El próximo domingo este blog cumplirá un año desde que es La Vida del Revés. Y yo cuarenta y seis. Él vive gracias a mí y yo, en buena parte, gracias a él. Termina el primer año con el contador de hits cerca de los cuarenta y siete mil registros (cosa que no está nada mal para una página de este tipo). Acabo este año con cinco o seis canas en el poco pelo que va quedando (nunca tuve canas, pelo creo que sí), menos fuerza para levantar niños y llevarlos de aquí para allá, la vista algo más cansada y la cabeza amueblada más a mi gusto.
Me gustaría poder decir que este ha sido el mejor año de mi vida. Pero no lo ha sido. Así que me conformo con haber dicho lo que recogen los seiscientos veintiséis textos publicados desde el año dos mil cinco.
Y como estoy de enhorabuena (me siento muy satisfecho del trabajo que he logrado hacer), aquí dejo algunos de mis preferidos. Por supuesto, con buena música para acompañar. Yo me los voy a leer. Si alguien quiere acompañarme…
Piensa en los cientos de revelaciones en las que creen millones de personas. Se mira en el espejo. Es cuando lo dice. Yo soy una revelación como otra cualquiera, tan divina como la que más, en la que puedo creer. Se acuesta con la sensación de arropar una imagen sagrada. Recordarme siendo niño, pensarme siendo anciano es una revelación. Le encuentra la policía una semana después gracias al aviso de los vecinos. Según la autopsia, la causa del fallecimiento es el suicidio. Encontraron una nota junto a la almohada que decía “voy a montar mi propio reino de los cielos”.
Ayer pasé miedo. Hacía muchos años que no me encontraba tan angustiado y tan asustado mientras leía. Son muchos miles de páginas a la espalda como para conmocionarme al leer. Y menos con una novela escrita en la actualidad. Y, sin embargo, ayer ocurrió. Aún ahora sigo viendo imágenes tristes, desoladoras, traumáticas y horribles. Dicho así, cualquiera huiría de una lectura tan agobiante. De una lectura sobre la muerte. Parecería lo más lógico porque nadie quiere que le recuerden de forma tan abrumadora lo que le espera pasado un ratito. Pero para resolver estas cosas existen los buenos escritores, para acercarnos a lo más bajo de la existencia después de tendernos la mano sin querer obligarnos (a los lectores), añadiendo una pizca de luz, unos personajes entrañables, ternura y oficio. Y un tema (¡qué pena que muchos autores olviden algo tan importante a costa de una buena trama!). Un tema, sí. En este caso la relación entre los padres y los hijos, en definitiva, la familia.
La novela se titula “La Puerta de los Infiernos”. La firma un tal Laurent Gaudé. Y se trata de una obra, sencillamente, impresionante.
Es posible que yo, padre de cuatro hijos, hermano de tres, hijo, marido y amigo de mis amigos, es posible, decía, que sea especialmente sensible cuando estoy frente a una narración de estas características. Es posible que sólo se tratara de un estado de ánimo determinado que me hiciera más vulnerable ante el relato. Pero es seguro que soy novelista y sé lo que tengo entre manos. Hace muchos años que perdí la inocencia al leer. Ayer pasé miedo y me encontré leyendo una novela de doscientas cincuenta páginas de un tirón. No pude dejar de hacerlo desde que abrí el libro.
Se acerca Gaudé a la tragedia griega en las formas y en el fondo. Incluso lo hace cuando se asoma a la teología. Perfila los personajes como lo harían los clásicos (no como un todo sino como si fueran trocitos pegados unos a otros y de los que pudiera desprenderse el individuo sin causar más que un daño “local”). Y lo hace con una solvencia extraña en los tiempos que corren. Creo que pasarán años hasta que pierda la nitidez en mi consciencia la descripción que me encontré ayer del infierno en esas páginas. Pero, del mismo modo, será difícil olvidar la relación del matrimonio protagonista, las escenas violentas y crueles que definen el mundo que nos presenta este autor francés.
Después de leer un par de páginas o tres, decidí quitarme el disfraz de escritor y disfrutar la novela como si no supiera ni una palabra de literatura. Y no me arrepiento.
Hacía muchos años que no disfrutaba tanto con una lectura. Por ello no quiero desvelar nada de la trama, nada de lo fundamental. Sólo quiero que otros agarren ese libro, se sienten con un café humeante sobre la mesa; el paquete de tabaco, si es que fuman, a mano; un lápiz para subrayar y cierta dosis de valor para enfrentarse a los miedos que compartimos millones de seres humanos.
Eso sí, no lo hagan si piensan morir pronto. Mejor que sea sorpresa lo que les espera. Quedan advertidos.
- No vuelvo a beber una sola copa si quedo con una mujer. Pierdo el control.
- No será para tanto. ¿Qué te ha pasado esta vez?
- Cenamos, fuimos a bailar y cuando apoyó la cabeza en mi hombro le dije “te quiero”. Maldito alcohol.
- Pero eso está muy bien. ¿Qué te contestó?
- Que se sentía la mujer más afortunada de la tierra. Y lloraba al decirlo. Se separó un poco, me tomó de la mano y tiró de mí hasta nuestra mesa. Comenzó a contarme sus planes para el futuro.
- Hay que probar de todo, hija. Al fin y al cabo son fideos. Que los llamen noodles no les hace ser otra cosa. Fideos muy largos.
- A mí me provocan ardor de estómago. Prefiero los fideos normales y corrientes. Un buen cocido es un buen cocido. Y reconozco todo lo que me echo a la boca.
- Bueno, lo pruebas y luego hablamos. ¿Has pensado que puedes estar perdiéndote lo mejor?
- No vamos a discutir por esto. Dame el plato, anda. Por cierto ¿ha llamado?
- Que yo sepa no. ¿Aún crees que lo hará? Me temo que ya ha pasado mucho tiempo, hija. Debes salir con las amigas, divertirte. El mundo es más grande que él.
- Eso es verdad, mamá. Pero las cosas son como son. Y lo que me voy encontrando desde que me dejó es una catástrofe. Cuando no están casados, están separados y con dos o tres niños que cuidar, o me gusta y resulta que es gay. Noodles, mamá, noodles. Y no es lo mismo comerse un plato de esta cosa que cargar con un mochuelo que te va a joder la vida.
- Fideos largos, hija. Si los partes, los puedes echar en la cazuela y apenas notas la diferencia.
- Claro que se nota. Además ¿has pensado que comiendo esto puedo estar perdiéndome el mejor cocido de mi vida? Los experimentos con estas cosas no me convencen. Terminas siempre teniendo ardor de estómago.
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