may 20 2010

Lista de urgencias

Mientras le llenan de alambres la boca a Guillermo Ramírez he decidido que voy a anotar las cosas que me quedan por hacer de aquí al día que me muera. Lo haré empezando por lo más urgente o importante. Comienzo.

1. Convertirme en metrosexual.
2. Sacar el euro que hay entre el asiento del coche y la palanca de cambios.
3. Volverme completamente loco.
4. Seguir las flechas azules.
5. Volar hacia una nube de cenizas en un jet privado.
6. Confesar al tendero que fui yo el que desenchufó la máquina de helados.
7. Aceptar una oferta que no pueda rechazar.
8. Convocar un premio literario exclusivo para señoras que me llamen Grabié.
9. Ordenar el trastero.
10. Demostrar al mundo entero que el hombre nunca llegó a la luna.
Pues nada, manos a la obra.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


abr 21 2010

Amor verdadero (4)

– Cariño, ¿crees que estaremos juntos hasta el final? ¿Lograremos mantener viva la llama de nuestro amor?
– Qué bonita forma de proponer un suicidio en pareja.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano



feb 14 2010

Domingo y 14 de febrero

Hoy, los propietarios de los grandes almacenes se frotan las manos pensando en la recaudación que conseguirán gracias a los jóvenes enamorados, enamorados que lo fueron e intentarán regresar por un camino olvidado aunque sólo sea por unas horas, falsos enamorados que querrán dar un espaldarazo a su mentira, enamorados solitarios que seguirán enviando su regalo a alguien que entregará el suyo a otra persona sin entender que alguien pueda amar desde el anonimato.
De parte de los verdaderos enamorados recibirán poca ayuda (los propietarios de los negocios). Esos no tienen nada que regalar. Igual que los que no están enamorados. Ya lo dieron todo cuando tocaba. Y lo siguen haciendo, pero no en forma de corazón o margarita, sino siguiendo en su sitio. Si alguien necesita un día al año para demostrar algo así es que tiene un problema.
Sería más justo entregar un premio a los que aguantan, día a día, un problema tras otro sin mover un músculo, a los que son capaces de perdonar cosas que, en realidad, son imperdonables, a los que sabiendo que hay una vida mejor deciden que eso sería una aventura que dejaría muchos heridos por el camino y se quedan al lado de otro que mira al frente junto a él. A esos que no presumen de estar enamorados porque no lo están, pero saben hacer felices a otros a costa de parte de su propio bienestar.
Estos premios no existen. Sólo se otorgan en la intimidad. Y nadie los entrega. Se piensan, se guardan en algún sitio donde no molesten más de lo necesario y ni siquiera se disfrutan.
Pero vaya, que disfruten del domingo.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


Nat King Cole – L-O-V-E

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ene 11 2010

Fantópicos

Esta mañana, de sopetón, sin una señal previa que avisara, me he encontrado con un fantasma en la escalera. Tenía un aspecto bastante apañado, dadas las circunstancias. Aunque se transparentaba dejando ver la pared, se podía distinguir cómo vestía (las vísceras, el esqueleto y esas cosas, no. Los fantasmas no tienen nada de eso). Un turbante de tela clara y un taparrabos de tela clara, también. Eso me ha hecho pensar que se trataba de un fantasma hindú o algo así. Claro, los fantasmas pueden estar en cualquier sitio que para eso son lo que son, he pensado. Pero no. Era un fantasma de aquí al lado. Se llamaba Miguel, nació en Tomelloso y murió, ahora hace trescientos años, en Olías del Rey. Uno espera encontrarse con un fantasma de postín y termina frente a lo que queda de un pobre hombre envenenado por su mujer (eso me lo contó cuando ya habíamos intimado lo suficiente). Hemos charlado durante un buen rato. Al margen de las dos pausas obligadas cuando bajaban las vecinas, la conversación ha sido divertida. ¿Por qué te manifiestas así? ¿Qué quieres de mí? le he preguntado. Quiero que escribas mi historia, es la única forma posible de descanso. Si no lo haces seguiré vagando de escalera en escalera, sin rumbo fijo durante toda la eternidad.Ya le he dicho que me dedico a otro tipo de literatura y que, además, un hombre envenenado por un asunto de infidelidad es algo muy gastado, tópico. Le he hablado de algunos autores que se prestarían sin problemas. Y se ha sentido ofendido. Dice llevar trescientos años intentando que alguien cuente lo que le sucedió y lo único que ha conseguido es que se desmayaran al verle o evasivas como la mía. Finalmente me ha convencido y he prometido narrar su historia como sufragio para su descanso eterno.El caso es que Miguel se casó con la chica más fea del pueblo. Lo hizo sin sentir pena y no le importó lo que decían sus padres del casamiento (con María la horrible, así la conocían). El matrimonio duró doce meses justos. El día que se cumplía el año, María la horrible mezcló el caldo del potaje con un veneno de los que te dejan tieso en un suspiro. Miguel me ha dicho que los dolores fueron intensos, que la agonía fue larga. Antes de morir vio como se acercaba su mujer dando grandes zancadas. Más fea que nunca. Me has hecho feliz y eso no te lo perdono, desgraciado. Aprendí a vivir a golpes y no sé hacerlo de otra forma. Hubiera preferido seguir como estaba. Ahora ¿qué puedo hacer? Miguel (una vez convertido en fantasma) descubrió que era una excusa porque, en realidad, su mujer se la estaba pegando con un vaquero del pueblo que sabía cómo tratar a una mujer así. Decidió cambiar la vestimenta a otra alma en pena que vagaba por allí (ese sí que era hindú) y acabar con su mujer. También con el amante. Pero pronto descubrió que los fantasmas no pueden hacer nada de eso. María la horrible terminó muriendo de una enfermedad común aunque agresiva y el amante fue envenenado poco después que él mismo. Una alhaja de chica. Espero que con esto sea suficiente, que el pobre Miguel pueda descansar a partir de ahora mismo. Escucho el Réquiem alemán de Brahms por si sirve de algo. Mientras, pienso en Miguel y le deseo eterno descanso. Ha sonado el timbre. Guillermo corre para abrir la puerta. Papá, hay un señor muy raro en la puerta, dice que quiere hablar contigo. Creo que es un fantasma español porque va vestido de torero o algo así y se transparenta. No te fíes, igual es de Senegal. Dile que estoy acabando con la historia de un tal Miguel, que no puedo atenderle. Guillermo va y viene con rapidez. Papá, que dice el torero que lleva mil quinientos años esperando, que esto ya le parece un insulto. Pues que te haga un resumen y cualquier día de estos contamos su historia al primero que pase. Papá, deberías salir. Hay, por lo menos, quinientos fantasmas esperando en el recibidor. Madre mía, ya sabía yo que no debería haber contando lo de Miguel. Espera papá. Guillermo regresa. Les dice que se lo cuenten unos a otros, que cree que sirve y que si no funciona que vuelvan por aquí dentro de treinta años o así, que él quiere ser escritor y que ya se le ocurrirá algo para contar sus historias. Ya está, papá. La que ha llegado ahora es la abuela y dice que le ha pasado una cosa que no veas, que te la va a contar porque eso da para escribir una novela. Pues nada, a tragarme otra historia llena de tópicos que alguien cree que debe ser contada. El cuento de nunca acabar.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


dic 25 2009

Nombres (8)

Sandra.
Tal vez fue el gesto de empujar la puerta para cerrar lo que le hizo pensar en ello. Quizás nunca antes había sentido que algo material podría crear una distancia imposible. Apenas veinte centímetros de madera se convertían en la negación de una vida entera. Él estaría al otro lado pensando, inmóvil, mirando fijamente el suelo, la mano apoyada en la pared. Incapaz de comprender.
¿Por qué cerrar aquella puerta si hubiera querido mantenerla abierta de par en par? Esta vez todo era diferente. Un hombre de los de verdad, soñado. Y ella atrincherándose en lo que tanto detestaba, en eso que enseñaba haciendo aspavientos para que todos supieran que no, que ella era distinta.
Lo que antes era un mundo construido a su medida en el que todos levantaban altares para venerarla se había convertido en un lugar para dos. Nada de caminar con él detrás pendiente de su belleza, de su simpatía o de una sonrisa. Incluso le podía imaginar siendo quien abriera camino. Si hablaban no era de ella sino de ellos, si pensaban lo hacían sobre una vida que no les pertenecía y que había que entender desde lo más profundo de la consciencia. El mundo se agrandaba. Volvía a ser la protagonista, pero no por ser ella sino por ser. Existían.
Pero cerró la puerta. Desde niña defendiendo que lo importante es lo que uno puede llegar a pensar, que la belleza es pasajera y que la imperfección se lleva a cuestas siempre. Y ahora cerraba la puerta. Lo cómodo resulta ser más atractivo que yo misma, pensó. Sabía que estaba cambiando el riesgo de ser por un puñado de halagos que llenaban un instante pequeño. Agarró el pomo de la puerta y movió la muñeca. A dos metros, él con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, apoyado en la pared, la cabeza ligeramente ladeada.
– Si quieres ser tú debes impedir que te construyan a base de decirte lo que deseas. Yo no podría hacer eso, pero merece la pena correr riesgos. Me gusta lo que tienes aquí dentro, dice llevándose un dedo a la sien derecha.
Ella deja de sonreír. Le gustaría poder hacerlo con ironía para despacharle con un ademán tantas veces repetido. Sin embargo, no, no lo puede hacer.
– Y ¿si arriesgo qué puedo conseguir? ¿A ti, tu arrogancia o ser un perrito faldero?
– No, nada de eso. Mejor lo dejamos para otra ocasión. Ya te he dicho más de una vez que no eres mi tipo cuando vas de reina de la noche. Si, en otro momento, te dejas de bobadas y decides ser tú, me llamas. Es eso lo que conseguirás. Ni más ni menos.
– Eres un estúpido. Ven aquí, idiota.
Se agarra de su brazo bajando un poco la cabeza mientras comienzan a caminar. Y él, a la vez que dice algo sobre su despiste, retrocede lo justo como para poder cerrar la puerta.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


oct 16 2007

Ver para creer

Escribo en el salón de casa. De vez en cuando levanto la mirada del papel para observar estupefacto como en la pantalla del televisor se puede asistir a uno de los espectáculos más lamentables que puedo recordar. La cosa va de chicas que quieren ser modelos. Todas menos una de ellas que no sé porqué ha hecho las maletas y se ha ido a su casa. Eso sí, entre lágrimas propias y ajenas. Una señora vestida de verde suelta un pequeño discurso al que sigue una ovación. Por ejemplo, ella dice “la vida es dura y un profesional no debe venirse abajo”. Ovación. La cara de ella podría ser la de Canovas del Castillo después de hablar en público sobre el futuro de la nación. “El que quiere triunfar debe trabajar para conseguirlo”. Ovación de la gala. Qué emoción de programa. Eso dice un tipo canoso que recuerda que gracias al apoyo de su madre está allí sentado. Aplausos rabiosos. La cámara enfoca a la hija de Martín Berrocal. La arenga esta vez se construye desde al apoyo a los profesores (la señora vestida de verde, un italiano que grita mucho y un señor que retrata a las chicas y dice barbaridades). El público que asiste al espectáculo en directo enloquece por momentos. Es el turno de la presentadora. Los de maquillaje y los peluqueros merecen un aplauso. Todos esperan la llamada de la señorita que se fue. Tiene una última oportunidad, pero nada de nada. Opinión de una compañera de la desaparecida: “si salgo de aquí por mi propio pie, de mi boca saldrá que este no es mi sueño”. Ustedes sabrán lo que quiere decir esto. El italiano grita. El calvo se ha puesto una peluca. Un tipo con unas orejas que parecen recién salidas de un bote de ácido sulfúrico quiere levantar a los espectadores de sus sillas y dice una gilipollez que no termino de escuchar. Silvia me corrige. No, no, es que se le cayó a su madre en la cera de depilar y no se dio cuenta hasta que cumplió los doce años. Un cartelito en la parte baja de la pantalla invita a que votemos si una de las chicas merece continuar en el programa haciendo el ridículo. Paloma sí o Paloma no. Agarro el móvil y escribo “Paloma estudia un poquito, coño”. Vergüenza ajena, creo. Bochornoso, patético y denigrante para todos excepto para ellos.
¿Es tan importante para alguien ser famoso, perder quilos hasta enfermar y pasear vestido de forma ridícula a cambio de un poco de dinero y unas fotos que dentro de veinte años te harán llorar al hacerte sentir fea, gorda y vieja? No puedo creer lo que veo.
La preparación académica ya no importa, que tus hijos digan barbaridades frente a una cámara mostrando lo peor de ellos es lo de menos, los valores que antes tuvieron alguna importancia se sepultan bajo las ruinas personales que se ganan a pulso unos jovencitos negando a todos, todo y a sí mismos.
Silvia decide ir a descansar. No soporta un espectáculo tan deprimente. Ha intentado encontrar algo en otros canales. Un ciego bailando el charleston, un capítulo repetido de los polis listos que encuentran pelitos en cualquier lugar de mundo, dos o tres políticos discutiendo sobre asuntos que no les interesan ni a ellos y anuncios. Apago y me apunto a eso de descansar. No cabe otra.