He pasado buena parte de la tarde mirando fotografías. Todas viejas.
El niño que sonríe antes de comer un helado, con su primera bicicleta, junto a sus hermanos (los mayores siempre con cara de no querer estar por allí). Un muchacho que habla con su entrenador mientras señala la embarcación, sentado alrededor de la hoguera con los amigos. En la universidad junto a otros que ahora no reconocería. De viaje. Santander, Egipto, París, Venecia. En avión, en barco, mientras conducía. Con un niño en brazos. Jugando con más de uno. Celebrando el cumpleaños de todos. Hace unos días mientras paseaba por la playa.
Fotografías todas viejas.
Ahora, mientras tomo un café, observo una que no he podido evitar arrancar de la cartulina. El muchacho mira algo que quedó fuera de cuadro. Lo hace con los ojos brillantes. Un pensamiento que no tiene fin. La boca ligeramente abierta. El gesto serio. Y recuerdo esa fiesta. A mi amigo fiel haciendo fotografías a todo y a todos como era costumbre. Todo el mundo moviéndose de un lugar a otro. Y ella inmóvil. Esperando a que la descubriera. Para siempre. En Grecia o en Israel. Dentro de un avión. Entregándome a un niño o a todos. Paseando por la playa.
Siendo joven me inventé mi propia vida. Fui capaz de perfilar el futuro con exactitud casi matemática. El proyecto de vida estaba ahí como si se tratara de un libro más. Durante años intenté modificar lo menos posible eso que había pensado y llegó el momento en que tuve que ceder dejando que las cosas fuesen sin que yo interviniese, que fuesen por sí mismas. El proyecto inventado fue dejando espacio a la realidad. El futuro no se puede encorsetar porque el futuro no existe.
Sí, fue entonces cuando decidí escribir de forma regular, dedicar buena parte de mi tiempo a la literatura y entender que era la única salida a un problema que me había fabricado siendo joven y que, si no solucionaba, lo arrastraría durante toda la vida.
Fue entonces cuando descubrí que el hombre puede renunciar a todo (a todo sin excepción) salvo a su propio relato de vida, a esa explicación que necesitamos constantemente sobre lo que nos está pasando. Dios, la pareja que creímos definitiva, una casa de ensueño, el trabajo mejor pagado de la historia, la amistad, el amor, el proyecto de vida o lo que sea, es accesorio, pura anécdota en la vida. Lo importante es saber qué hacemos, por qué lo hacemos, quiénes somos. Todo se puede quedar atrás salvo uno mismo. El hombre es finito con vocación de ser infinito. El hombre llega a serlo cuando se explica, cuando entiende que hay un sentido, cuando se acerca a lo que no se ve. Dentro y fuera.
Y fue entonces cuando me enteré de que no sólo me había inventado un futuro sino que, poco a poco, había fabricado un pasado. Un futuro tan incierto como cierto el pasado. Las experiencias no vividas se hacían presentes como si aquello hubiera pasado tal y como yo quería creer, mezcladas con las que fueron. Vuelta a empezar.
Pero fue entonces cuando descubrí lo que significaba escribir y lo que significaba hacer literatura. Se abrió un abismo entre una cosa y otra. Había parecido lo mismo durante años. Y la conmoción fue tal que las bodegas, hasta ese momento tranquilas, llenas de cosas que no llegaba a intuir, se convirtieron en paso obligado al escribir cada palabra. Y todo aquello que fui encontrando lo convertí en personajes, escenarios, tramas y puntos de vista. Había que construir una realidad en la que pudiera dibujar lo que fue, lo que no fue, lo deseado, lo odiado, a los otros y a los que nunca existieron pero parecían estar, a mí mismo. Una realidad en la que pudiera respirar, en la que enmendar esto o aquello permitiera seguir buscar un sentido en la realidad tosca y hostil.
Por eso escribo. Y por eso lo hago mi forma de existir. Porque es mi vida entera. Sin la literatura no hay más allá del mismo modo que sin creer en lo trascendente tampoco hay futuro. Del mismo modo que más allá de uno mismo el mundo se acaba.
Las imágenes y archivos de audio y vídeo que aparecen en este blog han sido incluidos en él por motivos ilustrativos o didácticos, sin ánimo de lucro, bajo el término del uso razonable.