jul 19 2011

El pensamiento infinito

He pasado buena parte de la tarde mirando fotografías. Todas viejas.
El niño que sonríe antes de comer un helado, con su primera bicicleta, junto a sus hermanos (los mayores siempre con cara de no querer estar por allí). Un muchacho que habla con su entrenador mientras señala la embarcación, sentado alrededor de la hoguera con los amigos. En la universidad junto a otros que ahora no reconocería. De viaje. Santander, Egipto, París, Venecia. En avión, en barco, mientras conducía. Con un niño en brazos. Jugando con más de uno. Celebrando el cumpleaños de todos. Hace unos días mientras paseaba por la playa.
Fotografías todas viejas.
Ahora, mientras tomo un café, observo una que no he podido evitar arrancar de la cartulina. El muchacho mira algo que quedó fuera de cuadro. Lo hace con los ojos brillantes. Un pensamiento que no tiene fin. La boca ligeramente abierta. El gesto serio. Y recuerdo esa fiesta. A mi amigo fiel haciendo fotografías a todo y a todos como era costumbre. Todo el mundo moviéndose de un lugar a otro. Y ella inmóvil. Esperando a que la descubriera. Para siempre. En Grecia o en Israel. Dentro de un avión. Entregándome a un niño o a todos. Paseando por la playa.


ene 7 2010

En busca de la inmortalidad

– Vengo para ver a Dios.
– Pues tendrá que ir a la parroquia de su barrio. No sé si sabe usted que esto es un autobús urbano.
– A mí me han dicho que Dios está en todas las partes del mundo.
– Vete a la mierda, payaso. Venga, o pagas el billete y te callas o te bajas ahora mismo.
– Vengo para ver a Dios.
– Si quieres te pongo una caña de cerveza. Otra cosa no puedo hacer.
– Pero ¿Usted sabe dónde le puedo encontrar?
– Te aseguro que por este bar no ha pasado nunca. ¿Quiere esa cerveza o no?
– No.
– Pues no pienses en utilizar el retrete. A la calle.
– Vengo a ver a Dios.
– Pues estás en el lugar adecuado. ¿Cuándo has muerto?
– ¿Estoy muerto?
– Totalmente muerto.
– Entonces ya no me interesa. Si lo que quería era ser inmortal.
– Pues entonces, para abajo. Allí se pueden vender almas por poca cosa. Pregunta por Lucifer.
– Vengo a ver a Lucifer.
– No está. Se encuentra en el cielo jugando su partida de ajedrez con Dios.
– Vale. Dígame en qué caldera me meto. Yo ya paso.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano