mar 13 2011

El día a día

3 de enero de 1.996
Todos se miraban entre sí. Asentían y alzaban ligeramente los brazos con las palmas de las manos hacia arriba. Si alguno tenía alguna duda la ocultaba con ese par de gestos. Allí el jefe siempre tenía razón.
– Alguien tiene algo que añadir, preguntó el único que no movía la cabeza ni los brazos. Ocúpate tú. Eres el más joven y este tipo de mierda te corresponde limpiarla a ti.
Todos se levantaron y, como si no hubiera pasado nada extraordinario, fueron hasta la barra. Una mujer rubia, con cara de tener pocas luces, las uñas tan largas que se curvaban hacia la mitad pareciendo garras, les sirvió una copa.
– Ahora saldrán las chicas. Os encantarán. Hay dos nuevas. Rusas o checas o algo así. Hablan raro. Sin complejos.
– Pues que se queden con el chaval. Se va de viaje y necesita relajarse un poco.
A las siete de la mañana ya estaba sentado al volante. Tres horas después paraba el motor frente a un edificio lujoso. Y quince minutos más tarde había un tipo menos en el mundo. Había lloriqueado un poco, había prometido que nunca volvería a ocurrir. Poca cosa. El muchacho lamentó las manchas en los zapatos y en el bajo del pantalón. Eran nuevos. Antes de regresar, se detuvo en un par de tiendas para reponer ambas cosas. Al fin y al cabo, pagaba un mierda que ya no estaba, que no había sido digno al morir. Esa tarde acompañó a su madre. Quería ir a la iglesia con ella. Siempre pensó que una visita podría salvarle del fuego eterno. Las reglas del juego eran sencillas. Matas, te arrepientes; y aquí paz y después gloria.

4 de febrero de 1.998
Las cosas iban bien. Ningún problema era tan grave como para que no se solucionase con un par de palizas o, en el peor de los casos, un tiro en la nuca de un gilipollas. La policía estaba controlada, los jueces tenían un precio y las otras bandas iban a lo suyo. Nada de interferencias, nada de enfrentamientos inútiles para todos. Sólo un pequeño problemilla parecía no tener solución. Desde los comienzos, era el mismo. Faldas.
– ¿Se puede saber qué te pasa a ti, coño? Estás con nosotros hace tres años. No te he pedido nada del otro mundo. Nunca. Eres el más joven y el más nuevo; demasiado joven y demasiado nuevo para lo que acostumbra a rodearme. Y no eres capaz de controlar a una puta idiota. O lo haces tú o ya lo hago yo. Antes o después no traerá complicaciones a todos. No seas gilipollas y pon las cosas en orden.
– ¿Qué quieres que haga, joder? ¿La mato?
Esperó contestación aunque todos miraban a lugares inexactos.
– Vamos, no me jodas. Yo no os pediría algo así.
Silencio.
– No creo que sea necesario. Mierda.
El jefe se levantó primero. Uno a uno, todos hicieron lo mismo.

12 de junio de 1.998
Siempre hay capullos que no soportan el rigor del trabajo. Tuvieron que limpiar con lejía las paredes y el suelo. El muy gilipollas se voló la tapa de los sesos, allí, delante de todos. Lo último que hizo antes de apretar el gatillo fue cagarse en la madre que los parió. Mucho ruido y pocas nueces. Y, encima, no tuvo tiempo de ir a la iglesia. Del cuerpo de deshizo el especialista. Tiene muchos perros en casa y lo tiene fácil. Y de la puta idiota de su novia me encargué yo. Ya se sabe que a los más nuevos nos toca bailar siempre con la más fea.


oct 24 2010

Traición deseada

Son muchas las veces que nos sentimos traicionados y pocas las que nos traicionan. Por mucho que lloremos, gritemos con furia o pidamos venganzas dolorosas. Porque sólo se puede hacer algo así a alguien que sigue siendo el mismo; nunca a ese que cree ser la misma persona que se presentó para ocupar un hueco en la vida de alguien (o en la propia fingiendo llegar renovado), pero que dejó de ser tiempo atrás aunque no lo tiene en cuenta. Intentar borrar de la memoria el pasado no es más que una trampa estúpida.
Queremos que nuestro reflejo sea eterno en la conciencia ajena. Ese mismo que proyectamos sacando a relucir lo mejor, ese mismo que sacamos a pasear sabiendo que gusta, ese mismo que escondemos con rapidez cuando ha cumplido su misión y reservamos para el siguiente en llegar a nuestro lado. Deseamos, disimulamos ser los mismos. Sin embargo, nadie lo ve así. No puede ser. No cabe ni el engaño propio. Y el resultado es que las deudas se desvanecen en poco tiempo. Sólo somos morosos con la mentira.
Las actitudes se modifican. Unos se justifican diciendo que ya no son quienes fueron aunque reservan la esencia, otros se lamen las heridas abiertas y sin cura posible.
Dejamos de ser lo que fuimos, lo que enseñamos. Y no queremos que eso sea motivo de cambios en otros. Incluso, no permitimos que el recuerdo propio sea distinto al que nos hace sentir felices e intocables ante otros. Cambiamos. Cambian. Nuestro reflejo es mueca. Sufrimos. Atacamos con desesperación pidiendo clemencia. Y a eso lo llamamos traición. Casi siempre.