ago 3 2010

Pecados capitales (I)

Era un hombre con pluma en mano. Trataba de explicar lo que significaba el privilegio de escribir. Cuando creía que su mensaje resultaba infalible, bello y exclusivo, apareció un segundo hombre con pluma en mano.
Nombraban ambos las mismas cosas. El primero para sí mismo. El segundo sabiendo que alguien querría escuchar, entender, alcanzar a subir un escalón que, hasta entonces, sólo musas y hombres con pluma en mano eran capaces de superar.
Vidas y mundos enteros quedaron en las posadas, en tabernas e, incluso, en establos. Vidas y mundos escuchados por hombres y mujeres desdentados, marcados por la debilidad de la ignorancia, por estigmas llegados de un monasterio falso construido sobre tintas invisibles para casi todos.
Inevitable, como cualquier otra debilidad, llegó arrastras, ocultándose en pisadas cuidadosas de hombre culto llamado a salvaguardar purezas.
Durante algún tiempo no quiso notar como se agarraba a él. Primero los talones, más tarde hasta el último poro supuraba sin parar.
Intentó todo lo posible para que aquella pluma (advenediza y sucia, decía) se secara al sol junto a la piel de su amo. Difamó, acusó, persiguió, quemó los pergaminos alojados en recipientes de barro. Cuanto más leía más vieja sentía la dureza de un lenguaje que arremetía contra él.
A los que escuchaban, primero, y lograban leer, después, les parecía que nada tenía que ver aquello con ellos. Entendían y se elevaban despacio dejando atrás un campo negado a su inteligencia de hombres. Cuentan que una tarde de invierno, mientras caminaban diez de ellos para escuchar cómo podrían aprender a leer, encontraron a los dos hombres con pluma en mano en el borde de un camino. Uno de ellos (el que había llegado después) yacía muerto, degollado. El otro copiaba frenéticamente lo último que el difunto había escrito sobre su piel, rasgando con la pluma la carne. Cargaron con el cadáver y continuaron sin prestar atención al otro. Los buitres estrechaban los círculos de su vuelo.


jun 23 2010

1.440

El día se acaba con la cadencia de un golpe repetido. Nada especial. Otro más. Nada importante.
Se acaba el día en el que pudieron cumplirse los sueños viejos. Lo de siempre. No hay problema.
Se acaba el día que pudiste decir no. Otra vez será. Sigues teniendo lo mismo y nada importa.
Se acaba un día que pudo ser la vida entera convertido en mil cuatrocientos cuarenta minutos. Ni uno más, ni uno menos. Lo exacto de la rutina por la que peleas sin ceder un milímetro de terreno.
Se acaba el día. Te consumes. Has sido lo que siempre serás. Pero así son las cosas. Nada.


may 11 2010

La textura de una piel

Tocaba con suavidad todo aquello que encontraba en el camino. Lo hacía desde el día que la dejó dentro de un vagón de tren. No pusieron las manos en el cristal de la ventanilla para despedirse, ni corrió acompañando los primeros metros de un viaje eterno. Ella cerró los ojos para imaginar una vida entera que otra viviría por ella. Él pasó la yema del dedo pulgar por encima de las del resto pensando en la textura de una piel que cedería ante otra corona. Quizás fue un odio que arrasaba cualquier idea, quizás la desesperación. Nadie lo ha sabido nunca. Pero ella viajaba hacia un lugar en el que él no cabía. Pero él se quedaba en un espacio reservado desde siempre al vacío. Y a él.

Tocaba con suavidad cualquier cosa que veía. En las tiendas de comestibles le llamaban la atención exigiendo más respeto e higiene, libros, camisas de seda, cuadernos, maderas, botellas, plantas, árboles, el suelo de los lugares que visitaba. Saludaba con un apretón de manos a los hombres, pero les soltaba dejando que las manos rozasen con un gesto casi infinito. Besaba a las mujeres con la levedad suficiente como para provocar en ellas una duda perpetua, para que se preguntaran sobre lo que buscaba en realidad. Porque sabían que formaban parte de un decorado. Sólo.

Tocaba buscando. Años sin encontrar un tacto que se pareciese al de la mujer. Salvo el roce de la yema de su propio pulgar contra las otras cuatro, nada era evocador.

Fue mucho tiempo después cuando entendió. Su hermano muerto. Las cenizas dentro una urna negra. Espárcelas en cualquier vertedero, le dijo. Mete la mano, toca. Y siente ese tacto aprendido de pulgar contra los demás. Yemas convertidas en cenizas. La vida que se escapa en un vagón de tren. La muerte en el lugar que le tocó desde el principio. Y a él, desde que el tren salió de aquella estación. La textura de una piel.

Dicen que el hombre desapareció al día siguiente, que algunos le vieron subirse a un tren. Sin equipaje. Alguno afirma haberle visto paseando con una mujer en otra ciudad. Que pasean mientras él habla y ella, con los ojos cerrados, escucha sin decir una sola palabra. Pero nadie sabe la verdad. Nadie la supo nunca.

© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


dic 20 2009

Noche y día

- Has vuelto a olvidar que era mi cumpleaños. Eres un desastre.
- No, no te he felicitado. Es verdad.
Ella sale de la cafetería. Camina rápido. Mira un par de veces hacia atrás. Le ve pedir algo al camarero.
Él, con discreción, alza la copa mientras celebra el día que la conoció. Abre el cuaderno y apunta lo que nunca le dirá.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


ene 10 2007

Viaje al centro de Medea

Medea, la protagonista de la tragedia de Eurípides, después de cargarse a la nueva esposa del que fue su marido, al padre de la nueva esposa; a Jasón, que fue su marido; y a sus hijos (de su marido y de ella, de Medea), después de cargárselos, decía, sale pitando hacia la corte del rey de Atenas. Y lo hace subida en un carro tirado por dragones. No sé si esta obra la ha leído un tipo que se dedica a contar en sus libros la Biblia como si fuera un libro de marcianos y de naves espaciales. J.J. Benítez, se llama. Si alguien conoce a este hombre que le avise. Puede ser un filón para él porque los carros de fuego bíblicos y los tirados por dragones en la Grecia clásica pueden ser convertidos en aparatos interestelares con facilidad. Son más creíbles los motores enormes y, sobre todo, mucho más comerciales.
Ayer terminé de leer la Medea de Eurípides. Dentro de un autobús. Fascinante. Una historia que se ancla en una trama repleta de venganza, pero que trata de la maldad. Todos podemos desear daño a otro después de sentirnos traicionados por él, todos nos dejamos dominar por la ira aunque sólo alguien como el personaje de Eurípides puede llegar a esos extremos. La maldad convierte la venganza en la peor de las armas, en la más letal. Supongo que todo el mundo sabe que, cuando Medea huyó con Jasón y fue perseguida por su padre, ella mató a su hermano y esparció los restos para obligar al padre a dar sepultura, poco a poco, a su hijo y así retrasar esa persecución. Una alhaja de mujer. Mala, malísima.
Estoy pensando que quizás no sea buena idea advertir a Benítez. Lo del carro y los dragones le puede dar juego. Sin embargo, la tripulante es de lo más humana. Es verdad que posee actitudes tendentes a la exageración (matar al marido podría haber sido suficiente, o al suegro, como mucho a un par de personajes), pero humana al fin y al cabo. Y eso, convertirlo en un historia ridícula, tiene su complicación. Y no creo que venda mucho.Mejor, si alguien le conoce, que le avisen de otra cosa. Por ejemplo, que alguien le diga que en Madrid miles de personas viajan en metro y autobús cada mañana. Eso si que es una aventura. Y convertirla en una trama intersideral está chupado. Describes una nave pequeña, con capacidad para, pongamos, veinte personas. A continuación, metes en la nave a quinientas personas. Quince o veinte de ellos no se duchan y huelen a ñu africano. Otros treinta tripulantes quieren sentarse en los asientos que ocupan otros. Media docena embarcan en la nave con muchas bolsas de plástico llenas con sus cositas y se mueven de forma absurda por la nave, doscientos llevan mochilas en la espalda y el resto se juntan mucho intentando evitar olores, golpes y cosas así. Está chupado. Corran, corran a decírselo.