mar 1 2012

Caída libre

Luzbel es el nombre del ángel más bello y poderoso que jamás se haya conocido. Un día cayó, fue derribado, y su condena es eterna. No se puede coquetear con el poder del más poderoso porque el castigo es cruel y eterno.
El ser humano se ha convertido en Luzbel. Al menos eso ha intentado. Y su caída es un hecho. Rápida, mortal, sin final conocido aunque apesta a desaparición. No se puede coquetear con la divinidad cuando se es mortal e imperfecto. Hemos jugado a ser dioses dejando la mortalidad para los más desfavorecidos, para los que no tienen un puto recurso que les permita prosperar. La bota de los falsos dioses ha pisoteado su existencia sin compasión. Y digo esto porque algunos han decidido -otros hemos consentido- hace mucho tiempo que seres humanos son los que viven en una zona concreta del planeta. La aristocracia viva. El resto son gusanos. El hombre actual está muy pegado a la filosofía de Nietzsche. Casi nadie lo sabe, pero es así. En realidad, casi nadie sabe nada. Somos un Luzbel cutre y patético y cruel y cualquier calificativo que llene de mugre nuestro mundo.
Lo peor de todo es que presumimos de nuestra condición. Es curioso que, siempre, aludimos a nuestra inteligencia, a esa diferencia absoluta con el resto de especies, para declarar nuestra condición algo casi divino. No queremos entender que esa capacidad de reflexión nos diferencia, es verdad, pero porque declaramos guerras, cometemos injusticias o las justificamos, amasamos fortunas sabiendo que eso es la pobreza de otros, destrozamos nuestro planeta a un ritmo miedoso. ¿Eso significa ser inteligente? ¿Eso es nuestro gran capital, lo que nos hace llegar más lejos que cualquier otro ser vivo conocido?
Habrá gente que diga que no, que no declara guerras, que no hace pobres a los demás, que no a todo. Y yo digo que aquí no se libra nadie. Somos ciegos ante lo que nos puede rebañar algo de comodidad y bienestar. La inteligencia también nos convierte en cínicos.
Ya sé que hablo de algo que no tiene solución; ya sé que todo esto queda muy bonito aunque no lleva a ninguna parte. Pero también intuyo que si todos tuviéramos una idea a la que agarrarnos, un discurso que pudiéramos manejar con solvencia; la cosa cambiaría. Nos han convertido en ignorantes y en miedosos. Si añadimos nuestro cinismo y una inteligencia atrofiada que sólo entiende de uno mismo; el problema es tremendo.
Somos Luzbel. La caída es libre. Y, a diferencia del ángel que nunca tuvo ni tendrá posibilidad de perdón, podemos arreglar las cosas antes de llegar al fondo de un pozo que desconocemos lo que mide. Pensar es gratis. Leer a los que saben de esto o aquello es gratis. Las ideologías también lo son. Crecer como personas es el único remedio para sacar esto adelante. Y la televisión nos empequeñece, opinar sin saber lo que se dice lo mismo, pegarnos a la opinión de mequetrefes que dictan la vida desde un micrófono a base de amenazas monstruosas es indecente (decir barbaridades y creerlas sin más). Las listas se llenarían por un lado u otro.
Somos Luzbel. Y aquí nadie hace ni dice nada. Y creo yo que ya va siendo hora.


ene 10 2007

Viaje al centro de Medea

Medea, la protagonista de la tragedia de Eurípides, después de cargarse a la nueva esposa del que fue su marido, al padre de la nueva esposa; a Jasón, que fue su marido; y a sus hijos (de su marido y de ella, de Medea), después de cargárselos, decía, sale pitando hacia la corte del rey de Atenas. Y lo hace subida en un carro tirado por dragones. No sé si esta obra la ha leído un tipo que se dedica a contar en sus libros la Biblia como si fuera un libro de marcianos y de naves espaciales. J.J. Benítez, se llama. Si alguien conoce a este hombre que le avise. Puede ser un filón para él porque los carros de fuego bíblicos y los tirados por dragones en la Grecia clásica pueden ser convertidos en aparatos interestelares con facilidad. Son más creíbles los motores enormes y, sobre todo, mucho más comerciales.
Ayer terminé de leer la Medea de Eurípides. Dentro de un autobús. Fascinante. Una historia que se ancla en una trama repleta de venganza, pero que trata de la maldad. Todos podemos desear daño a otro después de sentirnos traicionados por él, todos nos dejamos dominar por la ira aunque sólo alguien como el personaje de Eurípides puede llegar a esos extremos. La maldad convierte la venganza en la peor de las armas, en la más letal. Supongo que todo el mundo sabe que, cuando Medea huyó con Jasón y fue perseguida por su padre, ella mató a su hermano y esparció los restos para obligar al padre a dar sepultura, poco a poco, a su hijo y así retrasar esa persecución. Una alhaja de mujer. Mala, malísima.
Estoy pensando que quizás no sea buena idea advertir a Benítez. Lo del carro y los dragones le puede dar juego. Sin embargo, la tripulante es de lo más humana. Es verdad que posee actitudes tendentes a la exageración (matar al marido podría haber sido suficiente, o al suegro, como mucho a un par de personajes), pero humana al fin y al cabo. Y eso, convertirlo en un historia ridícula, tiene su complicación. Y no creo que venda mucho.Mejor, si alguien le conoce, que le avisen de otra cosa. Por ejemplo, que alguien le diga que en Madrid miles de personas viajan en metro y autobús cada mañana. Eso si que es una aventura. Y convertirla en una trama intersideral está chupado. Describes una nave pequeña, con capacidad para, pongamos, veinte personas. A continuación, metes en la nave a quinientas personas. Quince o veinte de ellos no se duchan y huelen a ñu africano. Otros treinta tripulantes quieren sentarse en los asientos que ocupan otros. Media docena embarcan en la nave con muchas bolsas de plástico llenas con sus cositas y se mueven de forma absurda por la nave, doscientos llevan mochilas en la espalda y el resto se juntan mucho intentando evitar olores, golpes y cosas así. Está chupado. Corran, corran a decírselo.