- ¿Me puedes decir qué es lo que quieres? Nunca terminaré de entenderte.
- Vivir. Poder creer. Ser amada. Desear amar. Marcar un punto en el horizonte y caminar sin tener que mirar a los lados. Reconocerme en las fotos viejas y saber que en las del próximo año seguiré apareciendo. La misma niña. Pero sobre todo quiero que no entiendas nada porque eso es lo de menos. Donde se ama no cabe.
- Entonces, como si fuéramos tontos. Sin hacernos preguntas.
- Es verdad, no entiendes nada. Te propongo rozar las cosas y tú me invitas a mirar el mundo desde una ventana. Tú quieres respuestas y yo lo que demando son preguntas que arrastren hasta otras. Tú quieres todo y yo, tan sólo, una sonrisa. No quieres entender; buscas tranquilidad. Quieres que mire a través de ti. Y yo, querido, sigo viva.
Llueve suavemente. Humo en los tejados. Dócil y perezoso. Cubiertas brillantes. Rojas, negras. Mastico lentamente. Tomo la pluma, escribo en el mantel de papel irregular. Ya me conocen. Dejan el que tengo que manchar enfrente, otro a la derecha para que pueda garabatear, anotar y esbozar pequeños dibujos sin sentido.
Acaba el año. Como siempre quedan algunas cosas por hacer, esas que se prometieron justo antes de terminar el anterior; algunas repetidas, casi viejas.
Doce meses extraños, breves como lo es el tiempo pasado. Ahora sé que apenas comenzó el año ya se estaba acabando y, sin embargo, comienza otro tan largo como lo son trescientos sesenta y cinco días que terminarán siendo un instante para recordar. O para no hacerlo. Maldito tiempo.
Doce meses extraños, poderosos cuando han querido modificar o dejar las cosas en su sitio. El hombre ha perdido algo más de su nobleza. Y con él un Dios que sólo lo puede ser (noble y Dios) si el ser humano no abandona en el camino la condición de lo que le toca ser. Los cambios han sido muchos. Lo que sigue en el mismo lugar también es abundante. Un mapa que se dibuja sin que podamos hacer gran cosa. Sólo los micromundos, los de cada cual, se ven alterados aunque sea para que el cosmos continúe avanzando hacia no sé qué lugar. Cientos de miles de millones de instantes que ya pasaron y quedan encerrados en un pensamiento efímero. Tan corto como estos doce meses que se esfuman.
Doce meses extraños porque apenas dejan la huella de una rutina que se llega a amar. Y tan llenos de esperanzas que conmueven y remueven el pensamiento. Otra vez la sensación de tener toda la vida por delante, de un compromiso pesado. De haber perdido una vida entera sin cumplir con lo prometido. Es igual una cosa y otra si se juega con el maldito tiempo. Durante doce meses no recuerdo qué ha podido pasar. Intento recordar. Nada de nada que no venga de atrás. Asuntos que son en sí eternos. Porque fueron y aquí han quedado. El resto no tiene la menor importancia. No pueden recordarse. Ya se gastaron con el tiempo que les tocó llenar.
Llueve. Las gotas se deslizan por el vidrio. Han pasado treinta minutos, diciembre, el siglo entero, desde que he comenzado a escribir. Escuchaba algo de música alternando la estilográfica con los cubiertos. Las nubes sólo se movían si apartaba la vista y volvía a mirar pasado un rato. Ni siquiera sé si el humo de las chimeneas sigue siendo el mismo que antes. Allí suspendido esperando a que algo ocurra.
¿Hasta qué punto estamos obligados con respecto a otros? ¿Cuánto pueden reclamar nuestra atención o nuestro interés? ¿Estar, más o menos, presente en las cosas que les suceden a otros nos hace mejores de lo que somos? ¿Es obligatorio que nos interesen los asuntos de los demás? ¿Es bueno fingir cierta felicidad cuando, en realidad, lo que está pasando nos importa poco o nada? ¿Hasta dónde llega la obligación de ser como quieren los otros?
Hace muchos años, decidí ser tal y como las circunstancias me obligaban; no fingir salvo que fuera estrictamente necesario (por ejemplo, el que estuviera delante se tiraría por la ventana salvo que le riera la parida que estaba diciendo), ocupar mi espacio sin poner un pie en el de otros (incluso soportando presiones que exigieran la invasión mutua). Decidí hacer una serie de cosas que me permitirían ser más yo. Sabía entonces, tengo la certeza hoy, que eso era algo imposible. Sabía entonces y tengo la certeza ahora de que si renunciaba a eso renunciaba a todo.
Me han tachado (por ello) de egoista, de estar más loco que una chota, de interpretar un papel dañino para otros, de ser maleducado y de cosas así. Aunque, a decir verdad, también me han acusado de todo lo contrario. Es decir, siempre me he sentido algo así como perseguido, hiciera lo que hiciera, dijera lo que dijera. De lo único de lo que no me han acusado (al menos nadie me ha dicho ni pío) es de ser un paranoico. Curioso.
Todos necesitamos un espacio vital; todos tenemos que sentirnos libres aunque sea un sentimiento equivocado; todos necesitamos creer en nosotros, en que llegaremos a rozar lo soñado tantas veces. Todos, sin excepción.
Y para sentirnos libres, muchas veces, tenemos que escapar. De lo que sea. Y para querer regresar hay que intuir que nadie te va a encerrar en una jaula. No pasa nada por huir o por dejar que crean conseguirlo. Algo tan simple nos proporcionaría una vida mucho más cómoda que la que nos toca vivir.
Por otra parte, no estaría mal dejar de intentar parecer lo que no somos ni buscar imposibles en los demás. En lugar de presas codiciadas pareceríamos algo que nadie quiere por simplonas. Se acabarían las cacerías absurdas. Qué cómodo y qué bonito. sería un descanso colosal para cazadores coñazos y presas asustadas. Prueben, prueben. Dejen de dar la paliza cuando no toca. Debe ser impresionante. Prometo hacer lo mismo.
Demetrio es comerciante. Siendo joven llegó hasta las indias para hacer fortuna. Piensa mientras pasea por la habitación. Las paredes de piedra fría. Más que nunca.
Quiere a su hija. Nada puede compararse con ella. Nadie puede estar por encima de ella. Pero tiene que hacerlo. A veces el dolor es necesario para enmendar el mundo, piensa. Hace que pase a su habitación. Sabe que será una muerte lenta y dolorosa. Tanto como necesaria. Pero también sabe que Dios lo puede todo y su fe es inquebrantable. Ella le mira esperando a que hable. Él se levanta de la butaca y camina hacia donde está. Los brazos estirados, primero casi en cruz; poco a poco, se van cerrando. Ella da un paso atrás con expresión contrariada. Sólo quiero abrazarte, hija. ¿A qué viene esto, padre?
Él ya puede ver cómo se muere despacio, pero le parece que debe hacerlo, es su obligación. No vas a poder ver más a ese muchacho, nunca más, no te conviene. Ni a la familia. La chica le aparta con un movimiento nervioso y grita. No le verás nunca más, lo siento. Ella apoya la espalda en el rincón y se agacha llorando, tapándose la cara con las manos. No podrás impedirlo, te odio.
Sin que ella sepa nada, una sirvienta prepara el equipaje. Sólo lo imprescindible.
La puerta del Convento de Santa Clara se abre. Un par de religiosas salen tapándose el rostro. Ven llegar el carruaje. Alguien grita desde dentro. Están acostumbradas. Ya pasaron por ello y no hay remedio.
Era un hombre con pluma en mano. Trataba de explicar lo que significaba el privilegio de escribir. Cuando creía que su mensaje resultaba infalible, bello y exclusivo, apareció un segundo hombre con pluma en mano. Nombraban ambos las mismas cosas. El primero para sí mismo. El segundo sabiendo que alguien querría escuchar, entender, alcanzar a subir un escalón que, hasta entonces, sólo musas y hombres con pluma en mano eran capaces de superar. Vidas y mundos enteros quedaron en las posadas, en tabernas e, incluso, en establos. Vidas y mundos escuchados por hombres y mujeres desdentados, marcados por la debilidad de la ignorancia, por estigmas llegados de un monasterio falso construido sobre tintas invisibles para casi todos. Inevitable, como cualquier otra debilidad, llegó arrastras, ocultándose en pisadas cuidadosas de hombre culto llamado a salvaguardar purezas. Durante algún tiempo no quiso notar como se agarraba a él. Primero los talones, más tarde hasta el último poro supuraba sin parar. Intentó todo lo posible para que aquella pluma (advenediza y sucia, decía) se secara al sol junto a la piel de su amo. Difamó, acusó, persiguió, quemó los pergaminos alojados en recipientes de barro. Cuanto más leía más vieja sentía la dureza de un lenguaje que arremetía contra él. A los que escuchaban, primero, y lograban leer, después, les parecía que nada tenía que ver aquello con ellos. Entendían y se elevaban despacio dejando atrás un campo negado a su inteligencia de hombres. Cuentan que una tarde de invierno, mientras caminaban diez de ellos para escuchar cómo podrían aprender a leer, encontraron a los dos hombres con pluma en mano en el borde de un camino. Uno de ellos (el que había llegado después) yacía muerto, degollado. El otro copiaba frenéticamente lo último que el difunto había escrito sobre su piel, rasgando con la pluma la carne. Cargaron con el cadáver y continuaron sin prestar atención al otro. Los buitres estrechaban los círculos de su vuelo.
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