feb 6 2010

Nombres (15)

Sara

Baja las escaleras dando pequeños saltos. Hoy es el día, piensa. No le cabe la menor duda.
Desde niña busca incansable. Le han dicho que en algún lugar está, que cuando menos lo espere lo terminará encontrado.
Y es cierto. Ha llegado el momento.
Entra. La fiesta es divertida. El muchacho se acerca. Le encanta. Hablan, se miran, se desean. Cuatro o cinco copas más tarde salen de allí, mucho ruido. Y en el coche se siente morir de amor (eso piensa). Así que era esto, le dice al oído. El muchacho separa la cara. No parece entender bien lo que escucha. Los ojos enrojecidos, la boca ligeramente abierta. Se acarician, se desean. Cuatro o cinco intentos después (el muchacho no parece fatigarse ante tanta negativa), las carnes se envuelven entre sí. Siente miedo aunque está dispuesta a todo.
Ahora, intenta quitarse de encima a su amado. Le ha pedido un abrazo, pero duerme. Y piensa que eso es cosa del alcohol, que seguro que mañana será otra cosa.
© Del texto: Gabriel Ramírez Lozano
© De la ilustración: Annie Christian


feb 1 2010

Nombres (14)


Elisa

– Te ofrecí lo mejor de mí. Te he amado como nunca nadie más lo podrá hacer. No me queda nada por dar. Y, ahora, cuando ya no sé ni quién soy me vienes con estas.
– Lo siento, de verdad que lo siento mucho.
– Si sintieras algo nunca me hubieras dicho algo así. Te lo hubieras guardado para ti, para siempre. Espacio, tiempo propio, libertad. Todo eso lo has tenido de sobra. Qué poca vergüenza te queda. Ahora, sé decente y dime cómo se llama.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


ene 31 2010

Nombres (13)

Guzmán
Levanta las cejas. Apretando los labios, abriendo ligeramente los ojos. Un movimiento rápido. Sencillo. Algo ha descolocado un orden que él reconstruye en ese instante. Porque sabe que eso, el orden, es lo que uno puede imaginar.
Mientras, millones de personas corren en dirección al sonido que una vida mentirosa obliga. Él aguarda a que regresen llenos de polvo, sudorosos. Con las manos vacías. Se sienta frente a su cuaderno de piel negra. Papel rayado. Escribe. La letra pulcra, acompasa el ritmo de la respiración con el movimiento de la muñeca. Duda un instante. Es entonces, como cada vez que eso ocurre, cuando alarga la mano izquierda para acariciar un libro heredado mucho tiempo atrás. Le tranquiliza. El tacto le hace recordar que, si hace las cosas convencido de que así han de ser, todo está en su sitio. No hay otro camino posible, piensa. Continúa con la escritura. Millones de manos vacías podrán agarrar algo para no caer más. Un orden construido en soledad mientras corren hacia el sonido que produce una mentira enorme, sigue pensando hasta que levanta la mano y sujeta el cuaderno.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


ene 31 2010

Nombres (12)

Gustavo

En el bar apenas hay clientes. Toman café. Charla tranquilamente con su buen amigo. Otra taza.
– Y tú ¿tienes algo de lo que arrepentirte?
– Jamás me arrepentiría de nada. Lo hecho, hecho está. Vaya, he tirado todo el azúcar. ¿Me pasas otro sobre?
– Te envidio, de verdad. Me gustaría mucho ser así, dice mientras observa el temblor en la mano. Agarra el asa de la taza. Antes de llevársela a la boca, levanta la vista moviendo los ojos. Sólo los ojos. No dice nada mientras comprueba que ese gesto es nuevo para él.
Se despide. Toma el autobús. Hace el trayecto de pie apoyando la espalda en la ventanilla de emergencia.
Abre la puerta de casa. Al cerrar se queda inmóvil. Las llaves en la mano, respirando con la boca entreabierta, mirando al frente. No le gusta su casa. Todos los recuerdos que rezuman las paredes le parecen odiosos. Nunca debió dejar que eso ocurriera, piensa. Gira de modo imperceptible la cabeza para escuchar un sonido inventado. Un saludo. Cualquier cosa. Cierra los ojos. No puede más. Se arrodilla apoyando las nalgas en los pies, las manos en los muslos. Comienza a reír. Hay que joderse, cómo nadie quisiera ser así, cómo nadie puede envidiar esto. Hay que joderse.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


ene 30 2010

Nombres (11)

Sonia
1.
La mujer se detiene frente al cuadro. No sabe qué puede representar eso. Líneas de colores retorcidas sobre sí mismas. Al fondo, un pequeño y extraño animal pasta. El sol, roto en tres pedazos. Uno de ellos cayendo. No entiende aunque se descubre llorando. Sin saber, sin razón.
2.
Se acuesta. El cansancio es demoledor. El lado contrario de la cama vacío. Siempre lo está. Extiende el brazo para comprobar que es así, que no es un mal sueño eterno. Toca el hombro desnudo del hombre. Apenas se conocen. Duerme allí desde tres días atrás. Ese lado sigue vacío. Descuelga el auricular del teléfono para escuchar el sonido largo y agudo. Primero continuo. Luego hecho añicos.
3.
Sabe que es él. Le tiene delante. Demasiado tiempo esperando para descubrir que existía realmente. Él sonríe, le tiende la mano. No, dice con un gesto. Ya es demasiado tarde para comprender el mundo. Ahora es el tiempo de llorar ante lo que jamás se podrá comprender.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


ene 30 2010

Nombres (10)

Loreto

Camina sobre el alambre. La pértiga agarrada justo en el centro. Estira los músculos a cada paso que da hasta que la punta del pie en movimiento se tensa por completo. Con las manos hace que la pértiga se incline levemente hacia un lado u otro. Se concentra para que cada gesto sea el exacto.
Un pájaro vuela aleteando con fuerza. Parece que pasará de largo, pero se posa sobre el alambre. A una distancia prudente de ella. Tal vez les separan cuatro o cinco pasos.
Pierde la concentración. Mueve con rapidez la cintura hacia un lado y otro, el cuello se arquea al contrario. La pértiga sube y baja. Flexiona las piernas al mismo tiempo para conseguir una posición estable.
El pájaro comienza a saltar sobre el alambre. Se acerca.
Ella logra sentarse mirando un horizonte marcado con fuerza. Pasan un par de minutos. Observa al pájaro que parece hacer lo mismo. A sus pies el mundo. Poco antes un ataúd esperando. Ahora un cuadro hiperrealista que intenta mantener el equilibrio sobre ella.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


dic 27 2009

Nombres (9)

Paula María.
Sólo utilizaba las manos para moldear la arcilla. Creía que era a través de la piel la única forma posible de crear. La figura estaba acabada. Miró, se alejó varios pasos para comprobar que no le gustaba, se humedeció las manos en el agua teñida de color rojizo y se acercó de nuevo para apretar con fuerza el rostro de la figura. Después de quince años, todo se había convertido en un ritual perfecto.
Los que habían visto alguno de sus trabajos antes de ser destrozados juraban que si te acercabas lo suficiente para observar con detalle podías ver cómo aquellas figuras respiraban, sonreían o lloraban con expresión implorante. Y él, tras quince años, destrozaba sus trabajos sin piedad alguna.
Prohibió la entrada a su taller. A todos sin excepción. Durante un par de años no recibió ni una sola visita. Fue una muchacha de ojos claros la primera y única que pudo entrar allí. Tan sólo quiero ver cómo destroza sus figuras, le había dicho. Cada día se sentaba sin decir una sola palabra detrás del artista. Y cuando la arcilla volvía a ser una masa amorfa se iba.
Una tarde de verano miró la figura y le gustó. Retocó una pizca la nariz y decidió dejar todo como había quedado. Perfecto.
Salió al balcón para pensar una vez más en ella. Ya eran muchos años de ausencia. Y fue, en ese instante, cuando supo que no era capaz de recordar como antes. Algún detalle inventado rellenaba el recuerdo. La muchacha seguía sentada. Sin moverse. Miraba la figurita con los ojos entornados. Él gritó. Puedes cogerla y llevártela. Es tuya. Eres tú. Ella se fue. Con ella. Y él, desde su taller, oculto por la cortina amarillenta, observó cómo se alejaba, fijándose en cada detalle.
Hoy pueden comprarse sus figuras en las mejores galerías del mundo. Se pagan precios improbables por ellas. Les precede la fama de una vida propia. Aunque nadie, desde el verano de mil novecientos setenta y cinco, ha podido comprobar que así sea.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


dic 25 2009

Nombres (8)

Sandra.
Tal vez fue el gesto de empujar la puerta para cerrar lo que le hizo pensar en ello. Quizás nunca antes había sentido que algo material podría crear una distancia imposible. Apenas veinte centímetros de madera se convertían en la negación de una vida entera. Él estaría al otro lado pensando, inmóvil, mirando fijamente el suelo, la mano apoyada en la pared. Incapaz de comprender.
¿Por qué cerrar aquella puerta si hubiera querido mantenerla abierta de par en par? Esta vez todo era diferente. Un hombre de los de verdad, soñado. Y ella atrincherándose en lo que tanto detestaba, en eso que enseñaba haciendo aspavientos para que todos supieran que no, que ella era distinta.
Lo que antes era un mundo construido a su medida en el que todos levantaban altares para venerarla se había convertido en un lugar para dos. Nada de caminar con él detrás pendiente de su belleza, de su simpatía o de una sonrisa. Incluso le podía imaginar siendo quien abriera camino. Si hablaban no era de ella sino de ellos, si pensaban lo hacían sobre una vida que no les pertenecía y que había que entender desde lo más profundo de la consciencia. El mundo se agrandaba. Volvía a ser la protagonista, pero no por ser ella sino por ser. Existían.
Pero cerró la puerta. Desde niña defendiendo que lo importante es lo que uno puede llegar a pensar, que la belleza es pasajera y que la imperfección se lleva a cuestas siempre. Y ahora cerraba la puerta. Lo cómodo resulta ser más atractivo que yo misma, pensó. Sabía que estaba cambiando el riesgo de ser por un puñado de halagos que llenaban un instante pequeño. Agarró el pomo de la puerta y movió la muñeca. A dos metros, él con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, apoyado en la pared, la cabeza ligeramente ladeada.
– Si quieres ser tú debes impedir que te construyan a base de decirte lo que deseas. Yo no podría hacer eso, pero merece la pena correr riesgos. Me gusta lo que tienes aquí dentro, dice llevándose un dedo a la sien derecha.
Ella deja de sonreír. Le gustaría poder hacerlo con ironía para despacharle con un ademán tantas veces repetido. Sin embargo, no, no lo puede hacer.
– Y ¿si arriesgo qué puedo conseguir? ¿A ti, tu arrogancia o ser un perrito faldero?
– No, nada de eso. Mejor lo dejamos para otra ocasión. Ya te he dicho más de una vez que no eres mi tipo cuando vas de reina de la noche. Si, en otro momento, te dejas de bobadas y decides ser tú, me llamas. Es eso lo que conseguirás. Ni más ni menos.
– Eres un estúpido. Ven aquí, idiota.
Se agarra de su brazo bajando un poco la cabeza mientras comienzan a caminar. Y él, a la vez que dice algo sobre su despiste, retrocede lo justo como para poder cerrar la puerta.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


dic 13 2009

Nombres (6)

Núria.

Sabe que el mundo espera de ella esto y aquello. Y se lo entrega sin demora.
Sabe que lo que necesita para ser feliz es esto otro. Lo tiene cerca aunque nunca lo agarra. No alcanza a comprender la razón.
Quizás por eso el mundo sigue pidiendo. Desea y tiene.
Quizás por eso ella tiró la toalla hace mucho tiempo. Desea y sueña.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


dic 12 2009

Nombres (5)

G.
El volcán se encuentra en plena erupción. Han pasado muchos meses desde que la montaña comenzó a escupir piedras fundidas. Cerca de él apenas se puede respirar. Ceniza, vapores venenosos, un calor insoportable. Se ha convertido en un lugar inaccesible.
El hombre se apoya contra unas rocas recalentadas. Se acostumbró, poco a poco, a resistir en ese infierno. Fue el único que quedó atrapado. Y de allí ni se sale ni se entra.
Le lloran los ojos, respira con dificultad, pero respira. Se protege como puede con lo que tiene a mano. Pensó que alguien podría intentarlo por el aire. O por tierra con el material adecuado. Aunque ya no gasta energías en pensar. Ni en eso ni en nada. Ir hasta allí es imposible para cualquiera. Además no hay voluntarios. Se conforma al pensar que, al menos, allí gobierna él. Entre azufre, lava y cenizas, pero él y nadie más.
Una nueva explosión. Un río incandescente que se aproxima con rapidez. Corre. Logra encontrar un refugio seguro.
Mira hacia el lugar en el que antes se veían las sirenas. Oscuridad absoluta.
Se acurruca agarrándose las piernas. Sabe que ya es corto el recorrido. Cierra los ojos murmurando la imposición de no soñar. Esperando que comience un nuevo día.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano