may 9 2011

Da igual

He debido fallar a un millón de personas. Pero a mí me han fallado unos cuantos. También. Sí, así es.
Tengo la sana costumbre de no decir ni pío cuando eso ocurre. Pienso hasta aquí hemos llegado y nada más. Incluso puedo hacerme el muerto, seguir haciendo las mismas cosas que hasta ese momento y dejar reposando el mal sabor de boca. Depende de cómo me pille el día. Si no fuera así, si dedicase mis esfuerzos a reprochar lo que me ha hecho fulano, lo que no hizo mengano o a discutir con no sé quién eso que dijo otro que ahora está en un lugar desconocido y bla, bla, bla; no tendría tiempo para nada más. Y es que nos fallamos mucho y muy a menudo. Todos a todos. Pero, en realidad, no pasa nada. Pasado el tiempo todo queda colocado en el lugar que tenía reservado desde antes de ocurrir. Dicho de otra forma, se nos pasa el ataque de pánico. Ocurre; te da un patatús pensando que el mundo se hunde y tú con él; pasa el tiempo y el mundo sigue funcionando contigo dentro.
Amigos que te hacen sentir traicionado, esposas que dejan de quererte, maridos que nunca te quisieron y terminan por confesar, compañeros de trabajo que se dejan ver y muestran un cuchillo entre los dientes, hijos que se inclinan por follar con la novia en lugar de ver el fútbol contigo, curas que se enamoran después de confesarte, rubias que son morenas, señoras de la limpieza que acumulan la mierda debajo de la alfombra, alfombras que no son persas sino de Leganés o tú mismo. Es lo mismo. La vida es una gran decepción y se trata de tomarse las cosas con calma.
Qué más da. Nos fallamos y nos seguiremos haciendo daño por siempre jamás. Queriendo o sin querer, planeando las cosas o de forma espontánea. Es igual. Lo es. Al fin y al cabo, estamos solos durante toda nuestra vida. Rodeados, pero solos. Se trata de nuestra vida, de nuestra muerte. Nunca del daño que nos hacen o el que podemos hacer. Eso es accesorio. Forma parte del juego y mejor tomarlo casi a broma. Todo eso da igual. Lo importante es lo cerca que llegamos a estar de nosotros mismos. O lo alejados. Doloridos, sonriendo, cansados o bailando a solas en la terraza de casa mientras bebemos una cerveza como si fuera la última.
Qué más da. Hay que decir adiós tarde o temprano. No pasa nada por adelantar media vida la despedida. Sigamos fallándonos unos a otros.
Descansen, queridos.


ago 31 2010

Rutina

Llega el final del verano y con él la rutina que se había quedado agazapada tras la última queja, quizás envuelta en ese deseo de pasar unos días que lo iban a cambiar todo. Regresa la rutina del pensar que hay que hacer esto, deshacer lo otro, escuchar más, hablar más, mirar más, querer más. Porque la rutina es lo que pensamos cambiar y dejamos tal y como está. Una y otra vez. Sin remedio. Queremos escapar de ella sabiendo que durante un tiempo seremos lo que deseamos desde mucho tiempo atrás, veremos en otros lo que se perdió por el camino y creemos recuperar durante unos días. Es el momento de la fantasía. Pero se trunca al chocar con violencia contra la esclavitud que nos imponemos para parecer lo que no somos aunque nos permite ser. La dichosa imagen que hace de nosotros supervivientes de nuestro propio naufragio. Parezco esto, pero no lo soy. Triste.
Aunque siempre queda a salvo la posibilidad de confundir la rutina con lo que no lo es. Y ser felices.


ago 23 2010

Cuando tú faltes

Acabo de salvar la vida a una persona. Tenía intención de lanzarse al vacío desde un quinto piso y he conseguido que no lo hiciera. Trataré de contarlo sin utilizar adornos ni artificios literarios. Tal y como pasó. Nada más.He salvado la vida a mi vecino Cristóbal. Se jubiló hace un par de años, enviudó hace seis meses y en el sorteo que se celebró, ahora hace un mes, en la comunidad de vecinos le tocó en suerte ser presidente. Una mala racha la del pobre Cristóbal. Ha visto que estaba escribiendo en la cocina (como siempre) y ha querido aprovechar mi estado de perturbación mental transitoria para despedirse.
– Gabriel, hijo, hasta aquí hemos llegado. Me voy a tirar y que sea lo que Dios quiera. Lo ha dicho mientras se iba encaramando a un armario de cocina viejo que usa para guardar escobas y cosas así.
– Pero coño, Cristóbal, si lo tienes decidido hazlo desde la terraza que da a la calle. Acabas de arreglar el patio, hombre. Sería una pena con lo que nos ha costado. Además, está lleno de cuerdas y de coladas. Una de dos, o vas rebotando de tendedero en tendedero que impiden una caída limpia y terminas en una silla de ruedas, o los esquivas, pero acabas ensuciando las sábanas de la del cuarto y destrozando la obra que está de lo más curiosa.
– ¿Te parece que es un buen momento para bromear? Creía que me apreciabas.
– No bromeo. La caída desde la otra terraza supone una muerte segura, el batacazo tiene pinta de ser definitivo y los daños materiales los paga el ayuntamiento. No quisiera tener que cargar con una derrama ahora que llega la navidad. Y te digo esto porque te aprecio. No quiero que te quedes con cara de bobo delante de una enfermera alemana dándote cucharadas de sopita caliente mientras intentas decir algo coherente. He dicho semejante cosa mientras veía cómo Cristóbal apoyaba los pies en la barandilla y se agarraba al armario con una sola mano.
– Si quieres decir algo antes de caer hazlo ahora. Tengo papel y lápiz. Luego lo paso a limpio y se lo cuento a quien quieras.
– Sí, cuenta que esto lo hice para acabar con tanto sufrimiento. No aguanto más. Viudo, los hijos no me hacen ni caso, la cuenta del banco pelada y, encima, presidente de la comunidad. Eso no hay quien lo resista.
– Mira, Cristóbal, si tengo que escribir esto para luego contarlo mi reputación se irá al garete. Vas a dejarte caer por el balcón por la misma razón que el resto de los suicidas. No sé, podrías hacerlo por cuestiones más románticas, por un ideal que haga de la muerte algo bello, pero tener que hacer la obra otra vez por cuatro memeces no me parece buena idea. Eso no hay quien lo resista tampoco. Haz lo que quieras, pero yo me lo pensaría. Además, Arturo será el presidente cuando tú faltes. Todo tú trabajo no habrá servido de nada. Cristobal ha bajado el pie derecho hasta tocar el suelo. Me ha mirado fijamente. Yo fumaba apoyado en la pared de ladrillo visto.
– Hay que joderse, Gabriel. No me has hecho ni caso, te ha faltado venir aquí para darme un empujoncito, ha dicho al mismo tiempo que miraba en todas las direcciones buscando vecinos que observaran todo aquello. Creo que algo avergonzado.
– No te hubieras dejado caer. Quizás si tu verdadero problema fuera ser el presidente de la comunidad hubieras dado el paso, cualquiera en su sano juicio pensaría en la muerte ante ese panorama, aunque intuí que era el sustituto lo que te hacía dudar. La falta de dinero sabes que no es cierta y tus hijos no vienen porque viven a mil doscientos kilómetros de aquí. Y quieres seguir viviendo para recordar a Concha. Aún después de muerta es tu única compañía y pensar en ella te llena más que cualquier otra cosa de este mundo. Lloramos a los muertos convenciéndonos que lo hacemos por pena cuando, en realidad, lo que nos sucede es que recordamos los buenos momentos que pasamos junto a ellos. Recordamos para disfrutar. Lloramos de pura alegría. No he creído ni una palabra de lo que me ibas diciendo. No ha respondido. Sólo ha hecho un gesto para que le tirara el paquete de tabaco. Lo tiene prohibido desde que le diagnosticaron angina de pecho.
– La próxima vez que quieras suicidarte llama a la puerta, nos fumamos un par de paquetes de tabaco y no montamos este numerito.
– ¿Qué tal vas con la novela? Me ha dicho Silvia que andas dando vueltas a las cosas sin terminar de acertar.
– Esa si que va a ir por la ventana de un empujoncito. La novela, digo. Prometo avisarte el día que decida llenar tu obra con papeles garabateados.
Hemos entrado cada uno en nuestra casa. Sin despedirnos. La mala racha de Cristóbal sigue intacta, el recuerdo de su mujer (de los buenos momentos) sin novedad y mi novela corre peligro de muerte. Y ni siquiera es presidenta de la comunidad. Eso sería el colmo.


sep 3 2005

Dios y Katrina

El señor Bush pidió públicamente a Dios que le echara una manita para que la invasión de Irak fuera un éxito. Ahora -estoy convencido de ello- se preguntará (el señor bush) cómo es posible que su Dios permita lo que está ocurriendo en su país. Lo que debería saber el presidente de los Estados Unidos de América es que Dios no se mezcla en estos asuntos y que los cristianos están (estamos) obligados a tener fe en él cuando las cosas van mal y cuando van bien. Que existan enfermedades o cataclismos no es otra cosa que la evidencia de la finitud humana y no un castigo divino. Dios no es un gran microbio que infecta las células humanas para que se desintegren, ni se dedica a soplar fuerte para que los vientos arrasen lo poco que queda de nuestra civilización. Dios no es Katrina. Conviene recordar que el agua que anega Nueva Orleáns, en cantidades y distribución diferentes nos proporciona la vida. Dios es el agua. Por otra parte, no puede involucrarse a Dios en los actos humanos que se realizan desde la libertad con la que el hombre fue creado. El señor Bush lanzó sus tropas contra un país porque es un ser humano y, por tanto, libre, y no porque Dios le susurrara al oído “George, George, invade a esos que son fatales”. Es esta una costumbre (la de mezclar churras con merinas y a Dios con todo) muy cristiana: si me van mal las cosas me enfado con mi Dios y no le entiendo, incluso dejo de creer en él y si necesito un golpecito de suerte me acerco por un templo, pongo cara de bobo y me dedico a pedir porque algo caerá. En realidad, los que hacen esto no son cristianos sino supersticiosos y estúpidos. Alguien debería leer al señor presidente (y a unos cuantos meapilas más) el libro de Job. Del capítulo treinta y ocho al cuarenta y uno, para ser más exacto. Si el voluntario para llevar a cabo esta misión no es cristiano, puede leerle “La odisea” en la que Homero hace decir a Zeus cosas como “Los mortales se atreven, ¡ay!, siempre a culpar a los dioses porque dicen que todos sus males nosotros les damos; y son ellos los que con sus locuras se atraen infortunios que el destino jamás decretó”, o puede leer un fragmento de “El anticristo” de Nietzsche que dice “Un Dios que en el momento oportuno corta el resfriado, o induce a uno a subir al coche en el momento en que empieza a llover a cántaros, debería antojarse un Dios tan absurdo que, si existiese, habría que abolirlo”. Hay para todos los gustos.
A ver si queda claro de una vez que creer en Dios es sentirse superado por los cuatro costados, es asumir que la razón humana es muy limitada. No le metamos en todo esto al pobre porque bastante tiene ya con aguantarnos. Ni le entendemos ni alcanzamos a imaginarlo. Es más: no sabemos si existe o no. Mi fe me garantiza que sí, pero eso es harina de otro costal.