ago 19 2010

Lógica de escape (V y final)

– Hola, ya estoy en casa. Oye, te tengo que contar. Menudo día de trabajo. Vengo hasta el moño. Además acabo de hablar con mi madre por teléfono y, nada más colgar, me ha llamado Cristina para contarme la cena de ayer. Espera que me cambio y te pongo al día.
– Júpiter, vamos a la calle.
– Será cabrón este tío. Ya se ha ido otra vez. Luego dirá que no me intereso por él.


nov 19 2009

Tatamis y colmillos retorcidos

No hace mucho que Guzmán Ramírez se ha estrenado con el judo. Sigue los pasos de su padre y de sus hermanos (Gonzalo será cinturón negro dentro de muy poco tiempo y Guillermo abandonó hace algunos meses). Aún habiendo pasado por estas cosas ya dos veces, me sigue haciendo gracia ver al jovencito andar por encima del tatami. Ya veremos cómo evoluciona y si termina teniendo la suficiente afición como para llegar lejos. Primeras caídas de costado, de espaldas, primeras técnicas y, de momento, poca leña. Sus compañeros son todos parecidos. Pequeñitos, cándidos y, más que nada, juguetones. Otra cosa bien distinta es lo de Gonzalo. Cada combate en competición es una pelea en la que dos tíos hechos y derechos tratan de derribar al contrario sea cual sea el precio. El último que ha tenido que pagar es una lesión de clavícula que no mejora y que le terminará haciendo perder buena parte de la temporada. Ya paso algo de miedo cuando le veo competir. Ante algo tan parecido las sensaciones son completamente diferentes. Más de todo en el caso de Gonzalo. Más fuerza, más músculos, más picardía en la pelea porque triplica en edad a su hermano. Eso es algo que anotamos en el haber con el paso del tiempo. Más mala leche.
Las empresas están llenas de personas con el colmillo retorcido, los políticos saben más por viejos que por políticos, los que siempre fueron malos son (pasados los años) lo peor. Cuando escucho eso de que los viejos son como niños me da la risa. Serán igual de caprichosos y sus ideas serán de lo más surrealista, pero a mala leche no hay quien les gane si es que la sacan a relucir.
Observar cómo dos críos de cinco años practican judo es, incluso, relajante. Intentan aprender a colocar los pies en su sitio, a tensar los músculos del cuello para no dañarse al caer, se ponen enfrente del contrario para mejorar y conseguir que su profesor les felicite. Para pasar un buen rato, para hacer la vida amable.
Observar cómo dos adolescentes tan altos como torres y músculos duros como piedras es inquietante. Salen del vestuario con el rostro serio, el pensamiento fijo en un combate que llega poco después (el que ha competido sabe que un deportista es capaz de visualizar lo que tiene que hacer con una exactitud impresionante). Miradas serias, casi amenazantes. Todo lo que se mueve en el mundo no cuenta. Las peleas son duras. Sudor, caras de desesperación cuando las cosas van mal, de sufrimiento siempre. El trabajo de meses se puede quedar en nada después de un mal gesto.
Observar cómo dos adultos gastan toda su mala leche entre ellos es patético. Todo lo sucio acumulado durante años adorna un momento lamentable.
Sólo luce el genio si viste ropa deportiva. Sólo si hay reglas iguales para todos la pelea es digna de ser vista. Sólo así carece de peligro.
Guzmán acaba de descubrir lo que significa compartir un tatami y un vestuario. Gonzalo lo sabe de sobra y, cada día que entrena, crece como persona alrededor del deporte. Yo tengo que andar esquivando guantazos allá donde voy y encuentro a un tío que quiere enseñar lo que es capaz de hacer cuando se acuerda de lo malo que puede llegar a ser. Y también reparto lo mío. Supongo. Triste.
Da gusto ver a los muchachos progresar. Da pena ver lo demás como se descompone cuanto más extenso es el haber que confundimos con el debe.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano