sep 12 2006

La vida entera

Hace unos días escribí una frase en mi cuaderno. Intentaba recordar lo que decía Nietzsche en “La gaya ciencia”. Lo dejé sobre la mesa del despacho y me olvidé del asunto.
El mayor de mis hijos lo leyó ayer. “La humildad es la predicación de la propia vulgaridad”.
– ¿Qué significa esto?
– Pues viene a decir que el que dice “no, no, prefiero no llegar a ser presidente del gobierno, no quisiera tener esa responsabilidad” lo que dice, en realidad, es “nunca podría llegar a ser presidente del gobierno, aunque quisiera”. Lo que pasa es que no lo sabe o no lo quiere ver. Nietzsche escribió eso mientras hablaba de las clases sociales y se refería a los esclavos. Él creía que había mucho esclavo y poco superhombre.
– Y ¿quién es esclavo?
– Pues, por ejemplo, los católicos. Sus creencias les impiden progresar como personas, llegar a ser superhombres que pueden prescindir de una invención que no permite al ser humano ser más que un gusano. Se agarran a la religión para tapar sus carencias y cargar el mochuelo a su Dios. Y así nunca te desarrollas como individuo, te quedas a mitad de camino.
– Entonces, si le digo a un amigo que no quiero ser como él ¿le estoy diciendo que me gustaría pero no puedo?
– No, no, no. Lo que no se puede es ocultar algo con la excusa de ser humilde. Eso es lo que criticaba ese filósofo.
– A mí me parece que lo que se esconde es rabia.
– Un escritor que se llamaba Borges defendía que la humildad es la peor forma de soberbia. Creo que fue él. Es algo parecido a lo que dices.
– Otro que esconde rabia.
Explicar estas cosas a un chico de doce años tiene su complicación. Dices cosas inexactas, dejas a medias la idea para no liar más a la criatura y te queda la sensación de no haber atinado con lo dicho. “Ya tendrá tiempo de leer y sacar sus propias conclusiones” suelo pensar para quedarme tranquilo.
Hoy le he visto un momento antes de salir de casa.
– ¿Qué es mejor, ser esclavo o superhombre?
– Pues, según Nietzsche, superhombre. Él estaba convencido de serlo.
– Pero ¿no es injusto que estemos divididos en una cosa y otra?
– Me temo que él acusaba a los esclavos de llegar a ese punto porque se lo buscaban. La culpa es de cada cual.
– No me gusta ese señor.
– No has leído nada de él.
– Pero tú sí. Y para eso están los padres, para explicar estas cosas. Aunque, a veces, preferiría que me engañases. Ahora voy a ver esclavos y superhombres en cada esquina. Y no me gusta la idea. Tú me has enseñado que no debería haber diferencias entre los hombres y ahora resulta que las hay según desde donde se mire.
– No hay que creer las cosas sin pensarlas.
– Ya, ya, pero esas frases tan bonitas se te quedan grabadas y no son ninguna tontería. ¿Cómo murió?
– Loco, en un manicomio, le digo y él sonríe como diciendo que ya lo sabía él. Espera un momento antes de irte.
Le he apuntado un aforismo de Aristóteles. “El hombre que se mantiene en el justo medio lleva el nombre de sobrio y moderado”. Pues aprende esta de memoria, le he dicho al despedirnos.
He llevado al pequeño hasta el colegio pensando en lo que nos habíamos dicho. Los padres están para eso, para explicar las cosas. Pero Gonzalo quiere que alguien le explique la vida entera. Y me siento incapaz. Quizás por miedo. Aún tiene edad de creer que la vida se reduce a lo que conoce, a querer ser igual a su amigo o no, a seguir caminando en una dirección única. Es pronto para que sepa que la existencia según Nietzsche puede ser tan real como la de cualquier otro pensador. Difícil, sucia o terrible al fin y al cabo. Estupenda o gratificante por irrepetible, al fin y al cabo también. Y no quiero que sepa que Aristóteles y un buen puñado de pensadores murieron seguramente locos. Por eso me repito que ya tendrá tiempo. Aunque no sirve.


feb 26 2006

El mismo bruto

Escribo en mi portátil junto al joven Guzmán. Escuchamos a Schubert. Quinteto para piano y cuerdas en La mayor, “La trucha”, y algunas variaciones fantásticas de esa pieza. Los mofletes del niño están muy colorados. Treinta y ocho y pico de fiebre. Casi treinta y nueve. Cabizbajo y atento a lo que escucha. Hoy no sé si le interesa o si le da lo mismo ocho que ochenta. Apoya la cabecita en un cojín y, de vez en cuando, se queja ligeramente. Un catarro de los fuertes.
La música de Schubert es una de mis debilidades aunque me hace pensar en la Alemania nazi. No me pregunten la razón. Casi puedo ver a un grupo de fanáticos asesinando sin piedad a otro grupo de inocentes, metiendo a mujeres y niños en una habitación llena de muerte. A sangre fría, con esa música sonando en una vieja gramola o interpretada por un judío que iría a la cámara de gas veinte minutos después. Procuro centrarme en la música y en Guzmán. No quisiera contaminar mis gustos con algo así. Mejor disfrutar desde la sensibilidad que me despiertan ambos. Pero es difícil.
El niño se acaba de dormir. La fiebre acaba con cualquiera. Es hora de bajar el volumen.
Me pregunto qué harían escuchando semejante obra maestra esa banda de bestias. Supongo que disfrazar su falta de humanidad con algo exclusivo de la humanidad (del hombre). Igual que robaban cuadros para enriquecerse y no para contemplarlos, escuchaban a Schubert para creer que lo que hacían era cosa del ser humano. Igual que Hitler hacía suya la locura de Friedrich Nietzsche (amigo de Wagner y que arrastró buena parte del coloso alemán en su filosofía) y la convertía en un sueño estéril y absurdo, los que le seguían hacían suyas las manifestaciones artísticas que encontraban por el camino para intentar adornar lo horrible, el espanto. Pobres compositores. Si hubieran intuido lo que sería de su obra se lo hubieran pensado. Dos veces.
El hombre tiende a la autodestrucción y lo intenta, casi siempre, de la mano de lo sublime. Siempre hurtando a la belleza y al lenguaje. Como hizo Hitler. Como hacen un buen puñado de los políticos actuales. Y como hace cualquier persona que opta por arrimarse al arte sin ningún interés que no sea social o económico, pensando que eso tapará sus carencias intelectuales. Será el mismo bruto con un buen cuadro colgado de la pared y escuchará una pieza de Falla sin saber lo que hace, pensando que era un alemán muy listo porque todos los músicos eran alemanes muy listos. Y será admirado por unos cuantos ignorantes muertos de envidia.
Guzmán duerme tranquilo. La medicina parece que ha hecho su efecto. Escucha a Schubert y espero que lo termine apreciando como merece. Siempre desde la niñez, desde la inocencia. Esa que nos falta a todos cuando crecemos y decidimos tener más aun siendo menos.


sep 3 2005

Dios y Katrina

El señor Bush pidió públicamente a Dios que le echara una manita para que la invasión de Irak fuera un éxito. Ahora -estoy convencido de ello- se preguntará (el señor bush) cómo es posible que su Dios permita lo que está ocurriendo en su país. Lo que debería saber el presidente de los Estados Unidos de América es que Dios no se mezcla en estos asuntos y que los cristianos están (estamos) obligados a tener fe en él cuando las cosas van mal y cuando van bien. Que existan enfermedades o cataclismos no es otra cosa que la evidencia de la finitud humana y no un castigo divino. Dios no es un gran microbio que infecta las células humanas para que se desintegren, ni se dedica a soplar fuerte para que los vientos arrasen lo poco que queda de nuestra civilización. Dios no es Katrina. Conviene recordar que el agua que anega Nueva Orleáns, en cantidades y distribución diferentes nos proporciona la vida. Dios es el agua. Por otra parte, no puede involucrarse a Dios en los actos humanos que se realizan desde la libertad con la que el hombre fue creado. El señor Bush lanzó sus tropas contra un país porque es un ser humano y, por tanto, libre, y no porque Dios le susurrara al oído “George, George, invade a esos que son fatales”. Es esta una costumbre (la de mezclar churras con merinas y a Dios con todo) muy cristiana: si me van mal las cosas me enfado con mi Dios y no le entiendo, incluso dejo de creer en él y si necesito un golpecito de suerte me acerco por un templo, pongo cara de bobo y me dedico a pedir porque algo caerá. En realidad, los que hacen esto no son cristianos sino supersticiosos y estúpidos. Alguien debería leer al señor presidente (y a unos cuantos meapilas más) el libro de Job. Del capítulo treinta y ocho al cuarenta y uno, para ser más exacto. Si el voluntario para llevar a cabo esta misión no es cristiano, puede leerle “La odisea” en la que Homero hace decir a Zeus cosas como “Los mortales se atreven, ¡ay!, siempre a culpar a los dioses porque dicen que todos sus males nosotros les damos; y son ellos los que con sus locuras se atraen infortunios que el destino jamás decretó”, o puede leer un fragmento de “El anticristo” de Nietzsche que dice “Un Dios que en el momento oportuno corta el resfriado, o induce a uno a subir al coche en el momento en que empieza a llover a cántaros, debería antojarse un Dios tan absurdo que, si existiese, habría que abolirlo”. Hay para todos los gustos.
A ver si queda claro de una vez que creer en Dios es sentirse superado por los cuatro costados, es asumir que la razón humana es muy limitada. No le metamos en todo esto al pobre porque bastante tiene ya con aguantarnos. Ni le entendemos ni alcanzamos a imaginarlo. Es más: no sabemos si existe o no. Mi fe me garantiza que sí, pero eso es harina de otro costal.