ene 31 2012

Expiación

Siendo niño, año tras año, pasaba un par de meses del verano con mi abuela Inocenta (qué faena nacer el día 28 de diciembre, ser marcado con el santoral por siempre jamás). Vivía en Toledo, en una casa baja que compartía un patio con otros vecinos. El retrete era común para todos, y el único grifo de agua corriente, y una pobreza que más tarde descubrí como miserable, fruto de los que pasaron hambre durante la guerra y se empeñaban en parecer menos de lo que eran. Muchos días, me mandaba a una tienducha para comprar un solo huevo. Me entregaba un duro (creo) y me iba corriendo para hacer el encargo. Regresaba muy despacio por si el huevo se caía. Hasta que me cansé de ser pobre y le conté que el dichoso huevo se había escurrido de entre las manos, que aún no me explicaba qué había podido pasar. Mi abuela escuchó lo que le contaba lavando algunos cacharros en el barreño de zinc, con aquel estropajo de esparto que duraba un suspiro aunque ella le alargaba la vida milagrosamente. “Algo habrá para comer, hijo. No llores”. Gasté todo en la feria. Al día siguiente, me dio un par de duros (creo) y me encargó dos huevos. “Trae uno en cada mano y si te caes procura hacerlo de espaldas. Alguno se salvará”. Durante ese verano, llegaron los dos huevos sanos y salvos. No quería provocar sospechas.
Muchos años después, (ella era muy anciana, yo andaba terminando los estudios y seguía viviendo con mis padres), mientras jugábamos una partida de naipes, me recordó aquello. Nos estuvimos riendo y me dejé ganar la partida como de costumbre. Le conté que en la NASA (cosa de marcianos para ella) hacían las cosas por duplicado, siempre. “Si falla un motor queda otro, es como llevar dos huevos con cuidado”. Dijo no entender qué tenían que ver los dos huevos y los astronautas.
Recuerdo que me puse a estudiar en la mesa camilla de su habitación, mientras ella hacía un mantelito de ganchillo. No era capaz de concentrarme. “Abuela, te sisé el duro. No compré el huevo. Te lo sisé” le dije. No me miró al contestar. “Lo sé, lo sé, a ver si te crees que, además de pobre, era tonta, pero me has dejado ganar las partidas de brisca desde que empezaste a estudiar. Echa cuentas. Es lo malo del remordimiento.”
Esa noche se cayó en el baño. Unos días después, la enterramos en Toledo.
Me temo que ayer, alguien en casa, me sisó unos céntimos. Ya puede ir preparando la baraja. Es lo malo del remordimiento.


feb 6 2010

Y tú ¿cómo estás?

Depresión: Estado de ánimo que caracteriza al que lo sufre por ser un gran consumidor de medicamentos que le atontan con el fin de no enterarse de nada. Durante el período de depresión el individuo descubre cómo es, realmente, el mismo, él y los otros.

Enamoramiento: Estado de idiotez transitoria que provoca un gran revuelo entre las hormonas propias y ajenas (de otro u otro si existen exparejas en las proximidades). Se termina pasados entre seis meses y seis años. Comienza con cualquier cosa por pequeña que sea. Así que cuidado, amigos.

Felicidad: Aún nadie ha sido capaz de definir con exactitud qué es eso de sentirse feliz. Estado de ánimo que se confunde fácilmente con otras cosas que son lo contrario a este (amor, riqueza, etc.). Creo yo que se aproxima a no tener que negarse uno mismo y conformarse con lo que hay. Es decir, que no existe.

Muerte: Última estación del trayecto. El individuo que muere es reconocible con facilidad, no sólo por su quietud y palidez afrancesada, sino porque deja de decir idioteces. Así, de pronto. Después de un largo proceso de aprendizaje, el esfuerzo no sirve de nada. Hay que ver.

© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


oct 14 2006

Tal y como es

He pensado esto un millón de veces. La música de Mozart es otra cosa. Escuchar cualquiera de su conciertos, sus óperas o un simple motete hace que las expectativas siempre queden chicas. Es como si la música hubiera estado siempre aquí. Lo único que hacía falta es que apareciera él para escribirla. Todo es natural. Después de cada nota llega la única posible. Eso andaba suelto por algún lugar sin que nadie hubiera llegado a reconocerlo hasta que Mozart lo escribió en un papel para que las cosas quedasen claras y ordenadas definitivamente.Ayer disfruté con Silvia del primer concierto del ciclo Mozart-Arriaga. En el Real de Madrid. Magnífico. Después, cena y una charla de lo más interesante. Hubo tiempo suficiente para comentar lo que acabábamos de escuchar, hablar de las similitudes que hay entre música y literatura, de las diferencias, de cine.- ¿Te gustó la película de ayer? preguntó con esa sonrisa que luce mi mujer cuando quiere decir que espera mi comentario, que finjo estar muerto, pero que no me libraré de ninguna de las maneras.Crash. Si no me equivoco obtuvo un oscar al mejor guión original. Es de esas películas que uno se traga sin rechistar, que intenta hacer pensar sobre la condición humana. Aunque con más trampas de lo que uno piensa si no mira con cuidado.- Me entretuvo. Pero me temo que lo que queda sin contar es lo más interesante. Equivocan los personajes, eligen los que más juego dan porque cualquiera se puede identificar con ellos y eso deja a oscuras lo que a mí más me hubiera interesado. Si piensas sobre lo que cuenta termina por desmoronarse una trama que parece bien construida. No es para tanto.- Mira que eres raro. Le gusta a todo el mundo.- Es que a mí me gusta ver o escuchar, conocer, al fin y al cabo, lo que sujeta el mundo, no lo que lo adorna. En esa película son los secundarios los que soportan el peso de unas historias innecesarias. Son ellos y me los ocultaron desde el principio. Seguramente no hubieran sabido qué hacer con sus historias. No les hubieran dado un oscar.- ¿Qué hubieras contado tú?En la película, entre otras cosas, un policía que tiene un día desastroso abusa de su autoridad, ridiculiza a una pareja que no ha hecho nada por lo que se les pueda detener, registra a la mujer de una forma obscena. Más tarde se encuentran en una situación extrema. Ella ha tenido un accidente de tráfico, su coche va a incendiarse. El policía malísimo se juega la vida y salva a la mujer. Más o menos.- Pues quizás les hubiera hecho coincidir en el súper de la esquina. A ella le faltan veinte centavos cuando va a pagar. Él, que espera en la misma caja, se acerca, deja una moneda junto a la bolsa de zanahorias que va a devolver, con una nota escrita un instante antes. Lo siento. Ella guarda el papel. Y se van cada cual por su lado.- Qué soso.- Cuando llega a casa mira el papel. Recuerda lo que sucedió el día anterior, piensa en lo poco que hizo su marido por ella, ya no le quiere. Y recuerda al policía con cierto morbo.- ¿Lo ves? Eres un raro. ¿Qué hubieras hecho con lo de Mozart?- Eso no puede cambiarse. El mundo es como es. No hay quien mueva ni un milímetro las cosas necesarias. Y Mozart lo es. Él no se dedicó a maquillar esto o aquello, sólo nos dijo hacia donde deberíamos mirar.La buena literatura carece de adornos. Al cine le pasa lo mismo. Y a la música de Mozart. A todo lo que es auténtico le sobra una metáfora que busque una exclamación del lector, una escena muy, muy bonita que no viene a cuento, o una partitura que demuestre lo virtuoso que puede llegar a ser el compositor. Les sobra porque tienen en su esencia lo fundamental. El mundo que nos ha tocado vivir a todos durante siglos. Por muy incómodo que sea, por estúpido que parezca. Es nuestro mundo y lo único que podemos hacer por él es contarlo. Nunca desfigurarlo con más amor del que hay o explosiones asombrosas en las que se salvan los buenos. Los malos existen porque la tierra sigue girando. Y porque podemos escuchar a Mozart.


may 12 2006

In memoriam

Hoy cumpliría setenta y siete años. Las palabras se ocultan entre el corcho. Y yo.


abr 11 2006

Cosa de pocos

Ayer estuve en la Fnac con mis tres hijos. El botín consistió en un libro sobre pollitos que incluye un botón para poder escuchar los pío pío (Guzmán. La cosa pudo ser mucho peor porque llegó a tener en la mano seis o siete ejemplares de un mismo libro y quería llevárselos todos), una guía para ser un buen agente de la TIA (Mortadelo y Filemón para Guillermo), un juego para consola que simula fútbol callejero(Gonzalo y Guillermo a medias) y un par de discos para papá. “Il trovatore” de Verdi y “The best of Bill Evans” de Evans, naturalmente. Al salir nos encontramos con un sexteto de cuerda que interpretaba algunas partes de piezas muy populares (Mozart, Vivaldi…) Lo sé porque Guzmán quiso quedarse a escuchar mientras bailaba y me pedía monedas para echarlas en la funda de violín que había en el suelo. Me miraba, sonreía, bailaba moviendo todo el cuerpecito y luego reclamaba la moneda para premiar a los artistas. En realidad, fue muy agradable y pasamos quince o veinte minutos haciendo lo que nos apetecía. Baile, lectura, fumar escuchando música. Cada uno lo suyo.
Ahora escucho el disco de Evans. Y me pregunto sobre la razón por la que el jazz no es popular. Creo que la respuesta es fácil. No es una música que se baile fácilmente. El swing sí lo era. Escuchar un tema de Count Basie invitaba a bailar y dejarse llevar. Sin esfuerzo. Pero cuando aparecen las nuevas tendencias dentro del jazz la cosa se complica. Ya no se trata sólo de bailar. Toca sentarse a escuchar y a intentar descubrir lo que quieren decirnos. Los ritmos extraños que mezclan cosas nos dejan clavados a la silla. Siempre ha sido así. Y el jazz se convierte, en ese momento, en música para pocos. Una pena. No para el jazz sino para los que se quedan fuera, claro.
Con la literatura pudo pasar algo similar. Antes las historias eran contadas y cantadas. Unos a otros se pasaban la información para que se repitiera. Casi nadie sabía leer, pero escuchaban y miraban al hombre que contaba o cantaba la historia que era un primor. De hecho, ahora seguimos escuchando y viendo de maravilla la televisión. Cuando nos colocan esas narraciones en un papel aparece el problema. Unos cuantos se quedan en paro porque la gente comienza a leer, pocos son los que terminan haciendo el esfuerzo de leer y comprender. Y actualmente casi todos prefieren que les cuenten historias con imágenes en el cine, en el teatro o en la televisión. Lo mismo pasa con otras manifestaciones artísticas. Contemplar un cuadro de El Greco no es lo mismo que estar delante de un Miró. Uno parece que se comprende bien (eso parece, pero no es tan fácil) y el otro hay que interpretarlo, requiere un esfuerzo, acercarse a él.
Trabajar nunca fue popular. El esfuerzo nos sobra casi siempre. Por eso hace siglos casi nadie sabía leer. Igual que ahora. Y por eso antes un tipo contaba historias en los pueblos y actualmente un montón de ellos nos las cuentan en la tele. Leer, lo que se dice leer, poco. El jazz no es muy popular ni lo será. Salvo que a los papanatas que andan en esa televisión tan popular les de por decir que ellos escuchan a Bill Evans o leen a Faulkner. Voy a rezar todo lo que sé para que no sea así. No quiero ni imaginar los comentarios que haría mi vecino del cuarto intentando sacar una conclusión después de escuchar a Evans o tras leer a Faulkner. No lo quiero ni pensar.


mar 4 2006

Ensuciar lo de otros

Generalmente pensamos que hacemos las cosas bien. Mejor que los demás. Topar con alguien que se cree superior o que piensa en su trabajo como algo sublime es corriente. Es mucho más extraño encontrar por el camino a personas humildes que ceden el paso en cualquier circunstancia. Mucho más extraño y mucho más peligroso. La soberbia del humilde machaca al que se pone por delante. Si un tipo es o parece humilde y, además, te dedica una sonrisa cándida, puedes echarte a temblar.
La gran mayoría cree hacer las cosas muy bien (digo yo que es un mecanismo de defensa que funciona cuando sabes que no es así); los humildes o los que lo parecen saben que las hacen (efectivamente) bien y dejan que el contrario se acerque a mirar para que se tenga que postrar sin remedio. Sé de alguno que intenta parecer muy, muy tonto sin serlo, que dice sí a todo y termina haciendo lo que le da la gana. Eso sí, con una sonrisa cándida y pareciendo muy, muy humilde.
Es decir, que todos pensamos que hacemos las cosas de manera inmejorable aunque nos comportemos de diferente forma. Eso quiere decir que el trabajo de otros nos parece, sencillamente, mediocre o desastroso. Gran problema aunque inofensivo.
Todo se complica cuando el sujeto que tenemos enfrente nos muestra una forma de hacer las cosas que nos parece mejor que la nuestra, mejor que cualquier otra. El problema es grande y, con seguridad, desata nuestra violencia. Parece cosa insoportable. Ante esto lo mejor es arremeter contra el peligro, incluso inventar cosas que desacrediten al contrario. La envidia tiene esas cosas. Manchar las cosas de otros es fácil y bastante eficaz. Lo destrozamos y, más tarde, hacemos nuestro eso que nos parece tan estupendo. Acabamos con un enemigo. Hurtamos el botín que nos hará mejores. Nos acercamos a lo que tenemos por sublime. Qué maravilla.
Pero si el que tenemos delante es humilde o lo parece la cosa no es tan sencilla. Nos dejará acercarnos, nos mostrará sólo parte de lo que posee, hará que creamos que es cosa de niños terminar con él, nos convertirá en una presa llena de soberbia y estupidez. Y cuando nos tenga cerca lanzará un zarpazo demoledor, mortal. No deja ver lo que tiene para terminar ensuciando lo del otro. Dicho de otra forma, nos dejará en ridículo sin piedad. Eso sí, sonriendo con una candidez asombrosa. Al fin y la postre es lo mismo. Todos manchamos lo de otros para que lo propio quede inmaculado.
El resultado es triste. Todos convertidos en mediocres. Incluso los que son o parecen humildes porque terminan jugando a lo mismo que los demás y les convierte en seres mezquinos, crueles.
Estoy escuchando la sinfonía número cuarenta de Mozart y pienso que incluso él (un genio irrepetible) sufrió estas cosas. Claro, sólo un hombre así pudo hacer música de esa calidad. Salieri, en vez de escuchar y aprender, le quiso destrozar desde el principio. Y lo consiguió. Manchó todo lo que pudo. Ahora bien, yo escucho a Mozart mientras escribo. De Salieri no recuerdo nada. Sólo que fue un político imbécil y un músico muy normalucho. Lo mismo que le pasa a medio mundo.
Mientras jugamos a ser el menos mediocre (con sonrisa cándida o sin ella) unos pocos siguen (sin decir ni pío) su camino. Serán recordados. El resto seremos llorados un rato. Más bien nada.


feb 7 2006

Si fumas te vas a morir

Ayer estuve paseando durante la hora de la comida. Un emparedado rápido y, después, caminar. Tocaba hablar de las Sagradas Escrituras por la noche. En la Escuela de Letras. Y llevaba un ejemplar de la Biblia de Jerusalén debajo del brazo. Tuve tiempo de abrirlo unos instantes y leer algunos versículos que me apasionan. Pasear Madrid con una Biblia debajo del brazo. Una rareza como otra cualquiera. Nadie me la quiso comprar; no crean que la iba exhibiendo para hacer caja. No.
Terminé sentado en un banco de granito. Al sol. Fumé un cigarro (en los bancos de granito de Madrid no hay carteles prohibiendo fumar ni nada) y disfruté de ese ratito de luz. No tanto del ruido de los coches que invaden Madrid.
Me pareció un buen momento para pensar sobre cualquier cosa sin interés. Fue tan poco importante lo que tuve en mente que no recuerdo lo que era. Imagino que tenía que ver con ¿hipotecas? ¿cortarse el pelo? ¿la cantidad de ruido que hacen los vecinos cambiando muebles de sitio a las dos de la madrugada? Pues algo parecido a esto.
Estaba a punto de levantarme cuando se me acercó una niña (¿qué haría la criatura a esas horas en la calle?).
– Si fumas te vas a morir.
Tuve la tentación de contestar: “Aquí picamos boleto todos, guapa”, pero me pareció una crueldad. Lo que hice fue mirar lo que quedaba de cigarro, poner cara de hombre interesante (cosa que, evidentemente, no logré), y tirarlo entre un par de coches aparcados.
– Pues hale, ya no me muero, me acabo de hacer inmortal.
La cría me miró desconcertada.
– Te vas a morir igual, pero un poco después.
– Anda ¿y tú cómo sabes eso?
– Me lo ha dicho mi hermano que es mayor.
– Jó, qué suerte tener hermanos mayores que te digan esas cosas.
La niña se fue. Supongo que muy aburrida. Sin decir adiós ni nada. Y yo me quedé dando vueltas al asunto. Incluso llegué a una conclusión y todo. Una conclusión que no me gusta nada de nada, que tiene que ver con los niños y la ley esta que prohíbe fumar.
A la niñita le ha tenido que contar su hermano mayor que no fumar es bueno. Ese es el problema. El gobierno decide cuidar de mi salud. “No fume usted porque morirá antes y, encima, será muy caro el tratamiento en la seguridad social”. Muy bien y muy agradecido. Sin embargo, deja en manos del fumador, es decir, en mis manos, el cuidado de mis hijos respecto al mismo asunto. Pues no. Eso si que no. Lo suyo sería que se programaran campañas serias y eficaces contra el consumo de tabaco entre los jóvenes. Y no. Aquí lo que hemos conseguido es otra cosa. Papá gobierno cuida de usted. De sus hijos cuide usted mismo.
Pues da la casualidad de que me dedico a escribir y no a diseñar campañas antitabaco en casa. Más que nada porque no sé hacerlo. Y, además, soy fumador. Por tanto, mal ejemplo.
De momento han conseguido cabrearme. Sólo eso. Y, de paso, a las tabacaleras que han bajado los precios y han hecho más accesible el consumo entre los jóvenes (ahora afanar a papá un par de euros es suficiente para comprar una cajetilla. Hace un mes no. El expolio debía ser mayor y se notaba más). Y campañas serias ni una.
Después de reflexionar sobre todo esto continué caminando hasta la oficina. Fumando, pero sin ganas de leer esos versículos que me gustan tanto. Una pena.


ene 26 2006

Treinta años son dos minutos

Pensar una vida es cuestión de paciencia y de cordura aunque pueda hacerse en un par de segundos. Julio Cortazar ya enseñó en su cuento “El perseguidor” que entre parada y parada de un viaje en metro pueden pasar por la mente años de existencia. Un relato muy recomendable para el que quiera acercarse a las distorsiones espacio-temporales que en literatura se producen con cierta frecuencia y mucha facilidad.
Pero puede ocurrir justo lo contrario. Podría ser que estuviéramos dándole vueltas a un segundo de nuestra vida horas y horas. Sin parar. Por eso es cuestión de paciencia. Y de cordura, creo. No estoy seguro de que eso sea lo mejor.
Podemos llenar una vida con el pensamiento de un segundo. O quizás, un segundo envolverá una vida entera al pensarla. El tiempo es así de flexible.
“Tomé un último trago de aquel elixir y tuvieron que pasar veinte años hasta que lo pude hacer por segunda vez. Recordaba el sabor perfectamente”. ¿Lo ven? Veinte años en un par de frases. Cuatro segundos, casi cinco de lectura. Una sensación esperada durante tanto tiempo se convierte en unos segundos. Es lo bueno del tiempo. Lo podemos estirar o encoger a nuestro gusto. Y no pasa nada.
Estoy a punto de cumplir cuarenta y dos años. Miro atrás y no sé qué hacer. Podría decir y pensar que he sido feliz, que sigo vivo o algo parecido. Mi vida reducida a un instante gracias al lenguaje. Pero podría dedicarme a escribir páginas y páginas relatando todo lo que recuerdo de esos años. Desde la primera imagen que conservo hasta este mismo momento. La vida narrada intentando detallar cada segundo. Pero me temo que es lo mismo. No sé si vale la pena el esfuerzo. ¿Es necesario recordar cómo fueron mis primeros quince años de vida? ¿Quizás sea mejor centrar los esfuerzos en lo que sentí el día que mi madre me soltó la mano en la puerta del colegio y pensar ese instante una y otra vez? No lo sé. Prefiero reflexionar sobre lo que queda por delante. Treinta años o un par de minutos. Depende de cómo lo quiera mirar.
Y el caso es que mola tener esa posibilidad. Treinta años o dos minutos. Lo que yo quiera.