ene 9 2007

Filemón sin Mortadelo

Filemón (el autor teatral, no el de los comics de Ibáñez) afirmó que se dejaría ahorcar para poder charlar con Eurípides (otro clásico griego que había nacido un siglo antes). Yo no, no me gusta hablar con los escritores vivos ni con los muertos. Leer sus tragedias es suficiente. Y eso es lo que estoy haciendo estos días. Ha pasado mucho tiempo desde que las leí por primera vez. Cada uno o dos años, cuando no me apetece leer más de lo mismo, cuando creo que mi criterio literario sufre un gravísimo peligro, suelo echar un vistazo a mi viejo volumen encuadernado en piel. Hoy he leído “Alcestes” mientras iba a trabajar. Media hora de autobús para ir, tres cuartos para regresar. Me he pasado una parada para ir y dos al volver. Eurípides cuenta lo siguiente. Apolo pide a Júpiter poder librar de la muerte a Admeto (marido de Alcestes) puesto que se siente en deuda y agradecido con él. El dios lo concede a cambio de encontrar un voluntario que palme en su lugar. Nadie quiere saber nada del asunto, incluidos los padres de Admeto. Es Alcestes la que acepta morir. Y muere, claro, porque los dioses griegos eran muy serios para estas cosas. Aparece Hércules en escena. Admeto le presta su palacio para descansar en pleno duelo sin que el invitado conozca la tragedia que se vive allí. Finalmente, Hércules, que ha estado montando una juerga muy importante, se entera de todo y decide devolver al mundo de los vivos a Alcestes. Tiene sus más y sus menos con Plutón en el palacio del infierno y lo logra. La cosa termina con el matrimonio feliz y contento. Eso es lo que cuenta. Más o menos. Más menos que más porque dicho así puede parecer poca cosa. Y es que una lectura superficial puede provocar este tipo de análisis ramplón y ridículo.La tragedia de Eurípides habla del destino, de un destino que no puede ser controlado, ni siquiera, por unos dioses que diseñan el mundo sin contar con que los sentimientos humanos son ingobernables. Habla sobre eso utilizando como vehículo el valor del amor. El amor de Alcestes por su marido, sin condiciones. El de sus padres que se mezcla debilitado con el miedo a la muerte convirtiéndolo en un odio recíproco y demoledor. Amor y destino. Y una muerte que se puede evitar con la fuerza de ese amor convertido en pena por la ausencia.
Llevo años preguntándome si es Alcestes una mujer diez o, simplemente, se trata de alguien cegado por el amor, alguien que no sabe ni lo que hace. ¿Es una heroína de pies a cabeza o una irresponsable? ¿O una imbécil? El enamoramiento arrasando la razón. Llevo años preguntándome si no es el padre de Admeto el verdadero protagonista de la tragedia porque nos muestra la cara menos amable de la relación entre padre e hijo. Cuando el joven indignado le reprocha a su padre no haber querido morir por él, el anciano le dice que ningún padre vive para morir por un hijo, que ningún hijo debe elegir ese camino por absurdo e injusto, que la vida de cada uno es la que toca y la muerte se ha de asumir como propia. Muere cada sujeto y con él su mundo mientras que el resto sigue intacto. La sabiduría de la vejez, una vejez que deja de ser incómoda si la muerte acecha. ¿Es Hércules un buen tipo o es la vergüenza que siente por ser tan torpe lo que le lleva a realizar un acto heroico? La mala conciencia siempre nos ronda. ¿Es el marido un listillo que, en realidad, va a lo suyo y dice amar a su esposa cuando es incapaz de morir dejando que sea ella la que viaje al infierno? ¿Fue estúpido al pensar que el amor del padre es más poderoso que cualquier otro y que sería el suyo (su padre) el que evitaría su muerte? ¿O quiso salvar el pellejo a cualquier precio incluido quedarse sin esposa? El egoísmo disfrazado de virtud. Como de costumbre.Llevo años intentando formular preguntas que muestren lo esencial de un texto literario, no me interesa una superficie que me haga pensar en una historieta más o menos divertida. Eso es como confundir a Filemón el autor clásico con el agente de la T.I.A. Así que habrá que volver a leerla aunque al terminar tenga que regresar andando a casa desde una parada de autobús equivocada. Formulando preguntas, las mismas que hoy.


abr 11 2006

Cosa de pocos

Ayer estuve en la Fnac con mis tres hijos. El botín consistió en un libro sobre pollitos que incluye un botón para poder escuchar los pío pío (Guzmán. La cosa pudo ser mucho peor porque llegó a tener en la mano seis o siete ejemplares de un mismo libro y quería llevárselos todos), una guía para ser un buen agente de la TIA (Mortadelo y Filemón para Guillermo), un juego para consola que simula fútbol callejero(Gonzalo y Guillermo a medias) y un par de discos para papá. “Il trovatore” de Verdi y “The best of Bill Evans” de Evans, naturalmente. Al salir nos encontramos con un sexteto de cuerda que interpretaba algunas partes de piezas muy populares (Mozart, Vivaldi…) Lo sé porque Guzmán quiso quedarse a escuchar mientras bailaba y me pedía monedas para echarlas en la funda de violín que había en el suelo. Me miraba, sonreía, bailaba moviendo todo el cuerpecito y luego reclamaba la moneda para premiar a los artistas. En realidad, fue muy agradable y pasamos quince o veinte minutos haciendo lo que nos apetecía. Baile, lectura, fumar escuchando música. Cada uno lo suyo.
Ahora escucho el disco de Evans. Y me pregunto sobre la razón por la que el jazz no es popular. Creo que la respuesta es fácil. No es una música que se baile fácilmente. El swing sí lo era. Escuchar un tema de Count Basie invitaba a bailar y dejarse llevar. Sin esfuerzo. Pero cuando aparecen las nuevas tendencias dentro del jazz la cosa se complica. Ya no se trata sólo de bailar. Toca sentarse a escuchar y a intentar descubrir lo que quieren decirnos. Los ritmos extraños que mezclan cosas nos dejan clavados a la silla. Siempre ha sido así. Y el jazz se convierte, en ese momento, en música para pocos. Una pena. No para el jazz sino para los que se quedan fuera, claro.
Con la literatura pudo pasar algo similar. Antes las historias eran contadas y cantadas. Unos a otros se pasaban la información para que se repitiera. Casi nadie sabía leer, pero escuchaban y miraban al hombre que contaba o cantaba la historia que era un primor. De hecho, ahora seguimos escuchando y viendo de maravilla la televisión. Cuando nos colocan esas narraciones en un papel aparece el problema. Unos cuantos se quedan en paro porque la gente comienza a leer, pocos son los que terminan haciendo el esfuerzo de leer y comprender. Y actualmente casi todos prefieren que les cuenten historias con imágenes en el cine, en el teatro o en la televisión. Lo mismo pasa con otras manifestaciones artísticas. Contemplar un cuadro de El Greco no es lo mismo que estar delante de un Miró. Uno parece que se comprende bien (eso parece, pero no es tan fácil) y el otro hay que interpretarlo, requiere un esfuerzo, acercarse a él.
Trabajar nunca fue popular. El esfuerzo nos sobra casi siempre. Por eso hace siglos casi nadie sabía leer. Igual que ahora. Y por eso antes un tipo contaba historias en los pueblos y actualmente un montón de ellos nos las cuentan en la tele. Leer, lo que se dice leer, poco. El jazz no es muy popular ni lo será. Salvo que a los papanatas que andan en esa televisión tan popular les de por decir que ellos escuchan a Bill Evans o leen a Faulkner. Voy a rezar todo lo que sé para que no sea así. No quiero ni imaginar los comentarios que haría mi vecino del cuarto intentando sacar una conclusión después de escuchar a Evans o tras leer a Faulkner. No lo quiero ni pensar.