feb 9 2011

Explicar el mundo

Este es un pequeño texto que escribí hace muchos años. El año 1.987. Me gusta poco buscar entre los viejos papeles. Sin embargo, encontrarme con este ha sido casi emocionante. Después de tanto tiempo, sigo pensando exactamente lo mismo. Y ella me sigue retocando la vida prestándome los ojos.

¿Qué es el mundo? ¿Qué son las personas? ¿Y los objetos?
Creo que todo es uno, que todo es lo mismo maquillado con leves diferencias que nos confunden. Y que es eso que llamamos estado de ánimo. Y que sólo cambia cuando miramos a través de ojos ajenos, cuando aprendemos cómo se hace; cuando entendemos que nuestros cambios son minúsculos, pero que alguien nos presta su propia mirada para que disfrutemos del cosmos por completo o para que queramos morir en ese instante. No se me ocurre nada más grandioso que descubrir lo oculto tras un préstamo que llega de improviso para deshacer la vida. ¿No es eso estar enamorado? ¿No es eso sentir alegría? ¿Acaso se puede sentir odio o tristeza en solitario, sin que intervengan otros?
La vida es una acumulación de matices que perfilan la realidad. Pintamos el cuadro y luego nos lo explican otros. Y dedicamos media vida a explicar el de los demás. El mismo cuadro, el mismo mundo, un día nos apasiona, otro nos enloquece. Y el mundo construido como un gran todo. Dentro de cada cual. Nuestro ánimo.


dic 11 2009

Nombres (1)

Michela.
Cierra su ordenador portátil y se sienta junto a la perra. Deja que se arrime a ella para juguetear con el pelo corto y erizado del lomo.
Sabe cómo es, qué es lo que quiere, dónde podría mirar para encontrar el territorio de la belleza apenas oculto en cada forma de las cosas. Pero acaricia el lomo del animal. Sólo hace eso.
Suena el teléfono. Duda si debe contestar o no. Finalmente, lo hace con cierta desidia. Abre un poco más los ojos. Rosetones góticos. Vuelve la mirada multicolor. Y sonríe. Retira el animal con cuidado para incorporarse. Escucha lo que necesitaba. Justo lo que era preciso.
Cuelga. Va hasta el aseo. Busca entre cajas y frascos. Cosmética. A mí esto me sobra, murmura. Y en el espejo ve un futuro cercano. Multiplica su vida por dos.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


jul 20 2007

Soportar algo más

Gonzalo y Guzmán disfrutan de su campamento de verano. Ni llaman, ni se ponen al teléfono. Buena señal. Guzmán y Gimena han descubierto que sus padres son capaces de hacerles caso. Si lloran o se quejan les preguntamos qué pasa, les cogemos en brazos. Estando los mayores la cosa se complica por la carga de trabajo. Así que todos contentos.
Ayer estuvimos en el cine gracias a que los tíos Mónica y Héctor (con sus niños facturados a diferentes lugares) se ofrecieron a cuidar de ellos.
La vida de los otros. Espléndida. Me quedo con el momento en el que un agente de la Stasi descubre que el mundo que conoce no corresponde con la realidad. Ni siquiera con la suya, con la única que ha tenido oportunidad de sobrevivir. Le vemos leyendo un poema de Brecht.

Fue un día del azul septiembre cuando

bajo la sombra de un ciruelo joven

tuve a mi pálido amor entre los brazos,

como se tiene a un sueño calmo y dulce.

Y en el hermoso cielo de verano,

sobre nosotros, contemplé una nube.

Era una nube altísima, muy blanca.

Cuando volví a mirarla ya no estaba.

Y a partir de ese momento el personaje comienza a evolucionar, a comprender un entorno que hasta ese momento se limitaba a la cara menos simpática de sí mismo. Sólo existe un camino posible. Agarrar lo bello para sortear la violencia, la destrucción gratuita del hombre. Hacer lo que toca pase lo que pase. Es necesario renunciar a casi todo para ser fiel a ti mismo, tal y como dijo el director de la película “sin que importe lo lejos que se hayan adentrado por el sendero equivocado”. Hay momentos en la vida en los que uno siente la llamada de aquello contra lo que ha luchado por desconocimiento, por odio o por obligación, siente la necesidad de convertirse en uno de los otros. Miramos la muerte cara a cara sabiendo que efectivamente existe, asumiendo que eso, sólo eso, nos mantendrá vivos mientras soportemos un poco más. Siempre hay que soportar un poco más. El dolor ante la conciencia de nuestros errores, nuestra incapacidad, nuestra fragilidad, nos avisan y nos dan una segunda oportunidad para morir habiendo llegado a ser lo que olvidamos ese día que ya no quisimos jugar con muñecas.
Al regresar nos encontramos con Gimena en huelga de hambre (se negó a tomar su último biberón porque para eso tiene padres que le hacen caso, supongo) y con Guzmán convertido en inventor de cuentos delirantes. Le preguntaron que si quería cenar y contestó que en casa lo único que se toma es agua, por ejemplo. O sea, Guzmán en huelga de hambre, también. Los niños hacen siempre lo que deben, sin esfuerzo alguno. Eso es lo que diferencia al adulto de un crío. Por eso ellos no tienen problemas de conciencia. Por eso y no por otra cosa.
Si alguien lo desea puede disfrutar de este video. Peace Piece. Niño Josele. Antes hay que mirar al cielo y buscar una nube altísima y blanca. Al terminar comprobar si está o no. Quizás no tenga más remedio que reflexionar sobre ello.


mar 11 2007

La chistera mundial

Escucho la versión de Waltz for Debby que Niño Josele le ha dedicado a su autor, a Bill Evans. Y como por arte de magia, si mis lectores han llevado el cursor hasta el título de la canción (eso si es que alguien me lee en este espacio), podrán escuchar lo mismo que yo cuando escribo estas líneas. Cortesía de unos tipos que se dedican a ordenar montones de unos y ceros para conseguir que el mundo quepa dentro de una chistera que ahora llamamos ordenador. Magia potagia.
Que una célula termine siendo un ser humano, que podamos hablar con alguien que está en Australia a través de un cacharro pequeño y sin cables, que un avión vuele y no se estrelle un par de segundos después (salvo contadas excepciones) o que la mente humana sea capaz de crear algo como la novena sinfonía de Beethoven me sigue pareciendo magia. De niño siempre me asombró que los habitantes del polo sur pudieran mantener los pies en el suelo. Les imaginaba atados a una cuerda para no caer al espacio exterior. Descubrí la fuerza de la gravedad en el colegio y me tranquilizó saber que la cosa no era tan grave como pensaba. Pero algunas cosas, por más que me cuenten grandes teorías, me siguen causando estupor por parecerme imposibles. Trucos de magia.
La perfección de la naturaleza me causa una perplejidad difícil de explicar. Pienso en ello y me siento tan niño como mis hijos. Sé que existe una explicación para cada una de esas cosas aunque me temo que prefiero no profundizar para terminar de entender. Me gusta saber que me puedo sentir un chiquillo pensando que el mundo es tan grande que no se puede comprender, que por más que intente meter el mar en una concha jamás podré conseguirlo. No creo que sea malo conservar esa postura pueril que puede aparecer cuando la vida se te echa encima para que respires con dificultad, para ahogarte.
Vivimos dentro de una gran chistera. Rodeados de magos que llamamos informáticos, músicos, pintores o (porque no decirlo) escritores. Todos aportar la luz necesaria para que entendamos un mundo que se hace más incomprensible cuanto más sabemos. Así es el ser humano. Comprende más cuando se le presenta un misterio por resolver. Es cuando piensa, cuando es más humano.
También la chistera está rodeada por magos tramposos que presentan sus trucos con habilidad y nos hacen comulgar con ruedas de molino. Pero esos duran menos. Políticos que destrozan los milagros convirtiéndolos en cubos de basura, economistas que se dedican a predecir el pasado o sacerdotes que dibujan a sus dioses igual que jaulas de las que uno no puede salir sin su ayuda.
Todos magos. Todos asombrados ante el truco del otro.
Hoy me apetece creer que los habitantes del polo sur se agarran a sus cuerdas para no salir despedidos hacia el espacio exterior. Prefiero pensar que vivo un mundo mágico en el que alguien puede escuchar lo mismo que yo cuando escribo. Sin saber porqué. Sin importarme lo más mínimo. Debe ser que si miro alrededor creo que me sentiré mayor, muy mayor. Tan viejo como se siente una humanidad empobrecida por tanto mal truco.