Con la que está cayendo y estos mequetrefes se siguen gastando miles de euros como si aquí no pasara nada. No me extraña que los jóvenes se dediquen a ocupar inmuebles vacíos, a protestar en la calle y, de paso, a fumarse unos porros. Esto es un desastre monumental y lo raro es que la cosa no vaya a más. No será nada del otro mundo que un día de estos se organice la mundial.
Pero también es una vergüenza que los nuevos escritores (es por llamarlos de alguna manera) que andan sueltos paseándose por las fiestas que organiza la gente del mundo literario (no del de la literatura) fardando de ser snobs, les bailen el agua a esta gentuza porque les parece muy gracioso. Eso les convierte en lo mismo. Ni con toda la arrogancia y el falso ingenio que gastan (eso de jugar con las palabritas es una gilipollez que no tiene ni pizca de gracia) pueden esconder la idiotez y las ganas de ver el mundo desde las fiestas ridículas. Se trata de entender el mundo de una forma que sólo un escritor es capaz de conseguir. Ir de fiesta a presumir de lo que no se es lo hace cualquiera. Los intelectuales tienen su puesto en esta sociedad (al menos así debería ser) y no es ese del que presumen cuatro desgraciaditos que serían capaces de cualquier cosa con tal de publicar.
Y es una vergüenza (qué caro es el puto cuadro) la cantidad de personas que se sienten ajenos a lo que está pasando porque a ellos no les roza una situación dramática para muchos. Estos no fuman porros. Estos se fuman un puro y se meten coca. Es más caro y queda que te cagas. Deberían saber que, cualquier día de estos, pueden estar comiendo mierda del mismo plato del que comen ahora esos a los que desprecian.
Lamentable del todo y obsceno a más no poder (hay que joderse con el cuadrito de los cojones) es todo lo que pasa en este mundo. Pensaba seguir largando. Sobre políticos, banqueros, obispos y ese tipo de gente. Pero he trabajado doce horas, ahora intento avanzar en mi novela y, francamente, el mundo comienza a ser un coñazo. Eso sí, en el senado tenemos los españoles un cuadro por el que se han pagado 417.000 euros. Igual 417 familias hubieran podido evitar que les pusieras de patitas en la calle por no pagar la hipoteca o podrían comer sin problemas este mes. Incluso podrían tener un capricho. Porque todos deberíamos optar a gastar unos euros en nuestro tiempo libre. Dejarse el lomo a todas horas en un asco. Algunos deberían catarlo para que pensaran un poquito sobre lo que pasa y no en tanta fiesta y tanta mierda. Y el cuadro, además de carísimo, es espantoso.
Existen novelas para todos los gustos, más grandes o más chicas, fatales, pasables, mal escritas o excelentes. Y cada una de ellas es lo que es por algo. No por gusto de los lectores. Eso es otra cosa con la que un escritor debe saber vivir. Las novelas son como son, independientemente del gusto de gente que, quizás, no sabe ni lo que dice. Por ejemplo, El Gran Gatsby de F. Scott Fitzgerald es una de esas obras que leídas con poca atención podría pasar por una novela más. De hecho, la película que se rodó, con la novela como base, es un desastre total. El director no entendió nada.
¿Dónde está la grandeza de esa novela? En el narrador. Desde el principio intenta ocultar sus armas, un campo semántico entero para procurar que no conozcamos su condición sexual, utiliza figuras retóricas para decir sin decir. El gran protagonista es el lector porque está expuesto a no enterarse si no hace el esfuerzo de añadir lo que de forma explícita no aparece. Una verdadera obra maestra. Si a los elementos técnicos le añadimos una norteamérica alocada, un mundo altamente atractivo para los curiosos, una historia de amor imposible, muertes y fiestas divertidas y disparatadas, tenemos una novela obligatoria en la cola de libros por leer.
Calificación: Excelente.
Tipo de Lector: Conviene que no sea la primera novela para leer.
Hoy el mundo gira hacia el lado contrario.
El tiempo no suma. Todo va dibujándose con los trazos que fueron nuevos y envejecieron sin avisar. Los muertos vuelven a sonreír y todo está por llegar. Otra vez. Las ilusiones intactas, los viejos amigos recién conocidos.
Hoy el mundo gira en la dirección exacta.
Todo es como fue. Lo que ha sido tendrá que esperar para hacerse presente. Y todo gracias a que he decidido ser un poco yo. Sólo un poco, durante un tiempo corto, necesario, mío. Repasando lo que deseé ser antes de nacer y olvidé después del primer llanto consciente.
Tal vez esto es lo que siempre llamé felicidad. Tal vez es lo que la felicidad siempre demandó y no he sabido darle. Por fin hemos llegado a un acuerdo. Efímero, pero cierto.
Mi padre me pareció un superhéroe. Siendo niño, le veía llegar a casa desde la terraza. Corría y esperaba a que abriera la puerta sabiendo que me revolvería el pelo con las manos. El mundo se convertía en un lugar seguro. Era mi padre, del que podría presumir en cualquier lugar y del que podía esperar cualquier cosa.
Hoy, que conozco lo mejor y lo peor de lo que fue y arrastró durante su vida, hoy que puedo ser capaz de recordarle con trazos amables, imperfectos, finos o toscos; me sigue pareciendo un superhéroe. No sé si lo hago intentando defender todo lo que heredé de él, no sé si lo hago cegado por la devoción. No lo sé.
Quiero pensar que, tan sólo, es porque me indicó el camino que habría que transitar para querer. Para quererme a mí mismo, para no dejarme atrapar por un conformismo arrasador. Aquí se viene a ser algo importante. Para ser mediocre ya está el cielo. Que allí son todos iguales, me decía cuando algo no iba bien. Y para querer a otros. Si algo caracterizó a ese hombre fue su insólita capacidad para amar y hacer que te sintieras importante. De poco sirve querer si el otro no lo percibe; quien no se siente especial está muerto.
Aún no sé porqué razón he decidido agarrar la estilográfica para escribir todo esto. Quizás sea porque hace mucho tiempo que nadie me desordena el flequillo con las manos. Quizás sea porque le echo de menos. Sin más. El caso es que era necesario escribir. Y un padre siempre es una buena razón.
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