones con la pequeña Gimena. He intentado explicarle algunas cosas (que las palomitas de maíz no se comen de una en una, ni los panchitos; que le espera una vida tan larga como difícil; que la música que escuchábamos era una maravilla y mezclaba una cosa que se llama jazz y otra que se llama flamenco, que el mundo está lleno de mestizajes enriquecedores; que estamos condenados a querernos; le he intentado explicar lo que le queda por delante). Ella se ha limitado a sonreír hasta que le ha vencido el sueño. Es lo que más envidio de los niños. Ni les va ni les viene nada de lo que ocurre.Guzmán, viendo que lo suyo corre peligro ha demandado una charla antes de dormir. Hemos repasado el día en la guardería. Una pelea entre Víctor y Lucía; canciones que ha repetido para que las pudiera escuchar su padre y el relato de su exhibición comiendo todo, todo, todo. A este no le he tenido que explicar lo de las palomitas. Pelear por ellas con sus hermanos ha sido más que suficiente para que se enterase. El joven Guzmán se está haciendo mayor antes de tiempo. Pobre.He regresado cansado. Muchas horas de carretera. He parado un par de veces para repostar. Sólo un par de veces. Mucho trabajo en casa como para perder el tiempo tomando café en un bar de carretera.Tantos kilómetros dan mucho de sí. Preguntas que se van contestando para hacer un hueco a las siguientes. Qué razón lleva a alguien a pagar para que le enseñen a escribir como le dé la gana. Por qué se confunde ser culto con haber leído media docena de libros y contarlos con gracia a otros que no han leído ni media docena de tebeos. Por qué esos mismos sujetos se empeñan en escribir frases que no entienden ni ellos para que parezca que su pensamiento es profundo. Cómo se puede ser tan imbécil y sentirse orgulloso de ello.Hace algún tiempo escribí un artículo sobre la novela “Miss Lonelyhearts”. Se publicó en una revista dedicada a la crítica literaria. Pasados unos días, el que era coordinador de la publicación me dijo que era una pena, que el artículo decía cosas muy interesantes, que la lectura que hacía de la obra era valiente y esclarecedora, pero que el artículo se entendía perfectamente. Por supuesto, ni le contesté. Es una de las gilipolleces más grandes que he tenido que soportar. Me limité a sonreír. Como la pequeña Gimena.Los kilómetros se alargan. Sobre todo en el viaje de regreso. Entre los discos que llevaba en el coche estaba el de Niño Josele, su último trabajo. Nadie debería dejar de escuchar algo así. Algo de Art Tatum, el último disco que he podido comprar de Miles Davis, la ópera Turandot de Puccini y un par de trabajos de Enrique Morente. Y mientras sonaban, uno tras otro, las respuestas llegaban a trompicones, en desorden aunque, finalmente, iban quedando en su sitio.Nunca he querido ser lo que muchos entienden por intelectual. Ni ha sido mi deseo ni me he acercado a ello sin ser consciente. Jamás he presumido de serlo. Nunca lo haré porque me parece que es cosa seria y al alcance de muy pocos. Me sentiría ridículo. No podría sentirme orgulloso haciendo el idiota de esa manera, intentando parecerlo al son de artículos rebuscados e imposibles de entender.Las palomitas se deben comer a puñaditos. Y los panchitos también. Y se dice así, sin más adornos. A veces conviene expresar la idea como si nos estuviéramos refiriendo a un niño, para que todos sepan lo que se les dice, para que puedan pensar lo que les dé la gana aunque se queden en la superficie o para que puedan sonreír (como un bebé) y dejar claro que eso ni les va ni les viene. Por muy listo que quiera parecer el que lo dice. No se debe confundir un buen uso del lenguaje con la construcción de frases imposibles. Ni la cultura con la lectura. Ni hacer lo que uno quiere con lo que es necesario hacer para hacerlo bien.Mañana viajo de nuevo. Pronto, de madrugada. Y no me detendré para tomar café en un bar de carretera. Ni al ir ni al volver. Conducir pensando al mismo tiempo agota y cuanto antes llegue a casa mejor. Aquí hay mucho que hacer.


jul 7 2006

Echarse un vistazo

Día de piscina. De cansancio absoluto. Los niños han estado en remojo durante horas. No sé cómo pueden soportar algo así. Ni cómo demonios aguanté eso mismo teniendo su edad.
El sol ha estado apretando de lo lindo. Sin ceder un instante. Terco.
Ahora en casa. Solo. Escucho “Il barbiere di Seviglia” de Rossini. No es mi ópera preferida aunque puede servir. La copia ya estaba colocada en el reproductor y no me apetecía buscar otra cosa.
He dejado de ver un partido de fútbol para escribir. Escribir y ver fútbol. Las dos cosas me gustan mucho. Pierdo poco tiempo frente al televisor salvo que retransmitan un buen partido de fútbol. O uno malo. Escribiendo y viendo dar patadas a un balón me convierto en un marmolillo.
Llevo algunos días pensando sobre lo que me gusta. Y sobre lo que detesto. No me parece mal momento para hacer recuento. Inventario. Estas cosas significan mucho al que las hace y sobre el que las arma. Pero me parece divertida la cosa. Divertida y peligrosa.
Manos a la obra.
Me gusta el fútbol, mi estilográfica y su tinta verde; escuchar a Bill Evans, a Oscar Peterson, a Miles Davis; descubrir el significado de lo que escucho o leo, mirar por la ventana para descubrir que llueve sin una sola nube en el cielo, el zumo de naranja; emocionarme con un poema sabiendo que es lo peor que se ha escrito en la historia y quedarme frío con la poesía que ha pasado o pasará a esa misma historia como una obra de arte; fingir que no entiendo una palabra si me hablan en inglés, estrenar gafas pensando que esta vez sí me las pondré cuando toque (hoy estreno. A ver cuanto dura la intención), el ganado bravo en el campo y en la plaza de toros, escuchar “Cavallería rusticana” de Mascagni (me puede, esta ópera me puede), gastar los bolígrafos, la paella. Buscar estrellas cada noche y no ver ni una (ni una) pero saber que siguen donde toca. La tranquilidad de Gonzalo. Cómo interpreta cada minuto de su vida Guillermo. La sonrisa del joven Guzmán. La bondad de Silvia. Saber que viene de camino un bebé que se llamará como su madre. Otra Silvia. Y hacer listas como esta si me da la gana.
Lo que detesto es poca cosa. Lo mismo que todo el mundo. Supongo. Me detesto a mí mismo. Sí. Nadie debe extrañarse por ello. Le pasa a cualquiera que se piense. A unos les da por hacer pesas en un gimnasio y quitarse los kilos de más. Otros se operan la nariz, compran ropa cara para disimular un poquito lo suyo o dedican la vida entera a ser algo más listos. Lo que sea. Es igual. El caso es que nos gustamos más bien poco. Nos encanta lo otro, lo de otros, pero nosotros mismos no. Muchos siglos de cristianismo a cuestas como para permitirnos un lujo semejante. El dichoso pecado. El interminable remordimiento.
No creo que nadie pueda sentirse satisfecho echándose un vistazo a la facha. Menos aún si el vistazo se dirige a la conciencia desde la propia conciencia.
Ver un noticiaro en la televisión y quedarse tan tranquilo sentadito en el sofá, no prestar atención a un mendigo o volver la cara cuando se comete una injusticia con un compañero de trabajo es lo que hacemos a diario. Y eso, a secas, no nos hace felices. Sólo parece funcionar lo de ser cristianos, ser pecadores y arrepentirnos mucho, mucho, mucho, de lo fatales que podemos llegar a ser. Pero un rato. Sólo un momento. Luego vale todo porque para eso tenemos el confesionario con su cura esperando en el interior. Somos mezquinos, crueles y, además, lo sabemos. Por eso nos caemos fatal a nosotros mismos y nos hacemos cristianos o miembros de cualquier otra religión.
El que crea que puede hacerlo que tire la primera piedra. Yo no tengo piedras a mano. Ni quiero.
Pues eso. Que no me gusto. Es que soy cristiano y a veces pienso.
Una cosa más. Olvidé anotar en la primera lista “El diccionario del diablo” de Bierce. Es de gran ayuda cuando me detesto algo más de lo recomendable.

Cristiano, s.: Que cree que el Nuevo Testamento es un libro de inspiración divina admirablemente ajustado a las necesidades espirituales de su vecino. Que sigue las enseñanzas de Cristo en tanto en cuanto no son incompatibles con una vida de pecado.
Culpable, adj.: el otro.
Uno (mismo), s.: La persona más importante del universo.

De “El Diccionario del Diablo” de Ambrose Bierce.