jul 11 2007

Zona de recreo

Flores para Algernon. Es el título de una novela de Daniel Keyes. Ciencia ficción. Lo leí, por primera vez, hace nueve o diez años. Me lo recomendó un hombre muy aficionado a este tipo de literatura. Recuerdo que entró en mi despacho y dejó el ejemplar sobre mi mesa sin decir nada. Tengo mucha lectura atrasada, le dije. Seguro que inventas un rato entre biberón y biberón, contestó. Charlamos de algunas cosas antes de irse. Fumábamos porque aún no se había producido el efecto histeria contra el humo (el de los cigarros porque el de los camiones no puede dejar estéril a nadie, supongo). No sabría decir qué fue lo que nos hizo reír, pero recuerdo las carcajadas de ambos. Un rato divertido. Al llegar a casa, abrí aquel viejo ejemplar. Las esquinas de las páginas desgastadas por el uso, la cubierta amarillenta, el lomo dibujado por pliegues profundos. En las primeras páginas, anotados en los márgenes, símbolos que no podía entender. Inventé un rato largo, tanto que pude leer la mitad de la novela. Me interesó desde el comienzo. Una trama original, un personaje narrativamente muy limitado que va creciendo hasta perfilarse con solidez, un ratón de laboratorio que apunta hacia la tragedia inevitable. El ser humano convertido en el producto de un experimento, el ratón fabricando un fututo que no se puede evitar.
Charlie Gordon se convierte en un ser inteligente. Le convierten con un bisturí. Las primeras pruebas ya las pasó el ratón Algernon. Ambos progresan y ambos retroceden.
Devolví aquel libro sabiendo que ya no se encontraba en las librerías. Año tras año he ido preguntando por aquí, por allí, y lo encontré en una caseta de la pasada feria del libro. Lo han vuelto a editar. Me ha vuelto a interesar.
Mientras leo las últimas páginas escucho a DeFranco acompañado por el trío de Peterson. O al trío de Peterson acompañado por DeFranco. Da igual. Suena igual de bien. The man I Love.
¿Hasta dónde puede llegar el hombre en su intento por mejorase a sí mismo? ¿Hasta dónde debe intentarlo?
Siempre que pienso en este tipo de cosas recuerdo alguna de las tragedias que se producen en los territorios robados a ríos o mares. Decenas de muertos que descansaban en sus tiendas de campaña invadiendo lo que fue el cauce de un río que un buen día protesta y arrasa lo que encuentra a su paso por el camino natural que alguien convirtió en zona de recreo.
Podemos ser listos, tontos, gays, machos, hembras, morenos, negros, relistos o tontos como cubos. Incluso podemos ser lo que entendemos por normales, por personas del montón. Es más, algunos son suizos o belgas. Nos toca interpretar un papel y lo hacemos lo mejor que podemos. Y eso no causa mayor problema. El conflicto aparece cuando le robamos parte del cauce a nuestro propio destino, cuando siendo tal cosa queremos ser tal otra.
La ciencia avanza a buen ritmo. La técnica a un ritmo asombroso. Y nosotros siempre estamos un poco más allá. Más atrás. Intentando ganarle terreno a una existencia efímera y confusa de la que no sabemos apenas nada hasta que nos morimos.
Quizás Platón fue el Algernon de nuestra civilización. Quizás nosotros seamos ratoncillos intentando descubrir caminos que nos lleven al final del laberinto que servirá para que otras generaciones crean ser los más relistos de la historia de la humanidad. Quizás. Lo único seguro es que, sea como sea, el hombre estará un poco más allá, más atrás, siempre a punto de ser arrasado por la fuerza de la naturaleza a la que intentamos afanar su condición.
La pregunta es: ahora ¿progresamos o retrocedemos, somos Platón o Algernon?


ene 19 2007

La mano en los ojos

Ayer estuvimos viendo en casa la tercera película de la trilogía “El señor de los anillos”. Gonzalo sentado en el suelo porque los pequeños le ponen los pies encima y no lo soporta. Guillermo y Guzmán muy pegados el uno al otro para no pasar miedo. Gimena en brazos de su madre sin rechistar y yo intentando leer algunos poemas de Carver aunque levantando la vista más de dos veces para no perderme alguna escena que me gusta especialmente. Uno de los personajes con el que más disfrutan es con Gollum. Debe ser que les llama mucho la atención la forma de moverse, lo guarro que es comiendo o lo feito del personaje. Espero que no le admiren por su forma de entender la vida. Guillermo estando de buenas (no siempre se le puede encontrar así) es un niño especialmente gracioso y sabe escuchar para hacer suyas las cosas que le interesan.
– Papá ¿qué le pasaría a Gollum si le encerrásemos en una joyería? preguntó muy serio en mitad de una batalla en la que los orcos intentaban invadir lo que se ponía por delante.Gonzalo se partía de risa. Silvia y yo lo mismo. Guzmán tenía bastante con taparse los ojos (de mentira).
– ¿Cómo se te ocurren esas cosas, hijo?
– Lo he escuchado en la radio. El hombre del tiempo dijo que el tiempo viene más revuelto que Gollum viendo el escaparate de una joyería.
– Pues no sé. Seguramente lo mismo que me pasa a mí cuando entro en una librería. Hay tantos ejemplares, tantos títulos nuevos, que tiendo a volverme tarumba y termino comprando lo que necesito y un par de libros más sin saber porqué.
– Pues yo creo que Gollum se quedaría a vivir allí. Con tanto dinero puedes pedir pizza todos los días.
A todo esto un ejército de espectros, repartiendo leña a los orcos sin compasión, lograba salvar una batalla imposible de ganar. Me dejó con el pensamiento en marcha todo esto. El ansia por tener lo material es mala. Por conocer también lo es. La capacidad de aguante del ser humano es grande aunque limitada. Querer poseer sin límites te destruye, querer saber sin límites te frustra. Ambas cosas son imposibles y lo que no puede ser aunque sea deseado es un arma mortal para el que lo sufre.Las editoriales publican miles de títulos cada año por si suena la flauta. Los lectores no saben qué hacer ante una avalancha semejante. Las editoriales cobran precios desorbitados por esos libros convirtiendo parte de la cultura en un negocio. Los lectores pagamos sin rechistar a cambio de lo que se confunde por eso que llamamos conocer. Unos publican para tener más, otros abonamos facturas creyendo que el conocimiento se puede comprar. Gollum quería ser inmortal. Todos queremos serlo. Gollum no sabía que su tesoro le hacía no ser, no cumplir la tarea para la que vino al mundo. Nosotros parecemos desconocer que el conocimiento nos hace mucho más vulnerables, mortales del todo, conscientes de nuestras limitaciones. Y, entre un movimiento y otro de la conciencia, un poema de Carver, una secuencia realizada con ordenadores, y la cena de la pequeña Gimena. Cerré el libro. Es uno de esos días en los que pensar da miedo porque puedes llegar a una conclusión que no gusta. O lo que es peor, puedes llegar a tener una idea. Guzmán se llevó la mano a los ojos. Otra vez. Le imité. El no quería ver no sé qué ser monstruoso. Yo tampoco. Ni pensar. Tampoco quería pensar.


dic 8 2006

Para siempre

El día ha sido frío. Diez o doce grises diferentes se mezclaban perfilando un cielo tan antipático como definitivo al mirar desde la ventana.
Gimena, la jovencita que tanto se ha hecho esperar, ha estado en brazos de su padre mucho tiempo. Intranquila como cualquier recien llegado. A media mañana nos hemos quedado solos. Y hemos bailado. “Ask a woman who knows” de Natalie Cole, “All the things you are” de Oscar Peterson y “Amor de Conuco” de Juan Luís Guerra acompañado por Tomatito y Michael Camilo. No creo que nunca nadie en el futuro baile con ella de esa forma. No lo creo, no. Es una bienvenida que tenía reservada a la niña, un recibimiento preparado con cuidado. Sus hermanos escucharon un par de poemas. Ella ha bailado con su padre como no volverá a hacerlo hasta que se encuentre con el hombre de su vida o algo así. Aunque será otro baile, otro amor. Cosas bien distintas.
El cielo se ha dibujado gris. El resto luce otro color. El de un baile muy lento que durará toda una vida. Bienvenida Gimena.

jul 25 2006

Proyecto fallido

Hoy he visitado a una vieja amiga. No conozco su nombre porque nunca se lo he preguntado. Nos separaba una cancela de hierro forjado. Como siempre. Sor Corazón de María ha entrado en la sala sin hacer apenas ruido, se ha sentado en una silla forrada con tela granate y se ha colocado el aparato que usa para poder escuchar algo mejor. Me ha preguntado por la familia, me ha recordado (no deja de hacerlo cada vez que nos vemos) que todas las monjas del convento rezan por unos y por otros, se ha inclinado más de la cuenta para preguntarme lo que pienso de la situación política en España y, cuando me ha mirado a la cara de pocos amigos que le suelo poner si me pregunta sobre eso, se ha erguido sonriendo.
– No vengo a charlar sobre las cosas del mundo, Madre. Vengo muy poco por aquí y usted me presta su tiempo con tacañería. Prefiero ir al grano.
– Bueno, cuando me pregunten las hermanas les diré que todo sigue igual.
– No mienta que luego tiene que andar haciendo penitencia.
– Da igual. Me paso el día rezando.
Le he hablado de mi nuevo proyecto literario. No le ha gustado ni un poquito.
– Ya metiste una monja de mentira en la primera novela y me gustó poco. Y ahora quieres meter a una comunidad entera. Me agrada mucho menos. ¿Por qué no te da por escribir sobre curas, hijo?
– Son mucho más aburridos. Donde va a parar. Un convento lleno de monjas pegando tiros a diestro y siniestro me parece mucho más atractivo. Venga, no se enfade, Madre. El asunto que quiero ventilar es profundo. ¿Dónde está el límite entre lo bueno y lo malo cuando hay que sobrevivir? Ese es el tema.
– Y ¿no te da lo mismo escribir sobre un chico que visita monjas cuando no tiene nada que hacer? Si eso te lo sabes de memoria, hombre.
Le he resumido la trama. Se ha quedado más tranquila. Al terminar me miraba con interés. Se ha levantado haciendo un gesto con la mano para que no me moviese. Más de cinco minutos de espera. Al entrar llevaba un papel en la mano. Amarillento.
– Es una carta escrita por una monja que murió durante la guerra civil. Llévatela y cuando la tengas leída me la devuelves.
– La leo en un momento. Tardo un par de minutos.
– Que no, que no. Te la llevas y ya me la traerás.
Antes de salir, me he acercado para decirle que me doy cuenta del truco, que lo que quiere es que vuelva para hablar otro rato y que se lo pienso decir al capellán para que las penitencias sean dolorosas y duraderas. Se ha echado a reír y ha salido de la sala sin hacer apenas ruido.
La carta está dirigida a una hermana de la religiosa asesinada. Debió escribirla poco antes de morir. No terminaba de entender la razón por la que Sor Corazón de María me había entregado aquello.
Me encuentro algo débil. No te preocupes por mí. Te tengo presente en mis oraciones. Dios será el que cuide de mí.
Lo esperado cuando se trata de una monja. La carta es larga y sólo al final he logrado saber el porqué.
No se puede sobrevivir. Por eso la violencia es un gesto absurdo. Producto de un miedo que las religiosas no nos permitimos sentir.
Se acabó el proyecto. La credibilidad de lo narrado llega desde el diseño del personaje, de su perfil psicológico. Y esta vez todo era un error enorme. Es lo malo de fabular sin tener en cuenta la realidad. Por eso conviene enterarse de lo que uno tiene entre manos. O visitar conventos para hablar con las viejas amigas.


jul 16 2006

Primer día de campamento

Gonzalo y Guillermo se han ido. Campamento de verano. Felices. Los padres y el joven Guzmán no tanto. El resto del año quejándonos de lo pesados que son y ahora extrañándolos. Ya me lo habían advertido. No hay mejor cosa que escuchar a los padres veteranos en lo que sea. Suelen tener razón. Aunque son quince días. Lo podremos aguantar.
Para ir tirando escucharé un excelente disco de Buddy DeFranco y Oscar Peterson (interpretando la música de George Gershwin), escribiré cuando Guzmán se acueste y me intentaré enterar de cómo se llamará el bebé que viene de camino. Silvia duda, pero menos que ayer. Las últimas noticias son que las chicas tienen el mismo derecho a formar parte del club de la letra g. Tanto como los chicos. Así que la jovencita se llamará Gimena. Un nombre muy bonito.
Siento que la casa está vacía. A pesar de las carreras tristes de Guzmán que va a la alcoba de la hermanos preguntando por los nenes. Y me vienen a la cabeza unos versos de Antonio Martínez Sarrión que seguramente dedicó a su esposa.

“Los demás tienen prisas y negocios
y tratan de llegar pronto a una cita
para que esta demencia continúe.
Yo no te tengo más que a ti.”

Yo los tomo prestados para pensar en ellos. En los dos que tengo disfrutando de sus amigos, en Guzmán que acaba de despedirse porque se va a la cama, en Gimena que, aún sin haber nacido, me hace pensar en cómo demonios seré capaz de hacer trenzas llegado el momento.
Hoy se han hecho algo más mayores. Y yo un poco más viejo.


jul 7 2006

Echarse un vistazo

Día de piscina. De cansancio absoluto. Los niños han estado en remojo durante horas. No sé cómo pueden soportar algo así. Ni cómo demonios aguanté eso mismo teniendo su edad.
El sol ha estado apretando de lo lindo. Sin ceder un instante. Terco.
Ahora en casa. Solo. Escucho “Il barbiere di Seviglia” de Rossini. No es mi ópera preferida aunque puede servir. La copia ya estaba colocada en el reproductor y no me apetecía buscar otra cosa.
He dejado de ver un partido de fútbol para escribir. Escribir y ver fútbol. Las dos cosas me gustan mucho. Pierdo poco tiempo frente al televisor salvo que retransmitan un buen partido de fútbol. O uno malo. Escribiendo y viendo dar patadas a un balón me convierto en un marmolillo.
Llevo algunos días pensando sobre lo que me gusta. Y sobre lo que detesto. No me parece mal momento para hacer recuento. Inventario. Estas cosas significan mucho al que las hace y sobre el que las arma. Pero me parece divertida la cosa. Divertida y peligrosa.
Manos a la obra.
Me gusta el fútbol, mi estilográfica y su tinta verde; escuchar a Bill Evans, a Oscar Peterson, a Miles Davis; descubrir el significado de lo que escucho o leo, mirar por la ventana para descubrir que llueve sin una sola nube en el cielo, el zumo de naranja; emocionarme con un poema sabiendo que es lo peor que se ha escrito en la historia y quedarme frío con la poesía que ha pasado o pasará a esa misma historia como una obra de arte; fingir que no entiendo una palabra si me hablan en inglés, estrenar gafas pensando que esta vez sí me las pondré cuando toque (hoy estreno. A ver cuanto dura la intención), el ganado bravo en el campo y en la plaza de toros, escuchar “Cavallería rusticana” de Mascagni (me puede, esta ópera me puede), gastar los bolígrafos, la paella. Buscar estrellas cada noche y no ver ni una (ni una) pero saber que siguen donde toca. La tranquilidad de Gonzalo. Cómo interpreta cada minuto de su vida Guillermo. La sonrisa del joven Guzmán. La bondad de Silvia. Saber que viene de camino un bebé que se llamará como su madre. Otra Silvia. Y hacer listas como esta si me da la gana.
Lo que detesto es poca cosa. Lo mismo que todo el mundo. Supongo. Me detesto a mí mismo. Sí. Nadie debe extrañarse por ello. Le pasa a cualquiera que se piense. A unos les da por hacer pesas en un gimnasio y quitarse los kilos de más. Otros se operan la nariz, compran ropa cara para disimular un poquito lo suyo o dedican la vida entera a ser algo más listos. Lo que sea. Es igual. El caso es que nos gustamos más bien poco. Nos encanta lo otro, lo de otros, pero nosotros mismos no. Muchos siglos de cristianismo a cuestas como para permitirnos un lujo semejante. El dichoso pecado. El interminable remordimiento.
No creo que nadie pueda sentirse satisfecho echándose un vistazo a la facha. Menos aún si el vistazo se dirige a la conciencia desde la propia conciencia.
Ver un noticiaro en la televisión y quedarse tan tranquilo sentadito en el sofá, no prestar atención a un mendigo o volver la cara cuando se comete una injusticia con un compañero de trabajo es lo que hacemos a diario. Y eso, a secas, no nos hace felices. Sólo parece funcionar lo de ser cristianos, ser pecadores y arrepentirnos mucho, mucho, mucho, de lo fatales que podemos llegar a ser. Pero un rato. Sólo un momento. Luego vale todo porque para eso tenemos el confesionario con su cura esperando en el interior. Somos mezquinos, crueles y, además, lo sabemos. Por eso nos caemos fatal a nosotros mismos y nos hacemos cristianos o miembros de cualquier otra religión.
El que crea que puede hacerlo que tire la primera piedra. Yo no tengo piedras a mano. Ni quiero.
Pues eso. Que no me gusto. Es que soy cristiano y a veces pienso.
Una cosa más. Olvidé anotar en la primera lista “El diccionario del diablo” de Bierce. Es de gran ayuda cuando me detesto algo más de lo recomendable.

Cristiano, s.: Que cree que el Nuevo Testamento es un libro de inspiración divina admirablemente ajustado a las necesidades espirituales de su vecino. Que sigue las enseñanzas de Cristo en tanto en cuanto no son incompatibles con una vida de pecado.
Culpable, adj.: el otro.
Uno (mismo), s.: La persona más importante del universo.

De “El Diccionario del Diablo” de Ambrose Bierce.


jun 4 2006

Detalles

Escucho un disco de Stéphane Grappelli Quartet con Oscar Peterson al piano. Un lujo. Jazz que evoca la era New Orleans. Resonancias de Ragtime. El hombre moviéndose al ritmo de la música porque forma parte de su existencia. Una nota es una palabra que explica la vida porque eso, la vida, es música. Nada hay más auténtico.
Un gesto, una mirada, una nota improvisada. Detalles que pueden cambiar la vida de cualquiera.
La realidad evoluciona cuando acumulamos pequeñeces. Lo que se hace grande es la minucia convertida en saber, lo enano que se desarrolla si se convierte en un fogonazo para la conciencia.
Me gusta el abrigo que llevas puesto. Frase común, casi vacía. Quizás un gesto de cortesía o de envidia. Pero eso mismo dicho por alguien que mira los ojos de otra persona se convierte en una historia de amor. Esa mirada hace que el significado de lo dicho sea otro. Te mira, fijamente, acaricia el paño de la prenda, duda un instante antes de hablar, dice que le gusta el abrigo, pero tú sabes que te está diciendo que si le das una oportunidad te querrá para siempre.
Te quiero. Rotundo, sin fisuras. No cabe otro significado que el que hemos fabricado de forma convencional. Sin embargo, el que escucha eso teniendo enfrente a una persona con la mirada huidiza, que procura acabar lo antes posible la conversación, se siente engañada, tiene la certeza de no ser amada.
Las palabras tienen sentido si el gesto acompaña, si el escenario es el adecuado. De otro modo desaparecen sin dejar rastro por increíbles. Y arrastran al que las dice. Hasta el territorio en el que lo falso se tacha por inservible. Donde habita la muerte que llega estando vivos.
Por eso una nota convertida en palabra resuena en la mente, se mueve, se queda dentro de uno por siempre jamás. Es auténtica y nos convierte en seres creíbles. Creíbles para nosotros mismos.


mar 6 2006

Lo que decimos cada día

Dicen muchos (de tanto hacerlo han dejado casi vacío de contenido lo dicho) que en la vida hay que tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro. Es decir, es obligatorio dejar tu código genético funcionando en este mundo, tu capacidad intelectual plasmada en un montón de papeles para hacer del cosmos algo más ancho y una muestra de actitud ecológica que sirva para mejorar la calidad futura del entorno. Y eso es lo mismo que decir “si nace usted en el planeta tierra está obligado a pasar a la posteridad”.
Si no lo consigues parece que tu vida es un fracaso. Qué cosas ocurren en el mundo. Hay que ver.
Debe ser por eso por lo que las parejas, generalmente, traen un niño al mundo aunque luego le cuide una persona ajena o la abuela. Un incordio que te hace sentir un poquito más inmortal. Debe ser por eso que todos nos llevamos las manos a la cabeza viendo como el mundo se reduce a un gran estercolero aunque nadie mueva un dedo para impedirlo. No plantamos árboles, pero no queremos que los talen. Hemos sustituido eso de plantar un pequeño abedul por reciclar los periódicos del domingo que son enormes. Cuela. Y debe ser por eso por lo que muchos quieren escribir un libro, por lo que aparecen escuelas y talleres literarios como por arte de magia. Que ese libro sea una estupidez o que nunca sea escrito es lo de menos. La intención es lo que cuenta.
Pero los hijos se morirán pasados unos años, los árboles se secarán o serán talados (pobre nuestro pequeño abedul) y los libros no los leerá nadie. Así que los más prácticos eligen caminos más derechos, sin tanta curva. Ponen un enorme busto de bronce sobre su tumba y arreglado. Aquí cada uno hace lo que puede.
Lo importante es ser inmortal o creerlo. Al fin y al cabo, el ser humano lleva viviendo de eso, de las creencias, desde que lo es. Un ser humano, digo. En cualquier caso, nadie vive para saber si logró ser recordado. Una faena que entristece al más pintado si le da por pensar un poquito sobre el asunto.
Sin embargo, tengo cuatro hijos, he escrito dos novelas y he plantado un par de arbolitos que siguen vivos. Y nada. Que no me siento inmortal. Supongo que eso me pasa por hacer las cosas sin seguir un libreto universal. Si hubiera pensado en la inmortalidad sería otra cosa, supongo. Habrá quien crea que estas cosas sirven para que los demás te recuerden después de muerto. Aunque cada hijo, cada arbolito y cada novela te hace sentir vivo por ser un problema con el que vives hasta el final. Total, que te sientes más mortal que otra cosa.
Que yo sepa, lo único que puede hacer sentir a una persona la lejanía de la muerte es la juventud. No se me ocurre otra cosa. Y cuando eres joven no quieres hijos, ni escribes novelas, ni plantas nada que no sea maría en la maceta de la terraza.
Ahora toca decir eso de “juventud, divino tesoro”. Expresión gastada, también. Si naces en este mundo parece ser obligatorio ser joven por siempre jamás. Envejecer es una falta grave. Debe ser por eso por lo que nos estiramos la piel de vez en cuando y decimos, cumplidos los setenta, que el alma la tenemos de lo más joven.
Si no lo consigues parece que tu vida es un fracaso. Qué cosas ocurren en el mundo. Hay que ver.
Voy a dejarlo ya. Acabo de hacer un descubrimiento terrible. Me temo que, nos pongamos como nos pongamos, terminaremos fracasando en la vida.
No hay más que fijarse en lo que decimos cada día, pensar sobre ello y ponerse a llorar.