dic 16 2009

Un poquito de organización, por favor.

En Internet se pueden encontrar los comentarios, las fotografías y hasta los números de teléfono personales de cualquiera que se inscriba en una página de videojuegos, de sexo gratis o en una red social. Parece imposible poder clasificar a tanta gente y esa cantidad tan asombrosa de información. Pero yo, que soy un genio cuando quiero, ya he encontrado una solución.
Existen tres categorías fundamentales. Por un lado, podemos agrupar a unos cuantos millones de internautas que adoran a Dios y se pasan las horas anunciando su llegada, lo que le pueden llegar a necesitar y que la vida es poca cosa si no aparece en cada rinconcito. Pueden llegar a utilizar expresiones grandiosas, vehementes e incluso cómicas. No hace mucho una mujer adoradora de Dios dejó un comentario en alguna página que decía “oh, Dios, puedo pasar sin los míos, pero sin ti no. Eres mi amigo y mi consolador”. En fin. Dios lo es todo.
Otro grupo numeroso (mucho más de lo que podemos imaginar si no prestamos atención) es el que adora al diablo. Estos son más cautos, más oscuros, más discretos. Y no son graciosos en absoluto. Vaya, a mí no me hace ni pizca de gracia leer cosas como, por ejemplo, “oh, señor de la oscuridad, ven a destrozar la bondad en la tierra a base de arañazos y bocados”. Pero allá cada cual con sus cosas.
El último grupo, el más numeroso, es el de los que se adoran a sí mismos. Yo integro ese grupo y espero que me entreguen incluso un carnet. Millones de internautas dispuestos a decir, a escuchar, a reír o a gritar si es preciso para que alguien les escuche y aprecie lo divinos que pueden (podemos) llegar a ser. Inventan (inventamos) todo tipo de mecanismos con los que hacerse sentir, trasnochan, aprenden lenguajes de programación para progresar en el ranking de los buscadores. Es como si quisieran hacer un curso rápido en el que se preparasen para ser dioses y diablos que todo lo pueden. Sobre todo para ser uno mismo y divino. Muy divino o muy maldito o muy malo o muy adorable. Muy lo que sea. Pero muy. En este grupo se concentra un número inimaginable de personas que son (somos)capaces de cualquier cosa si detectan que otro obtiene un éxito mucho mayor que el suyo propio, siendo el éxito cuantificado por el número de comentarios al texto que escribe (¡impresionante eso de conseguir una línea más firmada por otro impresentable como tú que no sabe ni lo que dice!).
Con estos datos –ya sé que no me he extendido mucho y carecen de base científica aparentemente- alguien debería organizar Internet un poquito. Y nombrar presidente, ministros, consejeros, sacerdotes, populacho, policías o matronas. No hay derecho a que tanto dios esté sin reconocer ni idolatrar. Yo el primero.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano