jul 5 2010

El paraíso de los idiotas

Dice la Biblia que Dios creó al hombre y a la mujer para que disfrutaran del mundo, de él mismo. Les colocó en medio de un paraíso en la tierra con una sola condición que debía cumplirse o el pacto se rompería. El ser humano presenta una tendencia a cometer errores que, desde el principio de los tiempos, le ha llevado por la calle de la amargura.Y la Biblia dice que Adán y Eva metieron la pata a la primera de cambio. Resultado: fuera de aquí, a sudar y a buscarse la vida, esto de vivir con Dios (un chollo) se acabó.

El paraíso se convirtió en un enorme desierto que cruza la humanidad en busca de sentido. En busca del propio Dios según las Sagradas Escrituras.Y es que Dios, según la Biblia, creó al hombre inteligente y libre. Por eso cometió un error en cuanto tuvo que decidir algo importante. Por ser libre, no por ser inteligente. El ser humano hizo uso de su libertad y no de su inteligencia. Así, el mundo se ha convertido en un auténtico disparate en el que sobrevivir cuesta un riñon. Guerra, injusticias, desastres. La lista es interminable.La inteligencia ha estado al servicio de los más tontos desde que se inauguró el chiringuito para convertir al hombre en esclavo de su propia libertad.

Dios, según la Biblia, creó al hombre y le echó del paraíso por torpe. Sin embargo, ha dejado que el ser más perfecto de la creación (al menos el único inteligente) pueda pensar y desarrollar la ciencia, la técnica y la tecnología. Un Dios demócrata. El hombre se lanzó hacia una búsqueda angustiosa de otro paraíso que sustituyera al escatimado por un dios enfadado. Y esto nos ha llevado hasta, por ejemplo, internet.

Por fin hemos conseguido un lugar común, universal, pensado y desarrollado desde una inteligencia maravillosa, desde la libertad. Tal y como hizo el mismísimo Dios (según la Biblia) hemos colocado todo en ese sitio para uso y disfrute de nosotros mismos. Muy bíblico, muy divino.Un paraíso pensado por los listos, construido por los listos y usado por millones de personas. Listos e idiotas, listillos y sinvergüenzas, gente corriente y personas sin escrúpulos que buscan fotografías o videos en los que aparecen imágenes de niños que están siendo agredidos sexualmente. Y de estos últimos, de esta banda de indeseables, no hay pocos.

Estamos convirtiendo una de las herramientas más asombrosa y útil de la historia en un paraíso para idiotas, idiotas que hablan ocultando su identidad porque ninguno jamás sería escuchado de otro modo; para un ejército de frustrados que arremete contra todo vaciando así el saco de mierda que llevan de un sitio a otro; para terroristas que ofrecen imágenes de las salvajadas que cometen sin que nadie lo impida; en paraíso de la mentira y del lado menos agradable del hombre, ese que siempre ocultó y que ahora airea sin pudor. Hoy, los malnacidos lo pueden ser sin que otros lo sepan.

Es verdad que existen miles de páginas llenas de contenidos estupendos, pero por cada una de ellas encontramos tres de las otras.Nos hemos empeñado en destruir un paraíso construido por nosotros mismos. Somos así de idiotas. Todos. Unos por mezquinos, salvajes injustos, brutos o millonarios; otros por permitirlo.

Más de lo mismo. La inteligencia haciendo el caldo gordo a lo peor de la humanidad.Según la Biblia, Dios creó un paraíso para nosotros que no supimos aprovechar. Ahora, nosotros solitos, construimos otros que, también, nos empeñamos en hacer trizas. Debe ser que Dios, si es que existe, nos hizo poco inteligentes, tan libres como para creer que vale todo y, encima, olvidó dejarnos por escrito un manual de instrucciones que entendiéramos.Qué tristeza.


jun 6 2010

¿Qué te pides? ¿De Zinc o de plástico?

Los hay muy, muy tontos, que deciden ir en contra de todo. Si la mayoría dice sí, ellos dicen que no. No debemos fumar porque mata. Ellos fuman mucho para demostrar que son capaces de vivir dándole al pitillo con saña. No corran con su coche por las carreteras porque cada año mueren miles de personas. Pues pisan el acelerador como si en ello les fuera la vida (qué paradoja ¿no?). En fin, tontos de remate.
Los hay muy, muy tontos, que deciden ir a favor de corriente. Siempre. Les dicen que inviertan en bolsa porque va a subir y ellos invierten sintiendo gran satisfacción si es que las acciones se revalorizan (en caso contrario, si la bolsa se derrumba, echan la culpa a los que van en contra de todo porque son el lastre de este país). Les dicen que hay que trabajar mucho por el bien de la comunidad y lo hacen de forma enloquecida aunque la comunidad se reduzca a una docena de bancos llenos de banqueros y listillos que se lo llevan todo. Pero son felices. Todos los tontos, muy tontos, son felices.
En realidad, es lo mismo. Sólo hace falta que alguien les dé una voz o dos y se ponen a negar o a decir que sí a todo. Por eso son tan tontos.
Es una pena porque casi todos somos muy tontos. La diferencia es que unos no lo saben (nacen siéndolo y se mueren siéndolo mucho más) y otros son conscientes de lo idiotas que pueden llegar a ser. Son los únicos que tienen alguna esperanza.
Si quiere saber usted lo tonto que es, haga una prueba muy sencilla. Se trata de no escuchar la radio al levantarse. No leer el periódico. Llegar a la oficina y procurar tener una conversación que no tenga que ver con la actualidad política o deportiva. Si no es capaz puede empezar a esperar lo peor. Hay más. Si normalmente suele tomar decisiones arropándose en media plantilla de su empresa para que los fracasos se los pueda endilgar al primero que pasa, intente tomar una decisión usted solito. Si mete la pata confirmará su grado de idiotez. Hay más, mucho más, pero mejor no levantar ampollas. No vaya a ser que alguien me esté haciendo caso y me toque pagar los recordatorios del fallecimiento prematuro de alguno de los más tontos de entre los tontos.
Y lo mejor de todo es que nos encontramos en el camino pensando que estamos enfrente unos de otros cuando, en realidad, hacemos lo mismo. Exactamente lo mismo. Uno fuma para ir a la contra y, en el momento menos pensado, aparece un imbécil que fuma como loco y te desmonta el numerito. Pues ahora no fumo que eso lo hacen los muy tontos. Y te sumas al grupo de aquellos a los que mirabas con cara de pocos amigos por hacer algo que te ves haciendo tú mismo cinco minutos después.
Todos igualitos. Tontos, tontos, tontos como cubos.
Creo yo que es mejor dejar de opinar con tanta ligereza, de juzgar a todo el que se mueve, de presentar la peor cara de otros para que parezca que la nuestra es el retrato de la dama de las camelias (suele ser mucho más horrible) y de creernos lo mejor de lo mejor. Guste o no, somos como cubos. Ah, y nos morimos. Tú también. Sí, tú. Mala suerte. Pero no te desesperes. Siempre podrás tararear cancioncillas alegres que distraen nuestra realidad. Prueba, prueba.


abr 11 2010

Pesadilla

G. ha salido a comprar el pan, un par de periódicos y una lata de pimiento morrón. Camina saludando a todos los conocidos, a los que no ha visto en su vida e, incluso, a los que no están. Siempre se ha considerado un tipo de lo más educado. No quiere que su reputación se venga abajo.
En la panadería compra media docena de palmeras cubiertas de chocolate. En el quiosco, diez bolsas de cromos. Cuando llega a la tienda de ultramarinos (en su barrio quedan abiertas treinta y seis mil) pide kilo y medio de habas, cuarto y mitad de bacalao sin espinas y un puñado de polvorones que pesa el tendero con la romana de toda la vida. Trescientos gramos bien pesados, dice. G. calcula que, como mucho, en el paquete hay cien gramos.
De regreso, G. decide pasar a un salón en el que se reúnen masones para discutir de sus cosas. Espera encontrar un gran número de ellos aunque es domingo y las reuniones están programadas los martes y jueves por la noche. Su decepción es grande. Cada domingo le sucede lo mismo. Pero no termina de acostumbrarse. Sale cabizbajo.
De buenas a primeras, se le aparece Dios. G. le invita a ir al cine. Sesión matinal. Dios le recuerda que él está en todas partes incluyendo los rodajes de películas, que ya la ha visto, que se sabe los castings y todo.
Decepcionado, se va a casa. Siente sed. Como dicen que el pescado la alivia, muerde y mastica el bacalao.
Piensa en lo que puede ser la felicidad. Y cuando le ha dado las vueltas suficientes decide dormir para poder soñar con un mundo perfecto. Cierra los ojos. Duerme.

G. camina por su calle. No saluda a nadie. Intenta que no le vean. Se siente anónimo y cualquier otra cosa le inquieta. Ha comprado una pizza precocinada en la tienda de la esquina, en la que te despachan unos señores orientales que sonríen sin ton ni son. El dinero no da para más. Corre para llegar a tiempo. La iglesia abarrotada de señoras envueltas en sus abrigos de piel. Busca a Dios desde siempre aunque no es capaz de adivinar dónde puede encontrarle.

Despierta. Le ha debido sentar mal el bacalao. Una pesadilla. Decide liarse con los polvorones. Siente cierta pesadez en el estómago. Nada mejor que los polvorones.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


abr 5 2010

Paralelo

El mecanismo se activa en cuanto abre los ojos. Lentamente, el mundo comienza a moverse. Los contornos de la habitación, que eran sombras un instante antes, reciben el nombre tras su mirada. El negro sobre negro es, ahora, el sillón que está junto a la ventana; un espejo que no refleja más que sombras, pero que con la primera claridad será el mismo chivato que ayer; el armario o la cómoda. El mundo se estremece porque le saben llamar.
Escucha su respiración. Sin compás, fragmentada, nerviosa. Prefiere levantarse a solas. Desayuna despacio, observando lo que tanto le agradó cuando le pertenecía, cuando el mundo no había que compartirlo con nadie. Su vieja tostadora, los cubiertos baratos que tanto le gustaron al verlos en la tienda. Mueve la mesa. Antes cojeaba. Ahora, no, Ahora es una mesa normal. Nada se puede caer. La que fue su mesa es corriente, ella es corriente, el mundo se mueve con otra cadencia. Y ella con la cadencia del mundo. A punto de caer a plomo.
Antes de salir, enciende la luz de la alcoba. Es la hora, no seas perezoso, dice como si realmente le importara algo su horario que ya es el de los dos. En el ascensor pulsa la tecla correcta y hace un gesto con los labios mostrando cierta contrariedad. Todo es exacto, piensa. Antes hubiera pulsado esa tecla sin saber hasta donde le llevaría el final de los tiempos. Cada minuto era el último minuto por vivir, por disfrutar.
A mitad de camino decide girar a la derecha. Justo al contrario. Sube al primer autobús que se detiene en la primera parada que ve. No se preocupa de saber dónde se dirige. El conductor, no sabe el tiempo que ha pasado, se levanta de su asiento y le dice que es la última parada, que se tiene que apear. Camina sin alzar la vista. Le parece escuchar el timbre de su teléfono. Con insistencia. Piensa tan rápido como puede. Procura no aturdirse. Piensa. Camina. Piensa. Llora sin saber qué es lo que le ocurre en realidad. Entra en un bar para tomar un café. Todas las mesas están ocupadas. En la tercera, una sola persona. Lee el periódico. ¿Le importa si me siento con usted? No hay una sola mesa libre. Por supuesto, señorita. Pasan unos minutos. ¿Le importa dejar de leer? Necesito hablar con alguien. Cierra el diario, lo deja sobre la mesa, alza la mano y hace un gesto al camarero pidiendo lo mismo que han tomado. Arrima la espalda al respaldo y espera en silencio. Me he perdido por el camino, ya no puedo decir que sea yo. Me he perdido. Ella habla. Él escucha.
En la mesa seis tazas. Se despiden. Recuerde lo que hemos hablado, señorita. Ni siquiera se dan la mano al despedirse.
Abre la puerta de casa. Le escucha decir que estaba preocupado, que esas cosas no se pueden hacer. Cosas que no se para a entender. Espera a que termine. Le dice que ha sufrido un ataque nervioso, que se ha perdido, que le ayudó un tipo en la calle, que ya ha pasado. Le va explicando, poco a poco, tan lento como llega el embuste a los labios. Quiero descansar, por favor, quiero ir a la cama y dormir. Antes de acostarse busca un papel para apuntar. En la vida toca caminar por donde uno puede. Lo importante es poder mirar a los lados y comprobar que el camino, el que realmente corresponde, sigue allí, intacto. Todos caminamos por dos lugares a la vez. Uno es el que nos permite sobrevivir. El otro es el que deseamos desde siempre. Allí siguen las ilusiones perdidas, los ideales que escondimos sin saber porqué, todo. Allí estoy yo. Cierra la libreta. Relaja los músculos del cuello. Intenta dormir.

© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano