Bienvenido
Que el sol se terminará apagando parece que es un hecho cierto. Que el planeta Tierra se congelará entonces también lo es. Tendrán que pasar millones de años. Pero lo sabemos. Incluso podemos estar muy próximos a saber con exactitud cómo comenzó todo. Y, sin embargo, ni siquiera intuimos qué nos espera tras morir, si Dios existe o no, si tenemos alma o todo es mecánica pura y material de desecho. El hombre conoce todo salvo a sí mismo.
Pero esa es la gracia de estar vivo. No saber, no saberse. Unos lo toman por la tremenda y se aterran pensando en grandes abismos o en la nada o en un cielo que si existiera sería un auténtico coñazo. No me imagino revoloteando, por siempre jamás, con carita de bueno junto a, por ejemplo, Truman Capote. No, no me veo. Otros, sencillamente, ni lo toman ni lo dejan de tomar. Les importa un bledo si esto es lo que parece o no, si la verdad absoluta existe, si el universo es infinito o lo que supone la aparición de un agujero negro en el espacio exterior. De dónde venimos o cuál es final de una existencia que tampoco parece inquietarles más de cuenta. Los menos dedican algo de su tiempo a pensar con sensatez sobre las cosas. Hasta que les dura el tesoro y les da un vuelco el pensamiento. Llegado ese momento ingresan en el primer sanatorio abierto que encuentran para que les pongan hasta las cejas de medicinas y dejar de pensar. Sea como sea, tiene su gracia. Menudo aburrimiento si supiéramos todo lo que hay que saber. Menudo aburrimiento no parar de conocer y conocer secretos maravillosos o terribles. Menudo aburrimiento no poder mirar de soslayo a lo que imaginamos que nos puede esperar una vez que un tío muy serio certifique nuestra muerte.
Conviene acercarse a uno mismo. Aunque sea poco y mal. La explicación de las cosas la tiene cada uno de nosotros. Porque si no hacemos nuestra la información y logra traspasar los arquetipos que tejen nuestro interior más oculto, no son explicaciones ni son nada. O nos lo explicamos traduciendo la información o todo lo que recibimos lo convertimos en parte del basurero interno. Y no se me ocurre mayor placer que hacerlo escuchando música. Me encanta hacerlo estando solo porque logro encerrarme herméticamente. Evito cualquier estímulo que provenga del exterior. Y pienso.
Creo en mí mismo; en que nada de lo que hago es absurdo porque, mucho o poco, está cambiando la vida de mis hijos, de mi esposa, la tuya porque estás leyendo en vez de mirar el televisor o arreglar un enchufe; en que lo que siento me garantiza la eternidad aunque sólo sea cosa mía; en mis miedos; en la amistad que guardo como un tesoro; en mis personajes porque les hice pensar para que se apañasen en su mundo; creo en mí, en mí. Y en lo que supone ser yo, ser para ti. Sí, sí, para ti lector.
Tiene su gracia sentirse vivito y coleando. La misma que tiene saber que un tío con cara de circunstancias (el que estaba serio o este, da igual) certificará que todo lo que has sido ha servido para algo (por ejemplo, generar empleo entre los certificadores de muertes). Pero lo verdaderamente divertido es vivir o morir pegado a lo que eres, a lo que piensas, a lo que haces. Y para eso hay que ser, pensar y hacer. Escuchar mucha música con el cierre echado a cal y canto. Y luego contarlo por si sirve de algo. Sí, por si te encaja en algún sitio por enano que sea. Cuídate. Nos vemos revoloteando o en el infierno. Ya lo descubriremos.
Me sigo resistiendo. Me dice uno que el otro ha dicho tal cosa, que la historia está muy clara y que es mejor adoptar una postura apoyada en la zona dura. He llegado a tener la figura de perfil, los músculos tensos por la duda de continuar con el gesto hasta el final. Del derecho para siempre o del revés pase lo que pase. Y no, la trasera, eso que siempre estuvo, que todo el que miraba podría haber visto y no quiso, esa zona oscura que hace correr a unos cuantos camino de una salvación estúpida, esa, se queda donde toca. Tapada por siempre jamás.
Es ahora cuando hay que acordarse de unas cuantas cosas que estuvieron bien a la vista cuando interesó. Es ahora cuando hay que conocer el precio de lealtades que se desmoronan o de amistades que sirvieron para poco más que añadir un par de líneas en el historial minúsculo como artista. ¿Dónde han quedado los favores del maldito que anda intentando librar lo que puede menos mi patrimonio? ¿Se esfumaron las ilusiones colosales que aparecían cuando crecíamos algunos mientras el gigante miraba socarrón desde su mesa sabiendo que el tiempo no perdona? Y unos quieren arrastrar a todos para que parezca una cosa justa, si hay coincidencia no puede haber error. Pues no. Me resisto. Me prometí hace años que así tenía que ser y así será.
Como de costumbre la poesía viene y va en un pensamiento que se ocupa del constipado de Gimena, de la primera comunión de Guille o del progreso académico de Gonzalo. De lo verdaderamente importante. Celaya.
Cuando tras dar mil vueltas a mis preocupaciones,
me acuerdo de un amigo, voy a verle, me dice:
«Estaba justamente pensando en ir a verte».
Y hablamos largamente, no de mis sinsabores,
pues él, aunque quisiera, no podría ayudarme,
sino de cómo van las cosas en Jordania,
de un libro de Neruda, de su sastre, del viento,
y al marcharme me siento consolado y tranquilo,
¿no es la felicidad lo que me vence?
Esto es lo que hay. Algunos pueden pensar que la actitud es sólo digna de un imbécil, pero me pueden otras cosas. Saber que en la siguiente esquina me encontraré peleando (otra vez, como siempre fue) por algo que ni siquiera me pertenece; que alguien puede estar pensando que, a pesar de todo, tuve los arrestos de llegar hasta un final desolador.
Me pregunto si merece la pena ser feliz y hablar de Jordania cuando alrededor se habla del parné que mueve todo. Y no quiero contestar. Me basta saber que esta noche podré charlar con Silvia de nuestras cosas o de las mías sin que se me caiga la cara de vergüenza.
Conocemos a alguien y nos parece una persona estupenda, amable, divertida y adorable. Pasado un tiempo se produce un conflicto entre ambos y nos preguntamos qué ha podido pasar, cómo ha sido posible un cambio tan brusco en el de enfrente, cómo no nos hemos dado cuenta antes de la verdad. Nunca, nunca, nos preguntamos qué nos ha podido pasar a nosotros, qué tipo de cambio hemos sufrido en ese tiempo o cómo no hemos sabido contener nuestro peor defecto ante el otro. Eso jamás lo hacemos.
Es una cuestión de supervivencia. Queremos seguir caminando en línea recta, con la cabeza sobre los hombros y la vergüenza inmaculada.
Conocemos a alguien y vamos apartando sus gestos molestos, esas actitudes que no gustan para poder continuar creyendo que existen personas con las que podemos contar, que la fortuna nos ha sonreído colocando en nuestro camino a ese hombre o esa mujer que estaban llamados a compartir buena parte de nuestra vida. No queremos ver lo que impide una ilusión perpetua del ser humano que rara vez se ve satisfecha. Damos forma a figuras a las que nunca vemos la espalda. Sólo las giramos cuando se produce un conflicto. Cosas del instinto de supervivencia. Si nos vemos en peligro damos la vuelta a esa figura perfecta para encontrar la zona menos pulida, la que sirve para destrozar un recuerdo y hacernos fuertes ante el choque.
Qué gran mentira nos contamos para salir adelante. Esa trasera siempre estuvo aunque preferimos no prestar atención.
Pero damos la vuelta a la figura y decimos adiós para siempre. Sin preguntarnos sobre nosotros mismos, sobre nuestra parte de atrás. Esa que nosotros escondemos y muchos no quieren mirar por no quedarse solos, por sobrevivir.
El que fue tu amigo y ahora se aleja metido en un álbum de fotografías era un tipo que hubiera dado lo que fuera por ti, pero ahora queda en el recuerdo como un hombre extraño, alguien lleno de manías inaguantables. Es la única forma de soportar su pérdida. La que fue tu mujer cuidaba de ti en cualquier situación, te quiso como nadie ha querido a un hombre. Ahora se ha convertido en una egoísta y no comprendes cómo no fuiste capaz de verlo con claridad. O crees eso o estás muerto.
Pero nunca nos preguntamos sobre nuestros cambios, nuestras rarezas o nuestras miserias. Mejor dejar nuestra imagen del derecho, no mirar el negativo de la fotografía. Si queremos vivir es imprescindible.
Guzmán está intentando hacer un puzzle de cincuenta piezas. Al cambio (si hablamos de edad) calculo que es lo mismo que yo intente otro de quinientas. Se esfuerza en encajar piezas que no coinciden. Prueba una y otra vez con la misma cadencia de un robot en una cadena de montaje. Lo intenta, descarta, lo intenta, descarta. Cada pieza que coloca en el lugar correcto es una fiesta. Me llama dando gritos y ambos aplaudimos el logro gritando un bien prolongado, algo histérico.
Gimena se intenta dormir y no puede. Se mueve nerviosa en la cuna. Gonzalo se acerca y le dice alguna cosa para que se calme. Nada. Al pobre le ha tocado interpretar un papel que no le corresponde. El de adulto con doce años (casi trece). Ni lo sabe interpretar ni puede hacerlo sin que deje ver la inmadurez propia de un chico de su edad. Pero se defiende como puede.
Esperamos a Silvia y Guillermo que deben estar intentando salir de algún atasco.
Esta casa se convirtió hace mucho tiempo en campo minado para cualquier momento que acerca a la tranquilidad. El pensamiento se distrae arreglando la mecánica de una vida convertida en ejército de necesidades. Casi nunca tuyas. Esas se dejan para el final del día, cuando ya no soportas nada que no sea una preocupación que aniquila las propias. Las de ellos son las que sobreviven al cansancio. Se convirtió en un pequeño disparate que casi nadie comprende y nadie desea si no es separado por un mar muerto de minutos entre visita y visita. Es al final del día, cuando ya está todo definido, cuando es recuerdo temprano, es al final del día cuando el gusto se declara a favor de una locura en calma, entre la tela de unas sábanas levemente arrugadas por lo liviano de la niñez.
Entre una reflexión y la de más allá que temes no alcanzar, otro aplauso, otra ficha en el hueco exacto, un paseo más del mayor intentando parecer un padre enano, Gimena vestida de rosa también para dormir pataleando nerviosa porque no sabe lo que quiere.
Llega Silvia para compartir los últimos coletazos de otro día construido desde seis formas diferentes de consumir veinticuatro horas que han pasado dejando poco en el debe.
Las luces se van apagando justo antes de abrir los ojos. Para poder vernos. Un cigarro, un par de detalles sobre el trabajo, una copa de vino con sabor a noviazgo. El disparate, mala bestia de disparate que se mueve arrastrando seis vidas. Seis y una sola locura. Algo que nadie quiere cerca salvo el que sabe lo que significa.