nov 11 2010

El mundo del revés

Puedo sentir el aroma del humo. Al final del delgado hilo, comienza a verse una pipa de la que cuelga un hombre serio. Parece que flota apoyado sobre el suelo de arena.
El sol va oscureciendo el paisaje. Crea sombras infinitas y, sólo detrás de los objetos, una luz tenue se deja ver. Modosa, casi avergonzada.
Los chiquillos agarran las manos de sus madres, de los abuelos, les indican el camino. No quieren que crucen sin antes mirar a un lado y a otro de la carretera. Algunos se quejan inquietos. Cosas de mayores.
Una paloma camina por la acera. Sin correa al cuello que se lo impida. A su lado, un perro levanta la pata trasera como si quisiera levantar el vuelo. Torpemente.
Me levanto. Necesito descansar. Pienso sobre lo que puedo ver, sobre lo poco que me gustaría que fuera lo contrario. Anoto en mi agenda (en la última página): No se puede ser escritor mirando mal las cosas.