ene 22 2011

Arrugas

El novelista gráfico Paco Roca consigue con Arrugas una excelente obra que habla de la vejez, de los problemas médicos que lleva añadidos y de cómo una vida se va deshaciendo para convertirse en una existencia plena. Lo hace ilustrando sus textos de forma inteligente y muy sugerente para el lector. Lo hace mirando y dibujando su propio mundo porque, según dijo él mismo, el reflejo en el espejo (cuando se mira) comienza a parecerse al de su padre y eso significa que se está haciendo mayor.

En este comic se mezclan diferentes historias de diferentes personajes y, al mismo tiempo, cada trama se dibuja junto al pasado que mueve a los protagonistas. Una historia deliciosa, tierna, sin efectos lacrimógenos, bien contada y universal. Sirve a los mayores y sirve a los que vamos camino de serlo.

Arrugas de Paco Roca es una muestra de lo que puede ser un buen comic y una forma de acercarse a este género muy recomendada.

Calificación: Muy buena.
Tipo de lector: Salvo niños cualquiera que quiera pasar un rato inolvidable.
Tipo de lectura: Gratificante.
Engancha desde el principio.
Cada viñeta está en su sitio porque no podría faltar ni una.
Argumento: Muy interesante visión sobre la vejez y el Alzheimer.
Personajes: Perfectamente dibujados (nunca mejor dicho)
¿Dónde puede leerse?: No por ser un tebeo puede leerse sin concentración. Mejor tranquilos.


Nelson RiddleThe Loop


sep 1 2010

Una buena razón para escribir

Mi padre me pareció un superhéroe. Siendo niño, le veía llegar a casa desde la terraza. Corría y esperaba a que abriera la puerta sabiendo que me revolvería el pelo con las manos. El mundo se convertía en un lugar seguro. Era mi padre, del que podría presumir en cualquier lugar y del que podía esperar cualquier cosa.
Hoy, que conozco lo mejor y lo peor de lo que fue y arrastró durante su vida, hoy que puedo ser capaz de recordarle con trazos amables, imperfectos, finos o toscos; me sigue pareciendo un superhéroe. No sé si lo hago intentando defender todo lo que heredé de él, no sé si lo hago cegado por la devoción. No lo sé.
Quiero pensar que, tan sólo, es porque me indicó el camino que habría que transitar para querer. Para quererme a mí mismo, para no dejarme atrapar por un conformismo arrasador. Aquí se viene a ser algo importante. Para ser mediocre ya está el cielo. Que allí son todos iguales, me decía cuando algo no iba bien. Y para querer a otros. Si algo caracterizó a ese hombre fue su insólita capacidad para amar y hacer que te sintieras importante. De poco sirve querer si el otro no lo percibe; quien no se siente especial está muerto.
Aún no sé porqué razón he decidido agarrar la estilográfica para escribir todo esto. Quizás sea porque hace mucho tiempo que nadie me desordena el flequillo con las manos. Quizás sea porque le echo de menos. Sin más. El caso es que era necesario escribir. Y un padre siempre es una buena razón.


mar 6 2006

Lo que decimos cada día

Dicen muchos (de tanto hacerlo han dejado casi vacío de contenido lo dicho) que en la vida hay que tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro. Es decir, es obligatorio dejar tu código genético funcionando en este mundo, tu capacidad intelectual plasmada en un montón de papeles para hacer del cosmos algo más ancho y una muestra de actitud ecológica que sirva para mejorar la calidad futura del entorno. Y eso es lo mismo que decir “si nace usted en el planeta tierra está obligado a pasar a la posteridad”.
Si no lo consigues parece que tu vida es un fracaso. Qué cosas ocurren en el mundo. Hay que ver.
Debe ser por eso por lo que las parejas, generalmente, traen un niño al mundo aunque luego le cuide una persona ajena o la abuela. Un incordio que te hace sentir un poquito más inmortal. Debe ser por eso que todos nos llevamos las manos a la cabeza viendo como el mundo se reduce a un gran estercolero aunque nadie mueva un dedo para impedirlo. No plantamos árboles, pero no queremos que los talen. Hemos sustituido eso de plantar un pequeño abedul por reciclar los periódicos del domingo que son enormes. Cuela. Y debe ser por eso por lo que muchos quieren escribir un libro, por lo que aparecen escuelas y talleres literarios como por arte de magia. Que ese libro sea una estupidez o que nunca sea escrito es lo de menos. La intención es lo que cuenta.
Pero los hijos se morirán pasados unos años, los árboles se secarán o serán talados (pobre nuestro pequeño abedul) y los libros no los leerá nadie. Así que los más prácticos eligen caminos más derechos, sin tanta curva. Ponen un enorme busto de bronce sobre su tumba y arreglado. Aquí cada uno hace lo que puede.
Lo importante es ser inmortal o creerlo. Al fin y al cabo, el ser humano lleva viviendo de eso, de las creencias, desde que lo es. Un ser humano, digo. En cualquier caso, nadie vive para saber si logró ser recordado. Una faena que entristece al más pintado si le da por pensar un poquito sobre el asunto.
Sin embargo, tengo cuatro hijos, he escrito dos novelas y he plantado un par de arbolitos que siguen vivos. Y nada. Que no me siento inmortal. Supongo que eso me pasa por hacer las cosas sin seguir un libreto universal. Si hubiera pensado en la inmortalidad sería otra cosa, supongo. Habrá quien crea que estas cosas sirven para que los demás te recuerden después de muerto. Aunque cada hijo, cada arbolito y cada novela te hace sentir vivo por ser un problema con el que vives hasta el final. Total, que te sientes más mortal que otra cosa.
Que yo sepa, lo único que puede hacer sentir a una persona la lejanía de la muerte es la juventud. No se me ocurre otra cosa. Y cuando eres joven no quieres hijos, ni escribes novelas, ni plantas nada que no sea maría en la maceta de la terraza.
Ahora toca decir eso de “juventud, divino tesoro”. Expresión gastada, también. Si naces en este mundo parece ser obligatorio ser joven por siempre jamás. Envejecer es una falta grave. Debe ser por eso por lo que nos estiramos la piel de vez en cuando y decimos, cumplidos los setenta, que el alma la tenemos de lo más joven.
Si no lo consigues parece que tu vida es un fracaso. Qué cosas ocurren en el mundo. Hay que ver.
Voy a dejarlo ya. Acabo de hacer un descubrimiento terrible. Me temo que, nos pongamos como nos pongamos, terminaremos fracasando en la vida.
No hay más que fijarse en lo que decimos cada día, pensar sobre ello y ponerse a llorar.