mar 12 2011

El centro del universo

Te levantas. Una sensación extraña te atenaza. Sientes que nada va a ir bien, que todo pierde el contorno rígido de siempre. El suelo se reblandece. Lo que antes sujetaba ahora rodea el horizonte. Lejos, inaccesible. Y te preguntas. ¿Qué me pasa? No reconoces esa sensación que te deja atrás. No soportas tu propia mirada inquisidora y lesiva. ¿Qué me pasa? Lo vas negando todo. Una cosa tras otra es culpa de otros. Lo que pasó aquella vez, lo que dijo ese tipo, el amor de los padres que fue a parar a otro de los hijos. Todo es culpable. Todos lo son. Lo que ha pasado es insoportable. Una vida de mierda tirada a la basura. Miserables.
Sin embargo, en un momento de lucidez el miedo a lo que sucede, a los otros, desaparece. Un instante muy pequeño. Pero suficiente para saber que lo que oprime es lo que no pasó jamás. Lo que siempre estuvo en la cabeza rodando la conciencia y quedó encerrado en algún lugar secreto. Lo que no fue. Las ilusiones de la niñez que se quedaron en nada. Ese futuro que nunca llegará. Y el culpable es uno mismo. Y la sensación que atenaza es deudora de las propias manos que ahogan, los contornos siguen donde estuvieron siempre. Sólo falta el propio. Los soportes aguantan como pueden una masa amorfa en la que te has convertido. La culpa. La cobardía. La falta de inocencia. Eso eres tú. Pero el instante desaparece. Y el mundo gira alrededor. Otra vez. Tú vuelves a a ser el centro de un universo patético y diminuto. En la galaxia de una vida de mierda desperdiciada por la incomprensión de los demás.